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Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

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Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Dianne Bailey el Dom Sep 28, 2014 8:34 pm

Entonces apareció el zorro:
—¡Buenos días! —dijo el zorro.
—¡Buenos días! —respondió cortésmente el Principito que se volvió pero no vio nada.
—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.
—¿Quién eres tú? —preguntó el principito—. ¡Qué bonito eres!
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!
—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.
—¡Ah, perdón! —dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
—¿Qué significa "domesticar"?



Como todo lo martes (realmente, como casi todos los días), iba a pasar la tarde con mis niños. Les llamo así, “mis niños”, porque siento como si fuesen parte de mí de algún modo, aunque van cambiando de día a día, de semana a semana… A veces para bien, pero otras… Otras para mal… Pero bueno, son mis angelitos también, ya sea aquí en la tierra, o cuando suben al cielo. Pero no hay nada mejor en el mundo que sentir las sonrisas en sus pequeños rostros y sus abrazos y besos… Eso reconforta el alma de cualquiera…

Les gusta mucho que les cuente cuentos o les lea libros… Y esta semana me había apetecido “El principito” ya que tenía a un precioso niño rubio como el trigo al sol recién ingresado con una leucemia y aún no le había empezado la quimio. El pequeñín tenía mucho, mucho miedo, y su madre (madre soltera) no podía pasar todo el día con él… El oncólogo me había pedido que hablase con su madre y le conté que por las tardes no se preocupase, que el pequeño no estaría solo mientras ella trabajaba, que yo le cuidaría. Así, como Gerard se sentía desamparado sin su mami, decidí convertirlo en el protagonista de la historia.

Estábamos todos sentados en nuestros respectivos cojines en el suelo de la sala de juegos, encima de la alfombra de colores con forma de puzle con letras y números. Siempre venía una enfermera a ayudarme a regular los palos de los goteros para que los pequeños se pudiesen sentar en el suelo. Al principio los médicos no lo veían bien, pero el oncólogo me ayudó a convencerles de que así los niños se sentían más vivos, menos encerrados en el hospital, es cierto, incluso me ayudaban a sentar a los pequeños que iban en silla de ruedas por escayolas y demás. Elisa, una de las enfermeras, se suele quedar conmigo mientras yo les leo, dice que se siente como una niña oyendo mi voz y viéndome gesticular con la mano izquierda mientras leo. En esta ocasión estaba sentada a lo indio, con las piernas cruzadas y me había quitado los zapatos y tenía Gerard, sentado de la misma forma sobre mí y me sujetaba el libro, pasaba las páginas y les enseñaba los dibujos a los demás.

- ¿Qué significa domesticar? – Me cortó Amanda, una pequeña niña de 5 añitos que estaba pendiente de que le cambiasen la férula de su fémur roto.

- Ten paciencia, que no te lo voy a explicar yo, te lo va a explicar el zorro… - Dije poniendo mis manos en la cabeza a modo de orejitas asomando la cabeza por el hombro de Gerard. Y continúe leyendo a pesar de los balbuceos de incomprensión de Amanda.


—Tú no eres de aquí —dijo el zorro— ¿qué buscas?
—Busco a los hombres —le respondió el principito—. ¿Qué significa "domesticar"?
—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? —volvió a preguntar el principito.
—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear vínculos... "
—¿Crear vínculos?
—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...


- ¡Eso no es domesticar! – Saltó de repente Leopold un crío de 8 años, con una cara redonda como un queso, mientras Amanda hacia un “ahhhhhh” de comprensión que acabó convirtiéndose en un “¿no?” por la frase del otro pequeño. – Domesticar es enseñarle al perro a hacer cosas como que te de la patita o que haga el muerto.

- ¡Tonto! Eso es amaestrar – Le contestó Lucille mi pequeña marisabidilla de pelo rizado que me entran ganas de comérmela cada vez que les explica las cosas a los demás. – Domesticar es que un animal salvaje deje de serlo para poder meterlo en casa. – Dijo muy segura de sí misma.

- Pues yo creo que tiene razón el zorro, ¿verdad Gerard? – Y el pequeño asintió entre mis brazos. – Porque, al fin y al cabo, los unos nos domesticamos a los otros. – Se volvió a armar revuelo entre los pequeños. - ¿Que cómo es eso? Muy simple. Si partimos de la definición que ha dado Lucille, todos somos salvajes para lo que es el mundo de los demás, por eso, cuando nos acercamos a otro, cuando le hablamos, y vamos creando lazos, vínculos, vamos perdiendo esa parte salvaje para convertirnos en algo cercano a la otra persona. Dejando de ser un salvaje cualquiera para ser un amigo.

- ¡Joder!, mira que dices cosas bonitas Dianne… - Dijo Elisa que abrazaba a Sophie, la más pequeña de todas de tan solo 3 añitos. – Y perdón por la palabra mal sonante, ahora meto un euro al bote de las palabrotas. - Elisa, tiene tan sólo 4 años más que yo, prácticamente es una recién llegada al hospital, únicamente lleva aquí 6 meses y aún no se acostumbra que no puede decir tacos en presencia de los niños, así que el bote de las palabrotas es prácticamente financiado por ella.


—Comienzo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
—Es posible —concedió el zorro—, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
—¡Oh, no es en la Tierra! —exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
—¿En otro planeta?
—Sí.
—¿Hay cazadores en ese planeta?
—No.
—¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
—No.
—Nada es perfecto —suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se  parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.


Mientras leía lo de los cabellos dorados le revolvía el pelo con la mano libre a Gerard que reía por las cosquillas.


El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor... domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito - pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...


Oí unos pasos que se paraban en la puerta, suaves y lentos. Pero no le di importancia, seguí leyendo, el pequeño ya entraría. Posiblemente sería Albert que lo traía su madre después de la diálisis, pero no dijo nada, cosa que me extrañó.


El principito volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.


- ¿Por eso vienes todos los días a las 4 Dianne? – Preguntó Sophie con dulzura.

- Exactamente, dear. – Le respondí con una sonrisa amplia y ella reía feliz de sentirse como los personajes del libro.


—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
—Ciertamente —dijo el zorro.
—¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.


Me giré al pequeño que estaba parado en la puerta sin atreverse a entrar y le dediqué una sonrisa amplia.

- Anda, pequeño, ¡pasa! No te quedes en la puerta. – Le invité a entrar con la mano. – Siéntate a escuchar el final del capítulo con nosotros. – Y di unos golpecitos en el suelo para que se sentase cerca de mí. Si era un niño tímido mejor que se quedase cerca para poder animarlo a hablar y a socializar, y a asegurarme de que no saliese corriendo.


El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
—Adiós —le dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.
—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
—Yo soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.


Coloqué el marcapáginas y cerré suavemente el libro dando por finalizado el capítulo. Iba a preguntarles que les había parecido el zorro, pero Gerard al fin se atrevió a hablar por primera vez en toda la tarde mientras el pequeño tímido de la puerta se había sentado a mi derecha pero no llegaba a tocarle. Y me escamaba la risita por lo bajo de Elisa, pero no le de importancia, suponía que alguno de mis niños le habría susurrado algo.

- Dianne… Eso es trampa, tú juegas con ventaja. Porque si lo esencial es invisible para los ojos… Como tú eres ciega y nunca has visto, siempre ves con el corazón…

Y me quedé muda, sin palabras, pues era una de las cosas más bonitas que me habían dicho nunca. Una perla de cristal amenazaba con desbordarse de mi ojo mientras me tiraba a abrazar por la espalda al pequeño y comérmelo a besos.
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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Félix Schnieper el Jue Dic 18, 2014 11:57 pm

—Está bien, mamá, sabes que no me molesta acompañarte. —Mencioné tomando los mangos de la silla de ruedas a la vez que le dedicaba una amable mirada al enfermero, el cual no había dejado de mirarme desde el momento en que había entrado a la habitación. Cuando este se retiró, desvié mi mirada nuevamente a mi querida madre y reí un poco por lo bajo cuando se enredó con los cables de la intravenosa. —A ver, ven, yo te ayudo. —Observé si la barra adherida a los varios catéteres que estaban allí era móvil y, como era de esperarse, era así, por lo que la moví un poco para mayor comodidad y desenredé los cables hasta que cayeron suavemente a un lado de ella. Volví a tomar los mangos al momento en que ella tomaba con la mano diestra la barra para que se moviese con nosotros de forma acorde y entrecerré un poco los ojos ante aquello, puesto que lastimosamente ya me había acostumbrado a verla de ese modo.
 
—Ah, mi pequeño Félix, gracias. Sabes que soy un poco torpe. —Sus palabras sonaron dulces, pero se notaba en su tono de voz que estaba muy cansada. Sonreí brevemente y empecé a llevarla a nuestro destino: la sala de exámenes. Empecé a caminar con paso lento y tranquilo, pues sabía que a ella le gustaba saludar a todos en el hospital. Después de todo ella era así, amable y dulce con todos. —¿Está todo bien, corazón? —Me vi interrumpido por su suave voz, haciendo que bajara la vista para verla y que a su vez mis ojos se amoldaran a su delicada figura. La bata de hospital ya parecía haberse hecho parte de ella, pero a pesar de ello seguía tan sonriente como siempre. Su cabello estaba recogido en un perfecto moño que, estaba seguro, se lo habían hecho las enfermeras que tanto la querían, y sus mejillas estaban un tanto sonrosadas, para mi sorpresa. —Ay, ¿te hiciste más perforaciones?
 
—Sabes que sí, todo bien. Te noto de mucho mejor color hoy, mamá. —Le dije, ensanchando mi sonrisa y riendo un poco por sus últimas palabras. —No, son las mismas de siempre. —Añadí, y no era mentira. Sin embargo, estaba seguro que ella no estaba de acuerdo con todos los piercings que tenía en el cuerpo, porque sí, no solamente tenía en el 70% de mi rostro, sino también en muchas partes de mi cuerpo. —Creo… —Dije con cierta diversión y colocando brevemente una fingida expresión pensativa, la cual se volvió en otra gran sonrisa cuando mi madre me reprochó por mi pequeña broma.
 
Continuamos el camino hasta llegar al elevador, afortunadamente no había mucha gente por lo que no tendríamos que esperar a que viniera más vacío. Una vez dentro, solté los mangos para ponerme a su lado y verle el rostro nuevamente, de verdad se le notaba de mejor color, y me alegraba por ello. Al menos todavía podía mantener ese semblante brillante que siempre poseía, que tanto la caracterizaba…
 
—Félix. —La escuché llamarme. —¿Cómo está él? Tu padre… —Mi mirada se había mantenido sobre ella, de reojo pero igual estaba sobre ella hasta que mencionó a mi padre, realmente no me gustaba hablar de él con nadie, ni siquiera ella. Por lo que simplemente reaccioné como siempre hacía, evitando todo lo que pudiese dar pie a una conversación que lo tuviese a él como tema principal a discusión. —Está bien... Aquí nos bajamos. —Asentí con la cabeza volviendo a mi posición inicial y salimos del ascensor con una velocidad un poco mayor a la que habíamos mantenido hasta ese momento. Apreciaba el hecho de que mi madre entendiera el por qué no me gustaba hablar de él, pero también apreciaba que no se había olvidado de su existencia. «Cosa lógica, Félix, es su esposo.» Sin embargo, la razón principal por la que no me gustaba hablar de Félix era porque no podía estar ahí para él, Dylan me mantenía al tanto de todo lo que sucedía, pero no era suficiente para mí. Por otra parte, ya nos encontrábamos a pocos metros de la sala de exámenes, por lo que al llegar allí simplemente le di un beso en la frente a Roseleen y la dejé en manos de los expertos. —En un momento saldré, cariño. Si quieres da una vuelta por el hospital y nos encontramos en unos minutos. —Asentí ante sus palabras y la miré a los ojos por unos segundos antes de despedirme temporalmente de ella y comenzar a caminar por ahí. Durante mi recorrido varios médicos y enfermeras me saludaron, pero no les hice caso, estaba demasiado sumido en mi mente como para darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor. Tanto que no me di cuenta cuando pasé de la zona de terapia intensiva a la de pediatría.
 
No fue sino hasta que escuché una suave voz que salí de mi mente y me di cuenta donde estaba, era fácil reconocer esta área del hospital puesto que las paredes estaban todas adornadas y alegres, a diferencia de donde se encontraban las personas de mayor edad o ya denominadas “adultos” por la directiva y administración del hospital. Caminé un poco más viendo a mis alrededores hasta encontrar una de las tantas puertas abiertas, en la cual habían un montón de niños alrededor de una joven de cabellos castaños que se encontraba leyéndoles una historia. Escuché algunos de los comentarios que los pequeños le hacían y no pude evitar el esbozar una sonrisa, era una escena muy linda. La forma en la que la joven interpretaba las palabras para los niños en cierta forma me hizo querer ser uno de esos pequeños y poder disfrutar de ese tipo de lecturas.
 
—Dianne… —Musité para mí cuando una de las pequeñas dijo su nombre y me recosté del marco de la puerta cuidando no hacer ningún ruido. Escuché la continuación del cuento encontrándome con que era nada más y nada menos que de El Principito, uno de los tantos libros que alcancé a leer de pequeño en Suiza, aunque se escuchaban un poco raras las citas en francés. Sin embargo, me sorprendí un poco al ver que la joven se volteaba en mi dirección, animándome a entrar. Estuve por negarme y decir que sólo pasaba por allí, pero la forma tan dulce en que sus palabras sonaron y el hecho de que creyera que era uno de los pequeños que disfrutaban de sus lecturas me hicieron acceder ante sus peticiones. Sin embargo, había una cosa que no entendía, ¿por qué pensó que era un niño pequeño? No lo sabía, pero estaba seguro que mi pregunta sería respondida en breves. Empecé a caminar dentro de la habitación y coloqué mi dedo índice diestro sobre mis labios para indicar a los niños que hiciesen silencio, dándome como respuestas algunas sonrisas y unas cuantas risas por parte de los mismos. Me senté al lado de la joven castaña y me la miré hasta que culminó de leer, todo sin dejar de sorprenderme por su habilidad con los niños.
 
Pero, como había previsto, mi pregunta interna había sido respondida por nadie más que un joven chiquitín, con unas palabras que no pensé que pudiese escuchar alguna vez. «Hay que ver que la inocencia infantil es una cosa increíble.» Me dije. Quizás mi sorpresa era muy notoria, puesto que algunos de los niños no pudieron evitar el imitar mi expresión con aire juguetón. Estaba sorprendido, he allí el por qué Dianne pensó que era otro de los niños a los que le leía, no podía ver. Mi mirada se posó nuevamente en ella cuando se abalanzó a abrazar al jovencito sincero y empezó a darle toneladas de amor, una risa breve se me escapó de los labios y subí mi mano para taparme los mismos, aunque ya era muy tarde, puesto que unos cuantos niños comenzaron a reír conmigo y comenzaron a acercarse con miradas curiosas.
 
—¿Cómo te llamas? —Comenzó uno.
 
—Woooow, ¿qué es todo eso que tienes en la cara? —Añadió otro y no pude evitar el reír ante ello.
 
—¿Eres amigo de Dianne? —Dijo una pequeña que se asomaba por mi lado izquierdo a la vez que más niños se acercaban a mí.
   
—Oh, vale, vale, no, sólo pasaba por aquí. Me llamo Félix, un gusto conocerlos a todos.
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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Dianne Bailey el Lun Mar 02, 2015 8:35 pm

Inmersa en el mar de amor que le profería a Gerard me desconecté del resto del mundo temporalmente. Me dejé caer abrazada a él sobre la alfombra de gomaeva, con todo el pelo revuelto y esparcido, tanto por la alfombra, como por mi cara y la del pequeño. Lo que me permitió dejar rodar la perla de cristal que llevaba un rato amenazando con desprenderse del rabillo del ojo, así oculta por la maraña de pelo, para que el resto de los niños no me viesen llorar. Posiblemente era lo único que me había prohibido a mí misma respecto a mis pequeños, no me podían ver llorar, no podía hacerles eso, yo era una fuente de paz y de alegría para ellos, algo que les desconectaba de la monotonía y el pesar del hospital, de lo tedioso de la enfermedad, y de la falta progresiva de energía de los que no se recuperaban. Yo era su bálsamo, su balsa de aceite, y si me veían llorar, todos los esfuerzos hechos se iban al traste. Por eso cubrí la lágrima con mi risa mientras me comía a besos a Gerard y rodábamos por el suelo, enredándome con la falda y el pelo.

Permanecí en esa nube de desconexión hasta que el revuelo se generalizó entre los niños, y escuché una carcajada que no era precisamente de un niño, si no de alguien más mayor, de mi edad… Limpia y sonora… Sincera… Permanecí tirada en el suelo dejando libre a Gerard de la prisión de mi abrazo, ya que tiraba para ir con los demás a curiosear al extraño. En cambio yo permanecí ahí tirada, despeinada… ¿Quién eres y qué marea te ha arrojado en esta playa? Desde mi posición del suelo escuchaba a los niños reír y preguntar… Siempre preguntan… Siempre… Adoro su curiosidad insaciable, tan perfecta y tan única, y tan reveladora en ocasiones. Y la curiosidad del gato se me despertó a mí también, cuando empezaron “lo que tenía en la cara” aquel intruso. Giré la cara y el cuerpo hasta quedarme recostada sobre el lateral con la mano apoyada en la sien, mirando en dirección al rumor de los niños, con una ceja enarcada, expectante, quería saber qué era eso que llenaba la cara del muchacho, ya que no lo podía ver, y mis modales me impedían tirarme a tocarle la cara sin habernos llegado siquiera a presentar.

Me entró la risa al oírle justificarse y presentarse, y me puse algo roja, no de vergüenza, creo, bueno… no lo sé… Sólo sé que sentía calor en las mejillas. La verdad que por como sonaba distaba bastante de ser un niño pequeño con el que lo había confundido. Y me volví a escurrir al suelo, tumbada boca arriba imaginando lo absurdo de la situación y entendiendo las risitas de Elisa. Y reí a carcajada limpia yo también, hasta que mi espontánea enfermera vino a sacarme de mi trance, y me cogió la mano para que me incorporase.

Me puse en pie y Elisa me llevó de la mano hasta donde se encontraba el extraño. No me hacía falta que me llevase de la mano, lo sabe perfectamente que soy capaz de esquivar a los niños hasta sin el bastón, que me defiendo perfectamente sola, pero es una licencia que siempre le permitía tomarse, así se sentía útil conmigo. La excusa que siempre ponía es que yo cuido de todo el mundo y no tengo nadie quien me cuide, así que ella me cuida a mí al menos mientras trabajemos juntas. Y no sólo mientras trabajamos juntas, en estos meses nos hemos hecho buenas amigas, y me obliga a salir de noche y de fiesta aunque no me guste la música de las discotecas, se esfuerza en llevarme a distintos lugares hasta que encuentra uno que es de mi agrado. Para que mentir, se ha convertido en mi mejor amiga, así que le dejo que me tome de la mano y lo que quiera. Pero esta vez no me cogió la mano como siempre. Me la apretó un par de veces seguidas, lo que era señal de que algo le llamaba la atención y tenía que estar más atenta.

- Soy Elisa, la enfermera de los peques. – Dijo temblorosa y sin soltarme la mano, acabando en una risilla nerviosa. Eso sólo podía significar una cosa, que el muchacho en cuestión era guapo y le había entrado por los ojos a Elisa, cosa que yo no podía comprobar aún sin que el chico se escandalizase. Finalmente logré que Elisa me soltase la mano derecha, me agaché a la altura que suponía que estaba el desconocido que se había presentado como Félix, rodeado de los pequeños. Y allí en cuclillas como si fuese yo otro niño más le tendí la mano, lo más acertadamente que mi falta de visión me permitía.

- Dianne, voluntaria para cuidar y entretener a estos angelitos, y la torpe ciega que te ha confundido con uno de ellos. – Ensanché a un más la sonrisa cerrando los ojos y ladeando la cabeza hasta que volvía estallar en una risa alegre volviendo a imaginar lo absurdo que debía de haber sido todo visto desde fuera.

- ¡Dianne! – Grito Angelique, la supervisora de pediatría. – Me llevo a los enanos a sus cuartos, que toca la ronda del pediatra. – Me levanté rápido y me giré hacía la puerta.

– Sí, por supuesto, luego me acerco a hablar con Louisa para contarles como les veo. – Al fin y al cabo es lo que hacía todos los días cuando tocaba la ronda después de que los tuviese entretenidos un par de horitas a todos juntos. – Chicos, si queréis mañana comentamos el capítulo de hoy. – Los niños respondieron a gritos que sí mientras se alejaban por la puerta para que no les regañasen.

- ¡Elisa! ¡Despierta! – Y con esas palabras sacó la supervisora a mi amiga de su embeleso. – Ayúdame con los críos y deja de babear por el amigo de Dianne. – Pienso que me muero de la risa pero me la tuve que tragar mientras oía refunfuñar a Elisa detrás de mí, le acaricié la mejilla para comprobar que sí que estaba roja cual tomate mientras se llevaba a Amanda en la silla de ruedas y de la mano a Lucille. Cuando se cerró la puerta escasos segundos después rompí la sonrisa en una carcajada.

- Perdona. – Suspiré tratando de tranquilizarme en la extrañamente silenciosa sala. – Angelique siempre dice lo que se le pasa por la cabeza sin contemplaciones.
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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Félix Schnieper el Sáb Jul 04, 2015 6:00 pm

Hacía mucho tiempo que no había reído con tanta facilidad, a pesar de que siempre me había destacado por ser un muchacho coqueto y amable, pero estos niños al parecer tenían una especie de magnetismo para sus risas, contagiando a los demás y colocándoles un pequeño sentimiento de cálida felicidad dentro del pecho. Las preguntas continuaban, brotando una por una de las boquitas ajenas: “¿Puedo tocarlo? ¿Puedo? ¡Anda déjame tocarlo!” “Hermanito, ¿qué son esas cosas raras que tienes en la cara?” “No te hemos visto por acá, ¿quién eres?” “¡Su cabello es gracioso, miren!”, entre muchas más que no se podían entender entre tantas personitas hablando. Reí divertido, dispuesto a contestar una por una las preguntas, pero mis intenciones se vieron interrumpidas al momento en que mi mirada fue robada por la joven que respondía al nombre de “Dianne”. No pude evitar quedarme embelesado viéndola rodar con el chiquillo entre sus brazos, quedando, entre risas y cosquillas, ambos despeinados y con la ropa arrugada.
 
Luego de mencionar mi nombre, paseé mi mirada por los rostros de todos. Había una preciosa niña rubia con pecas en sus mejillas, también estaba un pequeño moreno de brillante sonrisa, una pelirroja de hermosos ojos azules y así seguían, todos eran niños preciosos y que tenían todo el futuro por delante… Desvié mi mirada un momento hacia la pared, buscando el nombre de esta sala de juegos y finalmente encontrándola a un lado de la puerta por la que recién había entrado. “Sala de juegos, pacientes de cuidados intensivos”, decía. No había que pensar demasiado para darse cuenta de las cosas que están a simple vista, y por un momento, me entraron unas fuertes emociones de tristeza.
 
Sin embargo, no podía deprimirme así como si nada, empezando porque esos niños sólo le demostraban sonrisas a los demás. ¿Cómo llorar cuando alguien te sonríe de esa manera?
 
De un momento a otro, el pequeñín que estaba con Dianne ahora se me había acercado por la espalda, sacándome de mi ensoñación y haciéndome volver a la realidad. Coloqué mis manos alrededor de sus piernitas y comencé a hacerle, con cuidado, una especie de “caballito” improvisado. Los niños a mi alrededor comenzaron a pegarse más a mí, contagiándome aún más de sus sonrisas y a su vez, prácticamente montándoseme encima. Bajé al pequeño luego de un par de minutos y le di una pequeña caricia en esas cabecitas a cada uno de los chicos. Aunque me pareció extraño ver que no estaba cerca la joven castaña, por lo que la busqué con la mirada hasta encontrarla todavía tirada en el suelo. No pude evitar el mirarla con cierta dulzura, algo completamente ajeno a mí, cabe destacar, pero fue algo que no pude evitar.
 
Hermanito Félix, Dianne es hermosa, ¿verdad? —escuché a mi izquierda, casi como si fuese un murmullo. Era una de las niñas que estaban allí.
 
Es preciosa, apuesto que algún día me casaré con ella —añadió uno de los chicos, subiendo su pequeño puño como si estuviera mostrando determinación. Los demás niños rieron y yo me uní a ellos, disfrutando de su inocencia como si yo mismo fuese uno de ellos también. Me volví a mirar a Dianne cuando escuché su risa, y no pude evitar el notar que tenía una risa muy bonita, casi armoniosa. Observé a la persona que la tomaba de la mano y la acercaba a nosotros, dedicándole una expresión amable antes de pasarme la mano diestra por mis dorados cabellos, despeinándolos. Antes de que la “mamá gallina” de estos chiquillos llegara, quise responderte a la pequeña que recién me había dirigido la palabra, por lo que bajé la mirada y me agaché un poco para llegar a su oído.
 
Pues sí, tienes razón. Dianne es muy hermosa. La quieres mucho, ¿verdad? —susurré con cuidado, principalmente para que no sonara muy fuerte y segundo, para que quedara como una especie de secreto entre nosotros. La pequeña sonrió y noté cómo se le llenaban las mejillas de color, asintiendo animadamente a mi pregunta. —Ya veo, pues me alegro mucho. Eso sí, no le vayas a decir que te dije eso, eh. Será nuestro secreto —añadí con cierta diversión, riendo brevemente al final y tocándole con la punta del dedo índice su pequeña naricita. La contraria asintió de nuevo colocando en su dulce rostro una expresión seria, expresión que rápidamente fue reemplazada por una amplia sonrisa cuando la castaña llegó a ellos.

Alcé la mirada para encontrarme con la otra muchacha, la que estaba llevando de la mano a Dianne, y ladeé el rostro antes de sonreír en respuesta. Vaya, Félix, que no cambias… Escuché en mi mente, sintiendo las ganas de soltar una carcajada por mi subconsciente pero absteniéndome a ello para evitarme las miradas de poco entendimiento de los que tenía a mi alrededor, ya que nadie había hecho un chiste. No es como si estuviese coquetéandole a la enfermera, Elisa, al contrario, no eran mis intenciones, pero sencillamente así era mi personalidad. Ensanché mi sonrisa al notar el nerviosismo en sus palabras y paseé la mirada entre ella y Dianne, finalizando mi recorrido en Elisa nuevamente.
 
Es un placer, y disculpen la intromisión, de alguna forma u otra llegué aquí… —mencioné con tranquilidad, rascándome la nuca por simple acto reflejo. Los niños que estaban en mis piernas y sobre mí se movieron por un momento, cosa que me llamó la atención y me hizo dirigirles la mirada, pero estos se encontraban observando fijamente algo. Giré mi rostro hacia la izquierda, encontrándome con que la castaña estaba frente a mí, tendiéndome la mano en señal de saludo. La miré al rostro antes de corresponderle y soltando el aire que tenía contenido, le dediqué una de mis mejores sonrisas sinceras, tomándole la mano y consolidando esa presentación, mas su risa parecía ser mucho más contagiosa que la de los propios niños y rápidamente me vi envuelto en ella, correspondiéndole también la carcajada. Estaba por mencionarle algo, cualquier cosa, para seguir la conversación, pero me vi interrumpido por el llamado de una muchacha, que no era para mí, era para Dianne.
 
Me giré hacia la puerta sin decir vocablo, escuchando la conversación que se estaba desarrollando. Al escuchar que se llevarían a los pequeños, bajé la mirada hacia ellos y le di otra caricia en sus cabecitas, despidiéndome y entregándonos mutuamente sonrisas como si fuesen palabras. Una vez los pequeños estaban ya dirigiéndose hacia la salida junto a la muchacha que recién había entrado, me levanté y me coloqué a un lado de Dianne, dirigiendo mi mirada de nuevo hacia la primera. Sencillamente, no pude evitar el reírme por lo bajo con el comentario ajeno, mirando a Elisa con ojos amables y haciéndole a entender con ello que no se preocupara por el comentario. No quise reírme demasiado, pues eso sería grosero, por lo que mi risa fue más como un acompañante que una burla para lo que se había mencionado. Sin embargo, cuando se cerró la puerta y escuché la risa de Dianne me quedé un tanto sorprendido.
 
Oh, no te preocupes. A decir verdad a mí también me dio un poco de risa —respondí suavemente, riendo un poco más y anotándome mentalmente que la muchacha de antes se llama Angelique. —Tienes unos maravillosos chicos aquí.
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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Dianne Bailey el Sáb Sep 05, 2015 8:03 pm

A veces que los esquemas se parten en mil pedazos. Hoy era uno de esos días. La rutina habitual había sufrido una variante en la normalidad, rompiendo el círculo. La intrusión rompió la semi calma que puebla esta sala por costumbre. No digo que salir de la rutina me desagrade, todo lo contrario, algo de viento fresco y renovado no está nada mal… Pero esta vez el viento no olía a mar, ni a almizcle… Tenía un olor distinto a los demás…

Desde mi posición, alejada del resto, yacente en el suelo y mi condición, con el oído más pendiente, me permití escuchar las vocecitas y sus mil preguntas, avivando mi curiosidad sobre el muchacho que como si de un huracán se tratase había revolucionado a mis pequeños. Sonreía todo el tiempo hasta que una de mis pequeñas le pregunto al extraño sobre mi apariencia, por lo que por un momento apreté los labios y enarque una ceja bajo la maraña de pelo que me cubría la cara. No me suele gustar que hablen de mi físico, aunque sean los pequeños. Se debe a que no puedo juzgarlo más allá de si goza de buena salud o no, pues los estándares que la sociedad aplica yo sólo puedo corroborarlos hasta cierto punto y generalmente se contradicen con mi lógica interna del funcionamiento del mundo. Pero no dije nada, dejé que todo prosiguiese mientras Elisa me llevaba de la mano hasta mis pequeños extraordinariamente alterados.

No respondí a sus disculpas tras presentarse el manojo de nervios que tenía por mejor amiga, pues no creo que hiciese nada malo el muchacho en entrar una sala que no tenía restricción de personal o de peligrosidad. Aventuro a pensar que atiné en la posición de la mano, pues no tardó mucho ni sentí que tuviese que alcanzar una posición incómoda para estrechar la mía. El apretón fue fuerte y decidido, pero no excesivo y sus manos… Sus manos eran suaves y finas. Me gustaba lo que sus manos dejaban ver, era un chico con las ideas claras, y cuidadoso, pues sus manos demostraban que tenía fuerza pero también se preocupaba por las cosas… Y reí, reí una vez más por pensar que había confundido esas manos con las de un pequeño niño. Me era imposible no reír al pensar en lo que había sucedido.

Deje que los pequeños se fuesen marchando poco a poco, y mantener mi risa. Una vez a solas con el misterioso muchacho, por el cual mi curiosidad rozaba lo infantil, me permití romper en carcajadas otra vez y que las suyas se fundiesen en el sonido con las mías.

- Sí… Tengo suerte de tener acceso a estás toneladas de amor encerradas en esos pequeños cuerpecitos tan frágiles y delicados. – Sonreí dulcemente mientras me cogía el brazo derecho con el izquierdo a la altura del codo. – Estos pequeños son mi vida, por decirlo de alguna manera… Transmiten tales cantidades de energía… - Sacudí la cabeza un instante para no ponerme filosófica con el extraño. – Y parece que has revolucionado el pequeño microclima de esta sala con tu sola presencia, Félix, - Me permití la licencia de llamarle por su nombre, remarcándolo como si fuese una pequeña regañina que acompañe acto seguido de una tenue risa – Y claro… Mañana esperaran que vuelvas a aparecer y preguntarán por ti… Y ten en cuenta que has generado unas expectativas en mis pequeños. – Reí de nuevo. Hablaba sin parar y sin sentido alguno, pero sentía que debía llenar el vacío de la sala, y por una vez me sentí ridícula, así que decidí hacer algo útil y productivo para no quedar como una estúpida ante aquel muchacho.

Me di media vuelta y me dirigí al lugar en el que había dejado el libro cuando acabé de leer. Una vez llegado al punto memorizado me agaché y palpé la alfombra en derredor en busca de mi Principito que parecía querer haberse escondido de mí, para hacerme parecer aún más ridícula.

- Damn it! – Murmuré por lo bajo al no encontrarlo. Dianne, estás demostrando que puedes valerte por ti misma de una forma impresionante en este momento… Me martiricé por un segundo. Pero no merece la pena, así que reí de lo absurdo de la situación otra vez. Y tras haber gateado en todas las direcciones hasta establecer un perímetro de 1 cuadrado de goma eva desde en el que yo había depositado el libro, me senté con las piernas flexionadas en un lateral y las manos sobre las mismas. – Pues no encuentro mi libro. – Reí. -  Entre el barullo alguno de estos granujillas ha debido darle una patada y mandarlo a alguna parte de la sala… - Suspiré resignada a seguir buscando. -  Creo que voy a tener que ponerle un chisme de esos que venden para encontrar las llaves que hacen pitiditos al apretarlo… - Me imaginé la situación y me sonreí de imaginar el libro sonando como los de cuentos de los niños pequeños.  Me dispuse a seguir buscando alargando la mano, pero me topé con algo.
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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

Mensaje por Tema Cerrado el Vie Oct 02, 2015 6:19 pm

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Re: Lo esencia es invisible para los ojos [Priv. Félix]

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