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▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

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▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Sen Takatsuki el Miér Feb 24, 2016 6:47 am

“[…] but the part of the story set among the evil
and the lost was more appealing by far.”
—Demian, Herman Hesse.

El líquido viscoso pululaba entre sus dedos delgados, arrancándole una risa de la garganta, aunque ya llevaba riendo de esa forma desde hacía mucho tiempo para en ese entonces. La sangre que corría incesantemente por sus manos le hacía cosquillas (a pesar de que los vendajes no tan níveos refrenaban su correr frenético) y ver al pobre hombre removerse bajo su peso le producía un hormigueo en el estómago que la hacía estallar. Schadenfreude, dirían los alemanes. En la diestra, la menos hábil, tenía uno, y en la siniestra, la encargada de escribir por ella, tenía otro, sólo que éste se encontraba ligeramente diferente al contrario: totalmente aplastado, encerrado en un puño de fuerza increíble, con su forma y su color irreconocibles, ¿no era más que basura húmeda entre sus dedos? Claro que escenario se veía desde todas las perspectivas como una leyenda urbana mal contada, donde un pequeño ser del inframundo atacaba a un inocente transeúnte, pero no era más que una esquizofrénica realidad, y a Eto no le había llevado mucho tiempo de razonamiento para decidir si estaba haciendo lo correcto o no, para empezar, el hilo que separaba ambas cosas en la mente de la mujer era tan fino que ambos podían confundirse de una manera extraordinaria, formando un sentido tan homogéneo que hasta al hombre más cuerdo sería capaz de concordar con su filosofía heteróclita. ¿La razón del violento arrebato? ¿Diversión? No, más que eso.

La historia comenzaba de manera bastante regular, ¿no empezaban así todas las historias del mundo? Y con tantos meses en ese lugar tan diminuto de Francia ya no era extraño ver vagar a una pequeña ninfa de color púrpura por las calles de los barrios bajos: todos la habían visto pasar alguna vez por el lugar, y cada uno de ellos sabía de por sí que no debían meterse en el bamboleante camino de la misteriosa mujer, nada bueno salía de intentarlo, y las personas que habían tenido suerte de estar bañados en su misericordia lo sabían y lo advertían: Búho no era alguien para jugar de manera justa. Había recolectado muchos nombres a lo largo del tiempo, pero su preferido siempre sería ése, así se hacía llamar, así era nombrada en boca de innumerables personas del sector. Pero todo siempre se mantenía pacífico, las cosas estaban en su lugar, las personas también se mantenían por propia iniciativa en la zona donde su vida no peligraba, y no había mayor problema en sus caminatas nocturnas que acostumbraba una vez cada tanto. Sin embargo siempre hay un nudo en la historia, porque un buen relato también tiene que desarrollar un problema. Ella ignoraba si el hombre que ahora se encontraba bajo de ella era nueva en la ciudad o demasiado crédulo para creer que alguien tan pequeña como ella podría hacer más que gritar y chillar por ayuda: los roles eran, desde un principio, desde antes que él lo supiera, al revés, y el único que rogaría por piedad sería él.

Existían personas bastante valientes en el mundo, Eto estaba consciente de eso, y no era como si le molestara: se encontraba perfectamente bien en la completa quietud, pero era aburrida y una situación sugestiva y sanguinaria siempre era bienvenida, no le molestaría su caían sobre ella masivamente. Los pensamientos errados del ajeno fueron los que le permitieron emprender una situación cautivante; suponía que él no conocía lo que se decía de ella o la desafiaba, y cualquiera de las dos opciones le parecían completamente irrelevantes. El hombre mucho más alto que ella la había detenido de sopetón, con un gesto brusco en su delgado brazo enfundado; le exigió cosas que ya no recordaba, en sus oídos eran sonidos huecos y carentes de algún sentido, ¿la quería, a ella? La escritora estiró sus comisuras con notable  encarnizamiento y ese fue el último espectáculo que el desconocido pudo observar con claridad. Eto llevó su mano libre al ojo del hombre, posó sus dedos casi con delicadeza frente al ocelo contrario y con un vigor y saña indescriptible hundió sus uñas en la cuenca del ocelo, arrancándolo de cuajo con extrema crueldad. El “delincuente” sollozó, gritó y la maldijo, pero ella sólo podía reír—. Ah, qué desperdicio, señor, son de marrón tan común —lo aplastó mas no lo soltó. Con parsimonia se acercó a él, empujó su débil y tambaleante cuerpo ahogado en dolor y se posó encima, justo en su pecho—. Pero no soy tan cruel como usted cree, señor —señaló como si verdaderamente fuera condescendiente—. También arrancaré el otro, ¡no será tan impresentable! —y desde entonces no había dejado de reír.

¿Compasiva, Eto? Por supuesto que no, ella sabía muy bien que en un mundo de ciegos el tuerto es el rey: extender el sentido literal en su frase no suponía ningún problema para la mujer de cabellos verdes y después de todo, ella ya tenía a su rey de un ojo. Repitió el mismo procedimiento, empujar y extraer, tan fácil como eso—. Allí tiene señor, usted se ve magnífico —sonrió más feliz aún, pensando que sus facciones fundidas en diversión no podían ser vistas por el pobre iluso a su costado, quien tenía las manos demasiado ocupadas tapando las cuencas vacías de su cara y gritando tantas maldiciones como le fuera posible—. ¿Hm? ¿Es que no le gusta lo que Eto hizo con su cara? Yo creo que se ve muy bien —no le importó dar su nombre, moriría de alguna y otra forma, la enfrentó y ése era el precio. Soltó por fin la masa irreconocible de su mano y llevó ésta a la cara del moribundo, sosteniendo su quijada y dirigiendo su rostro en la dirección correcta para que la “viera” con claridad—. No se preocupe, si no le gusta puedo devolvérselo. Puedo ponerlo en cualquier lugar, ¿verdad? —su propósito era divertirse, ya había comenzado y ahora lo iba a terminar. Y no se preocupaba por los gritos, nunca nadie intervenía y al amanecer todo sería como si nada hubiera sucedido: calles limpias, ninfas desaparecidas, testigos mudos. Iba a remodelar su rostro y para es pensó que sería fastuoso que sus ojos estuvieran donde su boca debía estar. No obstante, antes de cometer alguna acción más escuchó unas rítmicas pisadas a su espalda que se detuvieron cuando ya estaban demasiado cerca—. ¿Eh? ¿Alguien quiere unirse al juego de Búho? —interrogó, girando a la mitad su cabeza y viendo una figura indistinguible y estática.


Última edición por Sen Takatsuki el Vie Jul 15, 2016 11:32 am, editado 1 vez
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Re: ▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Ken Kaneki el Lun Feb 29, 2016 11:27 am

A pesar de ser fanático de los libros, no era una persona que creyera en leyendas urbanas. Ya que la mayoría eran simples relatos de terror mal estructurados, vagos y muy usualmente, estúpidos. Por supuesto, ni siquiera podía compararlos a la calidad de las historias escritas que pasaba tanto tiempo leyendo, ni a un cuento de Edgar Allan Poe y mucho menos a un libro de Takatsuki Sen. Eso contaría prácticamente como un insulto, porque ni siquiera rozaban el nivel. Aunque las leyendas urbanas eran de aquellas cosas que inevitablemente se esparcen de boca en boca, especialmente en localidades pequeñas. Y aunque el Sweet Valley no podía asemejarse siquiera un poco a algo como "una localidad pequeña", las constantes habladurías de los vecinos se encargaban de solucionar ese problema. Incluso a sus oídos había llegado el cuento de una figura menuda cubierta con vendajes que de noche salía a pasear, algunos incluso la consideraban una aparición o verdaderamente, una ninfa diabólica. Él no sabía que considerar más risible, la persona que se inventó tal sarta de estupidez o quienes verdaderamente creían en eso. Aunque sabía que lo estaba juzgando demasiado duro, y en esa ciudad francesas parecía que las cosas inusuales solían ocurrir, dudaba que algo como un ser maligno cubierto en vendajes fuera algo factible. A lo más podría tratarse de una persona, quizá un niño jugando una broma. No le extrañaría que el tal Búho fuese precisamente eso, quizá nada más que un infante jugando a ser dios.

Sin embargo, él no era quién para quejarse sobre apariencias peculiares. Seguro que si todas las noches saliera de casa con la máscara de cuero de sonrisa marcada y se dedicara a quebrarle los dedos a algunas personas (no es que ya haya sucedido antes, por supuesto) tendría el mismo privilegio de tratarse de una leyenda urbana. Se preguntaba vagamente si a tal sujeto le sucedería igual, si acaso era consciente y hasta se regocijaba con la popularidad de su título; tal vez por tal motivo continuaba sus salidas nocturnas. Personalmente, la mayor parte del tiempo prefería la comodidad de un libro y una taza de café por sobre todas las cosas, ni siquiera una buena noche de sueño sonaba igual de tentador que devorar por completo un relato si la historia era lo suficientemente interesante, que no era muy a menudo. Pero aun así, debía admitir que la noche tenía un encanto innegable a cualquiera que se aventurara a su brisa helada fuera de la comodidad del hogar. A diferencia de que las ahora contadas veces que salía, se excusaba a sí mismo con la idea de una caminata tranquila, después de todo, no tenía necesidad de más adrenalina ni cementerios por la noche. Tampoco quería ladrones, ni asesinos. Entonces, podía cuestionarse seriamente por qué de todos los días, esa noche en particular eligió para nuevamente cubrir su rostro con la máscara de cuero que ocultaba uno de sus ojos en reemplazo del parche negro. Sólo le gustaba su apariencia de esa manera.

Tampoco tenía buena justificación a el traje oscuro que usaba como conjunto, parecía que iba a asaltar un banco o algo por el estilo (en ocasiones creería que se veía como algo que Tsukiyama-san diseñaría para él, y era mejor no pensar en eso). Le traía nostalgia de la última vez que lo usó saliendo a correr, y conoció a una persona que hubiera deseado encontrarse en circunstancias menos peculiares, pero que una taza de café podía solucionar a la perfección. Y nuevamente la resultaba gracioso cómo cambiaba todo en el trascurso de un año y más, pues ya llevaba demasiado tiempo viviendo en ese lugar para excusarse de ir a barrios peligrosos accidentalmente. Porque tampoco podía dejar de convencerse a sí mismo que la vaga pizca de peligro de los callejones era mejor que una simple caminata, en el fondo mucho más atrayente. Las calles de esa parte de la ciudad eran considerablemente más silenciosas de noche, creando la ilusión de tranquilidad cuando en realidad, la explicación simple es que ningún alma deambulaba por allí. Sus propias pisadas casi se sentían como una marcha fúnebre opaca, y la brisa helada de la noche no era lo que producía escalofríos en su espalda, a pesar de que su atuendo dejaba al descubierto una sección pequeña de ésta (donde tenía un ciempiés marcado, no estaba seguro qué tanto del tatuaje era visible ni se molestó en confirmar). No, sino que se trató de una serie de gritos lejanos que le erizaron la espina dorsal, sólo al principio; no fue espontáneo, pues los alaridos de dolor se incrementaban según más se acercaba. No hacía falta ser un genio para pensar que estaban poco menos que matando a alguien.

Evidentemente él no era un héroe para salvar a un extraño, pero le enervaba la idea de qué clase de monstruo extendía tanto tiempo su tortura, ¿en serio esperaba no llamar la atención con eso? Recordó fugazmente lo que se decía del Búho, que podría arrancarte los ojos directamente de sus cuentas si te acercabas demasiado. Y en el momento, solamente la pareció una mala historia de terror, que ni siquiera merecía ser mencionada otra vez. Pero no se estaba esperando una escena tan grotescamente gráfica tampoco, y se extrañaba a sí mismo no haber soltado un jadeo de sorpresa. Estaba la figura menuda de una mujer sobre el pecho de un hombre tendido, todavía no era un cadáver, pero distinguir incluso a la distancia la cantidad de sangre que escurría por las manos de la figura menuda no dejaba un buen presentimiento. Al voltear la otra pudo notar la voz siseante, peligrosa e infantil llamarse a sí misma el Búho. Y eso hacía algo de sentido, a excepción que al acercarse unos pasos para rodear la escena vio que al sujeto le faltaban un par de complementos importantes en su rostro, algo como, sus ojos—. ¿Qué diablos estás haciendo...? —sorprendentemente, no se le cortó la voz, sino que incluso se escuchó con algo más de fuerza de lo habitual. Y de pronto se encontraba viendo de frente a la figura desconocida, cubierta de vendajes, tan tranquila como si estuviera totalmente acostumbrada al espectáculo sangriento del cual, era culpable.

Le repugnaba la imagen, tan pronto notó que entre los dedos y vendajes sucios que escurrían sangre, el Búho continuaba sosteniendo los restos de carne de lo que habían sido ojos. No sabía cómo reaccionar a ello que no fuera quedarse estático y observar en un silencio casi expectante, incluso el hombre tendido en la grava el suelo sucio había dejado sospechosamente de quejarse, lo que era malo. Pero tanto como no podía simplemente largarse de allí, se sentía tan fuera de lugar como quien interrumpe a un depredador en medio de un festín. No podía pasar por alto, además, lo casi literal, dolorosamente ilegal del espectáculo. Se aliviaba bastante de llevar la máscara puesta, una vez recordó que la tenía, al menos de esa manera su sorpresa era menos evidente, a excepción de su ojo visible todavía fijo en la figura de la mujer—. Podría llamar a la policía —no se trataba de una amenaza, sino más bien de una declaración bastante simple, seguida de cierta resignación: sentía que de sacar su teléfono móvil, la otra saltaría encima a arrancarle un brazo. Y aunque el escenario exagerado le causaba un gracia inapropiada a la situación, no podía evitar pensar que le gustaría verla intentarlo.

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Re: ▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Sen Takatsuki el Vie Abr 08, 2016 11:33 pm

Su risa bailaba entre los silencios del callejón y se entremezclaban con los alaridos quejumbrosos del hombre sin identidad: desde hace un exorbitante tiempo que no se divertía de esa forma, de manera tan bestial y sangrienta; No quería recordar la última vez, en sí, porque llamar a las reminiscencias de lo más oscuro de su materia gris significaba caminar en las calles desabridas del pasado, algo que Eto detestaba enormemente: se movía sólo adelante y rara vez miraba hacia atrás, únicamente cuando era necesario; en cambio, esta vez decidió dejar aquello en un tiempo indeterminado, muy lejano, que no contaba, por supuesto, nada de lo vivido en la ciudad de menguada fama. Era innegable para la ninfa de cabellos de verde seda no disfrutar del color carmesí (prueba de la atonía ajena) bañando sus uñas descoloridas, y sentir que tiene el poder por un par de segundos y que podía hacer su voluntad de diestra a siniestra le provocaba en el pecho una sensación entrañable que no quería dejar de sentir. Y, en ese instante, viéndola tan feliz, hacía ver como si en verdad extrañara disfrutar de situaciones así, como si añoraba desde hace tiempo los momentos donde el ser demasiado sádica lo era todo: pero ya no era una sorpresa que en su subsistencia debiera de existir algo como eso de vez en cuando, Eto definitivamente no podía oprimir ese lado suyo que la empujaba a hacer cosas con el vigor pavoroso que pocos tienen. Ese pequeñito y poderoso lado que le encantaba y, alguna que otra vez, le asqueaba, era mucho más poderoso que su deseo inconsciente de ser normal.

Y a pesar de que ese era su momento a solas con su lado oscuro y el hombre semi-moribundo, no le molestó tanto como hubiera querido el hecho de que la sombra desconocida irrumpiera en el gaudeamus de sensaciones fuertes o en su espectáculo de rostros remodelados. Mientras más, mejor, y le llamaba la atención poderosamente que alguien tuviera el atrevimiento de acercarse a ellos cuando, por los gritos proferidos por el hombre debajo de ella, quedaba claro que no estaba sucediendo nada digno de un cuento de hadas; ah, ¿podría inspirarse para un nuevo libro de terror luego de esto? Esperaba que las ideas se formaran y salieran en forma de palabras tan fluidamente como el correr de la sangre en ella. Se tomó todo el tiempo necesario para verlo rodear la escena, y ahora, que se veían frente a frente, podía comprobar que la sombra tenía una apariencia incluso más aterradora que la de ella: ¿qué era una plana capa morada y vendajes sucios en comparación con una sonrisa sin labios y dentadura blanca preparada para arrancar la piel de un solo mordisco? Se estremeció y la sonrisa no tardó en decorar sus labios—. ¿Qué crees que estoy haciendo? ¿Recolectando manzanas? Vamos, que se nota que las manzanas son mejor que esto, ¿no crees? —alzó el ocelo intacto frente a ambos, para que pudieran contemplarlo mejor. Por su parte, estaba embelesada por el tono demandante que había empleado para con ella: ¡más que estupefacto sonaba enojado!

Él ya no se movía, quería decir, el hombre bajo de ella; no se quejaba ni lloraba desesperado por un poco de luz en su oscuridad: y eso había sido mucho más rápido de lo que pensó. Llegó a la conclusión que la interrupción había sido de lo más oportuna, porque el hombre hubiera muerto antes de que ella pudiera arrancarle la lengua y los dedos y eso sería condenadamente aburrido: al menos ahora había una presencia viva con ella abriendo la carta de un nuevo festín, con tantas posibilidades que la extasiaba. Se tomó el tiempo necesario para analizar cuál era la nueva situación y qué es lo que haría con el testigo. Comenzó sopesando con rapidez las soluciones más comunes: un poco de diversión(tortura) y luego acabar con la vida del ajeno, quizá ni siquiera eso, directamente sumirlo en la muerte, sin embargo, con la vista fija en él, con la curiosidad picando intensamente en su cabeza y la emoción quemando su estómago por el simple hecho de que alguien tan insolente existía y estaba allí habían sido suficientes para que descartara momentáneamente las posibilidades que terminaran con acabar la vida del desconocido albino. Ah, ¿eso sumaba? Bueno, había encontrado la emoción en ese color blanquecino muchas veces: el su rey tuerto, en el infortunio caminante y en su cómplice de eterna sonrisa sarcástica, ¿no era casi seguro que encontraría amenidad en la sonrisa filosa?

Entonces rió fuerte, y no supo si era por su razonamiento y conclusión o por el comentario banal que había hecho él. Sí, comentario, porque no podía considerarlo una amenaza aunque quisiera; no obstante se decepcionó un poco, ¿eso era todo lo que tenía para ofrecer a primera instancia? ¿Una acotación sencilla que hasta lo hizo ver incauto? Al menos era inteligente: no había intentado más y no es como si tuviera alguna oportunidad para empezar. Se levantó lentamente del cadáver, como si tuviera miedo a que despertara por algún movimiento brusco, cuando en realidad esa bolsa de carne ahora era lo que menos le importaba, ya no podía entretenerla—. No lo harás, y Búho lo sabe… Ambos lo sabemos. Si hubieras querido eso, ya lo habrías hecho —era un razonamiento simple, como sumar dos más dos, aunque con más posibilidades que una simple cuenta matemática: él tenía miedo y tenía los movimientos imposibilitados por el temor de correr la misma suerte que el condenado o él realmente estaba interesado por prácticas como ésas, sádicas, sangrientas, muy impropias de una señorita como ella, y quería creer enormemente que era la segunda opción; vamos, que uno simplemente no puede irrumpir en el banquete tan maleducadamente y no probar bocado alguno—. Lamento que no te hayas podido unir al juego, él ya debe estar muerto o inconsciente, ¡pero eso no importa! No era muy divertido… —declaró, antes de empujar un poco con el pie la cabeza del occiso y verificar que ciertamente no producía ni ruido ni movimiento alguno.

Una sonrisa bailó en su boca y esperó que el ajeno pudiera ver toda la malicia que quería reflejar en ella. Caminó con parsimonia hasta él, quien aún se mantenía estático, como una presa temerosa de dar un paso en falso y que el depredador destazara su cuello en un segundo—. Pero no te preocupes, te puedo dar algo a cambio —vociferó risueña estando ya muy cerca del albino. De esa distancia podía ver mejor el traje negro, llamativo y extravagante, le atraía y su injerencia decía que él definitivamente no era para nada normal. Se fijó en su único ojo con un deje de déjà vu y su siguiente acción fue tomar suavemente la mano derecha mucho más grande que la suya propia, manchándola en el proceso y la observó con una sonrisa traviesa en el rostro; soltó una risa pequeña y entonces depositó el ocelo sangriento en la palma blanca del poseedor de dientes afilados—. Toma, ésta es tu manzana. No es de las mejores, pero es la primera que recogí en esta ciudad, es especial —cerró la mano ajena con ayuda de las suyas con cuidado de no aplastar el ojo (manchando aún mas de sangre los dedos del contrario) y se alejó contenta de su acción, orgullosa de ser tan generosa. Dio un par de vueltas en su eje, con su acostumbrado equilibrio desequilibrado y soltó de repente—: Yo soy Eto —confesó, sin miedo, con la idea de que no importaría dar su verdadero nombre si es que esto de alguna forma no terminaría bien—. ¿Y tú quién eres? ¿Me vienes a cazar?


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Re: ▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Ken Kaneki el Lun Mayo 23, 2016 2:00 pm

¿Qué elementos eran comunes en cualquier narrativa de terror? Como buen amante de la literatura grotesca, no era extraño que sus pensamientos de vez en cuando derivaran en cuestiones tan simples como aquélla. Para empezar, se necesitaba de algo muy importante: era imposible introducir la sensación de desasosiego en cualquier persona si faltaba el ambiente lúgubre característico de cualquier cuento hórrido por el estilo, que buscara acelerar el corazón del protagonista aunque fuera sólo un poco, y entonces, el ávido lector tendría la oportunidad de compartir la sensación, los escalofríos y la desconfianza. Era por ese motivo que gran mayoría de esas narrativas transcurrían en sitios tan clichés como cementerios, casas abandonadas o como resultaba en su caso; un simple callejón vacío de la ciudad. Siempre de noche, siempre cubiertos de oscuridad, porque los demonios y las ninfas diabólicas no le temían y generalmente ayudaba a ocultar la atrocidad de sus actos. Que a sus ojos seguro resultaba en una actividad llana y común (tal vez un festín, tal vez un juego), aunque muy a pesar, al pobre y desafortunado protagonista que se hallara en tal situación le habrían de revolver el estómago. Probablemente sentir náuseas, y la reacción natural de su cuerpo de vomitar mezcla de profundo disgusto e impresión, como cualquier ser humano normal (que no se considerara un monstruo) debía de hacer al presenciar tal barbarie.

Sin embargo, él no era el protagonista de ningún tipo, y de serlo, su vida habría de ser una tragedia y no acabar con un corta y simple narrativa de terror. Que desde cualquier punto de vista, todavía no podía dar justicia al nivel de un libro de Takatsuki Sen; porque en la realidad no hay Cabras Negras ni prisioneros que se apasionen de devorar a otros fuera de jaulas. No, definitivamente la realidad era menos interesante, como una leyenda urbana que repetidamente escuchas y acaba por hastiar al suponer la imposibilidad de la misma. Porque eso era el Búho a sus ojos grises, una leyenda que se extendía y llegaba a oídos de cualquier transeúnte que se interesara mínimamente por historias de terror de cualquier tipo. Ah, ¿no le dolía ni siquiera un poco el orgullo de estar tan magistralmente equivocado? Afortunadamente para su persona, estaba demasiado ocupado con la visión de los gritos de pánico del hombre tendido en el suelo y el color carmesí que escurría de las diminutas manos de una ninfa vendada para siquiera considerar lo anterior. ¿Cómo se las había arreglado para acabar allí? Tendría que ser adrede, no hay mayor explicación para quien se deja guiar por los gritos guturales que guían a un callejón. No podía evitar ser como un tercer actor en la escena, interrumpir el festín que la mujer se estaba regocijando con su presa, tal vez la primera del día, semana o mes. No tenía forma de saber, y tampoco es que cambiara demasiado la situación: desde cualquier punto de vista era una cena grotesca, aunque nadie ahí estuviera comiendo.

Por supuesto que le asqueaba, pero dentro de sí se enfatizaba más un sentimiento de rabia e impotencia a presenciar a una persona que tomara la vida de un ser humano con tanta libertad, que lo torturara hasta hacerlo gritar como un borrego moribundo seguido de un silencio incriminatorio. Y que lo hiciera un sitio abierto era mucho peor, actuaba con tan ligereza al responderle sobre manzanas que se quedó en silencio un momento, cavilando por un instante si acaso era una metáfora inapropiada o mero sarcasmo, pero no llegó a nada concluyente antes de que la figura simplemente alzara uno de los ojos del hombre, todavía cubierto de sangre en sus dedos, para que ambos pudieran apreciar mejor el botín. Inevitablemente le causó un escalofrío, junto a la visión de las cuencas vacías de la cabeza que se asomaba tímidamente bajo la figura de la mujer. Pero no iba a vomitar, apenas parpadeó, y todo lo que hizo fue apretar los puños con una pizca más de rabia, aunque probablemente debido a la máscara de cuero sólo uno de sus gestos fue visible. ¿No era gracioso? Su apariencia resultaba un tanto más apropiada para un cuento de terror que los simples vendajes manchados de sadismo que la mujer frente a él, cuando los papeles eran completamente contrarios. Pero se podía preocupar de la ironía evidente probablemente más tarde, cuando una acotación de llamar a la policía no se escuchara tan vacía e insustancial, porque, ¿qué podría hacer la policía de todas maneras?

No lo pensó bien, incluso llamar a una ambulancia resultaría más útil, a pesar de que con el estado deplorable de la víctima desangrada, dudaba que pudieran hacer algo a esa altura—. Veo que a Búho le agrada mucho pronunciar su propio nombre —nuevamente el comentario había salido de sus labios como una acotación simple, un poco más brusca esta vez, y estaba haciendo un maravilloso trabajo conteniéndose. En general no disfrutaba charlar con seres que aplicaran de tal forma la gramática, la tercera persona no era una de cosas favoritas, como una tal asesina del cementerio podría constatar. A pesar de que esa caso era por bastante muy diferente, porque la asesina no había alcanzado a rasparle más que superficialmente el cuello y en cambio, la mujer de los vendajes ya había mutilado a una persona en el callejón. El hombre en cuestión había dejado de chillar hace un rato, y eso sólo dejaba la pesada sensación de que bien se había muerto o desmayado del dolor, en tal caso no le esperaría nunca un agradable despertar. "No era muy divertido", ella había declarado, y tan rápido como había llegado de deshacía del pobre moribundo como si se tratara de basura o un juguete roto sin utilidad. No respondió, sino que se quedó observándola fijamente, como si a él mismo se le hubiera olvidado que podría hacer algo simple como darse la vuelve y marcharse (mientras todavía conservara la totalidad de su integridad física), tal vez porque la sonrisa que la otra le profería era atrayente en igual medida que desagradable, era difícil despegar la vista de un espectáculo como ése.

Quizá debería estar molesto consigo mismo también, pues todo lo que hizo fue quedarse estático mientras la mujer se le acercaba a tranquilidad ceremonial, y él no movió ni un solo músculo. No es que tuviera miedo, no era tan patético todavía. A esa distancia cercana lo primero que pudo percibir fue la graciosa diferencia de alturas, y que la totalidad del cuerpo de su interlocutora se hallaba cubierto de vendajes blancos, como había observado anteriormente en sus manos, brazos y rostro. Podría jurar que a esa distancia ya era también capaz de sentir el hedor a sangre fresca que escurría por esos vendajes, y bajo la máscara y su sonrisa perpetua ejecutó un visible gesto de desagrado. Su ceño fruncido sólo se incrementó un poco más a medida que la otra se tomaba la libertad de abrir su mano y depositar allí uno de los ojos arrancados del hombre moribundo; la sangre se sentía demasiado caliente y viscosa, y no tardó en escurrirse tal cual lo hacía en los dedos ajenos—. No quiero tu regalo —pronunció finalmente, como si hubiera salido de una especie de trance, y terminó por cerrar el puño exprimiendo la suficiente fuerza para convertir en pulpa de carne lo que quedaba del globo ocular, rápidamente dejando caer tal masa al suelo. La había escuchado claramente, y Eto era un nombre mucho más apropiado para una ninfa—. No te estoy "cazando", y no voy a ser parte de tu espectáculo desagradable —declaró con vehemencia, y casi habría resultado solemne de no ser por uno de sus dedos hizo un sonido de crack silencioso en el acto.

¿Era más fuerte que ella? Debería ser más fuerte que ella, se trataba solamente de una mujer de pequeño tamaño,después de todo. Aunque las apariencias son engañosas, y una especie de sentido común le gritaba fervientemente que era una mala idea acercarse nuevamente a la figura menuda, para empujarla con brusquedad hasta casi hacerla perder el equilibrio, para aprovechar la oportunidad de tomarla firmemente de ambas muñecas, quedando frente a frente por un instante poco prolongado—. Sin embargo —empezó con voz extrañamente suave, y haciendo uso de la diferencia de alturas para obligarla a estirar los brazos al erguirse nuevamente—. No puedo dejar a una loca como tú suelta en los callejones.

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Re: ▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Sen Takatsuki el Lun Ago 29, 2016 6:15 am

A la señorita impía le gusta catalogar las cosas, para esta altura de su vida y con la frecuencia en que lo hacía podía considerar que se había hecho una manía bastante excepcional para ella: existieron infinidades de situaciones en su vida que fue catalogando de manera diferente, algunas entraban en las tragedias y otras en los dramas (nunca había existido una que se acuñe el término romántico), pero circunstancias como estas comúnmente entraban en la calidad de terror. Mas consideraba que un caso como el actual lo olvidaría a los días, la importancia con la que cargaba era tan poca que rosaría lo risible, y la risa esquizofrénica y el sonido de las gotas de sangre y el remover del cuerpo bajo el suyo quedarían en el tintero y nunca pasarían a ser una historia digna de manchar sus albas hojas. No obstante era maravilloso como un arribo imprevisto podía cambiar todo en segundos. Y parecía que ella podía encontrar personas de lo más interesante con sólo salirse un poco de su itinerario: estaba extasiada por el simple hecho que alguien más haya tenido las agallas de acercarse al festín visual y, como si fuera poco, observar, escrudiñar y permanecer allí cual espectador de una obra de teatro; ¿cómo se supone que debería de catalogar ahora el entorno? Sentía que en su boca  no había una expresión capaz de encerrar el espectáculo que ahora estaba viviendo ella y el albino de apariencia extraña.

Fueron escasos los segundo que la idea de un nuevo relato inspirado en esto se albergó en ella: era egoísta y más que el dinero, el renombre y los vitoreos por una nueva obra bien hecha a ella le gustaba vivir, vivir y sentir que la adrenalina del estilo de vida del que tuvo que alejarse no hace muchos meses atrás volvía a su menudo cuerpo y esto que sucedía frente a sus ocelos y de lo cual ella era una protagonista se quedaría sólo para los actores de ese día. Quiso volver a soltar una risa estruendosa porque la primera oración salida de la boca ajena no fue exactamente lo que esperaba, pero no se apresuraría y diría que estaba completamente decepcionada, ella era buena después de todo y daría segundas (hasta terceras) oportunidades—. Aves nocturnas y solitarias —comenzó, dando la impresión de que había perdido la cabeza y sólo escupía incoherencias—. Sabiduría interior, capacidad psíquica e intuición son algunas definiciones que expresan. Silenciosos cazadores llenos de brillantez, poder y conocimiento, un símbolo atribuido a la riqueza, no es por nada que los griegos creyeran que estaba fuertemente conectado con Atenea —rió despacio, disfrutando cada palabra de su pseudo-soliloquio espontáneo—. Los búhos enseñan el lado oscuro de las personas, un lado lóbrego y horrido donde puedes encontrar el crecimiento, así que, dime —hizo una pausa, poniendo serias sus facciones y dejando sus labios en una línea recta—, ¿no crees que me encanta el seudónimo que me he dado? Bastante apropiado, ¿verdad?

Al final sonrió con satisfacción: ésa era una manera adecuada de presentarse; y no era extraño en ella el dar discursos como esos por una simple pregunta, no era más que una escritora nata y su naturaleza le obligaba a hablar con elegancia y pulcridad, incluso en momentos ¿tensos? como estos, a diferencia del contrario que parecía las palabras tenían cierta dificultad para salir de su boca con el fin de que ella las escuchara. El hombre ahora era un occiso y sintió que debía de disculparse con el muchacho, alegaría que era una mala anfitriona, pero cualquier palabra que saliera de su boca sonaría más a una excusa: no importaba, se dijo, le daría diversión de otra forma y supliría que el juego había terminado más rápido de lo esperado. Una manzana era el mejor regalo que se le había ocurrido (o el que tenía más cerca en ese momento) y no dudó ni un segundo en acercarse con lentitud al muchacho de nombre aún desconocido para demostrar que ella en el fondo era una buena interlocutora. No obstante, la sonrisa se le aflojó cuando el ajeno simplemente rechazó su regalo—. ¡Qué frío! —exclamó riendo, ¿y es que ella perdería el sueño por eso? Por supuesto que no, inclusive le pareció mucho más interesante que él se tomara la molestia de aplastar y hacer el ojo una masa amorfa; pocas personas tenían el estómago para mantener la mirada seria en el proceso, al menos, en su lista mental.

¿No estás aquí para jugar? Entonces, ¿qué es lo que quieres? —inquirió. Vaya que el muchacho tenía valentía, presentarse a una cita de juegos sin buscarla realmente. No lo culparía, Eto haría lo mismo, quería decir, correr detrás de un grito gutural, pero ella era sádica y masiva y lo inusualmente cruel y sangriento le llamaba poderosamente la atención, ¿sería lo mismo con el muchacho de traje negro y sonrisa perpetua? No, si el caso fuera ése no amenazaría con algo tan banal y torpe como llamar a la policía, tampoco rechazaría su regalo tan sanguinolento, entonces, sólo quedaba la opción más cómica y hasta patética: él sólo tenía curiosidad; una curiosidad que notablemente se disipó cuando es escenario era menos favorable de lo que pensaba y ahora, él, con sus manos vacías y palabas huecas, esperaba poder remendar las acciones de una predadora impía. No obstante, esta vez fue su turno de quedarse estática en su punto, porque parecía que los roles se invirtieron y él era el predador por el momento; el choque de sus manos contra su cuerpo la desestabilizó y su mente quedó en blanco por unos segundos: ¿qué acababa de suceder? Para su suerte el chico había tomado sus muñecas, permitiéndole que sus pies volvieran a afianzarse contra el suelo, mas su mente aún seguí sin entender cómo es que ella, el Búho de un ojo, pudo permitir que alguien siquiera se atreviera a pensar que tenía la posibilidad de tocarla tan bruscamente sin tener represalias.

Hasta el momento las estaturas era otro de sus características más notables y en lo primero que pudo fijarse mientras trataba de esclarecer sus pensamientos. Pronto, su cara de estupefacción poco visible cambió a de nuevo cuando sus comisuras volvieron a estirarse un poco en forma de sonrisa maliciosa—. Eres tan ingenuo por pensar que alguien como tú puede hacer algo para detenerme —comenzó—. ¿Sabes? Esto es como jugar al ajedrez, uno no puede mover sus piezas sin anticipar los movimientos contrarios —su voz era dulce, como si buscara embelesar—. En un tablero de ajedrez, yo me consideraría la Reina —aprovechó que el agarre de sus muñecas era lo suficientemente flojo como para deslizar una mano hasta el rostro del ajeno, pasar por debajo de su oído y posicionar cómodamente su mano derecha por encima de la nuca impropia. En un movimiento bastante veloz, y casi sin darle tiempo para reaccionar al desconocido, llevó el rostro del albino hacia la superficie plana, metálica y férrea de un basurero no muy lejos de su posición con una fuerza impropia para alguien de su consistencia liberándose parcialmente de su agarre: el sonido fue sordo y quizá hasta le podría haber quebrado la nariz, pero lo único seguro que pudo ver a simple vista fue la inmensa cantidad de sangre que salía por su orificios. Le alegraba la vista que tenía y no pudo evitar acercarse más a él para terminar su oración—, y tú, con tus movimientos limitados, eres sólo un peón en mi juego.

El callejón volvió a inundarse con su risa y cuando acabo respiró hondamente: adoraba que las personas pensaran que por su menudo cuerpo de ninfa era débil. El muchacho ahora se encontraba semi-arrodillado, siendo ella la que lo mirara desde arriba—. Aún no me dicho tu nombre, ¿debo averiguarlo por mi cuenta? —pero sólo se escuchó el silencio; decidió entonces que era momento de desenmascarar a su invitado y con la ayuda de la siniestra sacó el material de cuero llevándose una grata e inesperada sorpresa: y ella no pensaba encontrarse así de nuevo con su Rey(tuerto) pero no podía estar más agradecida de que Kaneki Ken fuera el participante de la obra de esa noche. La máscara quedó olvidada a un costado y acunó con sus palmas el rostro de su lector favorito: ahora sólo podía sentir regocijo puro—. Ah… Increíble —dejó escapar—. Kaneki-kun, tú… ¿me dejarás probar tus manzanas? —el rostro de Kaneki Ken se encontraba impávido e inexpresivo, mas ella no esperó una respuesta, y parecía que  hubiera esperado esto por mucho tiempo, por lo que no demoró en dejar a su lengua deslizarse por el globo ocular gris del ajeno


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Re: ▬ ❝Sadistic & Massive.❞ {Priv. Ken Kaneki} [+16]

Mensaje por Ken Kaneki el Dom Oct 23, 2016 12:48 pm

En retrospectiva, su vida no era tan maravillosamente interesante. Dudaba que una existencia simple y vacía como la suya cumpliera los requisitos de algo más allá, un simple estudiante universitario que ya no era y un ávido devorador de libros de corte siniestro; ¿no era lo común? ¿Lo rutinario? ¿Lo asqueroso y predeciblemente, normal? Entonces, detestaba la forma tan ruin que tenía la suerte de escupirle en la cara, de burlarse constantemente de él. De hacerle ver lo insuficiente que era, de recalcar lo inútil que se sentía. ¿No era su propia culpa, como siempre? No pudo evitar la necesidad de acudir al festín macabro apenas lo presintió, de acudir ilusamente a la escena como un cordero va al matadero. Tonto e ignorante, tenía el descaro de detenerse en frente del festín pestilente que ejecutaba alguna ninfa diabólica, en la comodidad de las sombras y un callejón vacío. Donde nadie excepto él fue capaz de escuchar los gritos agónicos del pobre desafortunado sujeto mutilado en el suelo, cuya vista le revolvía el estómago de manera desagradable. Y detestaba el sabor amargo de impotencia en su lengua, su propia incapacidad de actuar a tiempo. En su lugar, la mujer de figura menuda y cuerpo cubierto en vendajes no se mostró molesta por la repentina intromisión, quizá incluso complacida de tener un nuevo juguete cuando el anterior se hallaba quebrado irremediablemente.

Y es que a pesar de su propia postura rígida, no había separado sus ojos grises de la actriz principal del espectáculo siniestro, de la forma suave y grácil con que se movía, incluso con el cadáver del hombre de características desfiguradas prácticamente a sus pies. La escena le recordaba demasiado a algún relato de terror, la fetidez del olor a sangre y el torcido sentido del que se impregnaba la realidad. A pesar de que la máscara de cuero negro cubría casi por completo su rostro, dejando sólo uno de sus ojos visible, estaba seguro que podía desprenderse el desagrado de cada una de las fibras de su ser que se reflejaba a la perfección en la fluctuación de sus palabras, ese tono tenso y fuerte que empleaba cuando la situación era peligrosa. Aunque era ridículo, ¿no? Tener al Búho en persona para relatarle sobre su mismo apodo, con palabras suaves impropias del salvajismo de sus acciones; casi le daban ganas de carcajearse, y en su lugar, bufó con brusquedad cansina—. Me intriga saber cómo puedes relacionar la brillantez y el conocimiento a una criatura desagradable y desahuciada —prácticamente se había encogido de hombros, pese a toda la hostilidad en su lenguaje corporal, al menos iba a conceder el mérito de un discurso interesante: era un hecho que los búhos son considerados criaturas de la noche e inclusive, mensajeros que auguran algo tan desafortunado como la muerte. Tal vez sería lo mismo en su caso.

¿Qué más podía esperar, entonces? La historia continuaría su curso, con o sin la intervención de un actor prescindible como él; era dolorosamente consciente que su único papel sería el de un medio de entretención macabro para tan nociva anfitriona, y eso no significaba que se sintiera en la obligación de comportarse a favor. Mucho menos bajo una premisa tan desagradable: el obsequio viscoso que le fue entregado negligentemente, en sus propias manos, con una delicadeza que no podría pertenecer a la misma criatura que los arrancó de las cuencas del sujeto en el suelo. Era ridículo que los ofreciera en ese instante cómo una ofrenda, y toda su ira se hizo notar al momento que acababa por aplastar el globo ocular dispuesto en su puño, volviéndolo una masa amorfa en un lío sangriento que se sentía como suciedad fétida y escurridiza en sus manos. ¿Por qué tenía que ser parte de ese teatro absurdo? No podía simplemente dar marcha atrás y largarse, no podía darse el lujos de alejarse como un cobarde. Eto continuaba con su actuar festivo, incluso frente a un invitado desagradecido. Le intrigaba la actitud tan infantil para un ser inmensamente sádico, y no sabía por qué le molestaba profundamente esa despreocupación aparente—. No quiero nada de ti —en realidad, la respuesta poco elaborada no significada algo, ni siquiera una señal de nerviosismo.

Porque, en específico, se sentía con la obligación de actuar. No limitarse a compartir comentarios rebuscados sobre seres mitológico y búhos, ni quedarse con la espalda rígida mientras le eran depositadas manzanas marchitas de consistencia sanguinolenta en las manos. Quizá fue en parte culpa de su impulsividad, el hecho simple que se había hartado de su pasividad relativa. Su movimiento fue lo suficientemente brusco para empuja a la contraria, hacerla perder temporalmente el equilibrio y aprisionar sus muñecas con sus manos, ingenuamente creyendo que sería lo suficiente. Tal vez porque no podía reducirla con mayor violencia, tratándose de (una especie de) dama, no se suponía que ella fuese capaz de poseer mayor fuerza que él: lo dudaba. Aunque no se alarmó cuando la otra empezó tan rápido con otro de sus discursos, de palabras suaves hiladas de forma ingeniosa, había cierto encanto que no podía describir ni quería detenerse a analizarlo. Su único error fue efectivamente, escucharlo; fijar su ojo no-parchado en el rostro cubierto de vendajes y la sonrisa apenas marcada en las comisuras ajenas mientras hablaba. Un escalofrío recurrió su espina dorsal cuando una de las manos ajenas se deslizó fuera de su agarre, para depositarse justo por arriba de su nuca. La sensación de familiaridad era aterradora y ciertamente, desconcertante. Aunque no se vio en la necesidad de extenderla por mucho tiempo, en consideración que al instante siguiente su rostro fue empujado con brutalidad hasta la superficie metálica de un basurero.

Para empezar, había sangre. Sentía su sangre escurrirse profusamente desde su nariz, y emitió un quejido ahogado entre el material de su máscara y el líquido viscoso que se acumulaba. El dolor vino inmediatamente después, un dolor punzante en su cabeza que se concentraba en su frente, obligándole a arrodillarse en el suelo y a afirmarse como pudiese de la superficie de metal para no tambalearse. ¿Era demasiado débil? ¿Así de patético? No podía formular un pensamiento coherente que no fuese maldita sea, cómo le dolía el rostro y la nariz, ni siquiera se veía capaz de escuchar ni reaccionar cuando la ajena le había formulado un cuestionamiento tan simple como su nombre. Sentía como si le hubiese caído la realidad de golpe y le pesaran sus errores en la espalda; apenas llegó a sus oídos la risa ajena, y vagamente registró cuando la máscara de cuero negro le fue retirara de encima. Estaba aún muy ocupado procesando el dolor y la información, fue demasiado lento al reaccionar que tenía el rostro expuesto y cubierto de sangre con todo lo que implicaba. Las mismas manos ominosas que lo habían empujado bestialmente contra la superficie del basurero, ahora acunaban su rostro casi con delicadeza. Era consciente que miraba con ambos ojos directamente al rostro de regocijo de la mujer, sin embargo, una ola de profundo desagrado lo invadió repentinamente cuando la lengua ajena se había deslizado por uno de sus ojos oculares, aquel que permanecía eternamente bajo la protección del parche de color negro.

Y fue capaz de salir de su turbulencia mental tan rápido como si lo hubiese atravesado una corriente eléctrica, aunque sus pensamientos se ordenaron de forma frenética, lo primero fue separarse del contacto repelente contrario—. Maldita enferma —le escupió, y por el siseo producido por su lengua fue capaz de probar el sabor metálico de la sangre que aún escurría por su rostro. Desagradable. En ese momento se sentía completamente cubierto de suciedad viscosa, y era insoportablemente desagradable. No se había alejado por completo de la mujer de pequeño tamaño, de modo que incluso pudo apoyar las manos en la figura menuda al tiempo que se incorporaba por completo, estaba lo suficiente cerca para propinarle un golpe potente con la rodilla directo en el estómago, como si quisiera partirla por la mitad. Similar a la forma cómo había hecho con el vagabundo al que partió los dedos, excepto que esta vez no la inmovilizó por completo, y no iba a cometer el mismo error dos veces. La sujetó sólo de una muñeca, un agarre que al menos habría de resultar doloroso por la rabia imprimida en su apretón—. Ahora, me encantaría saber cómo una basura como tú conoce mi nombre —continuó ejerciendo presión, excepto que no iba a escucharse ningún crack en esa ocasión.

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Mensaje por Tema Cerrado el Vie Jun 02, 2017 12:37 pm

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