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Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

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Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Lynette Autumn el Vie Mar 25, 2016 12:05 am

A pesar del estridente sonido que resonaba en sus oídos a través de los auriculares, ni siquiera los agresivos estallidos electrónicos y las voces digitalizadas de la canción en curso conseguían sacarla del intenso estado de sopor en el que se encontraba. Claramente eso no era normal en ella, pero era lunes, la noche anterior había dormido tres míseras horas, y como cereza del pastel, la primera clase del día se trataba nada más ni nada menos que de filosofía. El panorama completo de las circunstancias hacía que pareciera el momento propicio para tomarse la hora libre e irse a bailar la macarena a la azotea del instituto. O lo que es el eufemismo de saltarse las clases. Cosa que había hecho, omitiendo la parte de bailar la macarena y que no se había ido a esconder a la azotea. Sin embargo, podría ser apenas la primera hora, pero no tenía puestas unas expectativas demasiado altas sobre ese día. Frunció el ceño, rompiendo abruptamente el curso que sus pensamientos habían comenzado a llevar. ¡Tenía que ser positiva! Ya encontraría algo interesante que hacer. Con un renovado entusiasmo, esperó hasta que el timbre de cambio de clase se hizo escuchar por todo el instituto y bajó de un salto el árbol en cuya rama había permanecido hasta entonces, decidida a encarar la clase de historia con la mejor actitud. Y como si sus deseos hubieran sido escuchados, nada más tocar el suelo un compañero suyo de clase la llamó, acercándose a ella para hablarle sobre una fiesta de disfraces que tendría lugar el viernes por la tarde en su casa, tendiéndole una invitación.

Miró con curiosidad la tarjeta entre sus manos, al parecer no sería necesario causar una trifulca para divertirse un poco. O quizá sí, pero ya se vería en su momento. Entrar al aula por primera vez en el día había sido toda una experiencia. No habían pasado ni siquiera diez minutos y sus compañeros ya habían organizado una guerra de bolitas de papel. Otros hacían un castillo con cartas sobre la mesa y otros más jugaban fútbol. Sí, en el salón. Se encogió de hombros, y se disponía a saludar a Gumi cuando fue que notó una presencia extra en el lugar. Enarcó una ceja. ¿Esa chica de cabello rosa había estado allí siempre? No, ella no tenía compañeras de cabello rosa. Y casi como si hubiera escuchado sus pensamientos, justo en ese instante la joven levantó la vista. Le sorprendió descubrir que sus ojos tenían un peculiar color aguamarina; sólo había conocido a dos personas hasta ahora con ese tono. Un sonido seco la sacó de sus pensamientos, y es que uno de los chicos había errado al golpear el balón y éste ahora iba directo a la cabeza de la pelirrosa. De no ser porque logró interceptarlo a tiempo quizá ya tendrían una chica inconsciente en el suelo—. Uff, eso estuvo cerca. Chicos, que es fútbol, no criquet ultrabrockiano1 —otra vez había hecho una de sus referencias que nadie entendía, pero al menos eso logró aplacar a los otros, quienes se disculparon. Volvió su atención hacia ella, guiñándole un ojo, y finalmente se dirigió a su pupitre al otro lado del aula, donde saludó a su yakuza preferida con su clásico abrazo por el cuello, aprovechando el momento para despeinarla.


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No sabía qué le entusiasmaba más, si la idea de la fiesta en sí, o el simple y sencillo hecho de poder asistir interpretando al que desde siempre había sido su tipo de personaje preferido en las películas y series. Posiblemente era una combinación de ambos, pero ver su imagen reflejada en el espejo la llenaba de una extraña pero agradable sensación de éxtasis y ansias de destrucción: su bata estaba llena de salpicaduras de colores, siendo un rojo carmesí el predominante (por obvias razones), y el rímel levemente corrido con el que había contorneado sus ojos le daba una imagen más escalofriante. No se había fijado demasiado en lo que se ponía debajo; una simple blusa con corbata y un short con medias negras y botas altas del mismo color le bastaban. Lo único que hacía falta era llenarse las bolsas con tubos de ensayo de colores y alguna que otra cosa indispensable para asegurar la diversión. Tras acomodarse los googles sobre la cabeza, se dio un último vistazo y esbozó una sonrisa maliciosa: ahora sí, estaba lista para la acción.

El sitio no era nada del otro mundo: no había decoración suntuosa ni era una mansión increíble, pero el ambiente era agradable. Y cómo no, la música ensordecedora se escuchaba a cinco cuadras. Se había pegado como chicle a una compañera al no ver a Gumi por allí, pero suponía que llegaría más tarde, y más le valía. De todas formas, su compañera era agradable y entretenida, y pudo disfrutar de la charla hasta que ésta se volvió más insoportablemente adolescente y los temas de conversación giraron en torno a los chismes típicos que iban de boca en boca sobre personas que no le interesaban. De repente, las mesas donde estaba repartido el buffet parecían el lugar más interesante del mundo, y no dudó en dirigirse a ellas con la excusa de ir por algo de beber. Obviamente que era mentira, ella iba a atascarse de comida hasta explotar o atragantarse, lo que sucediera primero. Nada de eso pasó, sin embargo, porque su atención fue rápidamente robada por otra cosa: allí, en un bonito adorno de porcelana, había un plato lleno de cupcakes. CUPCAKES. Ella simplemente adoraba los cupcakes y un descubrimiento así había sido como una bendición. Se deslizó hasta llegar a ellos, tomando uno. Y entonces, se le ocurrió una idea. Y volteó a todos lados. Ninguna mirada estaba sobre ella. Era ahora o nunca. Así que, con el sigilo de un gato, tomó el plato entre sus manos y se escurrió debajo de la mesa. De esa forma nadie le quitaría sus preciados panecillos.

Dieciocho años tenía, sí.

Habían pasado diez minutos y nadie parecía haberse percatado de la repentina desaparición de los cupcakes y la explosión de colores que respondía al nombre de “Lynette”. Todo estaba saliendo de acuerdo al plan, o eso pensó hasta que, súbitamente, una mano intrusa levantó el mantel, exponiendo así su fechoría—. ¡Oye! ¡Busca tu propio escondite! —reclamó, volviendo a cubrirse bruscamente con el mantel. Pasó apenas una fracción de segundo hasta que lo levantó de nueva cuenta, enfocando su mirada en la joven de antes—. Oh, tú eres la chica nueva —no tardó en empezar a examinarla con ojo crítico, notando que el disfraz que llevaba era nada más y nada menos que un conejo. Eso le recordaba a alguien, pero no era momento de pensar en ello. Su escrutinio apenas duró unos cuantos segundos, antes de que finalmente decidiera salir y se incorporara casi de un salto—. ¿Qué hay? Creo que nunca nos hemos conocido… ¡pero eso no importa! ¿Quieres polvo de hadas? —le preguntó con una amplia sonrisa, sacando una pequeña bolsa con un sospechoso polvito dentro. Por breves segundos se hizo un pesado silencio entre ellas. Y es que eso obviamente parecía otra cosa, pero ella, siendo ella, no se enteraba de nada, ni siquiera cuando la expresión de la otra no era demasiado conciliadora. Confusa, parpadeó un par de veces, y entonces pareció que finalmente le había caído el veinte. ¿Tal vez no le gustaba el sabor?—. También tengo de uva —insistió, esta vez sacando una bolsita con polvo de un suave color violeta.

1 El criquet ultrabrockiano es un curioso juego que incluye golpear a la gente de improviso, sin razón aparente alguna, y luego salir corriendo. Referencia a la novela “La guía del viajero intergaláctico”.


Última edición por Lynette Autumn el Lun Mayo 02, 2016 12:13 am, editado 1 vez
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Re: Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Natasha Tchaikovsky el Lun Mar 28, 2016 8:24 am

Respiró fuerte dos veces y mantuvo sus ocelos pegados al piso, como si allí pasara la cosa más interesante del mundo. Necesitaba calmarse; ¿cuánto tiempo había pasado desde que ella estaba en ese lugar? Si tuviera que contar los minutos, cosa que sí había hecho, diría que llevaba al menos treinta minutos esperando a que todos entraran y se fueran con sus respectivos amigos, con la esperanza de que absolutamente nadie se acercara a ella con la intención de mantener una conversación demasiado larga. Porque, ¿qué se supone que diría? No estaba preparada, y no había pensado en una situación similar hasta que llegó la hora de asistir a una nueva escuela. Tuvo la fugaz idea de no ir ese día, de fingir que estaba enferma y tener un día más para procesar la situación, pero Babu era demasiado inteligente como para dejarse engañar por ella, o quizá tenía mucho que ver que Natasha no tenía unos grandes dotes de actuación, y tampoco soportaría mentirle por mucho tiempo a Babu: definitivamente de alguna y otra forma terminaría enfrentándose a ese primer día de escuela. Entonces, con su inminente encuentro con la nueva escuela y los nuevos compañeros, decidió que se mantendría tan aislada como pudiera. No es como si fuera muy diferente a su vida diaria, o como si aquello le costara demasiado: podía jurar que tenía el record mundial de estarse callada por más tiempo. Vamos, que alejarse de las personas siempre había sido su solución para cualquier situación que no le agradase demasiado; así arreglaba las cosas Natasha.

Tenía un objetivo por cumplir y ése sería mirar directamente el suelo hasta la clase de inicio y estuviera segura de que absolutamente nadie estaría enfocando sus ojos en ella. No obstante, sentía en peso en la nuca, como si algo muy cargante estuviera haciendo presión sobre ella; no pudo evitar levantar la vista por inercia para chocarse de sopetón con dos ocelos de un extravagante color magenta. Por un simple acto como ese, Natasha sintió la sangre acumulándose en las mejillas y tuvo que volver a su trabajo de mirar el suelo para que no se notara realmente. Sin embargo, estaba claro que hasta cuando ella tenía un plan minucioso y bien planificado las acciones de los demás siempre rompían todas sus ilusiones. ¿Qué era esta vez? Nada más ni nada menos que un balón de fútbol a punto de estrellarse con su cara; no tenía nada de suerte, razonó, y pensó que hubiera sido ideal que Babu le creyera, estaba segura de que no estaría a punto de ser noqueada si estuviera en su hogar; de todas formas, ¿estaba permitido jugar dentro del salón? Pero el golpe nunca llegó, y no sabía cómo es que todavía estaba viva, aunque eso fuera exagerar —G-gracias —era como si en realidad no hubiera dicho nada de lo bajo que había hablado, y estaba segura de que la contraria de cabellos de colores llamativos ni siquiera la había escuchado. No obstante la pequeña sonrisa se le mantuvo en los labios incluso cuando era ajena al panorama tan alegre frente a ella —. ¡Arcoíris-chan, ya basta, me despeinas, estuve toda la mañana para hacer esto! ¡Eres mala! —fue lo último que escuchó claramente antes de sumergirse en su mundo de aislamiento de nuevo.
Para empezar, no tenía una idea clara de cómo es que había terminado ella con una invitación a una fiesta. Se suponía que era nueva y nadie hablaría con ella y el día sería totalmente ideal, pero por vicisitudes de la vida (o quizá por simpatía de sus nuevos compañeros) fue casi obligada a asistir. Si la situación fuera en otro contexto, es decir, si ella tuviera más amigas en ese lugar, definitivamente no le importaría asistir, que seguro se pasaría toda la noche escondida detrás de ellas y eso sería nada más que perfecto. Pero Natasha estaba completamente sola ahora, y no sería descortés como para haber prometido ir y luego no presentarse: ella se sentiría demasiado triste si eso le pasara; y de nuevo su solución más razonable era sólo aislarse, entonces, había solo un pequeño problema: era una fiesta de disfraces. ¡Estaba metida en un gran embrollo! Ella sólo tenía su ropa normal, tampoco conocía lugares donde podría comprar un disfraz o algo parecido, entonces, ¿qué debería hacer? Fácil: acudir a Babu.

Al principio, Babu se sintió sumamente feliz de que su adorada nieta estuviera haciendo amigos tan rápido: ella estaba consciente de que Natasha era una muchacha retraída. Ella le dijo que se encargaría de todo y la muchacha rusa hizo muy mal en confiar en su “adorable” abuela. Su cara al ver el conjunto que Babu le trajo fue de total estupefacción, ¿es que su inocente y adorable abuela esperaba que ella fuera a una fiesta llena de adolescentes con un disfraz de conejita? —Господи! * Babu, ¡no puedo usar esto! —vociferó relativamente alto. Su abuela simplemente la miró con cara de pocos amigos y prácticamente la obligó a usar el conjunto. ¡Es que eso era demasiado revelador! ¡Sería totalmente una vergüenza! —Esto no me queda bien, Babu… —se apenó, una vez que se miró al espejo grande frente a su armario—. Calla, Kassie, que te queda hermoso, ¡tú eres hermosa! Ahora ve para que Dedu te lleve, ¡y cambia esa cara! —apenada, inclusive ya con la cara de color carmesí, se dirigió al automóvil que la llevaría al respectivo lugar, ignorando los halagos de su abuelo: ¿no podía tener abuelos normales y recatados? Al parecer no, pero al menos agradecía que la llevaran hasta el lugar en vez de dejarla ir por su cuenta con ese tipo de aspecto—. Gracias, Dedu —dijo una vez que llegó, aunque realmente le costó demasiado bajarse del auto o no huir luego de que su abuelo no estuviera a la vista. ¡Pero ella tenía que ser valiente! Estar en una fiesta con desconocidos no sonaba tan mal, ¿verdad?

Se equivocaba totalmente. Detestaba y le incomodaba como el infierno el hecho de que no conocía a nadie y que todas las miradas se posaban en ella porque simplemente se había ido a sentar a un costado tratando de hacer más llevadero su “terrible sufrimiento”. Quería estar en casa con Angel, no allí, que no la pasaba del todo bien. Y no entendía si era ya toda la presión que ella tenía o la ansiedad constante que le producía no querer cometer ningún error, pero vio totalmente lógico que ocultarse bajo la mesa de comida sería lo mejor. No lo pensó más de una vez y comprobó que nadie la veía hacer el ridículo tomó el mantel por la punta y lo levantó, llevándose un gran susto de paso: había una persona allí abajo y le había gritado. Se había puesto tan nerviosa que incluso sentía ganas de llorar en ese momento, sin embargo el preludio de su llanto silencioso fue detenido cuando la ajena la recibió con una sonrisa a los pocos segundos. Enfocando bien su mirada y ya no tan nerviosa, pudo comprender que era “Arcoíris-chan”, la chica que le había “salvado la vida”. Parecía como sacada de una película de terror, era como una científica loca de una de las más terribles películas de terror (incluso parecía terrorífica aunque tuviera el cabello de colores) y sintió la imperiosa necesidad de preguntarle si es que estaba segura a su lado o no, porque: definitivamente Natasha no quería terminar igual que ella; no tuvo la oportunidad de siquiera decir algo concreto porque la ajena hablaba por sobre ella.

Yo, hm, no nunca nos… Es que… —balbuceó antes de que la desconocida la cortara de sopetón y le ofreciera lo que parecía ser… ¿drogas ilícitas? ¡Oh por dios! ¿Qué debería hacer? No quería comenzar a temblar desenfrenadamente, pero tampoco quería aceptar… Drogarse. Todos sus sentido se nublaron por un segundo y lo único que fue capaz de soltar fue—: Yo no, eh… No me drogo… Pero, gracias… —musitó, despacio, tanto que con la música casi ni era audible su habla. Sin saber muy bien qué hacer con la situación que tenía frente a ella y con la constante sensación de que todos la estaban viendo simplemente tuvo el reflejo de tomar la mano de la muchacha y llevarla de nuevo por debajo de la mesa—. Sé que este es tu escondite, ¡pero no quiero estar allí afuera! —protestó, mostrando un poco de valentía esta vez. El silencio se abrió entre ellas, en silenció lo único que pasó fue que ella, sorprendentemente, apuntó con el índice los cupcakes que anteriormente la desconocida masacraba—. Eh… Yo… —no obstante, luego de pensárselo un poco (y a pesar de que pensaba que no decir su nombre no era demasiado relevante), supuso que era descortés no presentarse, entonces, lo hizo de una vez—: Natasha… —fue su simple presentación—. Tú… Eres Arcoíris, ¿verdad? —interrogó, imitando a la hiperactiva chica de cabello verde que era compañera de ambas.

* Господи!: ¡Oh por dios!
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Re: Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Lynette Autumn el Miér Jun 01, 2016 2:13 am

Se entretenía con la tarea de escudriñar disimuladamente el lugar en el que se encontraba y ver de reojo al resto de sus compañeros y los disfraces que cada uno portaba, internamente esperando detectar cierta cabellera verde que esperaba con ansias. Porque, aunque el resto de sus compañeros eran agradables y se llevaba bien con ellos, no podía evitar sentirse algo fuera de lugar cuando los temas de conversación no eran de su interés o trataban sobre gente cuya existencia ignoraba. Realmente no había nada fuera de lo común, sólo parecía –y ciertamente, era– una fiesta de adolescentes más que seguramente terminaría como lo hacían todas las fiestas de ese estilo, donde esos dos elementos mágicos –el alcohol y los adolescentes– se mezclaban. Les daba máximo unas dos horas antes de que el primer borracho surgiera, y eso que todavía era demasiado temprano como para que eso sucediera. En vista de que yakuza no aparecía y ella se había comenzado a aburrir como el infierno con la plática de sus compañeros, decidió por lo sano que iría a terminarse el buffet de comida y postres que el anfitrión había preparado, por si fuera poco, terminando escondida debajo de la mesa con un plato lleno de cupcakes. Pero no todo había salido como ella esperaba, porque pronto alguien había levantado el mantel y la había descubierto. Curiosamente, ese alguien se trataba de la misma chica de cabello rosa a la que había evitado que el balón de fútbol noqueara.

Y la misma a la que acababa de ofrecer compartirle de una bolsa llena de polvito, provocando una extraña expresión en ella que le resultaba difícil de definir.

Se preguntaba si acaso habría dicho algo extraño o fuera de lugar, porque de otra forma no se explicaba la actitud de la otra muchacha. ¿Qué tenía de malo ofrecerle dulce en polvo de sabores? La situación le parecía más y más extraña y tal vez hubiera seguido así de no ser porque luego de un breve momento, la joven comenzó a decir algo de forma apenas audible, tanto que tuvo que acercar el oído a su rostro para poder escucharla bien—. ¿Drogarte? —levantó una ceja y llevó alternativamente su mirada de la joven a las bolsitas y de las bolsitas a la joven. Hasta que finalmente algo hizo “click” en su cabeza, momento en el que fijó su atención de nuevo en la contraria antes de que la sonrisa volviera a su rostro y el labio comenzara a temblarle en una alerta de la estruendosa carcajada que amenazaba con salir. No quería empezar a desternillarse de risa en ese momento, pero no había podido contener una risita que iba aumentando peligrosamente de volumen cada vez más. Para su suerte –de la pelirrosa, claro–, fue ésta misma quien tuvo la prudencia de tomar su mano y jalarla hasta debajo de la mesa antes de que todo se saliera de control. Su risa había cesado abruptamente a causa de la sorpresa, y le asombró aún más la forma en que la pelirrosa habló, empleando el tono más resuelto y audible que le había escuchado desde que la conocía. Es decir, desde esta mañana.

No pudo hacer más que levantar una ceja ante su declaración—. ¿Vienes a una fiesta sólo para terminar escondiéndote debajo de una mesa? —inquirió extrañada, obviando olímpicamente que ella estaba haciendo prácticamente lo mismo. Ella tenía sus motivos, era de suponerse que la otra también—. Eh, o sea… es entendible. Perfectamente. Quiero decir, debajo de una mesa no se está tan mal, ¿eh?sobre todo si tienes cupcakes, completó en su mente. Y de nuevo, como si hubiera escuchado sus pensamientos, su ahora acompañante señaló el plato de cupcakes que mantenía a su lado—. Son míos —se apresuró a decir, pese a que ni siquiera sabía si la otra pretendía pedirle uno o lo que quería comentar era otra cosa. A continuación, escuchó que pronunciaba un nombre y aquello, de inicio, se le antojó extraño, ¿a qué se refería con eso? Afortunadamente, no tardó en caer en cuenta de que lo que había dicho era su nombre, por lo que la lógica dictaba que entonces ahora era su turno presentarse. Esta era la oportunidad perfecta para entrar en personaje, fue lo que pensó, y acto seguido comenzó a hablar empleando un acento sofisticado—. ¿Arcoíris? Eso es relativo. Se podría decir que lo soy, ya que mi cabello me da la apariencia de ser uno. Pero en esencia, sólo soy la encargada de que dicho fenómeno se manifieste en el firmamento. Dra. “Dashie”, dueña de la Rainbow Factory, a tu servicio —se llevó una mano al pecho y sonrió con petulancia, dándose un aire altivo. Siempre le había gustado la interpretación y era divertido observar si los demás se lo creían de verdad o se daban cuenta de que todo era parte de una actuación.

Sin embargo, la gente comúnmente me conoce como “Lynette, la chica del cabello de bandera gay” —le guiñó un ojo, y ya sin poder aguantarse, soltó una carcajada moderada. Podría decirse que en ese momento regresó todo a la normalidad y ella volvió a ser la chica de siempre. Su siguiente acción fue la de tomar uno de los cupcakes que reposaban en el plato a su lado y comenzar a comérselo con descuido, dejando que una gran cantidad de boronas cayeran en su ropa. Miró distraídamente el mantel durante un buen rato, como si acaso eso fuera lo más interesante del mundo, hasta que cayó en cuenta de lo descortés que estaba siendo, y por algún motivo que incluso ella misma desconocía, se sintió un tanto incómoda. Tomó el plato, extendiéndoselo a la joven—. Puedes tomar uno si lo deseas, yo de todas formas ya me empalagué. Necesito algo de tomar… —levantó los ojos al cielo –o en este caso, la mesa–, considerando por un segundo la opción de salir por un poco de refresco o lo que fuera, idea que desechó casi de inmediato. En su lugar, comenzó a buscar algo en los bolsillos de su bata, sacando un tubo de ensayo con un líquido de color azul en su interior—. Bien, Natasha… cuéntame algo sobre ti —la instó a hablar en lo que destapaba el tubo que tenía entre sus manos; lo menos que podían hacer ya que estaban compartiendo “escondite” era conocerse un poco.

En ese momento, se llevó el recipiente a los labios, bebiendo del contenido azul de éste sin ser consciente de lo extraño que podía verse eso hasta que de reojo se fijó en la mirada que los orbes aguamarina le devolvían—. Oh, eh, es agua de sabor… —aclaró, moviendo un poco el líquido contenido dentro del recipiente con un movimiento circular suave. Metió nuevamente las manos en los bolsillos, sacando otros cuatro frascos más, de diferente color cada uno—. ¿Quieres? Prometo que no tiene nada raro. Tengo de mango, naranja, fresa y uva —ofreció, tendiéndoselos para que ella pudiese elegir el que quisiera. Si es que quería… y fue entonces que recordó—: ¡Ah, sí! Los polvitos de antes no eran droga, please. Sólo es dulce acidulado. ¿Es que hay droga de sabores? —inquirió con inocencia, aunque dudaba que siquiera la droga tuviera algún sabor. ¿Lo tenía? Tendría que investigar eso más tarde. Y entonces, un extraño y algo incómodo silencio sucedió a esa pequeña charla. Parecía que ninguna tenía nada más que comentar, y ella, que no era especialmente fanática de los silencios prolongados, pronto decidió romper el silencio con la frase más absolutamente ingeniosa y cool que se le pudo haber ocurrido:

Entonces… eres nueva —asintió sin dejar de mirarla, y se sintió completamente tonta en ese momento, porque no estaba muy segura de qué podría conversar con ella. Aun así, el hecho de que fuera nueva era una ventaja; eso siempre abría puertas a muchas posibilidades—. Tu nombre me suena, pero no creo que sea francés… ¿tal vez alemán? ¿Sueco? ¿Islandés? —era evidente que ignoraba por completo su origen, pero quería sacar algo de plática. Eso no evitó, sin embargo, que un nuevo silencio se formara mientras pensaba en algo más que comentar—. ¿Por qué estabas sola hace un rato? —preguntó de repente, y hasta ella misma se sorprendió de su propia curiosidad. Le había salido espontánea, así sin más. Porque sí, ella la había visto a lo lejos cuando se encontraba sentada en prácticamente un rincón, aislada del resto de sus compañeros igual que como había notado en el salón de clases. Y no es que fuera fijada, claro que no.

¿No dicen que los conejos pueden morir de soledad? —medio bromeó, tratando de aligerar el ambiente, pero dudando internamente el haberlo conseguido.


Última edición por Lynette Autumn el Lun Nov 28, 2016 5:13 am, editado 1 vez (Razón : ¡Colores!)
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Re: Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Natasha Tchaikovsky el Dom Oct 30, 2016 4:23 am

Era difícil vivir con su condición, quería decir, con la condición de sufrir de ansiedad social: para Natasha todo lo que hacía suponía una gran vergüenza, temía a las reacciones de los demás, sus palabras estaban meticulosamente pensadas para evitarse un momento incómodo al igual que sus acciones y ésa era su razón más grande de estar todo el tiempo sola; misma razón porque la que pensó que había dicho algo totalmente inequívoco y patético cuando la ajena comenzó a reírse suavemente. No importaba si la risa apenas era audible, Natasha ya se encontraba recriminándose por decir tales sandeces. Sin embargo, la presión de sentir constantemente la mirada sobre ellas dos fue mucho más fuerte y no pudo evitar llevar a la ajena a un escondite absolutamente secreto y elaborado, impenetrable para cualquiera que no fueran ellas dos: debajo de la mesa. Sabía que aquello podría ser incluso más hilarante y bochornoso que quedarse allí afuera siendo víctima de las críticas de los demás, pero, al menos, en ese lugar no se sentía criticada, ¿verdad? Error, habló demasiado rápido, ya que se sintió incómoda bajo la interrogación que la muchacha ajena había soltado, incluso si parecía una pregunta sencilla y algo inocente—. Es que… —dejó la frase en el aire, ¿qué diría? No tenía una clara justificación más que la que había entregado anteriormente. No obstante, pudo suspirar de alivio cuando la desconocida de cabellos de colores pareció entender y apoyó su acción.

E-está bien, son… tuyos, descuida —se apresuró a decir, si bien su intención inicial era pedir uno con la declaración de la muchacha había quedado bastante claro que no le daría alguno, por lo que se resignó y sólo se presentó, era descortés no dar un nombre y no nombrar, después de todo, y ella era una señorita correcta. Mas cuando fue el turno de presentarse de la chica que compartía su escondite con ella no pudo estar más que maravillada, incluso podría hasta aplaudir si sus manos no estuvieran tan ocupadas sosteniendo sus propias piernas en un intento de protección típico de ella—. ¡¿En serio?! —exclamó sin embargo, demasiado emocionada para el gusto de cualquiera, en especial, para el suyo—. ¿Tan joven y eres doctora? Eso debe ser algo de lo que estás muy orgullosa, además también eres la encargada de una fábrica. ¿Cómo hacen los arcoíris? ¿Eso es un una forma de decir que haces dulces? ¡Es tan genial! —y “La Dr. Dashie” debería sentirse honrada por tener la oportunidad de estar en un extraño suceso que nunca difícilmente sucede: Natasha hablando más de la cuenta—. Ah… Lo siento —no pudo evitarlo, los colores se le subieron al rostro y hasta lo ocultó por debajo de su fliquillo; costumbre que nunca se le iría—. Hm… ¿No es algo rudo que te digan “la chica del cabello de bandera gay”, Lynette? Las personas pueden llegar a ser muy malas —declaró, si bien, ella no pensaba que fuera algo ofensivo pensaba que los apodos siempre eran con la intención de herir al otro. Por otro lado, parecía que había entrado en confianza y podía hablar más claro y fuerte, con oraciones más extensas.

Un nuevo silencio más corto se formó entre ellas, pero a pesar de ello Natasha no parecía sentirse incómoda: podría pasar horas sin hablar, el mutismo parecía ser algo nato en ella y tampoco le molestaba no decir palabra alguna, al fin y al cabo no tenía a nadie con quién hablar, y si lo hiciera ¿no se vería como una loca esquizofrénica? No querría que hablaran más de su persona por eso. Le sorprendió, entonces, que la ajena le ofreciera cupcakes a pesar de que antes hasta parecía que la mordería por señalarlos—. No, gracias, son tuyos —negó el ofrecimiento con una leve sonrisa en el rostro—. ¿Algo sobre mí? Pero yo no soy para nada interesante, Dashie —se permitió nombrarla de una forma más desenvuelta—. ¡Oh! Podría contarte que… —no obstante, no pudo terminar la frase porque estaba demasiado concentrada den ver lo que la muchacha estaba ingiriendo: estaba bebiendo de un tubo de ensayo con lo que parecía agua con sulfato de cobre dentro y sus ojos no pudieron estar más que perplejos—. Todo lo que ingieres parecen drogas —sonrió levemente; fue el primer intento de broma que la rusa hizo en mucho tiempo, mas aún tenía una duda latente en ella—. ¿Eso se debe a que es porque te drogas de verdad? —se atrevió a preguntar: si bien ella no la conocía cabía la posibilidad, ¿no es así? Solamente era una duda inocente, no era como si ella pudiera juzgarla, no es como si ella pudiera juzgar a alguien de todas formas—. Oh, y sí me gustaría probar, uh… ¿De uva? Me gusta el morado —aceptó de buena gana: es que le había asegurado que no tenían nada malo y ella era muy inocente para creer que podría llegar a ser mentira.

Soy nueva, sí —respondió para hacerle compañía en esa ruptura de silencio, pero su oración fue ridículamente corta y su intento parecía patético—. Es un nombre ruso, significa “nacida en navidad” o “navidad eterna”, es un nombre muy común en Rusia y, en todas partes, en general —explicó pausadamente. En el país del que provenía, su nombre era realmente el más usado y para ella no había nada de especial en él, incluso el significado era cliché. La pregunta siguiente la descolocó un poco, y de repente se sintió incómoda al tener que responder, ¿por qué? No lo sabía, ¿quizá el hecho de tener que decir que ella realmente no quería acercarse a nadie le avergonzaba un poco? No obstante rápidamente desvió su atención con la mención simple de un pequeño animal conocido como: conejo—. Sí, de hecho, los conejos son uno de los roedores más sociables, tienen que vivir en una gran camada o al menos tener un compañero porque se deprimen con gran facilidad y pueden llegar a morir de soledad o tristeza, por eso es recomendable que… —y allí estaba de nuevo. Es que los animales eran su pasión y no pudo impedir dejar salir la información que sabía acerca de ellos—. U-uh… De nuevo, lo siento, es que… Me encantan los animales —comentó, con el color volviendo a aparecer en su rostro: agradecía que al menos no se notaba tanto por la poca luz que había en ese lugar—. Lynette… Lynette es un nombre hermoso —aduló, pensando en que pocas veces, por no decir ninguna, había escuchado ese nombre antes.

Y era increíble que hasta el momento nadie se percatara de que ambas estaban allí abajo, ¿es que eran tan invisibles o realmente hacían poco ruido? Quizá la música estaba demasiado fuerte para que pudieran oírlas, pero no es como si a Natasha le molestara, no, fue su idea estar allí y allí planeaba quedarse—. ¿Arcoíris-chan? ¿Qué es lo que estás haciendo bajo la mesa? ¡Te estuve buscando por todas partes! —de nuevo, habló demasiado rápido. La muchacha de cabellos verdes que en la mañana la vio hablar con Lynette ahora se encontraba semi-agachada mirándolas fijamente: había descubierto su escondite y ella comenzaba a poner nerviosa de nuevo—. Oh, ¿quién es ella? Espera, no me digas que… ¡¿Me estás engañando?! Sabía que me ibas a partir el corazón —¿Engañando? ¿Es que ellas eran pareja? Si las cosas seguían ese rumbo, donde ella sería acusada de romper una relación, definitivamente acabaría con un ataque nervioso—. De todas formas, ¡salgan, salgan! Que está empezando una ronda de reto o reto por allá, ¿se quieren unir? ¡No! Se tienen que unir, ¡lo ordeno! —vociferó la ajena. Por su parte, intercaló su mirada desesperada entre ambas muchachas de cabellos extravagantes (justo como ella) y se limitó a intentar calmar sus nervios.
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Re: Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Lynette Autumn el Dom Feb 26, 2017 10:46 am

A pesar de que no estaba dentro de sus planes el compartir “escondite” con otra persona (y mucho menos sus cupcakes, eso ya se lo había dejado claro) no podía decir que estaba incómoda con la presencia ajena. Ya que estaban allí, habían aprovechado el momento para presentarse cada una, ella de una manera demasiado rimbombante y teatral, con la que cualquiera habría puesto los ojos en blanco. Lo que casi había sido la reacción de la otra, con la diferencia de que era de admiración y no extrañeza como se suponía. ¿Y estaba hablando en serio? No tenía manera de saberlo. Así que simplemente observó con cuidado a la otra, tratando de deducir si todo era parte de la actuación. Quién sabe, tal vez ella actuaba mucho mejor que ella, tanto que ahora le estaba haciendo creer que lo decía en serio. Simuló toser un poco antes de responder a su larga oración—. Esto… pues, sí, supongo. Quiero decir, ¡por algo llevo una bata manchada de colores ahora mismo! Aunque no son exactamente dulces como tú dices… —habló siguiendo el juego que ella misma había comenzado, y se rascó una mejilla al decir lo último, como pensando qué decirle—. Pero aun así no creo que quieras saber el procedimiento para hacer el arcoíris. No es una historia tan bonita como podrías suponer en un principio —mencionó a continuación, dejando que la sonrisa siniestra que se extendió por su rostro hablara por ella. De todas formas, decidió que era mejor cambiar de tema—. ¿Rudo? ¡Para nada! Es una comparación acertada y divertida, ¿no te parece? Quiero decir, ¡si fuera a un movimiento LGBT ni siquiera tendría que llevar una bandera!

A estas alturas ya se sentía en confianza como para bromear abiertamente con ella. Al final no era tan difícil sacarle plática. El ambiente entre ambas era un tanto extraño, mas no incómodo, creía. Al menos no hasta el momento en que decidió que tenía que ser educada y ofrecerle por lo menos uno de sus cupcakes… siendo éste rechazado por la joven de rosados cabellos. Ah, no, ¡ahora se lo iba a aceptar! Y con ese pensamiento, acercó más el plato hacia ella con insistencia, dándole una mirada que le dejaba en claro que no lo iba a quitar hasta que tomara uno… o se le cansara el brazo. Lo que sucediera primero—. ¿Drogarme? ¡Por supuesto que no! ¿Qué clase de persona me crees? Pensé que estaba claro con mi apariencia que soy una profesional. Yo sólo elaboro las drogas, no las consumo —pronunció sus palabras con un tono y expresión sumamente serios y se cruzó de brazos, como dado por zanjado el asunto. Pero no pudo mantenerse mucho tiempo así, sólo lo suficiente para ver la reacción de la otra—. ¡Broma, broma! —levantó ambas manos, soltando una risa—. Lo siento, es que una fiesta de disfraces es un escenario muy apropiado para ser teatral. Supongo que mi hermano me contagió un poco de su gusto por actuar… por cierto, aquí tienes —y dicho eso, le arrojó el tubo de ensayo con el líquido de color morado, sin miedo a que se rompiera si es que caía puesto que eran de plástico. Y no pensó que llegaría un momento así, pero por un instante no supo qué más decir.

¿Había pensado hace unos momentos que sacar plática no era tan difícil? ¡Pues había pensado demasiado rápido! No obstante, hizo un intento. Intento que derivó en una larga explicación sobre el origen y significado del nombre ajeno—. ¡Ruso! Casi —exclamó como con tono frustrado por no haber adivinado, pese a que en realidad no había estado nada cerca—. Entonces eso explica por qué no logré identificar el origen de tu apellido cuando los profesores lo pronunciaban… —reflexionó, y tardó unos segundos en darse cuenta de lo que aquello implicaba—. Espera, ¡¿quieres decir que eres de Rusia?! —preguntó, repentinamente interesada. Y por un momento quiso que el suelo se la tragase por haber dejado salir su siguiente pregunta de forma tan repentina. Lo que no esperaba es que Natasha encontraría una manera simple de evadirla, comenzando a hablar sobre conejos y sus costumbres sociales… o algo así. Parpadeó sorprendida un par de veces, sumamente asombrada por los conocimientos ajenos, hasta que la otra se disculpó y entonces salió de su trance—. ¿Eh? ¡No, no, está bien! Pareces saber mucho sobre ello, ¡es genial! ¿Piensas ser veterinaria o algo así? —nuevamente sus ánimos e interés se dispararon, quería saber más. Aunque no esperaba el siguiente comentario de la chica, simplemente sonrió y movió una mano, como restándole importancia—. Ay, no digas esas cosas, me harás sonrojar —bromeó, aunque sin agregar nada más.

De todas formas, no hubiera podido. Porque la abrupta aparición de cierta joven de verdes cabellos tras el mantel que cubría la mesa las sorprendió a ambas—. ¡Yakuza! ¡Hasta que por fin llegas! —poco le faltó para levantar las manos al cielo. Sin embargo, el ambiente pareció cambiar de súbito en cuanto Gumi notó a la otra joven—. ¿Qué? ¡No! ¡Juro que no es lo que parece, puedo explicarlo! —dramatizó, aunque por dentro se reía muy fuertemente. Era una costumbre entre ellas dos tratarse de pareja y hacer bromas al respecto que a menudo solían incomodar a terceros, como era el caso pese a que no se daba cuenta de ello. Finalmente salió de su escondite, encontrándose de frente con Gumi, y la tomó de ambos hombros para zarandearla exageradamente—. ¡¿Por qué tardaste tanto?! Llegué a creer que me habías dejado vestida y alborotada. Estuve esperándote tanto tiempo que me aburrí y me vine a comer cupcakes debajo de la mesa —porque, claro, cualquier persona haría algo así; menos mal que Gumi la conocía bien. Y miró de reojo a la otra joven, que se encontraba algo rezagada detrás de ella—. Luego… luego llegó ella por alguna razón random. ¿No es así? —esta vez se dirigió a ella, con la intención de ayudarle a “aclarar” la situación, y mostró una sonrisa inofensiva que mantuvo durante unos segundos extra, porque se suponía que todo era una broma pero el ambiente se había vuelto un poco extraño de repente. Así que decidió probar con otra cosa, y tomó a ambas de un hombro para acercarlas, dejándolas frente a frente.

¡Supongo que ustedes tampoco se han conocido nunca! Déjenme hacer los honores: Gumi, ella es Natasha “the rabbit”; Natasha, ella es Gumi, “the gum” —se colocó ambas manos en la cadera, satisfecha de haber hecho que la chica nueva conociera a su mejor amiga—. Ahora sí, ¿qué decías sobre lo de “Reto o reto”? ¡No puedo perdérmelo! Llévame con ellos —ahora se dirigió a Gumi, volviendo a tomarla de los hombros dramáticamente, como si estuviera entrando en histeria. Estuvo a punto de irse con ella, de no ser porque recordó de repente que no eran las únicas allí, y quiso golpearse muy fuerte—. ¿Vienes, Tasha? ¡Vamos! Será divertido —la invitó, acercándose para tomar su mano, porque no iba a aceptar un no por respuesta. Así, prácticamente la arrastró con ellas hasta el sitio indicado, donde un grupo de al menos seis personas estaba sentado en círculo en el suelo con una botella en medio—. ¡Ah, Lynn, Gumi! No te había visto en toda la tarde, chica arcoíris. Pero llegan justo a tiempo, estamos por comenzar, ¿se unen? —al parecer era el anfitrión de la fiesta el que estaba organizando el juego—. ¿Qué hay, Jacques? ¿Creías que podías celebrar esta fiesta sin mí? You wish —lo saludó ella como acostumbraba, sacándole una risa que pronto concluyó al momento que su mirada se posaba en una figura que le sorprendió ver con ellas dos—. Oh, tú eres la nueva, ¿no? Tu nombre era… ¿Natalia? —afortunadamente, alguien del grupo lo corrigió a tiempo—. Natasha. ¿También vas a participar? —le preguntó, con una sonrisa amable y divertida.
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Re: Rabbits do not like loneliness. {Priv. Natasha Tchaikovsky}

Mensaje por Tema Cerrado el Sáb Ago 05, 2017 5:35 pm


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