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Un giorno come un altro [Privato]

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Un giorno come un altro [Privato]

Mensaje por Gianella Graziani el Mar Mayo 02, 2017 8:12 am

Temía. Desde lo de Nápoles temía. En Nápoles no solo perdió a un gran amigo, ni la posibilidad de ejercer inmediatamente la docencia, sino que su autonomía. Vivía escoltada, entre las sombras cual forajido... pero Sweet Valley no es Nápoles ni Nueva York, se convencía la morena: retomaría sus viejas costumbres, e ir a por un espresso sin un trajeado encima era una de ellas. Hoy, entonces, Gianella se adapta a su 'nueva' rutina: sumida en la zozobra, pero satisfecha, con un capuchino.

Y miró a través de los vidrios, ligeramente empañados por la llovizna, advirtiendo que el batallón de niños que antes divisó en torno al Santa de enfrente no hacía sino aumentar. Y es que pese a la blanca mañana, la Bond Street de Sweet Valley, la dizque fiel réplica de la calle de compras londinese que, en todo caso le recordaba más al Lower East Side neoyorquino, estaba a rebosar. Y pensar que ella la Navidad la vino a conocer entrada a la adultez, de la mano de los Kórsakov en Sicilia, recordó, con una tenue sonrisa en sus labios. Dio otro sorbo a su capuchino. Últimamente pensaba bastante en sus años universitarios en Salerno, pues temía repetir el mismo proceso. Cambiar los palaciegos salones de mármol por modestos salones de clase no le escandalizaba en lo absoluto, como entonces, pero ahora su destino parecía trazado... irrenunciable. De pronto sus ojos zarcos seguían distraídamente a los niños, que corrían de aquí para allá, despreocupados, como si la muerte no te pudiera aguardar a la vuelta de la esquina. Su tarta de ricota siciliana se le antojaba apetecible, pero de repente no tenía apetito. ¿Qué iba a ser de ella sino? Y es que ser una Graziani conlleva demasiados sacrificios... Y dejar de ser Gianella puede ser uno de ellos.

Su mirada pasó al reloj tricolor de Italia 90 entre otras chucherías en la pared que evocan a su país de adopción. Lástima que el aire calefaccionado no pueda decir lo mismo, se dijo, con nostalgia del verano en la Costa Amalfitana. Acomodó su sombrero de ala ancha a fin de resguardar su identidad, de modo que sus ojos zarcos se perdieran tras la sombra. Y palpó la bolsa Dior bajo su trench coat, que no era sino un regalo navideño: otro reflejo involuntario tras lo de Nápoles. Dio otro sorbo a su café. Sabía que en cualquier momento el abogado llamaría, a propósito de la situación de su padre, pero no quería moverse: prefería quedarse a rememorar aquellos años en que reprobar una materia era lo único que le quitaba el sueño.
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Re: Un giorno come un altro [Privato]

Mensaje por Stefan Altieri el Vie Mayo 26, 2017 7:43 am


Do you remember me?
Close your eyes, and see…

Entre las últimas luces cálidas del sol vespertino de Nápoles, el movimiento grácil y risueño ondea el vestido albino de una mujer… pronto, el retoño de Scampia le ha notado entre la multitud, optando por verle atónito, engullido, por la calidez de una sonrisa… tan inocente que, fue capaz de hechizar el corazón de un rey.
[…]

「Víspera de Navidad」

El correr por su vida y el arribo a una nueva ciudad, fue un plan que nunca se hubiese imaginado, pero, no era capaz de quejarse… cuyo propósito era un recordatorio de su existencia, y al son de una bienvenida, le ha de acompañar la vesicante anomalía de "Harman Le Mat” y en la que por ahora, no deseaba pensar. Pero, irónicamente, su majestad se mantenía dócil a Le Mat, sólo por aquel instante en que, ha de entregar un recado de su parte. Lejos de las zonas más transitadas de la ciudad, en una joya olvidada que merece la pena explorar, si bien “La Avenue d'Ivry” alberga el barrio chino más grande de Europa, la belleza de Italia radica en una pequeña zona de Sweet Valley, efervescente en nochebuena que incluso, es capaz de cautivar a cualquiera. No lejos de allí, su magnificencia permanecía sentado sobre un columpio, dejándose llevar con el tenue movimiento que haría más amena la espera del destinatario, procuró no elevarse demasiado, como lo haría cualquier niño al jugar; después de todo, los infantes se esfumaron del pequeño parque infantil en compañía de algún mayor, siendo la excusa perfecta para citar a aquel individuo. ¿Le ha de preocupar? Sus pálidas manos se aferraron a las cadenas por cada extremo de su cuerpo, con los brazos cubiertos al son de una camisa albina de vestir, la mirada fija al frente; un extraño presentimiento se adhirió a celestinos orbes. Y eso, sin duda, era lo más insólito de todo, mantenerse en Francia se ha de asemejar a un lienzo vacío, nadie lo ha de conocer, una metáfora continua y sin final… Sin embargo, las acciones de Harman lo desplazan ante una sospecha sin fundamento, sabía que todo lo que ha de provenir de sus allegados tienden acarrear la perdición. — Ah, ¿por qué tarda demasiado? — palabras que han de terminar para sí mismo, sin otra alternativa que observar la hora en el móvil una última vez.

— Tick, tock, tick, tock… ¡Vincenzo Di Stefano no puede permitirse tal insulto! — poseía el derecho de forjarse un nuevo nombre, el maestro del engaño no es capaz de pasar por alto la oportunidad de realizar toda fechoría, y más en una época tan importante. — ¡Maldición! No puedo seguir esperando a un vejete y menos ahora que tengo una cita con “Miss Santa” en la plaza. ¡Cumpliré su más anhelado deseo! ¡Al diablo Harman y su urgente recado! — pronto, pareciese que el viento hubiese aludido una respuesta a su oración, llevándole a saltar al compás de una tenue elevación del columpio. Suave fue el gesto que dio, y con una sonrisa apenas notable, la mirada observadora de su majestad se ha de fijar en una pequeña familia que, han de lanzar un par de monedas hacía la fuente principal. Deseos, ¿qué es lo que más anhelas en la vida? Altieri mantenía en secreto su mayor anhelo, un interés tan deseado que poseía la esperanza de verle florecer… De pronto, su intención se desplazó en permitirse lanzar una moneda en la misma, dejando atrás la zona infantil con tal de acercarse lo suficiente. — Mi deseo es… — su persona se reflejó sobre el agua, hasta el punto de observar cómo es que aquella línea se deslizaba entre sus labios. — es… — un tenue susurro que pretendía llegar a oídos de aquel que, era capaz de cumplir su petición. — hacer… — hizo una pausa, tan efímera que se entrelazo con el peso de la moneda al caer. — un… ¡TRIO! — levanto el puño en son de victoria. — Ah, si… — prosiguió. —con dos hermosas mujeres rusas. Bien, sí que lo es: Alt, eres todo un semental. — finalizó orgulloso mientras rascó su nariz. Sin embargo, el joven italiano mentía, su mayor anhelo nunca será poseedor de una fecha de entrega, ni siquiera del toque suave de la compasión.

¡Qué bien se sentía ser un forastero! Un desconocido que ha de caer en los brazos del consuelo, magnifica es su realidad. Se giró, y frente a él, ha de esperarle el colorido decorado navideño, incitándole a deambular sin rumbo, con el propósito de obtener sustento extra para Balistreri y Constantine que, en casa le han de aguardar. Y, fue entonces que se aventuró entre las cálidas risas de la muchedumbre, de la mano de un sentimiento que de ningún modo había tenido la oportunidad de sentir, asimismo, le palpita con vehemencia en su interior. ¿Hasta dónde ha de llegar la miseria? Parsimonia, más no por ello con ansía, caminó por la acera de la pequeña Italia, escuchando el desorden montado por una familia que recorría el sitio en busca del perfecto regalo. Incluso, al compás de inconfundible musiquita navideña que, la banda sonora conforma. Altieri, se limitó a emanar una tenue expresión, nostálgico, recordó “la fiesta de los siete peces”, cena tradicional de su querida Nápoles. ¿Por qué aún no deja de punzar? — Di male in peggio. — masculló de forma irónica, esbozando una pequeña sonrisa que hablase por sí misma, en un intento de ignorar el sentir que le ha de provocar todo a su alrededor. Pero, ahí estaba, luchando por mantener la sonrisa en alto, fingiendo todo lo que debía fingir; demostrando que su majestad es digno de indagar entre las masas. ¡Poseía derecho! Derecho de robar, derecho de usurpar por necesidad, nuevamente un ladrón, un maleante que ha de mendigar por una migaja. Y quizá, pudiese encaminarlo al placer; el gusto por la comodidad y la adrenalina le parecía de lo más encantador.  

Un simple mortal que lo ha perdido todo, una rata con clase que es capaz de ir a lo extremo. ¿Es fácil de identificar? En absoluto, vestimenta que no ha de envidiarle nada a la moda francesa, en conjunto de la camisa albina le ha de resaltar un pantalón negro de vestir junto a un par de zapatos de la misma tonalidad. De esa manera, resurgió su objetivo de apoyar su espalda contra la pared del próximo establecimiento, convencido de ser el perfecto escenario que ha de señalarle el próximo blanco. — ¿Cuál será el regalo perfecto para Alessia? Flores, joyas… ¿por qué no? La caja misteriosa de Babbo Natale. divagó, llevando una mano al bolsillo de su pantalón, palpando su stiletto automático, nimiedades. Sin embargo, tras permanecer un momento, el aroma aventurero del establecimiento invadió su humanidad; dulce, delicioso, se relaciona con el pan recién horneado con vainilla y cacao. Mezcla exquisita para los demás, una esencia al estilo “Panettone” para su magnificencia. Ágil, se acercó a la ventana. — Nostro Impero… — aliento que ha de salir de sus labios al son de leer el logo sobre el vidrio empañado. Y, ¡vaya sorpresa! Más allá de su reflejo, a través de la ventana, el orgullo del hombre acaudalado se entorna en vanidad. ¿Acaso les ha de asustar la pobreza? Cada uno expone su riqueza y como tal, el rey de las ratas ha de iniciar su labor. Del mismo modo, ha de elegir a su próxima víctima; una mujer. Dama de honor que ha de insinuar exquisito perfil desde la esquina del ahora restaurante, perfecta para extraer más que simples monedas…

Por consiguiente, ingresó, de modo disimulado como si fuese convocado por ella. — Amore mio! Siento llegar tarde. — uno, dos, tres segundos, suficiente tiempo para detenerse frente a su mesa, esperando la reacción contraría. — Shh… shh… no digas nada. — se adelantó al son de un ademán. — Sabes que me encanta el silencio de tus labios. — y antes de recibir respuesta alguna, prosiguió. — Luces tan hermosa, simplemente, me hechizaste. — ¿Su plan? Atraer su atención, movimiento sagaz que le ha de permitir tomar asiento. — ¿Te gusta el lugar que elegí? — continuó mientras observó a su alrededor, con tenue distracción. — Ah, me recuerda a nuestra primera cita. — le  ha guiñó el ojo. ¡Pero que descarado de su parte! — Sin embargo, ¿por qué ocultar el hermoso color de tus ojos bajo un sombrero? Ya hemos hablado de eso, preciosa. — ¿Se habrá dado cuenta? — La luz de tus ojos caerá en los míos. — Retó a su suerte. Quizá, podría estafarle, o simplemente, conseguir un cofre de joyas.

Stefan Altieri



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