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|( ▪ El porquerizo y los 100 besos de la princesa ▪ )| ||Aileen Lázarev||

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|( ▪ El porquerizo y los 100 besos de la princesa ▪ )| ||Aileen Lázarev||

Mensaje por Stefan Altieri el Mar Feb 20, 2018 4:18 am


Ach, Du lieber Augustin
Alles ist væk, væk, væk!

El porquerizo se acercó, lo suficiente con tal de tocarle con suavidad… cambiando el ángulo del beso varias veces, con sus labios, trazó suavemente el contorno de los ajenos. Sutil, le ha mordisqueado, como si fuese una pequeña ave…

¡Pero que ingenua y superficial princesa!


[…]

Vaya que, la vida suele ser caprichoso… el correr por su vida y el arribo a una nueva ciudad, fue un plan que nunca se hubiese imaginado, pero, no fue capaz de quejarse, cuyo propósito era un recordatorio de su existencia. ¡Qué bien se sentía ser un forastero! Un desconocido que ha de caer en los brazos del consuelo, magnifica es su realidad. Tan acertada que, el joven napolitano era capaz de levantarse de su lecho apenas el primer tiroteo del día, exquisito sonido del eterno y gélido invierno. Su majestad ha de mantenerse tranquilo, sereno… ¿quién fue el caído de la semana? Quizá, más tarde ha de preguntar a “Le Mat” de los acontecimientos que ha pasado por desapercibido durante la semana. Pero, irónicamente, su majestad no le apetecía pensar en aquel hombre. Pronto, un agobiante suspiro ha dejado escapar y, sentado desde el borde de la cama, ha bajado la mirada; su mente pareciese estar en otra dimensión, es como si los minutos fuesen eternos. Independientemente de aquello, toda labor resultaba terriblemente agotadora, y es que ser parte de la “realeza” no era cualquier bufonada. Su majestad “exigía” un merecido descanso de aquel mundo que, ha de involucrar su propia vida, no literalmente. Aun así, cuidar de la signorina Schechter es todo un suicido. ¡Vamos, por más que le gustase trabajar, no era de acero! Sin embargo, la “fortaleza” era su mayor peculiaridad e incluso, lo último sería desmoronarse sobre las sábanas. Stefan Altieri, poseedor de un peculiar carácter que, ha de recordarle a su difunta madre, pese a todo, le atesora a fuego sobre sus genes.—¡Ah! Seré idiota que he puesto el despertador en sábado —se golpeó entonces la frente puesto que, el sonido melódico que ha de provenir desde el teléfono celular, pareciese insinuar que era hora de ejercitar al pequeño hámster en la rueda dentro de su cabeza.

—Madonna Mia! —Entonces, de un tenue salto se levantó de la cama—¡Los libros! —La faena nocturna le apuñaló, costándole apenas tiempo de ducharse e incluso, vestirse cual prenda viese a la primera—. Debo ir por los libros de Alessia, le prometí que iría yo —el despertador en su teléfono celular comenzó a notificarle la hora, nuevamente; ahora once de la mañana. Altieri apenas logró beber un café y sin más, ha de dirigirse por los ejemplares encargados desde hace una semana. Fácil, le fue caminar por las calles de Sweet Valley, ni siquiera se ha permitido ser acompañado por el “amor de su vida”, después de todo, el llegar a la librería señalada por su compañera napolitana distaba de ubicarse en la sede principal de la ciudad. Y, finalmente, detrás del desorden de autos y la multitud de las personas que, han de caminar con frustración, la pequeña campanilla en la puerta del establecimiento ha de anunciar la llegada de su majestad—. Buenos días —silencio—. ¿Hola?, ¡Hola! Y, ho-la…—ni siquiera se ha aproximado hacia la recepción, puesto que, era indiscutible la ausencia del dependiente. Pero, ello no ha de evitarle echar un rápido vistazo detrás del escritorio—. Oh, por “San Jenaro” la caja registradora ha quedado atractivamente abierta —expresión centelleante ha de mantener, tal cual no pensaba en actos vandálicos, exageraba, exageraba. No obstante, observó a su alrededor en busca de una posible señal celestial, después de todo, el dependiente no ha de tardar en regresar… ¿cierto? Uno, tres, cuatro minutos, la impaciencia comienza a pincharle hasta ha de llevarle a reclinar su cuerpo apoyando su espalda contra el borde del mostrador—. Vamos, que soy un hombre ocupado —resopló e inmediatamente, se cruzó de brazos.        
 
En el fondo sabía que era un esfuerzo inútil seguir esperando, por ende, decidió perderse entre los enormes estantes hasta el regreso del otro, rodeado de mil aventuras que han de esperar a cualquier fisgón. Tranquilo, Stefan recorrió los pasillos, degustando con su mirar los volúmenes presentes, cada uno mejor que el anterior. Todavía, acarició un par de lomos al ritmo de sus pasos, ¿así sentía tener el privilegio de estar rodeado de aquello que llaman sabiduría? Se recordó así mismo, durante la etapa más inocente de la vida, un pequeño niño intentando aprender las palabras de amor y venganza plasmadas sobre las paredes de Scampia. Pronto, el joven napolitado se detuvo, simplemente, fue atraído por un pequeño ejemplar; de lomo verde y perfectamente cuidado. “Hans Christian Andersen” pareciese ser el causante de su curiosidad. Inmediatamente, le saco de ahí, percatándose que a simple vista parecía un libro infantil pese a estar en la sección de adultos, sin tacto, le ha abierto en una página al azar:      


Es incontrolable

“Aquella sensación ondulada, se asemeja a las olas, trepando por mi espalda”

Y entonces me doy cuenta:

“Mi princesa, el calor se derrite en la punta de mis dedos”


Altos eran los muros que acogían al joven napolitano; mas su impresión no fue capaz de ser disimulado en un tenue susurro.—¡¿Pero qué clase de revista para adultos estoy leyendo?!—la mañana se alzaba, filtrándose la luz matutina entre los ventanales, iluminando tenuemente el recinto.

Vil porquerizo:


Stefan Altieri



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Re: |( ▪ El porquerizo y los 100 besos de la princesa ▪ )| ||Aileen Lázarev||

Mensaje por Aileen Lázarev el Dom Mar 11, 2018 6:36 am


Chapitre un
Свинопас


"Su ingenuidad se acercaba más a la estupidez que a la inocencia misma…
¿Cómo era posible que se dejara besar por un vil porquerizo que había
pedido como pago un contacto de sus labios con los suyos por un simple
juguete campesino? Y es mas ¿Cómo había aceptado ella tal trato en ves conseguirlo por otros medios?..."

¿Cuánto tiempo había pasado desde que pudo dormir bien?  Para ella una noche donde las pesadillas la invadían y las horas de sueño eran cortas era tan normales como la lejana fantasía de una pequeña mosca de poder escapar de la trampa de la araña, y cuando esto pasaba en vez de sentir una profunda tranquilidad el efecto era todo lo contrario, se mostraba más nerviosa, más torpe y un poco más triste. Pero para su gran fortuna no era uno de esos amaneceres si no que desde el rompimiento del alba se encontraba sentada a la orilla de su cama con la mirada perdida y un solo pensamiento en su mente sobre un extraño sueño -o pesadilla- que la había dejado con un escalofrió recorriendo todo su ser.
Se había quedado en esa posición por tanto tiempo al grado de parecer una exquisita escultura esculpida con los más finos materiales y con un escultor que supo retratar de manera extraordinaria aquella mirada llena de melancolía de la joven modelo. Regreso en sí después de casi encontrarse una hora en esa posición, para después dirigirse al baño como un espectro y tomar una larga y muy necesaria ducha (la cual parecía que le había devuelto aquella poca cordura que había podido conservar a lo largo de sus pocos años de existencia).
El resto de su mañana después de salir de la ducha y vestirse con las primeras ropas que sus manos sacan tanto de sus cajones como del ropero se había pasado en su gran mayoría en quehaceres domésticos como e pequeños descansos entre estos en donde su mente dignaba con tratar de recordar aquella película mental que le había hecho perder el sueño en un día en que podía dormir más allá de las 10 de la mañana, olvidándose de tomar alimento alguno.
La llegada del medio día había llegado en un abrir y cerrar de ojos para aquella muchacha de cabellera castaña, la cual había podido terminar sus tareas por esa misma hora según un reloj localizado en su pared siendo la primera vez en toda la mañana que había realizado alguna acción dirigida en saber en punto exacto del día se encontraba  (ya que a pesar de tener un móvil se olvidada de este la mayor parte del tiempo) pero que a pesar de volver a tenerlos pies en la tierra había amanecido con humor casi nulo y una sonrisa nerviosa.
Salió de su hogar con su bolsa en mano, sin rumbo fijo, pero con la idea de poder averiguar o sacarse de la cabeza aquella extraña sensación. Camino por un largo rato por las extensas y concurridas calles de la cuidad en la cual tenia poco tiempo de vivir, hasta llegar a una pequeña y perdida librería, donde sin pensarlo dos veces cruzo el umbral de la puerta recorriendo con la mirada los pasillos llenos de libros para después perderse en un pasillo en donde cual nacía un no tan pequeño grito de hombre el cual reclamaba con tan asombro el contenido de un libro clásico en la sección de cuentos infantiles.
Ella sabia que lo que podía hacer estaba mal, que podría meter en  grave problema y olvidándose en su gran mayoría de su instinto de supervivencia gracias al pequeño  pensamiento que habitaba su mente, pero eso no le limitaba en poder hacer una pequeña broma referente  a la situación , así que se acerco al hombre pero dejando varios centímetros de distancia entre sus personas para poder comentar con un tanto de humor y sarcasmo en su habla – Disculpe señor, no creo que sea necesario hacer tal escándalo por un cuento infantil clásico, para eso le recomiendo leer el Pinocho original- termino tratando de abonar una sonrisa notoriamente fingida.

Princesa engreída:



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