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Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

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Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Ken Kaneki el Lun Sep 22, 2014 5:00 am

Primer pensamiento en ese momento, tenía hambre. O más apropiado aun: moría de hambre. Hambre, hambre, hambre. Si existía algo que odiara, era la fastidiosa y agravante sensación en la boca de su estómago, exigiéndole con avidez algún alimento que lo calmara. Puede que estuviera exagerando, pero con sinceridad, no soportaba la sensación de sus entrañas devorándose a sí mismas por falta de alimentos. Así de simple. ¿Cómo había llegado a esa desafortunada situación ese día? Ni siquiera tenía idea.

No se encontraba cerca de su hogar en ese momento, ni podría cocinarse algo a sí mismo por lo pronto, pues recordaba con lástima que su despensa se hallaba maravillosamente vacía. ¿Cómo era posible estar en medio de la ciudad y no encontrar ningún local de comida decente en kilómetros? ¿Qué clase de suerte perra era? Empezaría a desesperarse si no encontraba un lugar pronto. Incluso gruñó por lo bajo, escuchándose como un perro hambriento dada su situación. Sintió tu estómago gruñir igualmente, lo que no era ninguna sorpresa. ¡Tenía hambre, maldita sea! «¿A quién tengo que matar para conseguir una hamburguesa en este momento?»

A cualquiera que lo escuchara se le haría una circunstancia graciosa, a él particularmente no. De hecho, era capaz de romperle la nariz al idiota que insinuara algo al respecto en ese momento. Pero sólo exageraba, pues a cualquiera el hambre lo pone de mal humor, ¿cierto? Lo único que fue capaz de distinguir a la lejanía fue el sitio menos adecuado para comer: un local de comida rápida. Incluso peor, un McDonald's. La sola idea de los olores a fritura y carne de dudosa calidad le revolvía el estómago, por si fuera poco, lo que no era del todo agradable con la sensación de hambre todavía perforando su interior.

Se agarró el estómago, y éste volvió a gruñir en necesidad de alimento. Así sabía que no tenía más opción que ir allí o acabaría comiéndose a alguien. Y en canibalismo no era legal en Francia, según estaba enterado, por lo que no le convenía (?). Al menos, tendría la decencia de no entrar al lugar como un animal desesperado en busca de provisiones, aunque no estaba lejos de sentirse así. Llevaba una camiseta blanca bajo un saco oscuro, corbata negra, pantalones y zapatos que hacían juego. Se veía completamente normal a excepción de su ojo parchado, que no era novedad alguna.

Iba a dignarse a entrar, pero de todas maneras se quedó estático observando la puerta, como si dudase de girar la perilla de una buena vez. ¿Y si dentro había fila? Empezaba a desesperarse de sólo pensarlo. Cerró los ojos, suspiró, y al hacer ademán de entrar, se estrelló con el cuerpo de otra persona que iba en su igual dirección. ¿Ahora qué seguía? Aunque era su culpa, o de ambos, o de quien fuera, no fue capaz de evitar enviarle una notoria mirada de odio con su único ojo visible al extraño.


Última edición por Ken Kaneki el Dom Feb 15, 2015 8:15 am, editado 2 veces
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Jarek Dutkiewicz el Sáb Oct 04, 2014 8:20 am

No tenía mucha idea de cómo había terminado así, justo en ese punto de la ciudad; simplemente, había sucedido. Si bien era cierto que habitualmente solía pasearse por la ciudad como el típico estudiante vago que debería trabajar pero aun así insiste en que no sabe qué demonios hacer con su vida, esta vez la única razón que tenía se encontraba en una nueva librería que había descubierto en una zona poco comercial, por una de aquellas coincidencias de la vida, la cual había querido que se perdiera días atrás por esas calles. En realidad, era culpa suya por ser tan despistado, pero siempre resultaba más fácil incriminar al azar o al destino.

Dicho establecimiento tenía una amplia variedad de obras de todos los autores y géneros posibles, y a buen precio, además. Incluso había ejemplares que eran de los más difíciles de conseguir debido a su poca popularidad o a que eran ya muy antiguos. Por supuesto, aquello había bastado para llamar su atención, por lo que se permitió volver después para adquirir algún libro. Pero ahora, ya con el ejemplar en mano, se había encontrado con las tripas rugiéndole, lejos de casa, y en una zona donde no conseguía encontrar un solo lugar en el que proveerse de alimento. Al menos no otra opción que un McDonald’s delante del cual estaba plantado.

No era como si la comida del sitio le desagradara, aunque tanta grasa y esa carne de dudosa procedencia nunca le daban muy buena espina. No tenía muchas opciones, de todas formas. Si regresaba a casa lo más seguro era que se encontrara con una de esas comidas exóticas de su tía que parecen tener vida propia y sacar sus extremidades de la cacerola. Quizá exageraba, pero no le apetecía comer nada de eso. Tampoco era como si el hambre le hubiese nublado la razón. De este modo, y luego de un breve debate mental consigo mismo de no más de quince segundos, se decidió a entrar, corriendo con la mala suerte de tropezar con otra persona que iba a cruzar la puerta al mismo tiempo que él.

Disculpa —atinó a decir, ligeramente distraído aún—. ¿No te rompiste nada? —agregó en broma mientras se giraba para ver el rostro del otro, notando que, obviamente, no estaba contraído en una mueca de dolor, pero por el contrario había adquirido cierta expresión de descontento. ¿Por qué razón sería? De todas formas, no podía evitar el querer divertirse un poco con aquel desconocido, a pesar de que no parecía ser lo más adecuado dado el semblante de su rostro—. Como soy generoso te cederé el derecho a entrar primero. Adelante —dijo con buen humor, dándole paso. Incluso le abrió la puerta, tal como haría con una chica, haciendo ademán para que se adentrase primero en el local.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Ken Kaneki el Vie Oct 10, 2014 6:52 am

No hacía falta mencionar que su humor no era el mejor en ese momento. Detestaba tener hambre, y más detestaba la idea de ir a comer a un sitio tan nauseabundo como un McDonald's. ¿Exageraba? Podría ser, pero le importaba un reverendo rábano en ese momento, si se expresaba con absoluta sinceridad. Vamos, con algo para comer le bastaría, quería creer eso. Y el gruñido de su estómago bastaba para confirmarlo.

Hallarse frente al local de comida antes mencionado no lo animaba en absoluto, más bien se sentía como ir a una marcha fúnebre por la lentitud de sus pasos y el desgano de su semblante. Apenas hizo ademán de girar la perilla, pues el cuerpo de otra persona de alguna manera le chocó. Cometió la descortesía de dirigirle al extraño una mala mirada, pese a la disculpa que éste ofreció segundos después. Aparte de ese detalle, la vida continuaba ligeramente normal, y no pretendía darle más vueltas al asunto, hasta que el chico (que, en ese momento se fijó, llevaba unos poco más que curiosos cabellos rosas) procedió a abrirle la puerta con amabilidad sospechosa.

Lo miró un instante con desconfianza, ligeramente estirando el cuello debido a la diferencia de altura. No pudo evitar rodar los ojos al cielo, y replicarle, con marcado sarcasmo ante la oración que acompañó su ademán—. Vaya, un caballero. ¿Acaso las chicas no se pelean por ti? —le replicó, sin mucho motivo aparente, y sólo faltaba una sonrisa en su rostro para hacer evidente la burla. Al menos, aquello le sirvió de distracción un momento para olvidarse desagrado al olor a frituras y comida chatarra que invadió sus fosas nasales al finalmente entrar. Todavía le gruñía el estómago, sin embargo. El diseño del local era nada especial por dentro como lo era por fuera, diseños a cuadros y uso excesivo del color amarillo en baldosas. Lo extremadamente típico.

Lo único rescatable de la situación era que la caja del mesón de pedidos se encontraba vacía. Y fijándose un poco mejor, también era cierto que en general la cantidad de clientes allí por alguna razón parecía ser baja. Ladeó la cabeza. ¿Sería la hora, o a quién le interesaba? De reojo detectó la mancha de cabello rosado, que probablemente también se dirigía a ordenar en caja, pero tampoco le daba mucha importancia. Quería algo que comida, nada más. Ahogó un suspiro al hablarle a la empleada para ordenar.

Hm... una taza de café, por favor. Que sea doble —sonrió un poco, y se rascó la barbilla, dudando en último minuto—. Mejor, dos tazas dobles —quizá podrían ser tres, pero decidió continuar con el pedido. Además de ello, todo lo que ordenó fue una hamburguesa simple. No acompañamientos, ni nada más. Para llevar, pues no veía la utilidad de llevar tazas de café en una bolsa de papel. Cumplida la misión, se resignó a ubicarse en una mesa cualquiera en espera de su pedido.


Última edición por Ken Kaneki el Dom Nov 16, 2014 5:28 am, editado 1 vez
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Jarek Dutkiewicz el Vie Nov 07, 2014 11:08 am

Posiblemente no era muy habitual por esos lugares que un completo extraño te abriera la puerta con aparente cortesía luego de accidentalmente chocar contigo, o al menos fue lo que pensó al notar a continuación esa mirada recelosa de parte del joven de cabellos blanquecinos. No es como si estuviera planeando cerrarle la puerta en la cara una vez intentara cruzar el umbral de ésta, claro que no... En realidad, lo cierto era que aquella reacción de desconfianza, curiosamente, le había recordado bastante a sí mismo, por alguna razón.

Pero ese asunto no importaba mucho; de todas formas, al final el otro terminó accediendo, no sin antes dedicarle un simpático comentario que lo hizo sonreír un poco—. Oh, claro. Los chicos también, de hecho —contestó sin borrar su sonrisa, aunque el tono de voz empleado señalaba que lo dicho iba igualmente en sentido irónico. Así, tras haber realizado su "buena acción del día", procedió a entrar él también en el sitio. La cantidad de clientela en el local era ridículamente baja, cosa que de cierta forma agradeció, pues la caja se encontraba prácticamente vacía, a excepción del chico de antes, quien, de momento, era la única persona que se encontraba ordenando en ésta.

No tuvo que esperar demasiado para que fuera su turno de pasar a hacer su pedido, así que cuando el momento llegó, simplemente ordenó una de esas hamburguesas que siempre resultan ser totalmente diferentes a como las plasman en los carteles y comerciales, y un refresco para acompañar. Lo sumamente típico, vamos. Sólo le faltaba ser rubio de ojos azules y tener sobrepeso para cumplir con el estereotipo que tienen muchos sobre los estadounidenses. Una vez hubo terminado con eso, lo único que quedaba era esperar, por lo que se situó en la primera mesa vacía que vio.

De forma superficial percibió la figura del otro muchacho, con quien cruzó miradas fugazmente mientras se dirigía a ocupar un lugar en una de las mesas desocupadas. Quizá aprovecharía el rato para hojear su nuevo ejemplar de It, una de las obras más conocidas del autor Stephen King. Sin embargo, su tarea se vio interrumpida por la súbita aparición de un personaje en el establecimiento. Más específicamente, se trataba de una persona disfrazada del payaso Ronald McDonald, que se acercó a varios clientes del lugar haciendo esos clásicos ademanes con la intención de entretenerlos, sacándose fotos y ofreciendo globos a algunos niños que se encontraban allí.

Luego de un rato, el individuo comenzó a hacer señas hacia su ubicación, cosa que lo desconcertó ligeramente, pero pronto se dio cuenta de que en realidad no eran para él, sino para la persona en la mesa contigua. Se giró un poco para observar la expresión del otro, apoyando su brazo en el respaldo de la silla, para después realizarle un comentario de forma casual—. Creo que el payaso quiere ser tu amigo —observó, como quien no quiere la cosa, sonriendo de lado con cierta diversión—. Mira, incluso parece que pretende que te tomes una foto con él —agregó, más entretenido aún, al notar que el sujeto ya se aproximaba a la mesa del joven de nívea cabellera con la cámara en manos, haciendo ademán de invitarlo a acercarse mientras agitaba suavemente el artefacto.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Ken Kaneki el Dom Nov 16, 2014 8:07 am

¿Sí? Vaya, debes ser todo un galán por abrir puertas. ¿Quieres que te aplauda por ello o qué? —le regresó a replicar, con cortante sarcasmo. Esta vez sí sonrió, pero fue más bien una mueca cínica. Ni siquiera sabía por qué estaba descargando el mal humor con el pobre extraño, pero la actitud similar de éste tampoco ayudaba, a decir verdad. Como fuera, el único motivo para entrar a un local de comida como aquel era... ése, conseguir comida. Detestaba la sensación de hambre que se instalaba sobre la boca de su estómago, y que le quemaba parte de la garganta. ¿Era mucho pedir por algo decente de comer...? Empezaría a desesperarse si no.

Tomó una respiración profunda, y con seriedad se acercó a ordenar a la caja. Su pedido fue simple, dos café dobles y una hamburguesa. Adoraba las hamburguesas, pero las mugrientas de grasa como las que vendían en locales de comida rápida como ese le revolvían el estómago. Demonios. No quería molestarse más en cavilaciones, tan sólo quería alimento que consumir. Se sentía como un maldito adicto con síndrome de abstinencia, que resultaba una comparación bastante curiosa ya que detestaba los fármacos por el estilo. Sólo quedaba el tiempo de espera, tomó lugar en una de las mesas cercanas. A la vez, el muchacho de cabello roso que reconoció como el mismo de segundos atrás hizo lo suyo, y también esperó por su orden, a sólo unas mesas de distancia. Creía que ya no habría necesidad de interacción entre los dos, cada quien con lo suyo.

Lamentablemente, no fue así. Un extraño sujeto hizo aparición en el local, vestido de payaso Ronald McDonald. ¿En serio? Lo observó sólo de reojo, con el ceño fruncido, como éste se acercaba a ciertas mesas alrededor para tratar de hacer reír a los clientes respectivos. Ciertamente, en ese momento, le importaba bien poco lo que el bufón fuera a hacer, mientras no lo molestara. Cerró los ojos, y relajó los hombros. Pareciera que fuera a quedarse dormido en cualquier momento, cuando la voz ajena le hizo volver a abrir su ojo no-parchado—. No me jodas —murmuró en voz baja, junto a un gruñido pequeño. Miró con severidad al chico de cabello rosa, y con más aprehensión aun al payaso que se acercaba a pasos alegres y estúpida sonrisa hasta él. En resumen, toda su expresión corporal decía "no quiero tomarme una fotografía contigo", lo que quiere decir, que de ninguna manera se tomaría una fotografía con el maldito hombre en disfraz.

Pero éste fue insistente, sin embargo. Incluso, tuvo el descaro de aproximarse a su persona y tratar de levantarlo jalándolo de un brazo; por reflejo, se apartó bruscamente, y apenas entonces el bufón se vio ligeramente desconcertado. Hizo su mejor esfuerzo para mantener la paciencia—. Mira, ¿por qué no mejor le regalas un globo al muchacho en la mesa contigua? Lo he escuchado reír, seguro quiere una fotografía también —le habló al payaso, tratando que no se escuchara como una amenaza mal disimulada. Estaba seguro de haberlo logrado, parcialmente. Señalando con todo el descaro del mundo al chico de cabellos rosados, por supuesto. El payaso pareció considerarlo, pero después de pocos segundos, no se movió del lugar. Sino que en cambio, hizo señas a ambos, de manera bastante animosa. Como sugiriendo una fotografía grupal. Al otro especialmente, meneando un globo rosado frente a su rostro como si eso fuera a convencer de unirse.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Jarek Dutkiewicz el Dom Ene 18, 2015 5:00 am

Por un instante, había querido suponer que con su último comentario terminaría su diálogo con el chico del parche, aunque no le sorprendió tampoco cuando éste regresó a hacerle una nueva réplica. A leguas era lo suficientemente notorio que no se encontraba en su mejor momento, o quizá él era así todo el tiempo. No podría saberlo. Como sea, tampoco iba a detenerse demasiado a considerarlo—. En realidad, bastaba con un simple agradecimiento, pero supongo que un aplauso también funciona —sonrió, cual si su comentario fuera la cosa más normal del mundo. Tampoco era como si aquello se alejara demasiado del canon de conversaciones casuales –o intento de ellas– con desconocidos, de todas maneras, aunque el semblante del contrario hacía que le dieran ganas de reír.

En seguida, cada quien fue por su lado a ordenar en caja. Ahora sí había dado por concluida aquella especie de charla que había tenido anteriormente con el muchacho de cabellos blancos. No sería necesario volver a interactuar con él, a menos que por alguna razón decidiera volver a molestarlo un poco, cosa no tan fuera de lo común ni poco probable tratándose de él. En efecto, al poco rato surgió una oportunidad, en la que no dudó en hacer un comentario ligeramente burlón al otro, que se encontraba sentado en la mesa vecina a la que él había elegido para esperar su orden. La reacción del albino, como era de esperarse, no fue del todo buena, de especial manera cuando el payaso trató de hacerlo levantarse para animarlo a que se tomara una fotografía con él.

Ante aquella escena se vio en necesidad de contener una pequeña risa que amenazaba con salir, por mera educación que otra cosa. «Qué rudo.», pensó, aunque sólo se abstuvo de decirlo en voz alta por el simple hecho de que, en realidad, aquello no le concernía. Por un momento se preguntó si el tipo del disfraz tendría tan pocas luces como para no darse cuenta de la molestia más que evidente que generaba en el chico, o simplemente quería que quitara esa cara larga. Los payasos estaban para hacer reír, ¿no? Viéndolo así, cualquiera de las dos opciones parecía igual de factible. Para completar el cuadro, el joven del parche trató inútilmente de librarse del sujeto enviándolo a darle un globo, lo cual fue un buen intento, pero no funcionó demasiado bien. En lugar de eso, al payaso le pareció mejor la idea de tomarse una fotografía en grupo. Sí, incluyéndolo también a él.

Con el individuo disfrazado haciendo aspavientos y el otro muchacho acentuando cada vez más su expresión de malhumor, podría jurar que aquello parecía una broma a cámara escondida o incluso la escena de una serie norteamericana de comedia. Y cómo no, si los acontecimientos habían dado un giro casi absurdo. A estas alturas ya no sabía muy bien si sentir pena ajena por el payaso, por el otro muchacho o por sí mismo. Enarcó una ceja con algo de sorpresa, pero al instante sustituyó esa expresión y la disfrazó con una de sencilla simpatía irónica—. Oh, si insistes… —mencionó, adquiriendo un tono de resignación casi dramático. Así pues, no tardó en acercarse a donde se encontraban los otros dos, dirigiéndole una mirada al chico de cabello blanco como diciendo “¿qué esperas?"—. ¿Y bien? ¿No quieres tomarte una fotografía con el “galán” que te abrió la puerta y este amigable sujeto? —preguntó, prácticamente burlándose. Él nada tenía en contra de ese pobre extraño malhumorado, pero es que, vamos, era divertido hacerlo enojar más—. ¿O es que acaso temes que opaque tu encanto? —agregó, con divertida malicia y clara ironía. Bien sentía que podía echarse a reír en cualquier momento.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Ken Kaneki el Sáb Feb 07, 2015 11:08 pm

Se preguntaba acaso si siempre tendría la mala suerte de encontrarse idiotas por el estilo, como el sujeto de la puerta, o sólo actuaba como un imán a su mal humor de la ocasión en particular. De alguna manera, la segunda opción se le hacía más factible, a la vez que reconocía a regañadientes que desquitarse con un perfecto desconocido con quien tropezó camino a la puerta era un comportamiento irracional de su parte. Pero no le importaba. Quería comer algo y punto final, aunque fuera en la asquerosidad conocida burdamente como hamburguesa en el local McDonald's. Rodó los ojos al escuchar la respuesta del ajeno, pues no pretendía molestarse en pasar más tiempo discutiendo una minucia a quien le abrió la puerta con sospechosa amabilidad, sólo para reírse en su cara después. Quizá el sujeto también estaba aburrido y sin nada mejor qué hacer, en tal caso, qué lástima. Su breve interacción terminaba en el mismo momento que cruzó el umbral y se dirigió a la caja a ordenar. La fila era inexistente en ese momento, lo que era un alivio a sus nervios ya de por sí bastante crispados. Acabaría agrediendo verbalmente a alguien de ser así, nadie habría de querer eso, ¿verdad?
 
Por mucho que empezara a dudarlo, al menos, cuando un méndigo payaso típico de los cumpleaños infantiles hizo aparición dentro del local para aligerar los ánimos. Vale decir, el espectáculo podría resultar maravilloso para un niño de ocho años, su sueño de tomarse una fotografía con un sujeto con maquillaje y vestimenta colorida hecha realidad; qué alegría, qué felicidad. Pero su caso era diferente, principalmente por unos once años de diferencia y el simple hecho que no le gustaban los payasos. No quería tomarse una fotografía con el dichoso hombrecillo. No quería que nadie ni nada más lo interrumpiera hasta que pudiera tener su maldito café y una hamburguesa. ¿Por qué se empeñaban en llevarle la contraria? Más encima, los comentarios de obvia insidia que propinaba el muchacho de cabellos rosados en la mesa contigua no ayudaban. Por su sonrisa, el bastardo lo debiera estar disfrutando, incluso. Trató de resolverlo de manera pacífica. Si el payaso se alejara de su lado y se dirigiera a darle un estúpido globo rosa al idiota con el mismo color de cabello, estaría maravillosamente bien. Tomaría su comida, bebería el café, y guardaría la hamburguesa para cuando no sintiera impulso de vomitar al comerla. Fácil.
 
Pero no debía suceder así. No, por supuesto que no. Incluso, tenía la mala suerte de notar de reojo que la curiosa escena que los incluía era aparentemente digna de la atención de los comensales presentes. Quienes soltaban risas ligeras al verlos interactuar, al momento que el chico de cabello rosado se levantaba para acercarse a ellos, el payaso y él, actuando como si la idea de una fotografía grupal le pareciera simplemente maravillosa. Ésa debiera ser la palabra exacta, al juzgar por sus palabras y lenguaje corporal que prácticamente gritaban que se echaría a reír a todo pulmón en cualquier maldito momento. Primero, alzó una ceja. Decidió dignamente que no respondería a ninguna estúpida pregunta que implicara al otro sujeto, en su lugar, se levantó del asiento con la mueca de fastidio que había llevado todo ese tiempo—. Sencillamente, cállate, cabeza de chicle —le espetó, sin rastro de humor alguno, y clavando la mirada de su ojo gris sobre su persona con severidad. Suponía que el aludido tenía capacidad intelectual suficiente para entender una orden simple. Segundo, continuaba con ningún deseo de tomarse una fotografía junto a dos personajes tan indeseables. Esta vez, miró al payaso directamente, plantándosele al frente. Exigió con un ademán de su mano derecho que la cámara le fuera entregada, cosa tal al que el hombrecillo en traje obviamente se rehúso, procediendo a agarrar posesivamente la cámara con ambas manos y a negar consecutivamente con la cabeza, obviamente exagerando cada uno de sus gestos. A esa altura, sentía que casi podría tener un tic nervioso sobre su ceja, si es que no lo tenía ya—. Te lo pido por las buenas —mencionó en voz alta, ejecutando una media sonrisa, ligeramente torcida. Recordó un instante al vagabundo y sus dedos rotos, pero la situación distaba bastante de ser siquiera similar. Sólo estaba un poco cabreado y ya, tenía derecho. Obviamente su estómago todavía hambriento por algo comestible no facilitaba las cosas. Cuando era bastante claro que el payaso no le entregaría la cámara, se decidió por lo sano, y la tomó por la fuerza, arrancándose directamente de sus manos. Ni siquiera fue necesario empujar al payaso, aunque éste sí retrocedió, como un tanto espantado por su arranque violento.
 
En ese momento, hubiera deseado sencillamente estrujar el pequeño aparato electrónico hasta volverlo pequeños añicos, nada más satisfactorio. Pero no podía. No era apropiado romper una cámara fotográfica, que probablemente el pobre fulano vestido de payaso habría de haber comprado el mismo con su miseria de salario. En su lugar, con tranquilidad, le quitó las baterías. Dos baterías en perfecto estado que acabaron guardadas en lo profundo del bolsillo de su saco oscuro. Luego arrojó la cámara de regreso, sin un rasguño, y ya era cosa del hombre bajo el disfraz no dejar que el artefacto se estrellara estrepitoso contra el suelo, no su problema. Volvió a sentarse, que no estaba a más de tres pasos alejado de la mesa. Y cruzó los brazos sobre la superficie, ahogando un suspiro—. ¿Por qué te quedas parado allí como idiota? —cuestionó, con notorio desprecio en su tono en dirección al muchacho de cabellos rosado, quien parecía plantado allí como un árbol de decoración. Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, al tiempo que el aludido abría la boca para responder, se percibió el flash de una cámara a su costado, la típica luz brillante.
 
Y el payaso les sonrió con ligera travesura, mostrando orgulloso una cámara de mayor tamaño y obviamente mayor antigüedad, a la vez que sacudía con su mano libre un papel que parecía ser una instantánea, una fotografía instantánea. Todo lo que su expresión bajo las toneladas de maquillaje decía era “¡sorpresa, sorpresa!”.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Jarek Dutkiewicz el Miér Abr 01, 2015 1:42 pm

Cuando el curioso sujeto vestido de Ronald McDonald hizo aparición en el lugar, no había podido evitar la tentación de incordiar otro poco al chico en la mesa contigua, de especial manera cuando notó el interés que el hombre disfrazado había puesto en éste, insistiendo en que se tomara una foto con él. Ahora, la situación había dado un giro que no se esperaba, y aunque sin problemas siguió el papel que había llevado hasta ahora, es decir, el de un tipo molesto, por un momento pensó que, con todo eso, el otro terminaría por explotar y quizá por estrangular al payaso que tenía enfrente. O a él. O a ambos. Se notaba por su expresión, aunque no había variado en absoluto, que efectivamente ya había tenido suficiente. Suponía que eso era obvio. A estas alturas, incluso la gente alrededor había empezado a reír por la escena que se desarrollaba con ellos involucrados, y sólo entonces pensó que quizá ya había sido un poco demasiado. Normalmente no le gustaba llamar la atención, por mucho que sus costumbres estéticas, como su cabello, o su forma de comportarse en ocasiones (ésta, por ejemplo) parecieran indicar lo contrario.

No esperaba, sin embargo, recibir tan de repente el apodo de “cabeza de chicle”, y fue allí donde algo hizo click en su cerebro, y la situación de repente le pareció más absurda de lo que de por sí ya era. Con todo aquello, debía admitir que le sorprendió que lo único que hiciera el contrario fuera directamente ordenarle que no hiciera más comentarios al respecto, y a continuación le pidiera al Ronald que le entregara la cámara por las buenas, pero ya que éste obviamente no lo hizo, terminara por quitársela a la fuerza, sacarle las baterías, guardarlas y, finalmente, regresarle el objeto. Así de fácil había solucionado el problema, aparentemente. Hasta entonces, se había limitado a hacer el papel de un mero espectador más, pues no creía que su intervención fuera realmente necesaria. Fue en ese momento, que el joven de cabellos blancos volvió a hablarle, y estaba a punto de responder cuando el destello del flash de una cámara los sorprendió a ambos. Enarcó una ceja, visiblemente desconcertado, cuando al girar el rostro hacia el lugar de donde el brillo había provenido se encontró con que el payaso poseía otra cámara, que para su buena o mala suerte, sacaba fotografías instantáneas.

Allí sí que tuvo que reprimir las ganas de echarse a reír, pese a que exteriormente se mantuvo serio y en silencio todo el tiempo, desde que le pareció que la situación se había salido ligeramente de control. No se habría sorprendido si regresaba su atención al muchacho albino y éste daba la impresión de querer comerse al otro sujeto vivo. Pero en vez de eso, optó por simplemente acercarse al hombre disfrazado, extendiéndole una mano como si pretendiera que le entregara la fotografía—. ¿Me dejarías ver eso? —pidió, aunque, por supuesto, no esperaba que el otro fuera lo suficientemente ingenuo como para colocarle la recién salida fotografía en la palma de la mano. En su lugar, la giró para que pudiera observarla de lejos, y ya que se encontraba a una distancia ideal para ello, pudo apreciar la imagen donde parecía que el chico del parche y él iban a comenzar una nueva discusión, lo cual muy posiblemente era justo lo que iba a pasar.

Alargó la mano para tomarla, pero el tipo obviamente no se lo permitió y rápidamente retiró la instantánea de su alcance. A continuación, y sin dejar de sonreír como buen payaso que era, con su mano libre ejecutó un ademán de negación con el dedo índice. Suspiró—. De acuerdo, ¿cuánto quieres por esa fotografía? —volvió a hablar, llevando una mano a su bolsillo para sacar la billetera, pero al regresar su mirada al tipo que tenía enfrente notó que éste nuevamente negaba con el dedo. ¿Qué rayos era lo que quería si no era dinero, entonces? En ese momento, el otro señaló con un gesto exagerado al albino que todavía se encontraba sentado a la mesa detrás de él, y su expresión de confusión posiblemente debió acentuarse en ese punto, puesto que no entendía qué era exactamente a lo que se refería con eso. Tampoco entendía por qué ni siquiera emitía un solo sonido, pero ése posiblemente ya era otro asunto. Sin embargo, el individuo insistía con el mismo gesto, y no comprendió qué era hasta que éste juntó las dos palmas, como en un gesto arrepentido, y volvió a señalar con la cabeza al joven del parche.

… ¿qué? Parpadeó un par de veces, como asimilando la información, y acto seguido resopló de forma poco audible. No molesto, sino más bien como resignado. Encogiéndose de hombros, se volvió hacia el otro chico, y avanzó hasta quedar a su lado—. Bien, cabeza nevada, tal parece que el sujeto de allá desea que lleguemos a un acuerdo de paz, por el momento… —tras decir eso, se volvió por un instante para ver al susodicho, quien simplemente asintió con la cabeza y movió de un lado a otro la instantánea, como instándolo a continuar. Y eso hizo, luego de carraspear un poco—. Así que, entonces... ¿lo siento? ¿Hacemos una tregua... o algo así? —pronunció, ligeramente inseguro respecto a cómo llamarlo. Suponía que “tregua” era lo más ideal, dadas las circunstancias. A continuación, le ofreció una mano, como para sellar el tratado. Sabía que el otro podía tan sólo rechazarlo, y no lo culparía, pero igual tenía que hacer la prueba—. Pienso que tú más que yo deseas esa fotografía. Por supuesto, asumo que no para conservarla —añadió, pero en esta ocasión no había rastro alguno de burla o sarcasmo sutiles infiltrados en su tono. Imaginaba que, luego de todo eso, el otro querría hacer añicos ese trozo de papel, y quizá tirárselo a la cara, pero evidentemente eso no era algo que mencionaría en voz alta. Ya era decisión suya el aceptar o directamente mandarlo a freír espárragos, o aceptar y luego mandarlo a freír espárragos. A estas alturas, no negaría que se lo merecía.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Ken Kaneki el Miér Mayo 20, 2015 12:14 am

En realidad, vagamente se preguntaba por qué acababa en situaciones como ésas. Es decir, no del todo agradables para su persona y le daban francamente indicios de dolor de cabeza. Empezando por el local de comida, el bastardo molesto que le abrió la puerta y el dichoso sujeto vestido de payaso que no se apartada de su lado sin importar cuántas advertencias no-verbales le diera. Suponía que en condiciones normales no se sentiría tan jodidamente irritado como se encontraba en ese momento. Digamos que la incomodidad del hambre retorciendo sus entrañas no hacía maravillas con su humor, sólo ayudaba que sus nervios se crisparan con mayor facilidad porque todo el mundo alrededor parecía empeñado en fastidiar en esa situación específica. Y su orden ni siquiera estaba lista, habría de esperar unos diez minutos más para comer algo o conseguir su ansiada taza de café. Era poco decir que se estaba impacientando, especialmente con dos presencias desagradables pululaban alrededor y una de ellas (el hombre pintado y de aspecto gracioso, pero sin el cabello rosa) le restregaba un globo en el rostro.

¡Ni en sueños se tomaría una fotografía con ellos! Bien se podrían ir a freír espárragos, o irse directamente al carajo, lo que fuera que les quedara más conveniente a cada quien. Se debió levantar del asiento, no sin cierta resignación, pero además con severidad amenazante, decidido a que el payaso en cuestión se dejara de joder y le entregara la cámara, si acaso iba a hacer la vista a todo su demás lenguaje corporal. Le parecía la opción más sana, por muchas ganas que tuviera de hacer trizas el aparato electrónico, no era tan impulsivo ni desconsiderado todavía con el pobre sujeto. Éste se negó a cooperar, por supuesto, pero la fuerza no fue necesaria más que para arrancarle la cámara directamente de las manos, mientras hacía lo posible por ignorar los exagerados gestos de desesperación del otro y le extraía las baterías al aparato en cuestión. Estaba siendo amable, ¿no? Bien le podría estampar la cámara directo en el rostro, pero se contuvo y guardó el botín recogido en la comodidad de uno de su bolsillos. Asunto saldado.

Se permitió relajar los hombros un poco, al tiempo que regresaba lo más sereno posible a su lugar en la mesa, como si prácticamente nada de lo anterior hubiera pasado. Claro que no evitó dirigirse un comentario desagradable al muchacho de cabello rosado, probablemente para desquitarse un poco del hecho que el chico en cuestión se había quedado plantado como estatua allí desde hace varios minutos. Literalmente, como idiota. Vio que el otro abrió la boca para replicar, pero antes de emitir sonido alguno a ambos los encandiló una luz proveniente del payaso, quien traía convenientemente una cámara fotográfica de repuesto, de aquellas que sacan instantáneas. Eso realmente le hacía preguntarse por qué demonios el hombre disfrazado insistía tanto, ¿qué eran, una especie de atracción principal o algo así? Ni siquiera cabría aclarar que la idea no le fue grata, ni se molestó en ocultar su impresión al dirigir de nueva cuenta una mirada fulminante al desgraciado. La buena noticia es que su frustración duró poco tiempo, ni siquiera tuvo oportunidad de gruñir por lo bajo ya que el encargado de mediar la situación fue el mismo cabeza de chicle, por más que le resultara sospechoso que éste se interesaba por la fotografía de ambos si hasta el momento no había hecho más que fastidiarle. Sin embargo, continuó observando la interacción entre ambos, casi con interés. Admitiría que le intrigaba el por qué el payaso era tan renuente a entregar la fotografía siendo que el chico no lo había agredido de forma alguna, a diferencia de él.

Hasta que cayó en cuenta, al mismo tiempo que el muchacho de cabello rosa, que el esperpento de circo se refería de alguna manera a que hicieran las paces. Ellos, en específico, siendo que no se conocían y nunca se volverían a ver. Probablemente. Era capaz de encontrar tantas fallas a esa lógica, llegando a considerar la situación tan absurda que a fuerza mayor tuvo que torcer una sonrisa, una sonrisa que no era en apariencia la más agradable del mundo. Le era de cierta manera divertido que, a órdenes del payaso, el sujeto tuviera que acercarse hasta él a pedirle disculpas, como si realmente fueran a servir de algo. Él continuaba sentado cómodamente, con la vista de su ojo no-parchado fija en el muchacho como interrogándolo con una mueca de "¿En serio?" más que notoria. Sólo el apodo de cabeza nevada le llamó la atención, y hasta le resultó familiar. ¿El sujeto del teléfono móvil? Vaya conveniente. Quizá el color de cabello debió delatar a ambos desde el principio. Con un suspiro, se levantó. Haciendo un pequeño ademán de aceptar la mano que el otro le ofrecía, no sin antes propinarle un pisotón lo suficientemente fuerte para que éste en verdad lo sintiera—. Está bien, te perdono —pronunció con extrema voz dulce, que desencajaba con la tensión en sus rasgos faciales. Si en algo tenía razón cabeza de chicle era que no le interesaba en absoluto conservar la fotografía, recuerdo amigable que sólo estaba allí para comer. Así que lo mandó de regresó donde el payaso, con un leve empujón para indicarle que la recogiera.

Funcionó bastante bien, como si el otro hombre no hubiera notado que prácticamente le aplastó el pie al muchacho, ni casi lo hace tropezar con un ademán algo brusco. Nada de eso, el payaso los felicitó a ambos aplaudiendo sonoramente, instando a los pocos comensales que seguían de espectadores a unírsele a celebrar la "glorioso reconciliación". No le cayó en gracia eso, pero no haría más que encogerse de hombros y esperar a obtener la fotografía para... ¿qué? ¿hacerle vudú al de cabello rosa? Como fuera. Al tiempo que el ruido de los aplausos cesó, el otro estaba de regreso—. Te diría gracias, pero esto es mayormente tu culpa —le espetó, todavía un tanto fastidiado, pero considerablemente más sereno por haberse desquitado con anterioridad. Él también tenía la culpa por sobre-reaccionar de esa manera, de acuerdo. No sabía qué hacer con la fotografía, si llevarla consigo para después quemarla en casa, romperla allí o conservarla en su bolsillo hasta decidir qué hacer. De alguna manera, aquella última le pareció la opción más razonable y lógica. ¿No sería tiempo ya de chequear que las órdenes estuvieran listas? Escuchó el gruñido de su propio estómago quejándose por la falta de alimento—. Con tu permiso. Iré a recoger mi comida a no ser que seas amable, tengas complejo de mayordomo y la traigas por mí —ironizó, no de exacto buen humor, pero algo que quizá se le acercaba.
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Re: Dicen que peor es nada. [Priv. Jarek Dutkiewicz]

Mensaje por Tema Cerrado el Dom Jul 05, 2015 7:55 pm

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