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We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

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We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ken Kaneki el Dom Nov 23, 2014 9:57 am

Continuación de: Lost... again.

De alguna manera, le parecía que la noche había acabado por tornarse interesante. Todo ello en consideración que su objetivo en primer lugar era sencillamente salir a hacer algo de ejercicio, pero encontrarse con una muchacha extravía a mitad de los barrios peligrosos resultó igualmente productivo. No creyó que alguien le hablaría siquiera mientras llevara su máscara de cuero negro y la sonrisa de dientes marcados en ella, pero no fue el caso. Incluso, Celestia lo tomó con humor. Con certeza, una actitud envidiable. Sin embargo, no podía todo ir como miel sobre hojuelas. Tuvieron el infortunio de encontrarse con uno de esos sujetos bajos de la ciudad, un vagabundo de mala monta. Quien no tuvo mejor idea que apropiarse del bolso de la muchacha, así nada más, bajo sus narices. Por supuesto, lo último que haría sería quedarse de brazos cruzados.

De allí se explicaba su comportamiento. No negaría que se dejó llevar, quizá un poco. Después de todo, doblarle los dedos uno por uno a un vagabundo en pleno callejón podía ser considerado un poco extremista de su parte, especialmente porque la única testigo estaba allí guardando silencio obedientemente como le fue ordenado segundos atrás. Aquello debería hacerle sentir un tanto criminal o algo, pero distaba de la realidad. Estaba a gusto con su papel de anti-héroe, incluso con el "crack" de los huesos rompiéndose resonando todavía en sus oídos, y los alaridos de dolor del pobre méndigo al ser liberado de su agarre y dejado caer al suelo, así, como un vil saco de papas. ¿No era lo que el bastardo merecía, de todas formas? Apenas por un breve momento, permitió que su sonrisa se asemejara a la de su máscara. Lo importante allí, es que el bolso fue devuelto en perfectas condiciones a su dueña original. Aunque sí aceptaría, fue poco caballeroso de su parte sencillamente arrojárselo a la distancia.

El cambio en su semblante también debía ser notorio. Como si fuera tan sencillo de un momento a otro actuar como si la escena anterior no habría sucedido; obviamente detectó la sorpresa de Celestia mientras ésta le agradecía, pero fingió no darle mayor importancia, tan sólo dedicándose a asentir con la cabeza. La lección estaba aprendido, no más callejones por esa noche. Ninguno quería otro encuentro desagradable, y el que acaban de vivir ya lo había agotado un poco aunque no lo admitiera en voz alta. Como fuera, parecía que seguir en línea recta era la mejor opción posible. Le alegró que estuvieran de acuerdo en ello, y se dedicaron los siguientes minutos de su existencia en continuar por el camino, apenas iluminado por las pocas farolas esparcidas por cada calle. Uno que otro negocio, otra que otra vivienda, hasta que los transeúntes característicos empezaron a hacer acto de aparición en el panorama. No ocultó su alivio ante esto, que correspondía de cierta manera con el entusiasmo mostrado por su compañera de cabellos oscuros. Muy bien, muy bien. No es necesario que saltes como un conejo —bromeó a la ligera, con gesto risueño, que a altura desencajaba un poco con su máscara de cuero negro. Pareciera que entre la luminaria de la calle común, resaltaba más.

No había más sombras y tonos grises, sólo lo esperable y típico del centro de una ciudad ligeramente a oscuras. Gente yendo de allí y para allá con algunas compras en mano, no demasiadas, eso sí; y el sonido del tránsito vehicular haciendo eco en el ambiente. Escuchó con atención las palabras de su compañera, y no pudo evitar sentir una pizca de ansiedad ante la idea de degustar de una buena vez su tan anhelado café—. Ya sabes, es un trato —concordó de buen humor, ladeando la cabeza, y dejándose guiar felizmente por la muchacha hasta la cafetería señalada. Un par de cuadras se veía como una distancia ridículamente pequeña en comparación a todo lo que habían caminado y trotado hasta el momento. La verdad, no se le hizo extraño que Celestia lo tomara de la muñeca para ello, ya que ésa era una acción que él también anteriormente había ejecutado. Hábilmente, evitaron tropezar con algún personaje apurado en el camino, que resultaría desafortunado para todos. Breves minutos pasaron, y en prácticamente un santiamén ya estaban de frente al edificio de la cafetería. Se fijó con algo de diversión en el detalle del cartel que decía "abierto 24 horas", pues muy probablemente la mayoría de las demás locales de comida estarían cerrados a horas así.

Se encogió de hombros, y entró junto a la chica. Con rapidez y eficiencia, fueron despachados a una mesa dentro de la tienda. El clima del local era bastante ameno, incluso hogareño. Como una típica cafetería debiera ser, a excepción que los camareros que los atendían tenían pequeñas señales de ojeras oscuras bajo sus ojos. Efecto secundario de atender clientes a horarios extravagantes como aquellos. Se sentaron, uno frente al otro. Y extrañamente, ninguno había pronunciado palabra todavía. Decidió tomar el primer turno, una frase trivial para romper el hielo en lo que alguien se encargaba de sus pedidos—. Entonces, ¿vienes aquí a menudo o solo conocías convenientemente su ubicación? —preguntó de una vez, sonriendo, dirigió una mano a su mejilla y sólo entonces se percató que no se había sacado la máscara en todo el recorrido. Lo que explicaría algunas miradas curiosas que recibió. Detalles, detalles. Volvió a detallas con sus dedos de uñas negras las comisuras de ésta, la franja que se asemejaba a los tornillos del célebre personaje de Marry Shelley.

Probablemente, sería buen momento para quitársela de una vez, o continuaría atrayendo la mirada de curiosos. En su lugar, pensó que sería divertido jugar un poco con su nueva amiga. Se giró hacia ella, con cierta travesura reflejada en su ojo no-parchado, y pronunció las siguientes palabras con peculiar actitud festiva, señalando a su rostro—. Dijiste que me preguntarías cosas, te ayudaré la primera: ¿qué crees que tengo debajo de la máscara? —soltó al aire, deslizando levemente hacia arriba el cierre de cuero, como si fuera a removerlo, pero sin hacerlo por completo. No todavía, quería escuchar su respuesta primero.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Jue Nov 27, 2014 6:32 am

Su ordinaria salida para arreglar su computadora había terminado con un sugestivo final que ni ella, y seguramente, ni el muchacho se esperaban.  No todos los días uno tiene un casual encuentro con un extraño de imperecedera sonrisa sin labios ni tampoco se “enfrentaba heroicamente” con un vagabundo que había osado intentar robar su bolso, aunque ella claro no había hecho nada, sino que Kaneki fue el que tuvo que encargarse del trabajo sucio, porque ella era ridículamente débil y no podría enfrentarse a prácticamente nadie que la superara en tamaño. La situación había sido inesperada, se había encontrado por pura contingencia con el muchacho y habían congeniado bien hasta que de un momento a otro las cosas se volvieron desesperantes y manejados por la adrenalina se dejaron llevar y las cosas acabaron con el hombre que le había robado tirado en el suelo con los dedos de la mano totalmente quebrados. No iba a negar que de cierta forma le parecido algo extremo el romperle los dedos al hombre, pero era lo que merecía, estaba segura de que el sujeto no volvería a robarle a nadie más, al menos por un tiempo y ella prefería eso a que su bolso hubiera terminado en manos de otra persona. No es como si se hubiese asustado por el comportamiento del muchacho, no totalmente, le impresionó el cambio brusco que había tenido, en un segundo el carismático chico se había vuelto una especie de salvador que rompía dedos pareciendo no tener ningún remordimiento; no cabía duda de que con cada acción que el muchacho hacía le producía aún mas curiosidad.

A los minutos las luces encandilantes de la calle fueron las que la recibieron pero ella tan acostumbrada solo las ignoró. El cambio de escenario había traído consigo buen humor en los dos que hace segundos atrás toda la vicisitud del vagabundo parecía haberse llevado. Era evidente que los dos actuaban como si la situación no hubiera ocurrido aunque ciertamente seguía dando vuelta en sus mentes. Por su parte Celestia había aprendido por fin que la confianza inocente que tenía siempre terminaba por traer problemas y desde ese momento tendría que aprender a ser algo más desconfiada aunque no eso no combinara para nada con su actitud. Pero eso no significaba que desaprovecharía la oportunidad de ahogar a Kaneki con preguntas y hablarle como si le conociera de toda la vida, porqué ella sabía que la situación era diferente y que ser confiada por esta última vez no estaría mal.

El camino había sido tan corto que hasta parecía que no habían caminado ni dos pasos hasta llegar al lugar, la gente no fue un obstáculo porqué esta vez simplemente los ignoraban y pasaban a su lado para no chocar con ellos y al cabo de unos minutos como ella lo había prometido habían llegado a la puerta de la cafetería donde colgaba un cartel con la frase ridículamente literal “abierto 24 horas”. El lugar no era más que una cafetería común, con el detalle de ser algo mucho más cálida que otras, tenía ese “no sé qué” que daban ganas de volver porqué el lugar de alguna forma era tan acogedor que te hacia sentir como en casa. El ambiente más animado la había puesto risueña y ansiosa, quería sentarse a degustar su café de una buena vez y soltar todas las preguntas que tenía guardadas y que esperaba al fin sean respondidas. A los segundos de entrar al local ya habían encontrado asiento y se situaron uno frente al otro para tener mayor comodidad al hablar; se habían mantenido en silencio todo el camino que a diferencia de ser un silencio incomoda fue más bien un silencio extraño, hasta a ella le había parecido peculiar no haber abarrotado a Kaneki con mil y un preguntas apenas se sentasen.

-Conozco el lugar bastante bien, te aseguro que si no lo hiciera en el camino hasta aquí me hubiera perdido… otra vez. –se permitió bromear sobre su mala orientación aunque no era totalmente una broma, se perdía fácilmente en lugares donde nunca había estado, la prueba más reciente fue hace unas horas atrás. Miró casualmente a su alrededor y se chocó con las miradas de las personas curiosas que observaban a su compañero con cierta desconfianza; le causaba risa que la gente lo mirara de esa forma, solo era una máscara, tenía una expresión extraña lo sabía, pero no pasaba más de eso. Su risa fue interrumpida por Kaneki haciendo que su atención se centre en él otra vez y recordara el porqué de su ansiedad por llegar al lugar. –Pues… -comenzó su respuesta con un gesto algo pensativo. -Tengo dos hipótesis, la primera es que tengas la boca partida por la mitad y quieras ocultarlo, y la segunda opción es que tienes una boca debajo de la máscara. –volvió a bromear; sabía o mejor dicho, intuía que no habría cosas extravagantes como ella pensaría, a lo sumo alguna cicatriz pero no pasaría más que eso. -Pero vamos, deja de ser misterioso y quítate la máscara, que de esa forma no podrás disfrutar de tu café ni tampoco estarás tan cómodo para contarme todo acerca de ti ¿Verdad? Necesitas la mayor comodidad para contarme acerca de la talla de tus calcetines. –bromeo inocentemente ansiosa, apoyando los codos en la  mesa y reposando su mandíbula en las manos con una expresión fundada en felicidad, quería que se sacará de una vez la máscara que aunque no haya nada fuera de lo común debajo de ella, quería ver su rostro completo.

-¿Qué te parece la cafetería, es digna para que sea tuya a partir de ahora? –comento burlonamente haciendo referencia a las “promesas” que ella misma le había jurado hace minutos atrás. Inesperadamente se acercó a ellos interrumpiéndolos una camarera que tenía el rostro cansado pero aún así parecía amable que preguntó por la orden de ambos. –Um… Un café expreso doble por favor. –pidió luego de pensar unos minutos que tipo de café quería y  miró a la camarera con expresión de agradecimiento, pero rápidamente su vista se posó en Kaneki. –Pide lo quieras Kaneki, yo pagaré por ti como agradecimiento, era una promesa ¿No? –terminó mostrándole un gesto animado, estirando las comisuras de su boca y esperando que su nuevo amigo ordenase.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ken Kaneki el Miér Dic 17, 2014 9:59 am

Definitivamente se hacía un poco demasiado notorio el abrupto cambio de escenario, desde los lúgubres callejones hasta la completamente iluminada calle del centro de la ciudad. No es que se quejara, especialmente después de tal desagradable encuentro con el vagabundo que trató de hurtar un bolso y acabó con los dedos de sus manos rotos, no, de esa perspectiva era incluso un alivio. Sin embargo, admitiría que no estaba totalmente presentable. Refiriéndose netamente a su apariencia, el traje negro y la máscara que ostentaba esa la espeluznante sonrisa de dientes completos, sería idiota de su parte pensar que no llamaba la atención como una especie de extraño cosplayer. Ja. Vaya ironía, a veces prefería pensar que se asemejaba más a un disfraz fuera de época para Halloween, conservaba entonces un tanto más de dignidad. Para su fortuna, el tiempo que pasaron recorriendo la acera en dirección a la cafetería prometida fuera considerablemente menor al que les tomó salir de los callejones, no más de unos cuantos minutos le llevó a Celestia guiarlo hasta el destino acordado.

Y el hecho que dicho local atendiera clientes las veinticuatro horas del día resultaba en igual medida maravillosamente conveniente. Casi le aplaudiría a su compañera por el buen trabajo, pero se dedicó mejor a sonreír con sencillez por debajo de la máscara que le cubría el rostro, que de todas maneras hacía su gesto no visible. Con similar rapidez, sin atisbo de prisa, ambos entraron a la cafetería como cualquier pareja de conocidos (¿amigos quizá sería más apropiado a esa altura?) en busca de una plática amena y beber algo caliente haría. Por supuesto que no le pasaron desapercibidas las miradas de clientes curiosos e incluso, de la misma camarera que los despachó cordialmente a una mesa vacía. Aunque la apropiada respuesta de Celestia lo distrajo de ello, incluso provocando que se le escapara una risa suave—. En serio, ¿tu sentido de orientación es tan malo? —no pudo evitar remarcar la palabra, acompañada con leve sorpresa e incluso burla superficial—. ¿Cuánto llevas en el Sweet Valley, de todas formas? —exigió saber, cruzando los brazos al pecho al momento que se inclinaba hacia atrás, apoyando la parte superior de su espalda en el asiento cómodo. Su tono de voz se mantenía neutral, pero amable a la vez. No iba a comentar que a esa altura parecía él quien atiborraba de preguntas a la muchacha, cuando debía ser al revés.

No evitó comportarse algo dramático al señalar nuevamente su máscara, que parecía su tópico favorito en ese momento, y preguntarle en voz alta a Celestia qué ella esperaba o creía encontrar debajo de ésta. Lo hacía para fastidiar un poco, también. Se imaginaba las ansías que tendría su compañera de verle el rostro de una buena vez, así que se limitó a trazar los bordes de la máscara con la punta de sus dedos, esperando por una respuesta. Asintió con su cabeza a sus palabras, hallándose de acuerdo—. Excelentes deducciones, ¿has considerado ser detective? —bromeó de nueva cuenta, otra vez, resistiendo en impulso de aplaudir—. Sí, tengo una boca debajo de la máscara. Y treinta y dos dientes, si no me equivoco —declaró con igual semblante, hablando con solemnidad y cerrando ambos ojos. Le divirtió la manera en que la muchacha de cabellos oscuros le instó a desprenderse de la máscara, que le recordó de cierta forma como un niño pequeño exige un caramelo al ir al dentista—. De hecho, estoy bastante cómodo. Y mi talla de calcetines es media, creo —replicó no sin diversión, agregando el detalle al final para continuar la mención humorística anterior. ¡Por supuesto que se sacaría la máscara! En otro instante, probablemente. Cuando tuviera una buena taza de café delante de él, de preferencia.

Se encogió de hombros con desinterés, en respuesta a la siguiente oración de Celestia—. No me quejo, está decente. Pero deberemos cambiar el color de las paredes —señaló con fastidio fingido, apuntando con un ademán de dedo a su alrededor con una expresión crítica. ¿Colores pastel? Ni de broma. Aunque era cierto que la cafetería tenía cierto aire hogareño difícil de conseguir, no era el tema en ese momento. Al mismo tiempo, una camarera con bolsas negras bajo los ojos se acercó amigable hasta su mesa, pidiendo en cordial silencio por las órdenes de cada quien. Resultaba ciertamente peculiar que una chica invitara las bebidas, cuando toda la clásica tradición solía dictar lo contrario. Pero, otra vez, no era un asunto que le molestara—. Un café negro, por favor —su elección fue sencilla, incluso diría que su tono al dirigirse a la mujer mayor fue amable o similar. Espero a que ésta se retirara para hablar nuevamente con Celestia—. Espero que esto no te deje en la pobreza —se carcajeó un poco. ¿A esa altura ya se les habría acabado el tema de conversación? Esperaba que no. Después de todo, una inofensiva taza de café no mataba el bolsillo de nadie. Y él no planeaba sacarse la máscara hasta que fuera totalmente necesario, otra vez, sólo por molestar.

A su infortunio, parecía que sí había llegado el momento del temido silencio incómodo. Continuaban siendo sólo unos extraños que particularmente habían congeniado bien, aunque el lugar donde lo habían hecho parecía bastante inapropiado en retrospectiva. ¿Qué no se podía ir a los barrios peligrosos sin sufrir un pequeño atraco? Y por hablarle a un vagabundo, menuda tontería. Frunció el ceño al recordarlo, y como la vieja costumbre dictaba, tronó su dedo índice con el pulgar, que hizo el ruido de un "crack" seco en el lugar—. ¿No te molesta en lo más mínimo que le haya rotó los dedos a una persona hace diez minutos? —preguntó de una vez, sin una expresión en concreto. Sabía a la perfección que el asunto seguía rondando en la mente de ambos, sólo lo habían evitado hasta ahora—. Quiero decir, algo así —remarcó la palabra, al tiempo que repetía su acción anterior. Tronó sus cuatro dedos de manera consecutiva, uno por uno, que recordaba al sonido de los huesos rotos del hombre.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Vie Ene 09, 2015 3:39 am

La atmósfera hogareña que brindaba la cafetería la daba la sensación de relajación y de cierta forma apartaba de su mente los sucesos anteriores. Las paredes de colores pasteles decoradas con guardas y cuadros la hacían sentir como en casa y el intenso olor a café que parecía inundar sus pulmones le recordaban vagamente a las tardes de invierno en Londres donde se pasaba tomando café frente a la chimenea junto con su, entonces pequeño, gato. Había encontrado la pintoresca cafetería una tarde que inusualmente no tenía mucho que hacer y a pesar de que ella siempre se procuraba mantenerse ocupada ese día se decidió por explorar lo que para ella era su nueva cuidad y alrededor de unas horas había recorrido todo el centro sin encontrar nada peculiar, a excepción de una tienda de pinturas donde había comprado acrílicos y temperas. Excepcionalmente no se había perdido ese día, conociéndose a si misma había tomado precauciones y se había movido únicamente por el centro de la cuidad, pero aburrida de ver el típico punto central del lugar decidió hacerle caso a su lado impulsivo y fue más allá de lo que se había permitido a penas comenzó su “exploración”. Minutos fueron los que tuvo que recorrer para llegar al que sería su lugar favorito en todo Sweet Valley, una pequeña y llamativa cafetería que atendía las veinticuatro horas donde pasaría la mayor parte de su tiempo libre haciendo bocetos, escribiendo partituras o simplemente degustando los cafés, que a su parecer, eran los más maravillosos. No había tarde en la que no pasará en ese lugar, podría decir que conocía cada uno de los detalles de hasta la más recóndita esquina, recordaba de memoria los precios y las cosas que había en el menú y estaba segura que podría reconocer quien era un cliente frecuente y quien no. Pasaba tanto tiempo allí que si algún día no la pudiesen encontrar probablemente estaría sentada cómodamente en una silla de la cafetería, aunque tal vez estaba exagerando un poco; ¡Ah pero… ya se estaba yendo de tema! Aquel era un tópico que le gustaba recordar sin embargo no era lo más importante en esos momentos, sino que un tema totalmente banal.

Parpadeó un par de veces para volver su atención al albino que tenía sentado en frente, parecía como si se hubiese ausentado varios minutos aunque solo le tomó unos cuantos segundos recordar aquel efímero momento. Curvó sus labios levemente ante la pequeña risa de Kaneki, parecía algo difícil de creer pero realmente era muy mala orientándose, sin embargo aquel molesto problema que tenía nunca se había presentado con tanta frecuencia como ahora, porqué claro, antes no necesitaba sentido de orientación, podía manejarse libremente a su antojo porque reconocía los lugares de memoria, pero ya en Sweet Valley era un caso absolutamente diferente. Ella no era poseedora de una extraordinaria memoria ni mucho menos por lo que los caminos se le confundían si no los recorría a diario; de todas formas a ella no se le hacía molesto el no recordar cada lugar por el cual había pasado, tampoco era que disfrutara el perderse, ya que últimamente parecía que estar en lugares en lo que no conocía solo traía consecuencias para ella, de todas formas debía admitir que esta vez las cosas habían salido extrañamente bien. –Sí, mi orientación es muy mala ¡Pero, hey, no te rías! ¡Cuando te pierdes mucho y te roban en cualquier parte a la que vas no es divertido! –respondió con una sonrisa divertida en una clara señal de que verdaderamente no le molestaba que el chico se riera, sino más bien que ella también se reía de su torpeza.  Se reacomodó en su lugar y llevó la mano a su barbilla, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo por pensar -¿Cuánto tiempo llevo aquí? Um… Creo que un par de meses, no recuerdo con exactitud, pero es bastante. –explicó algo insegura, no recordaría la fecha, claro, pero tampoco quería dar una cantidad de meses exactos porque sinceramente no lo recordaba bien.  –Y… Si mi memoria no falla cuando te pedí instrucciones dijiste algo como “No puedo serte de ayuda” o algo parecido… ¿Acaso eres tan o aún más nuevo que yo en Sweet Valley? –interrogó sacando deducciones de lo poco que recordaba del momento en el que se conocieron.

La máscara había vuelto a ser el centro de la conversación, aunque realmente eso fue lo primero que le llamo la atención a Celestia desde un principio. ¿Albinos? Conocía a alguno que otro ¿Una lúgubre apariencia? Muchas personas acostumbraran a vestir de esa forma, no es que haya visto muchas pero sabía que existían ese tipo de personas que llevan atuendos como los de Kaneki, pero aquella máscara… No la había visto nunca, era totalmente inusual y  a parte de esos dientes que parecía poder desgarrar cualquier cosa aún no comprendía que era lo que le llamaba tanto la atención y eso solo le daba aún más curiosidad. También estaba el hecho de que desde que se conocieron, a pesar de ser hace unas horas, Celestia no había podido ver la cara del muchacho y se sentía ansiosa por poder ver el rostro de Kaneki sin ninguna obstrucción. – ¡Lo sabía, mis hipótesis eran perfectamente correctas! –dijo alegremente por haber acertado en su “elaborada deducción" -Gracias, pensé en ser detective una vez que terminara mis estudios, seguro que ganaré millones resolviendo casos. –siguió la broma finalizando con una risa que más bien pareció un susurro. Estaba claro que ella nunca podría ser detective, era buena en el piano, en el violín, en arte, pero nunca sería capaz de ser una detective con todo lo respecta ser uno. Dejando aquel tema de lado, resopló como una niña pequeña cuando escuchó la respuesta de Kaneki, no era lo que ella esperaba, las ansias por verle la cara al chico se incrementaban cada vez más y si seguía de esa manera hasta le arrancaría la máscara ella misma. –Ya veo, serás lo más enigmático posible hasta que llegué el momento donde te sacarás verdaderamente la máscara, que injusto. –comentó apoyando su cabeza en una mano, fingiendo que estaba molesta por tal acción. -¿Es que tienes miedo a cómo reaccione al ver tu rostro completo? –dijo bromeando, curvando sus labios de lado, mirando directamente al único ojo visible de Kaneki.

-Hey ¿Qué tienen de malo los colores pasteles? –reaccionó aprisa. -¡Le dan un toque acogedor al lugar! Te compraré la cafetería sólo si la mantienes tal y como está ¿Es un trato? –preguntó mirando a su alrededor recordando lo mucho que le gustaba el lugar. Volvió a inducirse en el pozo de su mente, pensando que a pesar de que era una broma y ella realmente no le compraría la cafetería a Kaneki, no le gustaría que la cambiasen nunca, a ella le gustaba como se encontraba ahora y seguramente se sentiría fuera de lugar si llegasen a haber cambios, drásticos o no. Otra vez, la voz de Kaneki  ordenando la hizo volver en sí ¿Sólo aquello pediría? ¡Ella le pagaría lo que quisiera! ¿Cómo alguien puede desaprovechar una oportunidad de esa forma? ¡Ni siquiera pidió una rebanada de pastel o algo parecido! Ella hubiera pedido una gran rebana de pastel de frutillas con crema si no fuera porque el hambre se le había ido, pero bueno, ella no podía juzgarlo, tal vez el muchacho estaba falto de apetito como se sentía ella en ese momento o simplemente no le gustaba acompañar el café con otra cosa. –Seguramente me quede pobre luego de pagar dos tazas de café, seguro si pedías algo más ni siquiera podría pagarlo. –rió levemente ante la broma del albino, pagaba prácticamente todos los días tazas de café como la que había pedido ¿Qué haría una taza de más? Claramente no le molestaba para nada el pagar y probablemente insistiría en pedir alguna otra cosa una vez que el líquido negro se acabase, pero por el momento no se empecinaría en solicitar algo más.

El silencio se hizo presente entre los dos, solo se escuchaba el sonido de las tazas chocar contra algún otro sólido y las voces de fondo de las pocas personas que a esa hora se encontraban en la cafetería. Miró sus manos que se apretaban una contra la otra ¿Por qué no decía algo? ¿Se había olvidado todas las preguntas que la habían atacado antes? ¡Que tonta, estaba nerviosa! ¿Qué iba a preguntar? ¡Ah sí! De repente todas las interrogativas volvieron a aparecer en su mente no obstante cuando estaba a punto de preguntar cada una de sus dudas fue interrumpida por un peculiar sonido. Bueno, alguno de los dos debía romper con el silencio molesto, pero hubiera preferido mil veces que se rompiera por cualquier otra cosa que no sea ese “crack”. Si había algo que Celestia no pudiera soportar era precisamente el sonido del tejido sinovial estirarse, nunca había podido tronarse los dedos y nunca pudo soportar escuchar a las personas tronárselos. Resultaba curioso que momentos atrás no haya reaccionado como acostumbraba a hacer cada vez escuchaba el sonido, porque justamente lo odiaba ya que le recordaba a los huesos quebrarse, no podía soportarlo, le erizaba la piel; estaba segura que no reaccionó por el impacto de la escena. Había dejado de prestarle atención a Kaneki, su atención se centro en el temblor que se le colaba en la espina dorsal, sin embargo escuchó vagamente la pregunta seguido de aquel horroroso sonido, volviendo a darle otro escalofríos. Sus manos se desenlazaron y con una de ellas apretó levemente la mano que Kaneki recientemente había terminado de tronar y le sonrió casi simuladamente; había sido un reflejo, acostumbraba a hacerles eso a las personas que osaban a estirar su tejido sinovial cerca de ella. -¡Ah! Lo siento… Fue un acto reflejo. –removió levemente su mano con algo de vergüenza e hizo un esfuerzo por recordar la pregunta que el muchacho le había cuestionado. –No, de hecho no me molesta, ese hombre se lo merecía, tal vez fue algo un poco extremo pero realmente no es un hecho que me incordie. –pensándolo bien, había sido una suerte que la escena le haya impactado un poco ya que si hubiera sido conciente del sonido de los dedos fragmentándose hasta hubiera hecho un escándalo para que parase. –Eso si, tus métodos para atrapar a un “ladrón vagabundo” me parecen bastante curiosos. –finalizó admitiendo aquello último.

La calma se instaló otra vez y ella vio aquello como una oportunidad para soltar las preguntas una tras otra. Ansiosa por las respuestas se acomodó mejor y cruzó una pierna encima de la otra, preparándose para el pequeño interrogatorio, sin embargo el alegre tono de su celular que indicaba una llamada entrante sonó fuertemente. Soltando un suspiró rebuscó su móvil en el bolso y cuando finalmente lo encontró deslizó el dedo sobre la pantalla indicando que cortaba la llamada; no iba a permitir que una llamada trivial interrumpiese su “gran indagación”. –Dime Kaneki ¿Cuál es…? –otra vez aquel molesto sonido llegó a sus oídos ¿Todos iban a interrumpirla ahora? ¡Qué molestos, ella quería saber más acerca del albino! No obstante el insistente tono no dejaba de sonar, seguramente sería su padre preocupado por el paradero de su hija y muy en el fondo Celestia sabía que debía atender. –Lo siento Kaneki, debo contestar esta llamada, en seguida vuelvo. –explicó con un gesto que mostraba una clara disculpa. Se levanto para ir a un lugar mucho más apartado y poder hablar, estaba segura que su padre le gritaría por no avisar en donde se encontraba y ella no quería que Kaneki escuchara tales gritos, que vergüenza, además seguro que ella terminaría levantando la voz también. Le regaló una ultima sonrisa a Kaneki antes de darse vuelta para alejarse, no obstante no dio ni dos pequeños pasos que chocó de lleno con la camarera que tría sus pedidos; Celestia ni siquiera la había visto por el rabillo del ojo a pesar de que la camarera estaba demasiado cerca de la mesa en la que ambos estaban cómodamente sentados. Como un acto automático retiró la mano en la que llevaba el móvil pero eso solo permitió que la bandeja se desequilibrara aún más y las tazas cayeran al piso y en la mesa, una se estrelló estrepitosamente contra el suelo mientras que la otra se mantuvo intacta aunque ambas derramaron todo el líquido que poseían. Su precioso vestido rosa había quedado empapado y tenía grandes manchones oscuros y el café que había caído en la mesa se escurrió con velocidad hacía los bodes, manchando de esa manera las piernas del muchacho.

¡Oh dios mío, que torpe, lo siento, lo siento! –se disculpaba una y otra vez ¡Había causado muchos desastres! ¡Ni siquiera sabía que hacer primero! Con las manos temblorosas desbloqueo su celular y logró mandarle a su padre un corto mensaje que decía “Luego te llamo” y dejó su celular en la silla en la que antes se encontraba sentada que afortunadamente no había sido víctima del derrame. –Lo siento Kaneki, solo sirvo para causarte problemas, en serio lo siento. –dijo dejando cerca de él algunos pañuelos que tomó de la mesa y seguidamente se agachó hasta el suelo para recoger los trozos de la taza blanca que se encontraban esparcidos por todo el suelo, ignorando completamente que de esa forma manchaba aún más su vestido de color pastel. – ¡De verdad lo lamento! ¡Pagaré por la taza rota, lo juro! –se excusó una vez más, con los ojos vidriosos, su rostro completamente sonrojado y las manos levemente temblorosas ¡Torpe, torpe! Estaba  angustiada, no espera que el hecho tan simple como levantarse de una silla pudiera causar tantos desastres.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ken Kaneki el Sáb Feb 07, 2015 4:06 am

Cabía recalcar, dentro de lo posible, que como se había dado toda la situación de su peculiar encuentro, es decir, primero los callejones, luego el ladrón, y el crack de sus cinco dedos rotos como un eco en sus oídos, una cafetería era un sitio absurdamente divertido en el que continuar la plática. O quizá sólo le parecía así porque estaba de buen humor, o algo por el estilo. Después de todo, esperaría que en realidad dos extraños que apenas se habrían presentado se marcharan cada quien por su propio camino a la primera oportunidad, no que acabaran próximos a compartir un café juntos y riéndose con discreción cada quien de las bromas ajenas. No, definitivamente no. Sin embargo, la situación se dio con total naturalidad casi entrañable, que incluso lo estaba disfrutando, y bastante. Ciertamente, a cualquier muchacho de su edad le era grato pasar tiempo de calidad con una chica bonita, cómo no, pero además, la personalidad de la ajena realmente le había agradado lo suficiente. Y más. Si compartir un lugar frente a frente en un local no era prueba de ello, ya no sabría qué lo sería. El ambiente también colaboraba en su simpatía mutua, la magia de las cafeterías. Casi le resultaba risible que un tiempo tuviera trabajo en una, al llegar a la ciudad hacia no demasiado. Solía pasar mucho tiempo en ellas en su estancia en Japón, ya fuera sólo por el placer del aroma del café alrededor o sólo una excusa para distanciarse de la casa de su tía unas horas, de preferencia, con un buen libro en mano que le permitiera sumergirse en sus hojas y sentirse el personaje que valientemente superaba los obstáculos. O por el contrario, una tragedia que lo devorara por completo; no se decidía por cuál. Cada novela de Takatsuki Sen era un placer culpable a esa altura, y reconocería que su escritura rayaba peligrosamente en lo mórbido, pero con una elocuencia envidiable. Consideró, tal vez compartir gustos literarios con Celestia les ayudaría a “romper el hielo”, como se relata coloquialmente, pero hasta el momento, aquel recurso semi-desesperado no era en absoluto necesario para ninguno, la conversación afloraba de manera envidiable, hasta que fue el turno de reírse brevemente de la mala orientación de la otra. Y su pequeño berrinche claramente fingido no podía catalogarse más que como adorable.

Y por supuesto, era totalmente capaz de decírselo en voz alta. Sin evitar carcajearse levemente otra vez, claro, ya que era su reacción primaria el hacerlo. Aunque tener una mala orientación era sinónimo de extraviarse a menudo, que daba lugar a situaciones como ésas. Pero de no ser así ni siquiera se habrían conocido, por lo que poco tendría que reclamarle a la chica por su torpeza espacial—. Sí, me imagino, debe ser horrible —concordó, cruzándose de brazos, pero el tono sutil de travesura en que habló dejaba deducir fácilmente que a la vez se estaba burlando, apenas un poco—. Espero que no tengas un caballero de armadura brillante que te salve cada vez, o incluso podría ponerme celoso —bromeó de buena gana, pretendiendo fingir algo similar a indignación, pero que fracasó miserablemente apenas la primera risa escapó de su garganta. Escuchó con atención como la muchacha de cabellos oscuros respondía a su pregunta, afirmando que llevaba relativamente bastante tiempo en el Sweet Valley, o eso suponía, ya que aparentemente no se acordaba bien. Qué remedio. Negó mentalmente con la cabeza, pues si bien tampoco estaba esperando que especificara la información con fecha, día y hora exactos, algo más de exactitud no vendría mal—. ¿Te mudaste por algún motivo en especial? ¿Tu familia? —ofreció débilmente, un poco dudoso de mencionar el tema. No sabía si los dramas familiares eran cosas comunes, o realmente él tuvo muy mala suerte después del fallecimiento de su madre. Suponía. Aunque con rapidez apartó el tópico de su mente apenas el cuestionamiento ajeno fue pronunciado, permitiéndose sonreír, gesto que continuaba opacado por la presencia de la máscara de cuero en su rostro, pero que con sencillez era reflejado en su semblante—. Soy parcialmente nuevo. Por eso, sólo salí a recorrer y probablemente tampoco fuera capaz de volver a casa sin pedir indicaciones —confesó, improvisando un tanto, con bochorno prácticamente imperceptible escondido en su oración. Lo que resultaba verdad, se las arreglaría como pudiera para regresar, más bien salió por impulso en busca de la brisa fresca de las calles y una excusa para usar su máscara, a la cual le tenía una pequeña manía ese último tiempo. Como si su cabello decolorado de blanco y las uñas negras no fueran suficientes, pensó para sí, con gracia irónica. A veces su propia apariencia también le resultaba peculiar, especialmente si la comparaba con su aspecto años pasados. Debería estar agradecido entonces de no haberse tatuado un ciempiés en la espalda, al menos, por ahora.
 
Seguido de las acertadas deducciones de Celestia, no pudo más que asentir a su siguiente comentario, hallándose totalmente de acuerdo con sus palabras. Y divertido, a la vez, especialmente por el drama innecesario impreso en ellas. Alguna información ya se la esperaba, puesto que la chica sí aparentaba rodear la edad de una estudiante—. ¿Y cuántos años faltan para eso? El mundo te puede necesitar ahora —apoyó, imitando la seriedad, sin dejar a un lado su semblante bromista. Una carrera de detective no se escuchaba mal, de todas maneras, pero difícilmente alguien llegaría a ser un Sherlock Holmes sin la preparación apropiada. Se imaginaba que otros serían los talentos de su interlocutora. Incluso, no podría estar más que feliz con el conveniente cambio de tema, permitiéndose hablar con travesura ante la acusación ajena, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si quisiera remarcar un punto—. Pensé que resultaba obvio. Quiero decir, debo mantener mi caracterización de personaje hasta que sea totalmente necesario —se excusó, siguiéndole el juego, e implementando un deje de seriedad rebuscado al expresarse, lanzándole una sutil mirada de complicidad con su único ojo visible. Poco le faltó para colocar su mano derecha sobre el corazón y jurar en ello, además, pero hasta él mismo admitiría que eso sería exagerar demasiado. Y ante lo siguiente, nuevamente una sonrisa se posó en sus labios, aunque la expresión se tornó medianamente altanera. Alzó una ceja, antes de responder, con notoria diversión en la voz, y una pizca de coqueteo mal disimulado—. ¿Miedo, de qué? Lo peor que podría pasar es que te enamores de mi belleza —hizo un esfuerzo enorme para no echarse a reír en ese mismo momento, o arruinaría su perfecta actuación de arrogancia. Incluso fingió mirarse las uñas distraídamente, como si el asunto no tuviera importancia en absoluto y hablaran sobre el perro del vecino. Ciertamente, no tenía más motivo de hacer aquello más que fastidiar a su compañera, quizá un poco infantilmente, y la causaría aun más gracia si llegara el momento en que ella le arrancaría la máscara del rostro por la fuerza.

Desearía ser capaz de corregir, “nada tenían de malo los colores pasteles”, pero eso sería como ceder un argumento. En su lugar, se limitó a levantar ambas manos a la altura de su cabeza como si ello le ayudara a calmar el ánimo de la ajena—. No puedo prometerte algo que no cumpliré. Sí le vendrían bien algunos ajuntes, además de quitar los colores pastel —remarcó la palabra casi con malicia, viéndose sumamente divertido al hacerlo—, le agregaría una estantería de libros —finalizó, como si fuera todo lo que tuviera que discutir al respecto. Sabía que se trataba de una broma, pero colores más sobrios y algo menos cálidos vendrían mejor al lugar. Aunque pudiera ser que su impresión fuera causada porque era la primera vez que lo visitaba, y no estaba tan familiarizado con la decoración como su compañera, que para ella debiera ser una tortura pensar que cambiaran el más ínfimo detalle del sitio. En tal caso, se decidió, lo remodelaría más radicalmente. La ironía de contar con la absoluta libertad de pedir lo que quisiese, y conformarse con una burda taza de café no dejaba de resultar divertida. Admitiría que no tenía más apetito, al menos, en ese instante exacto al ordenar. Y no se le antojaba algún acompañamiento como un trozo de pastel dulce y azucarado, casi digno de una visita al dentista más tarde. No, su ánimo más neutral permitía que una taza de café negro fuera más que suficiente, quizá hasta dos o tres, pero no esperaba que la visita se prolongara tanto. Además, era tarde, y la cafeína en su sistema inevitablemente le dificultaría conciliar el sueño después. Ya tenía la costumbre de madrugar, pero no era necesario tentar más a su organismo—. Oh, mi más sentido pésame por tu pobreza. ¿Es correcto asumir entonces que no tendrás suficiente para comprarme la cafetería? —cuestionó, con falta tragedia, e incluso ejecutó un gesto parecido a la lástima, como si en verdad le doliera en lo profundo de su ser llegar a tal desafortunada resolución. Bromeaba, bromeaba.
 
Lo siguiente en suceder sí podría ser considerado su culpa. Por la sencilla razón que al no hallar algún otro tópico al que hablar, dejó que su pequeño tic se presentase. Después de todo, tronarse los dedos de las manos era una costumbre que no estaba seguro cuándo adquirió, pero lo había acompañado fielmente como un perro desde entonces. Era cuestión de deslizar su pulgar sobre su dedo índice, presionar y escuchar el crack característico. Lo disfrutaba, incluso, pero la mayoría de las ocasiones era una reacción nerviosa o por sencillo morbo. En esa ocasión, sería más cercano a lo segundo. Pero no se esperaba la mirada de horror que cruzó el rostro de Celestia al escucharlo, y casi podría apostar a que a la vez un escalofrío recorrió la espina dorsal de la muchacha. Tal reacción le extrañó, pues no estaba consciente que el gesto fuera algo tan desagradable, digamos, a esa altura. Lo que le fue peculiar, si no mal recordaba, al quebrarle los huesos al vagabundo el sonido fue incluso más estruendoso que su muestra parcialmente reducida del mismo. La mano ajena se poso sobre la suya, y la mirada de su ojo gris se dirigió de inmediato hacia el contacto sospechoso. No apartó la mano, eso sí, aunque pensaba que de ser otra la ocasión, y la persona, lo habría hecho en una milésima de segundo. No pasó más de un segundo antes que su interlocutora alejara el contacto, por supuesto—. Yo lo siento, supongo. ¿Necesitas que te regale un abrazo? —se encogió de hombros, y lo decía más por convención, ya que su tono al hablar no sonó a un “lo siento” en su totalidad. Y por supuesto, su última oración podría interpretarse como algo de cruel ironía al mismo tiempo, por mucho que no fuera realmente apropiado. Se interesó más en la respuesta a su cuestionamiento principal, y más bien, le pareció conformista. Ante ello, ladeó la cabeza, pero tampoco iba a debatir, principalmente porque quebrarle los dedos a un hombre era posiblemente visto como un delito incluso si fuera en defensa propia, que era lo técnicamente correcto al caso—. Cumplo bien mi papel de anti-héroe —se rió sin humor, y algo distraídamente se rascó la barbilla. Todavía tenía la escena vívida en su mente, y si el dichoso sujeto hubiera soltado el bolso cuando fue acorralado, no habría tomado medidas tan drásticas. No lo lamentaba, fue lo necesario qué hacer y consiguieron el bolso de regreso. Pero estaba casi seguro que no volverían a rozar el tema de nuevo, y estaba bien. Sencillamente, bien.
 
Iba a agradecer que el ambiente se relajara un poco, a continuación. Aunque él empezó a esperar un tanto impacientemente las tazas de café, golpeando la mesa rítmicamente con los dedos, uno por uno, podría decirse de forma extrañamente armoniosa. El sonido del móvil de Celestia llamó su atención, y casi podría carcajearse por la manera en que la contraria simplemente colgó la llamada. Por motivos así no gustaba de llevar electrónica, además que no consideraba a nadie lo suficientemente importante para recibir una llamada, o para hacer alguna. Evitó que la risa escapara de sus labios cuando Celestia quedó literalmente a mitad de una pregunta, y con resignación debió atender el bendito aparato. Correspondió a su gesto apenado con una sonrisa amable, levemente divertida—. No hay cuidado —la observó alejarse, y su mente empezó a divagar inmediatamente con qué se distraería en lo que su interlocutora se encargaba de sus propios asuntos. ¿Quién la llamaba, un miembro de su familia, un amigo? Si bien no era de su incumbencia, la muchacha no tenía forma de leerle la mente, por lo que se permitió divagar un poco más. Cuando la vio chocar con la camarera que convenientemente apareció, sintió deseos de reír; que se desvanecieron al oír el estrepitoso sonido de la porcelana caer al suelo, y todo el contenido de ambas tazas ser derramadas sobre ellos. En primer lugar, porque era un lamentable, lamentable desperdicio. Peor que beber una taza de café frío, que al menos continuaba siendo consumible y era posible quejarse del sabor. El brebaje oscuro escurrió por los bordes de la mesa, y antes que reaccionara a hacer algo más, inevitablemente sintió el líquido caer a sus pantalones. De igual manera, el vestido rosa de su compañera ya presentaba manchas cafés. Vaya desastre, como un mal programa de humor, sin mencionar que la camarera se encontraba pasmada allí, cómo sin saber qué hacer: mirando a su alrededor nerviosamente, en un estado similar al de Celestia al agacharse a recoger los pedazos de la taza fragmentada en el suelo. No sabía cuál de las dos estaría en peor estado. Soltó un suspiro, como resignándose a la situación, y lo primero que debió hacer fue limpiar con los pañuelos de papel el líquido derramado sobre la mesa, el desastre inmediatamente cercano. Segundo, fue posicionarse al igual que Celestia en el suelo, y dirigirse a ella con un leve tono de regaño, mientras le ayudaba en su misión de recolectar las piezas blancas, y fue él quien colocó una mano sobre la suya para llamar su atención, y calmar el ligero temblor en las articulaciones ajenas—. Déjame. Si lo recoges de esa manera, te vas a cortar un dedo —advirtió, pero no mostraba enojo alguno en su voz—, y te mancharás más el vestido —agregó, con una risa pequeña, sí era capaz de ver las cosas con humor.
 
La camarera también se encargó de dirigirles una disculpa apresurada. Ya que al parecer, accidentes en el turno nocturno no eran del todo extraños, sean por clientes o por empleados del local medio dormidos. Que no era el caso, pero la mujer con bolsas bajo los ojos insistió en que no se les cobraría el café derramado, pero sí habría un cargo extra por la taza rota. No intervino en la discusión, y más bien escuchó como observador pasivo a ambas féminas discutir hasta llegar a un acuerdo. Él sólo quería una taza de café, pero estaría a favor de aportar una propina decente a la empleada por la amabilidad brindada. Regresaron a sentarse frente a frente en la mesa, cuando el asunto fue resuelto, pero el aura bochornosa continuaba alrededor incluso cuando nuevas tazas les fueron servidas. Esta vez, sin accidentes de por medio: su café negro, y el expreso doble de su compañera. Aspiró el débil aroma de los granos disueltos en el brebaje caliente, antes de retomar la palabra nuevamente, considerando que el silencio ya habría durado demasiado—. ¿Era una llamada importante? —preguntó, directo al punto, viendo a los ojos de interlocutora, con su mano diestra procediendo a disolver con la cucharilla apenas dos terrones de azúcar en el café. No era una exigencia, sólo sentía curiosidad, y no tenía en mente otra cosa para entablar plática que no tuviera relación con el accidente reciente. Por otro lado...
 
Deslizó sus dedos por el borde de la máscara, por la parte de atrás, cerca de su nuca, y bajó el cierre que se mantenía cerrado. Todo ante la atenta mirada de Celestia, que parecía contar en silencio uno, dos, tres antes de despojarse el material de cuero por completo. El cual apenas crujió al ser estirado en sus manos. Sólo la máscara de dientes marcados en ella, pues el parche negro lo conservó en su lugar, y sería más trabajoso arrancárselo así como así, aunque quedaba relativamente suelto y a cualquier movimiento brusco sencillamente caería—. Mira, sí tengo una boca y treinta y dos dientes. ¿Estás impresionada? —quiso saber, sonriendo con certeza que su gesto sería visible en esa ocasión. La verdad, sentía extraño tener la piel al descubierto, especialmente los labios, que estaban un poco húmedos por su respiración. Como siempre—. Ahora me siento como un pirata —se quejó con el ceño fruncido, palpando suavemente el cuero sobre su ojo. Con ello, podía estar seguro que el tópico del accidente quedaba atrás, ya que finalmente había cumplido con la curiosidad de la muchacha, sin contar las miles de preguntas que ésta afirmaba tener y todavía le faltaba formular. Y con satisfacción, dio el primer sorbo a su café, disfrutando el sabor amargo y el dulzor leve del azúcar. Dejó la máscara sobre la mesa al consumir su bebida, y se tomó el tiempo suficiente con apenas el primer sorbo. No le era ajena la intensa mirada de la chica—. Puedes ver la máscara, si quieres, pero no aseguro que sea de tu talla —bromeó, procediendo a extender dicho accesorio hasta el alcance de la muchacha, que a lo mucho eran treinta centímetros de recorrido. Era un acto de confianza bastante importante, puesto que prácticamente podía considerarse de sus posesiones personales—. El material es más suave al tacto de lo que parece, y es de hecho, cómodo y cálido en invierno. Pero no del todo impermeable en la lluvia —explicó con lentitud, como si se tratara de un maestro especificando las reglas de un laboratorio en clases de química. E incluso, ejecutó un ademán de dedos, como para darse mayor credibilidad a sus palabras. Ahora, ¿qué? Acabó su taza de café tomándose todo el tiempo del mundo, en lo que su compañera de cabellos oscuros se entretenía viendo su máscara. Sonrió divertido al observarla, y no evitó hacerle una acotación pequeña—. Se te enfriará la taza —señaló, sin ocultar la diversión en su tono. Y se reclinó levemente hacia atrás, como si de repente pensara el por qué de toda la situación. Suponía que después de consumir las bebidas calientes cada quien seguiría su propio comino, ¿no? Pero por alguna razón, ese simple escenario le pareció incluso fuera de lugar con todo lo que habían congeniado hasta ese momento. Sin pensarlo demasiado, se inclinó hacia adelante, con firme determinación repentina—. Deberíamos salir alguna vez.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Sáb Feb 28, 2015 10:52 am

Ser un poco -demasiado- distraída le había traído muchas malas experiencias en la vida. Accidentes y fallos son algo común para ella, está plenamente familiarizada con ellos, ¿cómo no estarlo si día por medio rompía un vaso o derramaba algo? Sin embargo no eran algo que la volviera loca, de hecho muchas veces se le hacía divertido, hasta se atrevía a burlarse de sí misma, preguntándose cómo era posible que una persona pueda tener tanto infortunio. Lo sucedido en el callejón fue solo una insignificante, pero a la vez arriesgada, parte de lo que vivió a lo largo de su estadía en Sweet Valley y sin contar las muchas otras circunstancias que vivió antes de mudarse a Francia. Sencillamente uno de los primeros recuerdos que tenía sobre su llegada al lugar es una situación parecida a la anterior donde fue victima de un robo, en un contexto totalmente diferente, siendo engañada por el que era el ladrón en ese momento. Su confianza había sido otra vez la culpable de todo, llevándola a pensar que el sujeto era amable sólo por el hecho de haberle sonreído e invitarla a tomar algo como recompensa por el choque que se habían dado. El resultado del encuentro terminó con ella tirada en el suelo, con los ojos rojos por tanto llorar, gritando un incoherente agradecimiento al ladrón y con un jugo en la mano, cortesía de la persona que le robó su móvil. Aquel incidente fue de por sí mucho más, ni siquiera tenía alguien acompañándola como ésta ocasión, ella lidió sola con el miedo y la desesperación que sintió; pero admitiría que el tipo fue muchísimo más amable que el vagabundo, le entrego la memoria por la que tanto rogaba y hasta realmente le repuso el refresco como lo había prometido cuando todo el engaño comenzó.  No obstante, a pesar de la sorprendente amabilidad del ladrón y que los sucesos ocurridos minutos atrás habían sido un tanto más retorcidos, ella prefería millones de veces la pequeña coyuntura que acabó con la mano algo quebrada de un hombre y una charla amena en la cafetería. Aunque sonase extraño, Celestia ahora se daba algo de créditos por ser tan tonta y perderse como acostumbra a hacer, si no fuera por ese hecho seguramente ahora estaría sentada sola en la mesa de la cafetería degustando algún postre, sin la grata compañía de su “salvador”; sí, definitivamente en ésta ocasión agradecía haber olvidado las direcciones y los nombres de las calles.

Rió despacio ante el comentario del otro, perderse sí que era horrible, más aún cuando el lugar es relativamente desconocido, donde no conoces ni siquiera las calles y todo lo que ves parece ser algo extraño e insólito. Haber tenido que lidiar con ese problema de mala orientación cuando era nueva en la ciudad fue un trabajo arduo, teniendo que recordar el camino de la escuela hasta su casa o cómo ir hasta el centro, incluso tuvo que aprenderse de memoria cómo ir al súper más cercano. –No tienes ni idea. –respondió rodando los ojos, como restándole importancia al tema pero aún así burlándose de su mala suerte. Se sorprendió un poco cuando escuchó lo siguiente, ni siquiera esperaba un comentario como ése. Rogó entonces que su mueca de asombro no haya sido tan notable e intentó ocultarla con una risita que acompañaba a la del muchacho, llevando también la mano hacia su boca y escondiendo de paso el pequeño color carmesí que comenzaba a aparecerle en las mejillas. –¡Por supuesto que no tengo un caballero de armadura brillante! –exclamó moviendo levemente la cabeza de izquierda a derecha, negando lo anteriormente dicho. –Los celos no son necesarios, tengo que informarte que hasta ahora sólo tengo un anti-héroe con máscara de dientes expuestos. –finalizó su broma haciendo referencia a la dichosa máscara que tanto llamaba su atención. Admitiría, internamente, que le dio gracia pensar en la situación de tener un caballero por cada vez que se extraviaba, si fuera así seguro que tendría millones de salvadores, en cambio hasta el momento ella sola tuvo que ingeniárselas todas esas veces que acababa en un lugar en el cual nunca había estado. Fue cuando escuchó la pregunta del albino que su rostro cambió ligeramente, la sonrisa se mantenía intacta en sus labios pero su mirada se había entristecido un poco, parecía como si sintiera una profunda nostalgia y de hecho así era. Hablar de su madre no era algo que acostumbraba a hacer con total libertad, siempre le costaría el recordarla sin sentir un poco de pesadumbre en el pecho y es que rememorar los tiempos en donde su madre falleció y todo era desgracia en su vida y en su familia nunca le hacía bien. –Sí, ocurrieron algunas cosas y vinimos aquí para buscar un poco de paz para mi padre. –se limitó a decir, no entraría en detalles porque estaba segura que si lo hacía terminaría llorado desconsoladamente y mostrarse triste frente a otras personas era algo que para ella estaba prohibido, además, no quería que el primer encuentro con el agradable desconocido de máscara terminara en lágrimas. –Dime, ¿cuál es la razón de que te muradas aquí? –inquirió más que nada por cortesía, el tema no le agrada demasiado y preferiría pasarlo por alto, pero no iba a ser maleducada y de todas formas la pregunta ya había salido de sus labios. –Oh, te ofreciste a ayudarme a encontrar el centro y ni siquiera sabías muy bien donde estabas, querías pasar más tiempo conmigo ¿no? –interrogó de forma divertida, dejando en claro que ella sabía que esa no era la intención de Kaneki sino más bien ser educado, a pesar de que estaba ayudando a, en ese entonces, una completa desconocida. –Espera ¿Sabrás como volver a partir de aquí? –de repente la duda y la preocupación le asaltaron. El chico sólo había salido a recorrer y ella lo arrastró a un lugar que él desconocía y  probablemente no tenía ni idea de cómo llegar hasta su hogar a partir de ese punto. –Antes de irte de aquí, podrías pedir algunas indicaciones a los camareros, ya que no creo que yo pueda ayudarte. –recomendó con un deje de intranquilidad en la voz. Ciertamente no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que el muchacho no sepa ir hasta su hogar desde esa cafetería, sólo pensó que como ella sabía manejarse por su propia cuenta en esos lugares no habría ningún problema y lo llevó allí como un agradecimiento, sin siquiera reflexionar en la situación del otro; pero no dijo más, tampoco se disculparía, estaba segura que sonaría algo molesto y de todas formas seguramente con las instrucciones correctas él sabría cómo guiarse y el asunto no sería tan grave.

Falta mucho Kaneki, pero no te preocupes por el mundo, tú me ayudarás mientras siga estudiando, ¿verdad? –a decir verdad, faltaba tan solo un año para terminar la secundaria, ella no planeaba ser holgazana y quedarse haciendo nada en su casa disfrutando de la fortuna que su padre acumuló a través de los años, no, ella seguiría estudiando en la universidad, al menos un tiempo más para asegurarse una carrera, aunque no tenía muy en claro qué estudiar; la música era por naturaleza su pasión, la dedicación que pone en ella es suficiente como para comprobar que podría dedicarse eternamente a eso y tranquilamente vivir entre violines y pianos por el resto de su vida, pero la escritura también era una opción, los libros siempre habían llamado su atención, fueron  una hermosa compañía cuando lo necesitaba y plasmar sus ideas en papel era algo que la satisfacía de sobremanera; no era para nada una sorpresa que considerase dedicarse a estudiar literatura a la hora de pensar su futuro. Despejó su mente, ese no era un tema por el que debía preocuparse ahora, ya tendría tiempo para volverse loca cuando estuviera sola, sin embargo tenía la necesidad de preguntar sobre aquello, le picaba la curiosidad saber a qué se dedicaba o dedicaría. – ¿O acaso tú también estarás lo suficientemente ocupado como para no ayudarme? –dejó una leve insinuación en su pregunta que englobaba todas las preguntas que le ocurrían. Su atención se volcó en el nuevo tópico e infló las mejillas y se cruzó de brazos en señal de que aún seguía molesta con la respuesta del albino, ¡Ella quería que se sacará de una vez por todas la máscara! Realmente sentía mucha curiosidad por el rostro que se encontraba debajo de todo ese cuero, de todas maneras ya no era simplemente eso, comenzaba a ponerle un poco incómoda el no saber con claridad cuales eran sus expresiones, podía definir fácilmente cuando algo le hacía gracia pero sólo por el hecho de que escuchaba su risa, ni siquiera era capaz de ver su sonrisa, debía manejarse por el único ojo visible para entender sus gestos y aún así le era un poco difícil interpretarlos todos, ¡Necesitaba que se despojara esa mascara cuanto antes…! O tal vez ya estaba comenzando a dramatizar demasiado, no, no era indispensable, aunque le gustaría poder ver el rostro completo de Kaneki cuando hablase con él.  Sin embargo su fingida molestia y leve altanería se desmoronó cuando escuchó sus palabras, definitivamente ahora sí moría de vergüenza; tenía el rostro tan rojo como la bufanda que suele llevar en invierno y sus ojos se abrieron con exuberante asombro, no tuvo ni la delicadeza de ocultarlo esta vez. – ¿E-eh? ¿Q-qué cosas dices, Kaneki? N-no podría enamorarme así de fácil. –admitió llevando sus orbes a unas tazas que estaban reposadas en los estantes atornillados a la pared, pretendiendo de esa forma que el albino no le viera el rostro y calmar un poco su sonrojo. Suspiró, calmándose internamente; por supuesto que su reacción había algo exagerada pero en esos temas ella era algo inexperta y no podía evitar sentir bochorno a pesar de que sabía que era una broma de parte del muchacho.

Agradeció el cambio de tema, que le permitía despejar su mente de la escena anterior y se permitió mirarlo otra vez a la cara para replicarle con mueca de enfado simulado. – ¡Pero los colores pasteles están bien! –si bien había dicho que cualquier cambio la pondría incómoda era cierto que alguno que otro ajuste mínimo como agregar una estantería de libros no le vendría mal al lugar, no negaría que las modificaciones que sirvieran para mejorarlo no le molestaban para nada, incluso estaba en total acuerdo con Kaneki, algo como una pequeña biblioteca sería ideal para el lugar. –De acuerdo, de acuerdo, te dejo cambiarle los colores a las paredes si además de poner una estantería también pones un piano y muchas flores. –comentó accediendo a los planes que sabía nunca se concretarían. Definitivamente si ella fuera la dueña del lugar el primer cambio que haría sería poner un piano; la idea de tomar café con música clásica, o cualquier melodía producida por el instrumento, se le hacía gratificante, tanto así que hasta sería capaz de mandar la idea en forma de carta al dueño. –No, no es correcto asumir tal cosa señor Kaneki Ken. –negó la suposición con un toque de formalidad humorística. –En estos momentos me encuentro corta de dinero, pero para cuando le compre ésta cafetería ya habré robado algún banco. –bromeó con el rostro serio, intentando de esa forma que lo que decía pareciera verídico. De nuevo la imagen mental de la situación le causó gracia y no pudo evitar soltar una risita ante ello; Celestia no podría ni siquiera robar un caramelo, su lado justo no la dejaría en paz si lo hiciera y el fantasear con ella siendo una ladrona típica de película policial le era sumamente hilarante.

Luego de repasar la situación en su mente llegó a la conclusión de que fue un tanto precipitada y actuó sin meditar sus acciones. Era cierto que acostumbraba a detener las manos de las personas que se tronaban los dedos, no obstante lo hacía únicamente con las que eran más cercanas a ella, con las que tenía cierta confianza, es decir, sus amigas, sus familiares, etc. Definitivamente se había dejado llevar por la charla y el ambiente ameno que se creó, aún así el acto fue bochornoso y ahora se arrepentía de haberle detenido las manos, ¿cuántas veces se tuvo que aguantar el sonido ensordecedor sin siquiera poder hacer nada?, estaba claro que no era la primera vez, múltiples veces soportó la necesidad de decirle que paren a muchas personas, no iba a ir por la vida deteniendo a cualquier desconocido solamente porque a ella le causaba escalofríos el sonido. Diviso la mirada de confusión en el rostro de Kaneki, podía entenderlo a la perfección; actuar de una manera tan tonta por un simple sonido que fue exactamente igual al que minutos atrás retumbó en sus oídos al ser quebrados los huesos del vagabundo, ¿acaso quería quedar como una especie de bipolar? No cabía duda que debía dejar de sucumbir ante sus impulsos, no sería agradable que la gente comenzara a pensar cosas que no eran. –No… No es necesario. –respondió con seriedad, pero sonriendo a la vez, combinando ambas en una extraña fusión. La frase tenía impregnada cierto deje de mordacidad y a pesar de que también sonaba a broma simplemente no le había… ¿Agradado? Por lo que optaría por dejarla pasar así sin más. –¿Es que le vas rompiendo los dedos a cualquier tipo malo o tienes otros métodos? –finalizó con una pequeña broma. A decir verdad la escena fue a sus ojos algo perturbadora, presenciar como los dedos del hombre eran quebrados con tanta facilidad y se partían como si de una pequeña vara estuviésemos hablando no era para nada satisfactorio y estaba segura que si pudiera recordar el ruido sería aún menos grato. Sin embargo, por el momento parecía que ambos se tomaban el suceso en forma de chiste, restándole importancia a la gravedad del tema, y era mejor si las cosas se quedaban así, mucho mejor.

Generalmente no le molestaba que la interrumpieran con una llamada cuando estaba en medio de algo, sus actividades diarias no necesitaban de mucha atención, tampoco eran algo sumamente importante como para decir que eran obligatorias, por lo que tranquilamente podrían ser interrumpidas en cualquier momento y ella simplemente no le importaría para nada. Pero como siempre, había excepciones y éste momento era uno de esas. Para empezar, ¿por qué no puso el modo de silencio? En ese caso sí era su culpa, no era costumbre el hacerlo, dadas las circunstancias se reprendía mentalmente no haberlo hecho, pero que sabría ella que la llamarían en un momento tan significativo. Luego, [color=#990000]¿desde cuando su padre llamaba más de una vez?[/color] Comprendía que ya se había hecho relativamente tarde y que tal vez la preocupación no lo dejaba en paz, no obstante esa no era una actitud propia de él, su padre sabía que siempre tardaba en volver a casa y que si realmente necesitara su ayuda ella misma lo llamaría desesperada. Y para finalizar, ¿por qué no envió en bendito mensaje de “luego te llamo” antes? Sin lugar a duda se habría ahorrado el feo momento a continuación, el café estaría humeando frente a ellos, las ropas de ambos estarían limpias y no tendría que pagar de más por haber roto una de las tazas; pero no, ella simplemente tuvo que esperar hasta último momento para recurrir a la opción más fácil. Moría de vergüenza, reconocería que incluso mucho más que cuando tuvo que rogarle al albino que la ayudara y agradecía a todos los dioses habidos y por haber que el muchacho no se rió de su desgracia, porque era probable que luego de eso se escondería bajo una roca y no saldría de allí hasta que la vergüenza la dejara de atormentar o hasta que la situación se borrara por completo de la mente de ambos. Divisó por el rabillo del ojo al chico que intentaba limpiar todo lo que podía con unas míseras servilletas el desastre causado en la mesa, aunque le restó importancia y volvió la vista a los trozos rotos en su mano, que se chocaban torpemente entre ellos por el débil temblequeo; para en ese entonces, Celestia ya estaba llorando, había tratado con todas sus fuerzas intentar no largar sus lágrimas, pero estaba harta de que ese día las cosas le salieran mal, ya no aguanta la excesiva mala suerte que parecía seguirla, verdaderamente intentó lo más que podía, no obstante finalmente la impotencia le ganó y dio rienda suelta a su llanto. Paró su intento de juntar las piezas cuando la mano de Kaneki se posó sobre la suya, lo miró instintivamente a pesar de que no veía bien, puesto que las lágrimas le nublaban la vista dándole una imagen acuosa del muchacho. –L-lo siento, lo siento. –ofreció despacio una disculpa llena de congoja, las palabras salieron con lentitud entre hipidos de su boca y ni siquiera ella pudo comprender bien que dijo, porque la voz la tenía débil y llorosa. Sin embargo, aunque sentía una terrible angustia y bochorno, rió cuando escuchó las últimas palabras del albino; no cabía la posibilidad que su vestido se manchara más de lo que ya estaba, podría cortarse todos los dedos y usarlo como venda y de todas formas no se ensuciaría más que eso. –No es necesario que las recojas. –protestó, intentando no meter en más problemas a Kaneki, pero fue inútil decir más, además de esa forma la tarea sería mucho más rápida y sencilla. Una vez que terminaron y le entregó los pedazos a la camarera y se secó con el dorso de la mano los ojos que estaban vestidos en agua salada, daba gracias que ese día no se le había ocurrido maquillar sus ojos, de lo contrario parecería un mapache deprimido, sí, esa sería una buena comparación. Procedió entonces a discutir un arreglo con la camarera, ofreciéndose a pagar por el café y la taza; no fue necesario, sólo debería pagar por la vasija rota.

Ambos volvieron a sentarse en sus respectivos asientos, el accidente quedó atrás por completo pero en el aire se podía palpar la tensión, al menos esa era lo que ella sentía, había tenido una mala experiencia en el lugar que más frecuentaba y lo peor de todo: lloró en frente de Kaneki, justamente lo que menos quería. No se atrevía a verlo a la cara, ¿cómo podría hacerlo si además de haber tirado la orden había provocado que se manchara? Las ganas de llorar la volvieron a atacar pero no lo haría, debía dejar de ser una nena llorona, por lo menos en este momento. Centró la mirada en la nueva taza que tenía en frente, el líquido desprendía un aroma espectacular que llegaba a su nariz a través del humo que afloraba por la alta temperatura, de todas formas no lo tomó en seguida, seguía pensando en lo anteriormente sucedido. Se vio obligada a verlo a la cara cuando la pregunta salió de sus labios, fue una mirada rápida que bastó para afirmar que la miraba a los ojos y aún así apenas si pudo tener una imagen clara de su cara. –Era mi padre, lo llamaré luego, no era tan urgente. –todavía hablaba despacio, la voz ya no se le notaba llorosa, no obstante si hablaba más alto, aunque sea a su tono normal, se le quebraría sin siquiera quererlo. Llevó una de sus manos para tomar la pequeña cuchara y poner, al igual que el muchacho, dos terrones de azúcar. En el proceso atisbó sin querer como Kaneki llevaba una sus manos hacia la parte trasera de su cabeza, no entendía muy bien que era lo que estaba haciendo y eso fue lo que la llevó a quedarse mirándolo con cautela. Quedó prácticamente congelada en el lugar cuando ató los cabos y se dio cuenta de la intención del albino: se estaba sacando la máscara. Parecía que había olvidado respirar, tampoco era capaz de articular una palabra, aunque sabía que Kaneki le estaba hablando ella simplemente se quedó mirándolo, no era momento para otra cosa, finalmente se desprendió de su máscara y podría ver gran parte de su rostro, el parche seguía posado en su ojo, pero ver lo que restaba era un gran paso. Pronto se percato que estaba observándolo más de la cuenta y la cuchara seguía tendida en el aire con los dos terrones de azúcar que esperan ser disueltos en el brebaje, su cerebro hizo click y esa fue la señal para que comenzara a moverse otra vez con normalidad, llevando con velocidad la cucharilla cerca de la taza para arrojar los terrones. Para nada sería raro decir que había vuelto a sonrojarse, parecía algo común a estas alturas, pero no podían culparla, la chica simplemente es tímida y ruborizarse es algo que hace con especial facilidad.

Lo siento, me distraje un poco. –dio una torpe e incoherente disculpa mientras terminaba de revolver su café. –Admitiré que estoy realmente impresionada, pero sigues ocultándome uno de tus ojos, eres malo. –se quejó, dramatizando un poco la situación, poniendo la boca en forma de un pequeño puchero y dejando de batir el café, golpeando delicadamente dos veces la cucharilla en el borde de la taza para que suelte las últimas gotas del líquido, sin embargo no seguía sin tomar ni un sorbo porque verle el rostro a su compañero era más importante e interesante en ese momento. No pudo evitar la emoción cuando Kaneki le acercó la máscara, ni siquiera se molestó en ocultar la mueca de alegría cuando lo miró preguntando sin decir nada “¿En verdad puedo?”, parecía literalmente una niña en una confitería y escuchar la explicación que el chico le brindaba la entusiasmaba de sobremanera. La tomó entre sus dedos y acarició con lentitud los dientes, no negaría que le daba algo de repelús pasar las yemas por esa gran sonrisa aunque eso sólo era impresión suya,  de todas maneras le daría la razón al muchacho, a pesar de que el cuero parecía algo tosco al tacto en realidad era suave y maleable; tenía tantas ganas de probársela, pero al parecer había estado bastante tiempo inspeccionando la dichosa máscara, tanto así que su café comenzaba a bajar de temperatura, ya tendría tiempo luego. –¡Ah, sí, perdón! –volvió a disculparse por nada, para seguidamente dejar el objeto delicadamente a un costado de la mesa y tomar con ambas manos la taza, ciertamente estaba frío, pero todavía entraba entre su estándares de temperatura, de todas maneras ya comenzaba enfriarse bastante rápido y debía tomarlo cuanto antes, por lo que no pudo ni siquiera disfrutar con tranquilidad su café.
Estaba en el último sorbo cuando casi se atraganta ante la declaración de su amigo, había sido algo inesperada y tal vez sobre reaccionó por el hecho de estar aún inquieta con el tema de su rostro desenmascarado. –¿Salir? Eh… –dudó, ¿cómo harían para volver a tener una salida?, ambos seguían siendo apenas conocidos, no sabían ni siquiera la dirección de sus casas, mucho menos tenían algo tan simple como sus números telefónicos, aunque eso era solución rápida; dejó el café a un costado y tomó su móvil, pasando sus dedos encima de los números para desbloquear la pantalla e hizo todo el proceso para agregar a un nuevo contacto, y cuando terminó le acercó el aparato a su amigo. –Toma si queremos volver a encontrarnos debemos tener al menos nuestros números, ¿no crees? –ofreció una sonrisa risueña mientras dejaba el móvil en la mesa justo en frente del chico, esperando que éste marcara su número telefónico en la pantalla. La idea de tener otra salida con él le había parecido simplemente maravillosa, lo interrogaría a más no poder porque era obvio que en esta ocasión no tendría el tiempo que ella necesitaba para hacer todas las preguntas que, irónicamente, se volvían a amontonar en su cabeza: ¿por qué usaba esa máscara?, ¿por qué usaba ese traje?, ¿ese era su color natural de cabello o lo teñía?, ¿por qué se pintaba las uñas?, en resumen, todas aquellas interrogantes se referían a su aspecto, porque era necesario admitirlo: el muchacho era simplemente singular, no obstante intuía que las respuestas eran mucho más extensas que las preguntas y no habría tiempo para eso. –Cuando termines, si no te importa, préstame el tuyo para que pueda anotar el mío. –finalizó, todavía esperando por la reacción del albino. Sin embargo las interrupciones volvieron a ser parte del momento y antes de que él pudiera hacer algo su móvil comenzó a sonar con el tono de llamada y a vibran en compás con éste; era su padre una vez más que al parecer no le fue suficiente el mensaje que presurosa había enviado, ésta vez no cometería el mismo error, se quedaría sentada allí sin importar que gritara o que le gritaran, no quería arriesgarse a tener otro accidente más. Tomó el aparato y repitió la acción de minutos atrás. –¿Papá? ¿Qué sucede? –dejó salir cuando terminó de desbloquear la llamada, recibiendo, como ella predijo, gritos casi desaforados por parte de su adorado padre. –¡No es necesario que grites! Volveré en cuanto… Sí, estoy allí… No, no vengas a buscarme, volveré sola… En verdad no tienes que preocuparte yo… ¡De acuerdo, de acuerdo en seguida voy para allí! –dio por concluida la llamada y dejó el móvil a un costado del mesón. Tener una acalorada discusión por celular era de por sí vergonzoso y espera que Kaneki no haya sido capaz de oír nada de que su padre le había dicho, no quisiera que supiera que la trataba como a una pequeña niña.

Parecía que el grato encuentro debía llegar finalmente a su fin, su padre estaba realmente enojado y no dejaría que se quedara un minuto más y aunque había intentado protestar, asegurándole que ella volvería sana y salva, no fue suficiente para que el hombre accediera por eso se veía obligada a regresar a su hogar. De todas formas su padre tenía razón, el cielo negro que se mostraba en una de las pequeñas ventanas demostraba lo tarde que era y si no quería que algo malo volviese a pasar necesitaba apresurarse e irse a su hogar antes de que las calles quedaran desoladas, porque aunque ese no fuera un problema en el centro, que siempre se mantenía lleno, en las calles cerca de su hogar las cosas eran diferentes. –Lamento la inesperada llamada, si volvía a colgar luego lo pagaría caro. –soltó un chiste algo tonto luego de que terminó de guardar el dispositivo en su bolso y sacaba su billetera de color rojo, rebuscando entre los múltiples bolsillos el dinero justo para pagar las ordenes y dejar un poco de propina, porque como anteriormente había dicho, ella podía recordar de memoria los precios, incluso las cosas del menú, por eso no necesitaba llamar a la camarera para saber el monto total; en cambio ella iría a buscarla, ya que si existía algo que ella no sabía era el precio de la taza rota. Se posicionó al lado de Kaneki, que seguía sentado, y lo tomó de la mano incitándolo a que se pare junto con ella para que la siga hasta donde la camarera se encontraba limpiando alguna que otra mesa; tranquilamente podría haberle dicho al chico que la esperara unos minutos, pero al fin y al cabo él debía pedir algunas instrucciones, eso era seguro. –Disculpa, soy la chica que rompió una taza hace unos minutos, seguro me recuerdas. –quiso llamar la atención de la mujer con una broma penosa, en parte porque esa era la única referencia que tenía de su persona que la camarera conocía. –Necesitaba hacerte unas preguntas… Primero, ¿me dirías el precio de la taza que rompí? Lo demás está en la mesa, y segundo, me preguntaba si me podrías indicar cómo llegar a cierto lugar… –cuestionó, jalando la mano de Kaneki, que aún sostenía, al final del corto interrogatorio, insinuando de esa forma que le indique a la mujer la supuesta dirección; ambos escucharon atentamente la información que la camarera les ofrecía y luego de pagar los daños, recogieron sus respectivas cosas y se dirigieron hacia la salida.

Una ventisca de aire frío fue lo que los recibió al salir de la cafetería, obligándola a abrazarse a sí misma ya que ella, sin saber que tardaría tanto en volver a su casa ni que el tiempo refrescaría, llevaba sólo un vestido, que además estaba húmedo, ¡Moría de frío! Definitivamente pescaría un resfriado luego de esto. Suspiró con algo de tristeza, al final no tuvo la oportunidad de tener su tan esperado interrogatorio y bastantes cosas habían salido mal, ahora debía despedirse de Kaneki sin haberse llevado mucha información… ¡No, no se sentiría triste! Pudo ver el rostro de su salvador y además él dijo que se verían otra… ¡Olvidó por completo que no tenía su número! Lo miró con los ojos bien abiertos pero no dijo nada, sino que comenzó a rebuscar en su bolso un papel y lápiz, porque ella era ordenada en ese sentido y sin importar qué siempre llevaba algo para escribir. Cuando encontró lo que buscaba apoyó el papel en su palma y con la otra comenzó a escribir su número de móvil, justo por debajo de las palabras: “Celes, la chica del vestido rosa” seguido de un pequeño corazón, haciendo referencia a como la había apodado cuando ni bien se conocieron. –Toma, éste es mi número, llámame cuando te sientas con ganas de salir. –prácticamente le ordenó cuando tomó su mano y reposó en su palma el trozo de papel. –Supongo que éste es el adiós, la próxima vez no romperé nada, lo juro. –terminó con una última broma, sosteniendo aún su mano y soltándola únicamente cuando se alejó un par de pasos hacia atrás para comenzar su frío camino a casa; se había alejado bastante, sin embargo se dio vuelta antes de desaparecer entre las personas y gritó lo más alto que pudo, sin importarle si la miraban o no, su despedida. –¡Nos vemos, Kaneki, no vayas por allí rompiendo dedos, ¿de acuerdo? –finalizó con un beso al aire y seguidamente retomó su camino hacia su hogar donde podría descansar tranquilamente del ajetreado día que había tenido. No cabía duda de que cuando llegara y contara que fue asaltada otra vez se comería un buen regaño por despistada.
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Re: We found the way, right? [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ken Kaneki el Lun Mar 30, 2015 2:12 am

Ciertamente, era probable que en su cabeza nunca se cansara de recalcar lo divertida que le parecía la situación. No sólo por el contraste que ejercía con su escenario anterior en barrios peligrosos, donde terminaron correteando a un ladrón para recuperar un bolso hurtado, además de propinarle unos dedos rotos; sino, en suma, que ambos parecían actuar maravillosamente acorde. Tal como si escenarios tan peculiares fueran cosa de todos los días, pero en el fondo, seguramente buscaban nada más una excusa para deshacerse del estrés de la escena anterior. Como salir del escenario de una película, era necesario un descanso. Además, que el ofrecimiento de una taza de café le era sencillamente irresistible. Y como hasta esa instancia estaba pasando un momento agradable en la compañía ajena, no veía problema alguno. Se permitía reír y bromear al respecto del horrible sentido de orientación de Celestia, ya que la aludida también lo tomaba con gracia—. Seguro es terrorífico, como estar siempre en una película de terror —comentó, con leve seriedad fingida. Siendo sincero, un acontecimiento así le resultaría interesante como una novela o película, pero no debía ser igual para el desafortunado protagonista que lo viviera en carne propia. Aunque no le negaría, le agradó de sobremanera lo presurosa y semi-desesperada que se vio la muchacha por aclarar que no tenía otro héroe de armadura brillante que la sacara de aprietos. Asintió con la cabeza, mostrándose satisfecho con la explicación—. Bien, bien, y más vale que se mantenga así —advirtió, con un pequeño ademán severo. ¿Acaso estaba siendo posesivo? De ninguna manera, y se obligó a empujar el extraño pensamiento fuera de su cabeza antes de retomar la plática trivial. Era casi inevitable rozar superficialmente el tema de la familia al hablar de la mudanza, más si se trata de un país extranjero. Escuchó con atención a Celestia relatar sobre el motivo, que era su padre, y quizá frunció ligeramente los labios al pensar las implicaciones de sus palabras. Sin embargo, no era su asunto. Fue su turno de lucir imperceptiblemente incómodo cuando le tocó responder, y pese a su sentido común, decidió brevemente deslizar la oración de su boca sin más—. Quise alejarme de la familia de mi tía —dijo, e incluso podía percibir una sonrisa sencilla instalarse en su labios ante su declaración, como antes, cuando su cabello continuaba de un color oscuro. El sentimiento nostálgico fue fugaz, no tanto a su pesar, porque rápidamente cayó en cuenta de un detalle importante el cual había pasado olímpicamente por alto: que no tenía ni mínima idea de cómo regresar a su hogar desde ese punto. De hecho, no sabía siquiera en qué sector de la ciudad se encontraba en ese momento. Maldijo para sus adentros, deseando en ese momento ser capaz de estrellarse la cabeza contra la superficie sólida más cerca—. Eh... no —admitió, con bochorno. Y daba gracias a que la máscara negra que cubría su rostro lo disimulaba perfectamente bien—. Claro, te acompañé hasta aquí porque quería pasar más tiempo contigo y evitar que algún borracho te apuñalara en un callejón —se jactó, sin modestia alguna, como para cubrir su desliz de vergüenza anterior. Sin importarle en lo más mínimo que el escenario era algo imposible, y que resultaba a fin de cuentas como una excusa. Se decidió a guardar silencio, y su dignidad, conformándose con la idea de pedir indicaciones a los camareros del lugar a partir de ese punto.

Dejando todo lo demás de lado, todavía se le hacía profundamente adorable la reacción de impaciencia y molestia hacia él por no querer desprenderse de la máscara, no todavía. Aunque el tópico se desviaba con facilidad, y acabaron bromeando abiertamente sobre la carrera factible o no de detective que la otra tendría. Respondió con diversión teñida en su voz, soltando una risa pequeña—. Claro que te ayudaré. Seré como tu John Watson personal —bromeó de buena gana, y cerrando cerrando ambos ojos un momento, aunque sólo uno de ellos fuera visible, para darse a sí mismo un aspecto de solemnidad en compañía de su oración. ¿Qué casos serían capaces de ver? ¿Robos, asesinatos, suicidios? Había ciertas implicaciones siniestras en la idea que no consideró de antemano, pero que ya era demasiado tarde para tomar de regreso, aunque podía hacer un maravilloso trabajo obviándolas. No le sorprendió en absoluto que Celestia fuera estudiante, y por su rostro y estatura, le era difícil adivinar si le faltarían unos cuantos años para terminar secundario o uno solo. Quizá la preguntaría más tarde al respecto. Se encogió de hombros cuando la pregunta le fue de vuelta, quedándose un momento pensando, que en realidad él no tenía nada que hacer. Ese pequeño vacío existencial empezaba a ser preocupante, en su opinión—. Soy ciudadano, no hago gran cosa —habló, rascándose superficialmente la barbilla, pese a tener la máscara de cuero todavía cubriéndole el rostro. No le importó el cliché de la frase, en realidad, aquello lo resumía muy bien. Antes tenía una carrera universitaria, ¿qué pasó con eso? ¿Por qué permanecía tanto tiempo sin hacer nada hasta hartarse? Aunque no era la clase de pensamiento con que lidiar en ese momento, fue como un alivio culpable el conveniente cambio de tema. Ni mentiría, que el rostro de Celestia se tiñera completamente de rojo no le extrañó en absoluto, y a su pesar, optó por ser buena persona y dejar el tema ir, calmándola un poco—. Tranquila, sólo bromeo. Por supuesto que nadie se enamora así de fácil —remarcó el punto, pero apenas era capaz de contener una pequeña risita. Él recordaba algunas chicas que le gustaban de la escuela, pero nada realmente... serio, o importante. Era tan tímido en esa época que ni siquiera se habría declarado. Era casi triste admitir que su vida sentimental sería casarse con una novela a ese paso, y a la vez se le hizo ridícula la comparación.

Por supuesto, dudaba por mucho que él fuera la única persona en el mundo que se tronara los dedos. Digamos, era una vieja costumbre. A veces ni siquiera lo notaba hasta que sentía el crack característico del tejido de su articulación al estirarse. E incluso no iba a negar, que le resultaba de cierta manera penoso que a ojos de Celestia el gesto fuera algo tan desagradable como para darle escalofríos. Después de todo, tenía parte de culpa por intentar reproducir el sonido a consciencia cuando hacia apenas media hora le habría quebrado los dedos a un hombre en el callejón, y ese crack crack crack no podía quitarse fácilmente de sus oídos, al menos por un tiempo. ¿Quizá entre el shock del momento ella no había escuchado bien? Como fuera, pese a sus palabras de disculpas, un comentario mordaz fue toda su respuesta a su declaración de "lo siento", por mucho que en el fondo lamentara la tensión repentina cuando anteriormente todo marchaba tan condenadamente bien. ¿Karma, tal vez? Ahogó un suspiro, que combinaba a la perfección con la risa sin humor que soltó de su garganta—. No, claro que no —se defendió, haciendo un esfuerzo por mostrarse, fingir sentirse ofendido por el comentario. ¿Tenía otros métodos? No mientras colocar un ciempiés vivo en el oído de alguien continuara siendo una práctica ilegal. Sintió la tentación de decirlo, en tono de broma, claro está. Pero no podría resultar más que absurdamente inapropiado. Porque parecía ser la única manera sencilla en que ambos podían tratar el asunto—. No lo sé... supongo que sólo en situaciones de emergencia —declaró, con algo de duda, ladeando la cabeza a un costado, y sintiendo como mechones de su cabello blanco le rozaban la frente pese a lo corto de su cabello. No era necesario aclarar para él exactamente qué significaba emergencia, ¿verdad? Era mejor de esa manera, probablemente no tocar el tema mientras estuvieran sentados, sólo relajarse y dejarlo ir. Y antes de agregar algo más, su pulgar se deslizó sobre su dedo índice, al ejercer presión emitió un crujido, otra vez, crack.

Dieron por zanjado el tema. En contraste, lo siguiente que ocurrió podía ser considerado incluso para la escena de una película cómica, o era correcto considerar que Celestia era una muchacha torpe de ridícula mala suerte. Lo que también le resultaba divertido, de levantarse a contestar una llamada de su teléfono móvil a chocar accidentalmente con la camarera que los atendía y que, además, llevaba sus pedidos en una bandeja en ese conveniente y preciso momento no dejaba de resultar hilarante. Sin embargo, no se rió cuando el líquido de ambas tazas fue desparramado en el suelo, la mesa y la ropa de ambos, destacando el vestido rosa y sus pantalones oscuros. Además, que era un lamentable desperdicio de café. Pero se obligó a focalizarse en cosas más importantes, primero, encargarse de limpiar la superficie de la mesa con los pañuelos de papel cedidos por su compañera, ya que él todavía permanecía sentado en ella. Incluso a través del contacto con la tela, sintió el agua caliente del café en el sitio de su pantalones donde había caído, cerca de las rodillas, que daba una sensación leve de incomodidad por el mero hecho de estar humedecido. No le dio importancia, y con inmediatez se dirigió a socorrer a la desdichada muchacha del vestido manchado, que recogía los trozos rotos de la taza de café como toda una Cenicienta en tragedia. Le ofreció ayuda, por supuesto, arrodillándose igualmente en el lugar para empezar a recoger las piezas de porcelana. La camarera continuaba allí parada, con expresión de no saber qué hacer, hasta que de un momento a otro se retiro a buscar implementos de limpieza para terminar el trabajo, yéndose con algo de prisa. Celestia estaba llorando, no le extrañó, pero aquello apenas se distinguía por los bordes de agua en sus ojos. Al menos, no sollozaba. Eso sí sería horrendamente incómodo. De ser otra la situación, le hubiera gustado darle un par de palmaditas en la cabeza, pero sea la razón que fuera, no lo sintió apropiado para ese momento. Dejó a las mujeres terminar de arreglar quién pagaría qué de la taza rota. Él decidió que lo mejor que podía hacer era relajarse con el aroma a café negro recién servido, y dejar las cosas pasar, ya que ninguno parecía lo suficientemente cómodo como para romper el silencio. Hizo una pregunta sencilla, y asintió al escuchar que el culpable de la llamada era el padre de la chica. Cosa que no le extrañaba, a decir verdad, era lo suficiente tarde como para que cualquiera se preocupara. Asumía que ella no le relataría su singular experiencia ni el robo de su bolso.

Por supuesto, se vio en la necesidad de desprenderse de su máscara en algún momento. De otro modo, no sería capaz de saborear como se debe una deliciosa taza de café. Además, pensaba que era momento adecuado para dejar de ser malo y complacer a Celestia de una vez, no tenía realmente un motivo para ocultar su cara que no fuera más que para molestarla e impacientarla un poco. Su rostro quedó por completo al descubierto, a excepción del parcha que continuaba cubriéndole un ojo. Sintió la brisa fría de la noche en la piel, pese a que se encontraban bajo un sitio cerrado y bajo techo. De buen humor, le permitió a su interlocutora revisar la máscara en lo que él aprovechaba para beberse su café, tomándose todo el tiempo del mundo. El brebaje amargo le supo delicioso, como siempre. Todavía encantado con la alegría infantil con que Celestia examinaba la máscara, incluso vio como ella pasaba los dedos por sobre la sonrisa marcada y las encías rojas. No evitó comentarle, obviamente divertido, que se le estaba enfriando el café. ¿Por qué sus reacciones nerviosas eran tan adorables?
Le propuso salir. Y por el tono en que lo hizo, ni él mismo estaba muy seguro si se trataba de una broma o hablaba en serio. Sólo un pensamiento expresado en voz alta, mientras dejaba de apoyar la totalidad de su espalda en el asiento para erguirse un poco más. La respuesta era importante, obviando olímpicamente el hecho que Celestia estuvo cerca de ahogarse con su propio café. Aunque con sinceridad, no se esperó que accediera tan rápido. Es decir, no imaginó en absoluto que después de la sorpresa inicial, la otra se ofreciera de buena gana para que él anotara su número de teléfono como contacto nuevo en su móvil. Podría decirse que se reflejó desconcierto en su rostro, y esa ocasión no estaba la máscara de cuero para ayudarlo a disimular. Aunque no alcanzó ni siquiera a tomar el móvil, ya que el tono de llamada retumbó nuevamente en el lugar. Vaya que el padre de Celestia era insistente. ¿Quizá era hija única? Se cruzó de brazos, con una sonrisa divertida que no se molestó en ocultar, escuchando con atención las reacciones nerviosas de la muchacha y las respuestas enfatizadas que daba en el auricular del aparato electrónico. No se reiría en voz alta, en parte por educación y porque el hecho ya era lo suficientemente bochornoso de por sí, se imaginaba.

No te disculpes, lo mejor será que vuelvas a casa antes de que te decapiten —continuó la broma, con algo de burla sutil, al momento que la chica guardaba su teléfono en su bolso y procedía a sacar monedas. Le llamó la atención que parecía sacar la cuenta mental sin necesidad de llamar a la camarera, tal vez porque pasaba el suficiente tiempo allí para saberse los precios de memoria. Por un momento, se había distraído lo suficiente para olvidar el detalle importante de pedir indicaciones, y aunque no le gustara admitirlo, de no ser porque fue Celestia la encargada de instarlo a levantarse para acompañarla a ir a hablar con la camarera, ni siquiera hubiera recordado hacerlo. Se regañó mentalmente por eso, no era propio de su persona estar tan disperso. Pero ya lo arreglaría. Escuchó con atención las indicaciones de la mujer que los había atendido sobre cómo llegar, una vez él proporcionó el nombre de la calle respectiva. Se alegró de que en realidad no estuviera tan lejos de allí. Así incluso podría él mismo ir a esa cafetería si se le antojaba, especialmente porque al estar abierta las veinticuatro horas era una ventaja considerable. ¿Cuánta gente iría por un café a las cuatro de la mañana? Él no, pero la posibilidad se le hacía encantadora. Una vez completado el trámite, en verdad, no tenían algo que hacer allí. Después de despedirse de la mujer mayor, y que ésta les deseara una buena noche, ambos se dirigieron a la puerta sin prisa alguna. La brisa del aire frío típico de la época pronta al otoño los recibió, y fue todo—. Gracias por el café —habló con voz suave, y una sonrisa dirigida a Celestia. Aquello podía interpretarse como una despedida típica, acompañado de un "yo invitaré la próxima vez", ya que como habían acordado, esperaban volver a verse en algún futuro pronto. Parpadeó, con el ojo donde no tenía el parche, cuando la otra escribió algo en un papel a toda velocidad para rápidamente entendérselo, prácticamente depositándolo en su mano. Vio con sorpresa que se trataba de su nombre, una oración corta y un corazón. El número de teléfono de la muchacha, para abreviar. Y si fuera unos dos años menor a lo que era en ese momento, de seguro que se hubiera sonrojado. Gracias a algún Dios que no lo hizo—. Eh, claro —apenas fue capaz de responder, continuando un poco desconcertado. Se despidió con un ademán de su mano libre, mientras guardaba con cuidado la pequeña nota de papel que se encargaría por sobre todas las cosas de no extraviar. Celestia se alejó, y cuando estaba a punto de dar media vuelta para ir en dirección contraria, escuchó la exclamación lejana que la chica le dirigió en medio de la calle repleta de personas. Y un beso al aire, dioses. No fue capaz de evitar la sonrisa idiota que se le formó en el rostro, sólo una milésima de segundo, antes de recomponerse. Entonces, sí se dio la vuelta, girando por sus talones. Quizá meditaría sobre el asunto camino a casa, con la máscara puesta o no.
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