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Es mi trabajo [Sasusaku]

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Es mi trabajo [Sasusaku]

Mensaje por Beatrix Hathaway el Sáb Jun 01, 2013 9:50 pm

Spoiler:

Es mi trabajo



Llegamos a Seattle

Spoiler:
El despertador sonó tan estridentemente, como siempre, unos pocos segundos antes de que ese mismo sonido despertara al hombre que dormía en la extensa cama de sabanas color mostaza. Ese horrendo pero necesario aparato indicaba que era tiempo de levantarse, darse una ducha, vestirse para el trabajo y marchar en el tráfico una hora entera. El día no le parecía demasiado apetitoso a esa persona, que al precipitarse al espejo de su baño, vio en el reflejo un rostro cansado. El espejo mostraba la imagen de un hombre esbelto, alto y de cabello negro y espeso. Sentía tanta pereza, que le dio igual lo alborotado que estuviera. En casi cuarenta minutos, se encontró luchando contra el tráfico, tal cual lo había previsto. Apenas contenía la rabia que iba acumulando en el pecho desde la noche pasada, cuando había encontrado a su rubia y buenisima novia en la cama de su antiguo compañero de trabajo.

— Que los jodan. —declaró, dentro de su coche del año, con su armani puesto, y su increible rostro de estrella de cine.— ¡Ino y Shikamaru pueden joderse todo lo que quieran! ¡Literalmente!

Subió la radio al máximo y todo el ruido del exterior quedó reducido a un suave murmullo. Al principio, cuando las calles eran un simple estacionamiento, la mente del hombre de 29 años estaba sumamente concentrada en esa noche, y en la cara de sorpresa que había puesto la rubia al verlo en la puerta de su alcoba. Sin embargo, cuando los semáforos apuntaron al verde y los autos continuaban su camino con mayor fluidez, pensó en otra cosa. Tendría el empleo que siempre había querido tener, en la compañía con la que había soñado desde que era un niño... ¿y como olvidarlo? Cumpliría la última voluntad de su hermano mayor, que había muerto un año atrás por una enfermedad terminal.

Habían muchas cosas por las cuales debería sentirse contento. De hecho, eran tantas, que debería estar saltando de felicidad como un condenado lunático. En cambio... tenía una desagradable sensación en el pecho desde la noche pasada. No era tristeza, ni tampoco ira asesina; ni siquiera eran celos, los cuales cualquier hombre común habría sentido. Era como si algo se le estuviese escapando, y lo molestaba tanto, que no conseguía estar del todo feliz por su nuevo empleo.

Giraba por la esquina de siempre cuando un borrón de color carmesí le cruzó por el costado izquierdo, chocando contra la preciosa delantera de su lamborghini azul. El pitido del clacxón amortiguó media decena de malas palabras, algunas de las cuales harían sonrojar a una prostituta. Todo quedó en silencio dentro del coche, a excepción de los latidos de su corazón. Tenía la mirada fija en la nada, en medio de la solitaria calle a la que se había metido por intentar llegar más rápido al estúpido edificio. Cuando el zumbido de sus oídos comenzó a desaparecer, la adrenalina se apoderó de él y lo hizo salir del auto. La calle tenía pintadas las marcas de los neumáticos, y el otro auto, un bonito y sencillo deportivo rojo, estaba en el mismo estado que el suyo. Sin embargo, cuando vio a la persona que se encontraba en el volante, su rabia desapareció.

En realidad, fue como si todo indicio de enojo desde la noche pasada se hubiese evaporado con tan solo verla.

Sí, se trataba de una mujer. Más especificamente, de una mujer de cuya frente emanaba un preocupante hilo de sangre. Tenía el cabello de un suave color rosa, y aunque sus ojos estaban cerrados y parte de su pelo le cubría el rostro, parecía realmente guapa. Iba vestida formal, como si fuese de camino a la oficina igual que él, solo que a diferencia suya, ella estaba inconsciente.

— Ay, mierda... —exclamó el pelinegro, maldiciendo nuevamente por su suerte.

Sacó el móvil del bolsillo y se dispuso a marcar al número de emergencias, cuando captó un movimiento. Dejó que la voz competente de una mujer le preguntara cual era su emergencia, y respondió, sin apartar la vista de la pelirosa que ahora abría los ojos, que había habido un accidente; la mujer al otro lado de la línea le aseguró que mandaría una ambulancia. Él se acercó a la chica una vez que hubiese colgado, y le retiró unos cuantos cabellos del rostro.

— Ey... escucha... ¿me escuchas? —intentó que su voz se hiciera escuchar lo suficiente, sin tener que darle jaqueca. Ella asintió debilmente.— Bien, mira... pronto vendrá una ambulancia, ¿vale? Estarás bien.

— ¿Ha... sido un choque? —preguntó ella con una voz áspera y apagada. Él sintió tal punzada de culpabilidad, que estuvo a punto de llevarse una mano al pecho.

— Si, me temo... que si.

— Oh Dios... —gimió, sacudiendo la cabeza de tal modo que el corazón del pelinegro se alteró todavía más.— Lo lamento... creo que iba medio dormida. No he tomado café... y la noche pasada fue... y yo no... oh, mierda...

Por lo general, la imagen de una mujer quejumbrosa llorando, luego de haberle arruinado el lamborghini, le habría parecido tan espeluznante como una película gore. No, de hecho habría preferido la película. Sin embargo, esa mañana no había nada que pudiera desviar su atención de esa única mujer, la cual lloraba y y sangraba. Tenía la desconcertante necesidad de cogerla el brazos y decirle que no se movería de su lado, pero como era lo lógico, no lo hizo. La ambulancia tardó por lo menos veinte minutos en llegar, y cuando lo hizo, la pelirosa había vuelto a caer inconsciente. Ni siquiera tuvo oportunidad de saber su nombre. Acompañó a los para-médicos aun cuando estos insistían en que no podía hacerlo, ya fuera porque se sentía demasiado culpable, o porque deseaba cobrarle a la dueña de un deportivo las reparaciones de su coche.

Después de todo, él tampoco había tenido una buena noche ni había tomado café. Sentía que la cabeza iba a explotarle en cualquier momento, y no fue hasta que un médico se acercó a él, en la clínica, que puso descargar su rabia con alguien.

— ¿Por qué han tardado tanto?

— Oh, lo lamento señor... —respondió un sereno médico, que parecía muy acostumbrado a los estallidos de ira. Miró al hombre de los pies a la cabeza y se detuvo en sus ojos negros.— Su mujer está bien, no ha sido más que una pequeña contución. Le he puesto unos puntos y en menos de una hora podrá marcharse a casa para...

— Espere. —lo detuvo con un tono frío y cortante. La seguridad del médico no vaciló.— No es mi mujer. Yo solo... chocamos en la calle, ¿vale? No es mi mujer. No la conozco.

— Entiendo, bueno... da lo mismo. Si desea dejarla aquí está libre de irse ahora mismo, señor...

— Uchiha. —aclaró el pelinegro, con una peligrosa suavidad.

— Si, señor Uchiha... —de pronto, el rostro tranquilo del médico se tornó desconcertado, y después de un minuto, sorprendido. El pelinegro supo el momento exacto en que ese inepto comprendió quien era él.— Espere... ¿Uchiha? ¿Sasuke Uchiha? Creí que se encontraba en New York. Yo no...

— Ahorreme su charla, por favor. —le rogó Sasuke con más calma. No deseaba hacer un alboroto precisamente ahí. Sabía que tarde o temprano todos sabrían quien era él, pero prefería que eso demorara hasta el día siguiente, cuando ya tuviese asegurado el empleo. Se mordió la lengua, todavía preocupado por la chica de cabello rosa.— ¿Podría tan solo decirme como se encuentra la chica? Yo... debo irme. Necesito que me diga si tendrá alguna complicación.

El médico, atontado como nunca, parecía pensar seriamente lo que podría responderle, como si cualquier palabra pudiera desencadenar su furia o, por el contrario ganarse su respeto. El pelinegro empezaba a creer que si no recibía una respuesta en los próximos treinta segundos, entraría a la sala de urgencias a confirmar si ella seguía viva o no.

— ¡Oh si! —exclamó al fin el viejo hombre de bata blanca.— Si si, estará absolutamente bien... yo la cuidaré personalmente hasta darla de alta. No se preocupe de nada, señor Uchiha.

Por un breve momento, Sasuke sintió repulsión del médico y de si mismo. Detestaba esa sensación, la cual lo venía acosando desde que fue consciente de lo que significaba ser un Uchiha. Todo mundo e daba preferencia, todos se volvían hacia él como si pudiera arruinarles la vida por no tenerle listo el café a tiempo, todos aceptaban su opinión sin más reparos...

Seattle era su última oportunidad.

Se marchó de la clínica tan pronto como pudo, justo cuando cogía el móvil de su pantalón, que no dejaba de vibrar.

— ¿Sasuke? ¡Mierda, hombre! Te estamos esperando desde hace casi una hora. ¿Donde estás? Dime que no te has echado para atrás.

— No, en absoluto. Tuve un pequeño accidente. Diles a los jefes que voy en camino. No perderé esta oportunidad, Naruto.


***

Bueno, espero que les haya gustado el primer capítulo de mi fic. Hacía mucho tiempo que no escribía uno, y menos aun uno "Sasusaku". Así que sin más, cierro el telón del primer acto y espero comentarios constructivos para abrir el segundo acto~
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Re: Es mi trabajo [Sasusaku]

Mensaje por Sakura Kasamine el Sáb Jun 29, 2013 12:13 am

wuau sasusaku me encanta ,es genial quiero seguir leyendo me encanta el sasusaku (mas porque mi pj es sakura haruno)mas mas mas maaaaas
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