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Rivolta Silenziosa. [Priv. Elizabeth Schechter]

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Rivolta Silenziosa. [Priv. Elizabeth Schechter]

Mensaje por William Macbeth el Sáb Mayo 20, 2017 11:42 am

Tenía que admitir, mayormente para sí mismo, en ocasiones era un poco satisfactorio volver al entorno de las cosas sencillas, cotidianas. Aquellos rituales que todos los cuerpos mortales tenían la obligación de cumplir en algún momento de sus vidas, como el acto simple de asistir al instituto. De alguna manera, se le hacía incluso un espectáculo particular, aunque su repentino interés en el cuerpo educacional estaba lejos de enfocarse en la demás parte del alumnado y mucho menos en los horarios de clases. Sin exageración, sus gustos eran algo más exquisitos (nunca había soportado a la chusma común y no tenía porque empezar en ese momento) y sus aficiones tenían fines prácticos, más allá de rodearse de mediocres por el mero hecho de cohabitar en un entorno adyacente. Tal vez inscribirse como el presidente del club de teatro había sido nada más una circunstancia conveniente, puesto que nunca realmente planeó prestarle la debida atención a dicha posición de liderazgo: siendo él, naturalmente necesitaba alzarse sobre los demás, contaba con la experiencia necesaria y la vocación a la que había dedicado años de práctica. Eso no significaba necesariamente que estaría dispuesto a reunirse con unos cualquiera pocas horas a la semana sólo por compartir gustos. Contaba con la suerte revocaba en que la organización de dicho instituto era bastante difusa; no se explicaba de qué otra manera podía mantener sus horarios a gusto como le complaciera.

Tal vez incluso podría llegar a celebrar que precisamente ese día se tratase de la excepción, probablemente el lapso de tiempo más amplio que estaría dispuesto a dedicarle a actividades extra-programáticas sólo porque alguien más se lo ordenó (un maestro, el director, alguna figura de autoridad general de la cual no sabía mucho al respecto). Ignoraba si existía alguna norma de vestimenta formal para asistir a las clases, pero se imaginaba que no habría problema se presentara como se presentara, después de todo, su apariencia por sí sola era lo suficiente engañosa para no resaltar más de lo necesario. A excepción de las lentillas de color rojo que gustaba de ocupar, sus gestos teatrales ensayados con pulcritud y el flequillo de su cabello peinado hacia atrás con dramatismo, sí, bastante discreción. Si iba a ser una de las pocas ocasiones en que se dignara a asistir, ¿por qué no deleitarse con la oportunidad? Nunca estaba en sus planes rechazar una ocasión para entretenerse a consta de otros, divertirse con las posibilidades desconocidas e incluso, el diminuto chance de que pasara realmente algo interesante, digno de la corona que no poseía y las ropas ensangrentadas que Macbeth dejó al cerrarse el telón. Reunirse en el auditorio era una buena manera de empezar, las luces tembladas y la decoración rimbombante que emulaba a una estructura fina eran lo suficientemente buenos.

Otras cosas ni siquiera se las cuestionaría, cómo por qué algunos de sus "compañeros" (por llamarles de alguna forma) había pensando que sería buena idea llevar una caja de donas glaseadas, repartiéndolas a cada uno. Por supuesto que aceptó el obsequio, con una sonrisa forzada pero igual de encantadora que el resto de su personalidad, ni siquiera se había molestado en darle un mordisco en lo que el ruino del fondo que le rodeaba continuaba charlando entre sí. Un poco decepcionante, pero nada a que no estuviera acostumbrado: nada llamativo, nada novedoso. Cualquiera habría pensando que los miembros de dicho club tendrían una apariencia más pintoresca, iba a aceptar su error para la siguiente oportunidad. Continuaba mirando al dulce en su mano, sosteniéndolo desde el agujero y admirando sus chispas coloridas como si toda la culpa recayera en aquel inocente postre, que cuando la puerta a su costado derecho se abrió para revelar algún desconocido, el único desafortunado en llegar tarde, no quiso no molestarse en voltear—. Lo siento, ya nos quedamos sin donas —fue el primero en dirigirle la palabra, asegurándose de hablar lo suficiente fuerte para ser escuchado; resultaba bastante descarado de su parte plantear tal declaración cuando sostenía la última pieza intacta en sus manos, pero le importaba tan poco como el resto de la gente ahí. Finalmente, le dedicó una sonrisa más completa a la muchacha de cabellos rubios, fingiendo la cortesía de la careció por completo segundos atrás—. ¡Bienvenida! ¿Parte del club, asumo? —el cuestionamiento era meramente de formalidad, como si no fuese lo suficientemente obvio.
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Re: Rivolta Silenziosa. [Priv. Elizabeth Schechter]

Mensaje por Elizabeth Schechter el Dom Sep 24, 2017 3:30 am

Toda rutina es capaz de ser agobiante, fastidioso hasta espeluznante… ¡¿Cómo es que vivía así?! El poderío de Victoria le asfixio desde que posee memoria, pero, ahora su prisionera es libre. Desdichada princesa, nunca fue feliz… por lo que, tener el derecho de realizar cualquier actividad fuera de las manos de su madre le hacía hervir la sangre, capaz de idear algo nuevo y desafiante. Y, nada mejor que representar la vida, el infortunio y la miseria humana en obras de teatro, aquellas que, representan el reflejo de las personas que les embellecen. ¡Oh, vida sanguinaria! Se han de proyectar en el dolor y la mentira, buscando una respuesta a todo aquello que les aqueja. A excepción de, la comedia y el drama romántico, suelen capturar los suspiros derramados por las damas. Cierto, el teatro es territorio indiscutiblemente femenino, e indudablemente, era el tipo de obras que ha de ser solicitado por el público. Le elección se encuentra en sus manos, y el examinar a la persona encargada del “sugerente” club de teatro, le divierte. A fin de cuentas, los poderosos no se han de mezclar con los menos influyentes, pero… ¿qué sucedería si ambas partes se llegan a unir? Patético… Una sonrisa de satisfacción se marcó en su rostro en compañía de un porte ligero, sutil, es como si deseara apenas tocar el suelo, con temor a romper el profundo silencio. Elizabeth se aventuró a recorrer los pasillos del auditorio, zona que, no hace más que disfrazar las risas y eventos extravagantes. Hermosa princesa que se ha de reflejar en los elegantes cristales del interior, portó una falda negra acompañada de una blusa albina, contrastando con pedrería incrustado en el cuello de la misma. Asimismo, zapatillas de bajo tacón que, le hacían lucir  sofisticada al son de su cabello recogido a media coleta.

— Melodía digna de Mozart. — ironizó al detenerse a medio corredor, una habitación a sus espaldas ha de presumir a un prodigio en su interior, reconociendo de inmediato que el dueño ha de tocar teclas al azar, sin melodía especifica. — Imbécil. — una carcajada seca escapó de su joven garganta. Schechter sentía aversión del individuo que ha de continuar con delirante acción. Por poco se ha de girar, en cambio volteó, observando sobre su hombro hacía la zona en la que el caos pareciese no acabar. Pero, todo finalizo de golpe, provocando que la joven princesa manifestara incredulidad. ¿Cómo era posible? Un sentimiento de melancolía destrozó el silencio del que hasta entonces difícilmente fue capaz de percibir. Ágil fueron los dedos de aquel que, ha de llegar al clímax con maestría al compás de las notas arrancadas hábilmente del piano. — Yo pensé que… — reservó un suave suspiro indiferente, por tanto hizo resonar el tacón de su calzado sobre el pulido mármol con el propósito de continuar su camino. Y, al final del pasillo, el aula designada se encontraba. Schechter observó el interior expectante e incluso, no faltaron las miradas inquisidoras hacía ella. En su opinión, el aroma que desprendía la habitación invade su humanidad, dulce, se relaciona con los azucarados anillos que suele comer. ¡Donuts glaseados! No, dista de ser una donut autentica… Aunque, su atención se desplazó al insolente que, pronto le ha de mostrar una donut entre sus dedos. ¡¿Acaso le ha solicitado su opinión?! — Admiro la forma como dices cosas tan obvias, creyendo que has descubierto algo. — e ahí con mordaz característica de su apellido, mejor dicho, de su forma de ser; escasas conversaciones se entrevén en la aula, por ende, siempre ha de terminar descabezando a los demás con todo comentario directo.

— Eres tan deslumbrante, ¡En serio estás dando lo mejor de ti! — total frialdad ante su bienvenida, como si estuviese con alguien distinto a ella. Y sin agregar más, Elizabeth aguardó en una silla cercana, cruzando las piernas con tanta naturalidad que evidenciaba la costumbre. La joven princesa sonrió cínica, distaba de ser una reunión cualquiera, hasta fragmentos de una obra se escuchó entre voces, en el aula hasta en espacios abiertos un día antes en la institución. Mas existía una diferencia, una gran diferencia, hoy estaría presente el dirigente del club. Situación que, le ha de llevar a mirar a todo presente. ¿Son capaces de sorprenderle? Un joven atrajo su atención al verle sujetar un libreto, precipitado comenzó a leer con la intención de dar un vistazo general, hasta segundos después término atrapado en la historia. De su parte, espero cualquier acontecimiento interesante.

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Última edición por Elizabeth Schechter el Vie Oct 06, 2017 10:09 am, editado 1 vez
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Re: Rivolta Silenziosa. [Priv. Elizabeth Schechter]

Mensaje por William Macbeth el Dom Oct 01, 2017 11:36 pm

No se consideraba lo suficientemente mediocre para poder disfrutar del ambiente escolar, a pesar de que creía ser capaz de apreciar la sencillez de los adolescentes y sus impulsos simples, eso no quería querer que pudiera colocarlos en su misma categoría. Su presencia allí, por tanto, se acercaba a algo que llamaría como experimento: no poseía ningún interés genuino por las pobres almas que constituían miembros de su propio club, pero suponía que al menos debía darles la oportunidad de ofrecer una decepción dándoles el beneficio de la duda. Y hasta el momento, su impresión general no había cambiado. A pesar de que probablemente el auditorio se trataría del lugar en el instituto que cumplía su función de ser agradable a la vista, la apreciación de los detalles en la arquitectura pronto dejó de parecerle lo suficiente interesante para justificar del todo su presencia en el lugar. Lo único mínimamente entretenido que había presenciado hasta el momento era la caja de donas que alguno de los presentes quiso regalar, y él ni siquiera se consideraba un aficionado a los dulces. Se había quedado mirando su trozo de glaseado como si se tratase de algún tipo de comida insalubre, hasta que la puerta del auditorio se abrió, revelando a una muchacha de figura marcada y cabellera rubia abundante.

Probablemente la única persona allí cuya apariencia pintoresca pudiera relacionarse con algún personaje de la Commedia dell'Arte y no un simple estudiante yendo a perder el tiempo. Por supuesto, apreciar su apariencia no significaba que debiera dirigirle algún trato distintivo, sin embargo, fue su primera acotación contundente su primera indicación para sonreír—. Ouch. ¿Acaso las donas son un punto sensible? —fingió estar terriblemente dolido por el insulto, llevándose una mano al pecho de forma dramática y mirándole directamente con ojos acusadores.


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