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To chase away the night, let the whole world burn.

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To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por William Macbeth el Jue Sep 22, 2016 9:24 am

Siendo sincero consigo mismo, el escenario tal como una ciudad nueva era una obra cliché que no tenía interés en seguir al pie de la letra; no se hallaban entre sus prioridades interesarse los suficiente en los alrededores, las calles o sitios de reunión común de la plebe, ¿no se supone que él debería despreciar tales sitios de concentración de ignorancia? Tal vez era simplemente demasiado exigente para el nivel de calidad del pensamiento de la masa consumista. Por supuesto, por el mismo motivo es que era tan fácil meterse en las cabezas de las personas, una palabra, un gesto o un simple ademán, guiarse por la primera impresión era siempre el error del que se aprovechaba. Era un juego al que estaba tan acostumbrado que le salía con naturalidad sublime, dentro y fuera del escenario, que interpretaba siempre a su gusto. Dudaba que hubiera más que la metrópoli francesa tuviese que ofrecerle, además de las mejores médicas para su querida y apreciada hermana. ¿No era acaso... aburrido? ¿Sumamente corriente y regular? Dudaba que alguna vez haya existido un ser humano que estuviera complacido con el sentimiento de inconformidad propia de la especie.

Quizá y la única buena noticia, es que la realidad es una dimensión dinámica. Claramente, prefería ser él quien la cambiara a su antojo, sin embargo, no tenía que exponer queja alguna si acaso algún personaje secundario de menor importancia le ahorraba el trabajo, amablemente colocaba frente a sus narices una oportunidad demasiado exquisita para poder rechazar—. Ah, un baile de máscaras —musitó en voz alta, con la entonación adecuada para denotar la cantidad apropiada de sorpresa y leve entusiasmo, inevitablemente una sonrisa altanera se marcó en su expresión instantes después, todavía sosteniendo en sus manos el trozo de papel que contenía la información pertinente a los detalles. Sus ojos azules (por el momento, se daba el lujo de esperar) regresaron a su interlocutor, que esperaba su veredicto con una expresión ansiosa. Era un individuo gracioso. Volvió a sonreír, esta vez una expresión considerablemente inofensiva a su gesto anterior, y se inclinó hacia adelante a modo de reverencia sutil, cruzando uno de sus brazos al pecho—, por supuesto, iré encantado —y si acaso una risa pequeña escapó de sus labios, era porque el hombre en cuestión estaba demasiado ocupado en seguir parloteándole para notar la leve inflexión en su voz.

A veces le gustaba sentirse como un noble, como si realmente Macbeth fuera interpretado por alguien de la estirpe real, y oh, resultaría simplemente maravilloso si acaso ocurriese un intento de asesinato la misma noche después del banquete. Lamentablemente, era consciente que no debía dejar sus expectativas tan altas, y se conformaría con interpretar nuevamente su papel. Tal vez ahora podría improvisar un poco mejor, después de todo, por el hecho de tratarse de un baile y disponer de un atuendo levemente más elegante, y una máscara adecuada a su propia dualidad le hacían sentirse incluso más como el personaje de una obra de teatro, podría ser un poco difícil mantener el grado de decencia social en esas condiciones. Aunque, en tal fiesta, el mejor anonimato era que nadie lo conociera, apenas el anfitrión. Nada más era clasificado como el hijo de una familia rica, la irrelevancia del mismo título lo hacía todo incluso mejor. Podría quemar el sitio hasta las cenizas y nadie reclamaría una palabra en su contra, sin duda aquello le haría sentirse mejor. Hasta entonces, estaba dispuesto a adecuarse a la situación. Después de todo, ¿no se supone que estaba aburrido? ¡Qué mejor oportunidad!

Incluso podría jactarse de que su entusiasmo no era del todo fingido, por supuesto que nadie nunca se enteraría de ello. Le divertía el hecho de participar en un evento de ese calibre, aunque los motivos le interesaban tan poco como el resto de invitados, podía darse el lujo de admirar la belleza arquitectónica del lugar, una mansión en barrios adinerados sólo alimentaba su fantasía de un crimen cometido en plena reunión social de alta clase, era simplemente apropiado. Él mismo se dio el permiso de recorrer todo lo que se le antojara, y parecía que a ningún criado le importaba lo suficiente para interrogarlo al respecto, o sencillamente optaban por evadirlo al distinguir la sonrisa extraña que torcía sus labios. Se sentía un poco como el diablo usando un antifaz, quizá lo maravilloso de la máscara era que resultaba sencillo develar su naturaleza y hacerlo pasar por actuación. Y la misma ironía le hacía querer sonreír con más ganas, pero decidió calmar sus ansías y detenerse en alguna habitación al azar, aprovechando la ocasión para indagar en la vida de aquellos que no le interesaban, no tardó en determinar que el balcón anexo era mucho más digno de su atención. Tal vez haría falta una melodía de piano, o un violín. Pero iba a admitir que la brisa fría era cautivante, lo suficiente para calmar sus ánimos y hacerle preguntar cuántos segundos tardaría un cuerpo en caer desde esa distancia hasta el suelo.
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por Ophelia Rosevert el Sáb Nov 26, 2016 8:42 am

Por mucho que su apariencia exterior indicase lo contrario, no podía considerarse una persona pasiva. La calma nunca había sido algo que su compañero o ella pudieran permitirse con la clase de vida que habían llevado. Y era justo por ello que el encontrarse ahora, disfrutando de unos días de inusitada paz con él a su lado, se le figuraba extraño, completamente ajeno a ellos, porque ninguno de los dos estaba acostumbrado a vivir de una forma tan fácil y predecible. El gozar de mayor libertad, incluso permitiéndose el mostrarse a plena luz del día sin problema alguno, era un privilegio al que iba a tardar en acostumbrarse. Y estaba agradecida con la oportunidad, pero en ocasiones la asaltaba la incertidumbre, las dudas ante el hecho de no poder siquiera conjeturar qué era lo que pasaba por la mente de Roman, cuando una simple mirada siempre había bastado para entenderse en los momentos en que las palabras le fallaban y la voz no afloraba de su garganta. Pero no consideraba necesario preguntar, porque sí tenía la certeza de algo: podía confiar en él. Porque lo conocía lo suficiente como para deducir que tenía un plan entre manos desde el momento de decidir el destino de ambos.

Tempranamente había notado que el mundo era como una obra de teatro donde cada quien tenía asignado un papel que interpretar. Y el suyo, al parecer, ya estaba más que definido para este punto. Los días de paz no habían sido más que un prólogo, aquello que los introducía a su nueva aventura, porque la idea de conocer el lado corrupto de una ciudad con tan dulce nombre y desintegrar paulatinamente la quietud perceptible en ella era demasiado tentadora como para resistirse a ella. En este caso, su papel se desarrollaba a causa del hombre exitoso cuyos triunfos son obtenidos mediante acciones deshonestas y el tipo que contrata a alguien para deshacerse de él. Una obra clásica que, habiendo interpretado las veces suficientes, ahora se sabía de memoria. Lo único que hizo la diferencia en esta ocasión fue el escenario. Y pensó, con algo de gracia, que la vida era muy irónica en ocasiones, porque había resultado tratarse de un baile de máscaras organizado por el mismo hombre que tenía que eliminar. Su empleador le había facilitado todos los detalles pertinentes al evento con tal de asegurarse que su infiltración sería un éxito, y era evidente que ella no estaba dispuesta a desperdiciar tal oportunidad.

Asesinar al anfitrión de una velada que estaba en boca de todos esa misma noche probablemente causaría un gran escándalo a nivel local, y a ambos siempre les habían gustado los grandes espectáculos. Incluso la temática de la fiesta resultaba conveniente, porque el anonimato jugaba a su favor y de esa manera podía darse el gusto de utilizar una máscara que cubriría sus ojos de idéntico color por una noche. Porque, a diferencia de su compañero, ella era mucho más discreta, acostumbrada como estaba a trabajar desde las sombras y con la menor exposición posible. Apartándose un mechón de su temporalmente castaña cabellera, se permitió curvar los labios con sutileza cuando su mirada se posó en la estructura de la residencia, estudiando con detenimiento su elegante arquitectura, y pensó que era una lástima que él no hubiese podido acompañarla esa noche. «Oh, bueno», meditó, divertida, «siempre puedo robar algo para él» Entornó ligeramente la mirada al encontrarse de frente con el gendarme que custodiaba la entrada, respondiendo a sus palabras de bienvenida con un suave asentimiento y la misma sonrisa enigmática que no había abandonado su semblante.

La atmósfera que envolvía al recinto remontaba la imaginación a la época de reyes y castillos, dándole un toque casi mágico, como si se encontrara en una de aquellas mascaradas antiguas. Casi le daba lástima tener que arruinar tan agradable ambiente; era una suerte que ella encontraba igual belleza en el caos y la destrucción, y no sentiría remordimientos incluso si viera todo arder en llamas al final del día. Se tomó su tiempo para apreciar con más detalle la belleza del lugar, porque las posibilidades de entrar a un sitio así siempre eran limitadas cuando no se pertenecía a ese círculo social. Pero luego de haber recorrido salón tras salón, pronto resolvió que no sería mala idea salir a tomar aire al balcón, quizá porque necesitaba un pequeño respiro de la agobiante cantidad de gente aglomerada en una misma habitación. Y la vista al jardín lateral era tan magnífica que le tomó unos segundos extra percatarse de que no era la única persona allí en ese momento. Su mirada fue a parar al rostro encubierto del joven que se encontraba a algunos metros de ella, y quizá fue la combinación de colores en su máscara o el hecho de que se encontraba muy apartado del resto de invitados (y por lo que se veía, no había salido al balcón a fumar) que logró llamar su curiosidad y preguntarse qué clase de persona se escondería detrás. Así que esbozó una suave sonrisa—. Linda máscara —y como pocas veces, dejó que las palabras salieran de sus labios de manera casi espontánea, lo suficientemente alto para llamar la atención del desconocido y conseguir que girara el rostro hacia ella—. ¿Aburrido de las charlas insustanciales?
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por William Macbeth el Jue Dic 22, 2016 2:26 am

Tanto como se negaba a resignarse a lo cotidiano, típico y lo común; probablemente por el mismo motivo, resultaba que las situaciones interesantes y sugestivas le encantaban en igual intensidad a su absoluto desprecio por el aburrimiento. Que no había un escenario que disfrutase más que un salón elegante y la oportunidad de lucirse, de gesticular en voz alta, midiendo cada milímetro de su sonrisa junto al delicioso énfasis de sus palabras, de su discurso previamente meditado y ejecutado con magistral perfección. Ésa era su clase de ambiente favorito, aquél donde se le permitía interpretar el papel que se le antojase. Donde oculto bajo la máscara en tonos grises, de su traje elegante preparado para la fiesta, de su perfil de anonimato absoluto, gozaba de la total libertad de moverse y hablar cuánto se le antojase. No era la primer vez que se hallaba en una reunión de alta sociedad, quizá era sólo la primera oportunidad en que tenía la oportunidad de reírse en voz baja del acento francés y los sabores exóticos que ofrecían en las mesas como aperitivos y entremeses. ¿Tenía de qué quejarse? Por supuesto, tal vez después, cuando volviese a sí la sensación de aburrimiento molesto.

Hasta ese momento no había tenido la oportunidad de encontrarse con el anfitrión de la velada, y francamente, no tenía deseos de inmiscuirse en relaciones sociales que posteriormente le traerían molestias innecesarias. Sin importar la fineza de los salones, la exquisitez de la decoración rimbombante o los objetos de valor incalculable que adornaban las paredes; todo podía quedar en segundo plano con rapidez pasmosa tan pronto empezó su recorrido por los pasillos y corredores anexos al gran salón, topándose de cuando en cuando con miembros de la servidumbre que le dirigían miradas extrañas, a las que correspondía con una sonrisa demasiado amplia para augurar algo bueno. ¿No era lo que estaba buscando? ¿Algo más allá de la charla banal en los salones y el baile normado de la nobleza moderna? Un escenario tal como un asesinato en la mansión continuaba siendo un paraje demasiado interesante para dejarlo pasar, alejarlo de sus pensamientos caprichosos y de su expresión ligeramente torcida. Porque era grandioso no tener nada que perder, incluso si se quedaba en aquel balcón contemplando a la negrura absoluta a través de los jardines o si decidía probar el efecto de la gravedad sobre un cuerpo sólido, de momento, no haría ninguna diferencia. Probablemente se hubiese permitido reír, pero pronto una silueta ajena se había asomado por la puerta de la misma habitación a la que husmeó anteriormente.

Y en el instante de un parpadeo, ya se hallaba junto al balcón, apenas reparando en el hecho que había otro ser humano (o al menos algo que llevaba una máscara de uno) al otro extremo del barandal de madera. A su diferencia, su máscara era de color rosado, que combinaba de manera armoniosa con sus ropas y por alguna razón, con los ojos divertidos que le observaban desde el costado. Sonrió, puliendo a la perfección su propia expresión de entretención leve, casi burla sutil. Ladeó la cabeza a un costado, haciendo que los mechones de su cabello rubio se movieran suavemente sobre su frente—. No tenía idea de que asistías a las reuniones de política, dijo Lady Basildon —recitó, con la neutralidad apropiada de un narrador, imitando el semblante taciturno de una señora de clase alta. A lo que añadió rápidamente, en un tono de voz considerablemente más grave—. Y Lord Goring respondió, las adoro, son el único sitio en donde la gente no habla de política —finalizó, con el leve encogimiento de hombros desganado de un comediante que conoce su propia rutina de memoria. No creía que era muy diferente en ese momento, pero al menos hizo el esfuerzo de girarse para dejar de observar directamente al vacío oscuro, y sostener su barbilla en el brazo apoyado en el barandal, para volver la plática agradablemente más cómoda—. Pienso que Oscar Wilde tenía mucha razón, tú sabes —una pausa, pero no lo suficiente extendida para que la muchacha en cuestión agregase algo—, el hecho te tener un montón de ricos metidos en una habitación lo vuelve un espectáculo de bajo coeficiente intelectual. ¿No es eso un poco trágico?

¿E hilarantemente divertido?, fueron las palabras que cuidó de no pronunciar. Con delicadeza, girando sobre su espalda para que ésta se apoyase en el barandal y tuviese los brazos libres para gesticular, cruzarlos sobre su pecho con fingida expresión de lamento profundo, labios fruncidos y la inflexión en la voz que anunciaba descontento—. Muy, muy lamentable. En efecto, no deja ninguna utilidad en absoluto, no serviría ni siquiera para una causa maltrecha de caridad —enfatizó, puesto que aquélla era precisamente el tópico principal de la reunión. No pudo evitar una pequeña risa que brotó de su garganta, y de inmediato, su semblante festivo se dejó entrever como una segunda naturaleza, con los ojos brillantes de anticipación—. ¡En serio! Podríamos incendiar la mansión y desaparecer, no haría ninguna diferencia... pero al menos sería divertido —murmuró al final, concluyendo de una vez su propio monólogo, satisfecho: era extraño tener escuchas tan silenciosos en sus soliloquios espontáneos, tal vez se trataba de buena suerte. Volvió a observar, con calma y ansiedad mezcladas en su sonrisa altanera, y sin embargo, amable—. ¿No está de acuerdo, Lady Basildon?
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por Ophelia Rosevert el Mar Ene 31, 2017 10:23 am

No podía evitar sentirse un poco como en una escena de una obra de teatro, como si aquel joven hubiera estado esperando que ella entrara al escenario para realizar su intervención, y no se podía decir que el entorno no ayudaba a acentuar aún más esa impresión. Un balcón anexo a uno de los salones donde se celebraba una fiesta de máscaras, en una mansión espléndida, digna de la nobleza. Si hubiera sido una romántica, quizá habría comparado el encuentro con una de esas escenas donde los amantes se reúnen por primera vez, pensando que tal vez aquello era producto de algo más que la simple casualidad o las consecuencias de las decisiones tomadas por cada uno. Pero, afortunadamente, estaba muy lejos de serlo. Sintiendo cómo la brisa fría revolvía con suavidad las castañas hebras de su cabello, dejó que su mirada vagara por la figura del contrario, sus cabellos dorados y la vestimenta sobria que contrastaba notoriamente con la propia. Todo en él le dictaba que se trataba de alguien extraño, y sin embargo, hubo algo en aquel completo desconocido que antes parecía mirar dramáticamente al horizonte que se le hizo ligeramente familiar. Lo que encontró en aquellos iris cerúleos era difícil de definir, pero no podía decir que le desagradaba.

Y con una celeridad imprevista, se sorprendió a sí misma genuinamente interesada en las versadas palabras que brotaban de los labios ajenos. Apoyando el brazo en el barandal de una manera similar a su interlocutor, una vez más dejó que su lenguaje corporal hablara por sí misma. Su sonrisa cordial no la abandonó en ningún momento, mientras permanecía con la atención firmemente puesta en el discurso del desconocido y estudiaba en minucioso silencio cada uno de sus gestos, precisando cada detalle, cada punto que reclamara su atención de una forma especial. Lo largo del monólogo le pasó inadvertido, acostumbrada como estaba a escuchar largas declamaciones sin apenas intervenir. Finalmente entorna la mirada, reflejando una auténtica curiosidad por descifrar lo que se ocultaba detrás de esos ojos claros y aquella última frase que expuso de forma tan convincente. Desaparecer. Se preguntaba qué clase de implicación tendría esa palabra para él. Se toma su tiempo para responder, apenas un breve instante de silencio antes de decidirse a separar los labios para hablar—. Parece una bonita forma de evidenciar lo ínfima que es la vida de cada uno de los presentes —responde con simpleza, conteniendo un encogimiento de hombros por pura cortesía. En su lugar, deja que la sonrisa divertida que baila en sus facciones exprese sus pensamientos por ella.

De un movimiento lento cambia su posición, apartándose apenas una reducida distancia del barandal, sin dejar de observar a su acompañante a los ojos, todavía con la misma expresión entretenida—. No dudo que a la mitad de los aquí reunidos no les interesa el motivo de la velada —añade un breve momento después, siendo consciente de que tendría que haberse incluido en la oración puesto que, para empezar, ella no se encontraba allí más que para cumplir una misión específica. Una información que, evidentemente, él no necesitaba saber. Avanza con calma en su dirección, haciendo que los tacones de su calzado resuenen en el vacío del balcón y rompan el silencio que los envuelve repentinamente—. Pero, ¿es tan grande su decepción que desea reducir el sitio a cenizas, Lord Goring? —cuestiona con la curiosidad implantada en su tono, un tono perfectamente ensayado para dejar entrever cierto candor inexistente. Admitiría para sus adentros que le resultaba particularmente interesante por lo intrincado de su disección, por la barrera invisible que parecía no permitirle leerlo a él con la usual facilidad. Y con todo ello, siente una pizca de emoción floreciendo en su pecho ante la nula certeza que su disfraz le proporcionaba. No podía afirmar, sólo hacer conjeturas.

Antes citaste a Oscar Wilde… —sus palabras rompen una vez más el silencio, mientras estudia con mayor detalle el diseño de la máscara que encubre la mirada del elegante extraño. Dualidad. Blanco y negro. Bien y mal. Vida y muerte. Verdad y mentira. Las dualidades siempre llamaban poderosamente su atención, y se preguntaba qué clase de significado le daría aquel joven al disfraz que portaba sobre su rostro. ¿Era simple cuestión estética? ¿O acaso existía algo más?—. “El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia. Dale una máscara y te dirá la verdad” —cita despacio, y busca nuevamente los ojos ajenos que la observaban escondidos detrás de un antifaz dicromático. ¿Qué tan auténtica habría sido su conducta hace unos momentos? Se detiene a una distancia todavía lo suficientemente prudente para no llegar a invadir incómodamente su espacio personal, pero lo justo para darle un toque un poco más confidente a la conversación—. Oscar Wilde también decía eso, ¿no es así? —esta vez hace una pausa un poco menos larga que las otras, lo suficiente para dejar espacio a una respuesta pese a no considerarla necesaria, y mientras permite que una característica sonrisa ladina surque su rostro, oscilando entre la inofensiva dulzura y una maliciosa diversión—. ¿Qué tanto aplica eso a ti? —finalmente lanza el cuestionamiento, casi susurrando. Y aguarda la respuesta, quizá con un interés mayor al pensado.
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por William Macbeth el Miér Mar 01, 2017 10:15 am

Tal vez él debiese agradecer que era todo menos un hombre pragmático, en general, las buenas costumbres tanto como los valores morales comunes le valían bastante poco: después de todo, su interpretación teatral se basaba mucho más en la hipocresía refinada y el cinismo reservado, sólo que aplicados a la realidad según su propia conveniencia. No tenía consideración alguna por cualquiera de los invitados a la velada, se encontraba mucho más interesado en sumergirse en el ambiente de elegancia sinuosa que envolvía la amplia mansión que cobijaba sus intenciones. Si tenía suerte, encontraría algo digno de su interés al final de los corredores, o algo de su interés le hallaría primero. El orden de la oración no le importaba demasiado, decidió, tan pronto la figura esbelta de una muchacha había cruzado el umbral de la puerta hacia el balcón. Tal cual dos desconocidos hubiesen coincidido en el momento exacto, la escena se desarrolló como si estuviera el guión de teatro ya desarrollado para sus personajes, y seguirlo al pie de la letra se tratase de la acción más natural. Probablemente porque una de sus manías era gesticular como si estuviera en un escenario, gestos refinados y la voz de terciopelo rojo que delataba sus intenciones.

Al finalizar su discurso, podía quedar impresionado con la completa atención de la ajena, no era usual que sus escuchas le devolvieran la misma calidad de palabras que las de sus soliloquios espontáneos, tampoco lo era que apoyaran su punto de vista cuando se había la mención implícita de destrucción a gran escala de la estructura edificada bajo sus pies—. Ciertamente, pero no me entienda a mal —le dedicó una sonrisa amena, acompañada de una leve inclinación de cabeza. Cerró los ojos con gesto exagerado, consciente de la suavidad casi tangible de sus palabras al pronunciar la declaración, como una sentencia—. Nuestras solas existencias son algo absurdo —sin embargo, no había rastro de burla o diversión superflua, pero volvió a fijar su mirada azul en los ojos contrarios, con la ansiedad lúdica de quien espera a su oponente mover una pieza de ajedrez. Dejó escapar una risa, cortés y plana, como la de un general inglés en la época de la colonia—. ¿De qué está hablando, Lady Basildon? —interrogó, con fingido gesto de preocupación, apenas echando su cuerpo hacia adelante—. ¿Acaso no le sucede igual? —y la sonrisa continuaba dibujada en su expresión, ligeramente torcida hacia uno de los costados. Era una plática sumamente agradable, sin duda alguna, entre seres que estaban compartiendo mucho más que opiniones superficiales.

Era consciente de que los ojos ajenos analizaban su expresión, o probablemente, la máscara que encubría su anonimato. Mientras la otra se le acercaba, todavía a cierta distancia prudencial, se tomó el tiempo de escudriñar a mayor profundidad el atuendo de la muchacha, la combinación de colores pasteles que la hacían parecer un trozo de postre para degustar. Y sin embargo, su actitud se había mostrado casi completamente contraria a su apariencia cándida e inofensiva, le gustaba cómo se acentuaba el contraste entre ambas. La diferencia de alturas también se marcaba lo suficiente para, al menos, hacerle mantener la expresión de travesura sutil en los labios—. Oscar Wilde tenía esa pasión por manifestar opiniones irreverentes, la condición de hombre en sí mismo a él le parecía una broma —agregó, con cierta ligereza en sus palabras que no significaba mucho. No resultaba una sorpresa su profunda admiración por el artista, y su trabajo, la brillantez de todas sus obras que interpretaba con entusiasmo. Tuvo la decencia de cruzarse de brazos y apoyar su barbilla suavemente sobre su mano derecha, como si de verdad estuviera considerando el cuestionamiento con la seriedad de una persona ordinaria—. ¿Es ésta tu forma de preguntar si acaso quiero reducir a cenizas edificios constantemente? —quiso saber, con la curiosidad marcada en sus ojos, sin una pizca de acusación en su tono pese al toque de jovialidad. La preguntaba sonaba sincera, incluso si era una distracción descarada del interrogatorio principal.

Afortunadamente para la dama presente, él era un sujeto bastante benevolente, cuando consideraba que valía la pena hacer algo por los demás, y en este caso, despejar la curiosidad de una extraña sería considerada su buena acción del día—. Considero que los matices de la personalidad no se pueden reducir a una sola máscara —le agradaba dar aquellos énfasis a mitad de sus oraciones, como si se debiesen destacar sus inflexiones de voz, las pistas sutiles que dejaba al descubierto—, pero está bien, digamos que el anonimato concede cierta libertad de acción —concedió, aunque por la forma de sus palabras podía interpretarse como una verdad a medias, era culpa de su interlocutora por consultar. A continuación, el silencio se extendió lo suficiente para que quedara claro que ninguno tenía algo que agregar, al menos, hasta que repentinamente consideró que la vista superior hacia el jardín era más interesante que la guerra de miradas implícita allí—. Creo que nos vendría de maravilla una balada de música —soltó, repentino entusiasmo resplandeciendo a sus pupilas, tal cual hubiera escuchado una exquisita pieza de piano a la distancia. Con elegancia ensayada, se inclinó en dirección a la muchacha, ofreciéndole su brazo derecho como un caballero invita a una dama a bailar—. ¿Gustaría Lady Basildon de acompañarme un momento?
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por Ophelia Rosevert el Miér Jun 28, 2017 10:19 pm

Incluso si la idea inicial había sido mantener una interacción breve, augurando una conversación banal como la que ella misma había criticado al principio, se había llevado una grata sorpresa al descubrir que las palabras del desconocido eran de tanta calidad como el mismo traje que portaba. Aunque no formaba parte de ese sector de la sociedad, podía figurar que aquella se trataba de una combinación muy difícil de encontrar dentro de esos círculos, lo que transformaba aquel encuentro en algo excepcional. Aun así, pese a la cantidad de pensamientos que las palabras ajenas desataban en su mente, no consideró necesario expresarlos en voz alta. En su lugar, se limitó a sonreírle, inclinando ligeramente su cabeza hacia un lado—. Y ante la falta de sentido de nuestras vidas, nada mejor que ceder a las múltiples formas de entretenimiento, ¿verdad? —inquirió, sin molestarse en ocultar su expresión de leve travesura. Aunque dudaba que provocar deliberadamente un incendio entrara en el concepto de diversión de la mayoría de las personas, el muchacho contaba con la suerte de que ella podía entenderlo. Claro que no era necesario que lo supiera.

Me temo que mis tendencias pirómanas no están tan acentuadas —le respondió, simulando un tono afligido que no pretendía hacer pasar como real, y dio un breve vistazo de soslayo a los eventos que se desarrollaban dentro del salón, con el sujeto que tenía de blanco como centro de la atención—, pero sin duda sería más entretenido que escuchar la charla del anfitrión —concedió finalmente, con una sonrisa divertida adornando su rostro. Podía observar de reojo la silueta del hombre hablando animadamente con un grupo de invitados, que más que escucharlo, parecía que simplemente aguardaban con impaciencia a que se callara para que fuese su turno de hablar. Contemplando esas sonrisas forzadas de cortesía, nunca le alegró más el encontrarse en un mundo diferente a ellos; por duro que fuera éste, no tenía que lidiar con falsedades porque no había necesidad de ellas. Volvió el rostro hacia donde se encontraba su interlocutor, donde los ojos azules le aguardaban, y fijó su atención en ellos—. Aun así, sería una lástima arruinar el jardín, ¿no cree? —esta vez, sus palabras estaban limpias de la burla e ironía de sus oraciones anteriores, permitiéndose incluso sonar apenada ante la imagen mental del jardín siendo consumido por las llamas.

Dentro de lo poco que podía deducir del otro de acuerdo a sus inflexiones de voz, ademanes, y por supuesto, palabras, le había llamado la atención el notorio agrado que parecía tener hacia Oscar Wilde, hombre que destacaba por su habitual ingenio y la ironía contenida en sus obras. Pese a no tener más que algunos minutos de conocerlo, no le costaba demasiado imaginar el porqué de su particular gusto con ese autor en específico, asumiendo que tenían formas similares de ver el mundo. Ladeó levemente el rostro con interés, optando por mantenerse en silencio mientras esperaba una respuesta a su cuestionamiento, sin despegar la vista de los ojos claros, como si intentara leer algo a través de ellos. Sólo separó los labios para responder a su interrogante, no sin antes haber soltado una risa suave, divertida a causa del tono franco del otro—. Puede ser, si decides verlo de esa manera. Aunque tal vez suene acusador —pese a su expresión inofensiva, no dejó de mirarlo con ligera insistencia, aguardando por una respuesta hasta que finalmente la obtuvo. Esta vez no añadió ningún comentario, no lo creía necesario, sino que se limitó a asentir con lentitud, meditando las palabras conseguidas.

Dado el silencio instalado entre ellos, la invitación posterior le tomó un poco por sorpresa, aunque se encontró de acuerdo con su primer comentario. Se preguntaba en qué momento el organizador daría apertura al baile, pero la noche todavía era joven; mientras, podría disfrutar de la agradable compañía y quizá otra charla interesante. Miró el brazo que le tendía y sonrió—. Será un placer. Esta noche da para más que filosofar en un balcón —fue su respuesta, que acompañó con una expresión divertida, pero sobre todo, interesada ante la idea de probar un poco a su ahora acompañante. Avanzó entonces un par de pasos, tomando con suavidad el brazo ofrecido—. Después de todo, es una fiesta —levantó la vista, buscando su eléctrica mirada azul una vez más. Y con ese pensamiento en mente, se dejó guiar por el muchacho entre el mar de invitados que ocupaban la totalidad de los salones, que ocupados como estaban en sus conversaciones insípidas, no les prestaron mayor atención cuando emprendieron el camino. Reforzó un poco su agarre, entreteniéndose con la visión de los disfraces y las escenas un poco ridículas que algunos hacían sin darse cuenta—. ¿No te sientes un poco como en el siglo XVIII? —le preguntó, con tono divertido.
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Re: To chase away the night, let the whole world burn.

Mensaje por William Macbeth el Miér Ago 30, 2017 6:13 am

Había sido un encuentro inusual, sin lugar a dudas. Completamente solos en un balcón, sin nada más que la vista al jardín y las estrellas de compañía, cualquier espectador ajeno lo habría relacionado con el cuento juvenil de una pareja enamorada. Y tal vez no tendrían que estar equivocados, pero la particularidad de sus personalidades dificultaba cualquier posibilidad de romance convencional. En su opinión, ambos estaban mucho más entretenidos por la posibilidad de quemar aquella mansión elegante hasta los cimientos que por cualquier otra excusa de distracción elegante que dictara la convivencia de la clase social. ¿Acaso la honestidad no era una excelente cualidad para el primer encuentro? No es que tuviera mucha idea al respecto, pero la autenticidad de su actuación incluso a él le parecía extraño, quizá fuese un efecto de la máscara del anonimato que se diera tantas libertades de discurso y actuación, aunque no iba a engañarse fingiendo que la compañía no tendría que ver. No recordaba la última vez que había tenido una plática tan provechosa, ni siquiera con su hermana en el hospital.

Arruinar el jardín sería un hecho lamentable —estuvo de acuerdo, con la más ínfima muestra de compasión, considerándole más un inconveniente técnico que una verdadera pérdida—. Sin embargo, creo que la mansión en llamas me permitiría apreciarlo mejor —volvió a curvar sus labios en una sonrisa, casi echándose a reír, pero sin estropear por completo la repentina fachada de empatía. Era necesario ser considerado con los deseos de las damas, ¿no? Incluso si para ello tuviera que acotar los impulsos pirómanos, era una medida que estaba dispuesto a aplicar. Aunque tampoco se tratara de una mentira por completo que cualquier fuente de iluminación sería de ayuda para apreciar la bella delicadeza de las flores y los arbustos, por mucha privacidad que les concediera la oscuridad a sus espaldas. Afortunadamente para ellos, ninguno de los comensales lucrativos del evento de caridad había osado interrumpir su intercambio cómplice, el escenario dentro de los salones continuaba pareciendo como una suerte de caricatura donde los personajes robustos e irrisorios esperaban su oportunidad para destacar entre sus iguales. La naturaleza humana siempre le parecía interesante, conveniente para sus propósitos en general, pero era sólo en situaciones de aquel talante pintoresco donde podía apreciar por completo el contraste de realidades.

Por supuesto, sólo un poco de convivencia amigable no le permitía por completo desenmascararse frente a una completa extraña, pero había sido curiosidad inofensiva y probablemente, algún tipo de provocación. A él le gustaban ese tipo de juegos, los enigmas y las verdades a medias, pero habría de tener cierto mérito en decidir dejar la expectativa interesante, digno de cualquier actor que apreciara su papel—. Si no fuera una acusación me sentiría decepcionado —le respondió con simpleza y una mirada pícara, porque siempre tenía que tener algo ingenioso que decir, no podría esperar menos de sí mismo. Incluso si la acusación estuviera correcta, y el antifaz no había hecho más que develar la parte más cruda de su naturaleza, no iba a dignificar el interés ocasional con la verdad: no había encanto allí. Y tan rápido como había caído el telón a la primera parte de su acto, no se tardó demasiado en volver a erguirse, movido por una especie de entusiasmo repentino. Por supuesto, ni siquiera el más elegante de los caballeros era inmune al impulso de llevar a una dama a bailar, la muchacha debería estar halagada—. Pensé que estábamos complotando, en realidad —se jactó con un encogimiento teatral, casi con inocencia y la sonrisa encantadora al tiempo que su compañera aceptada su brazo para dirigirse al salón. Tal vez lo único que valdría la pena en la totalidad de la mansión fuese el ambiente extravagante del baile de máscaras.

Francia en el siglo XVIII, por supuesto. Aunque no creo que nos permitan guillotinar a nadie aquí —ladeó un poco la cabeza, dándose el lujo de mirar alrededor e imaginarse a todas las parejas cercanas con el cuello cercenado. Nunca tendrían tanta suerte. Al menos se había conseguido una compañera con la cual tales acotaciones siniestras no menguarían el humor, y lo consideraba la excusa suficiente para celebrar. A medida que más parejas se amontonaban en el centro del piso pulido del salón, se dio anuncio a la primera pieza de vals de la noche. Como no podía esperarse menos, se dio la vuelta para pedir en silencio la mano de la muchacha, depositó un beso suave en el dorso, y apenas la música empezó, se acomodaron en posición de baile. La sujetó de la cintura con delicadeza, como a una muñeca frágil debido a la contextura menuda—. Así que —empezó, casi en tono casual, apenas escuchándose por sobre el sonido de la melodía, pero seguramente la contraria no pasaba por alto la forma cómo se inclina ligeramente sobre ella, como un lobo acechando a su presa mientras se mecían elegantemente por el salón—. No me has dicho por qué alguien como tú asiste a un evento como éste —interrogó, con la misma suavidad con que la estaba sosteniendo. No es que quisiera evitar asustarla, pero un agarre más firme habría dejado en evidencia que no la iba a dejar ir.
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