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Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

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Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

Mensaje por Serena Reagan el Vie Dic 04, 2015 12:20 am

La noche era tranquila, después de un día poco ajetreado en la cafetería subí a darme una ducha para relajarme. Pronto sería Navidad así que debía pensar en la mejor manera de obtener unos regalos para los abuelos, aunque no fuera gran cosa. – ¿Cómo se supone que voy a comprar algo si no tengo ni un duro? – me pregunté a mi misma mientras dejaba caer mi cuerpo sobre la cama. Hasta ahora no he tenido necesidad monetaria ya que William y Vivianne me han ayudado en todo lo que han podido, y claro… ¿Cómo diablos debo pedirles dinero para sus propios regalos? Di un suspiro volviendo  incorporarme mientras me acercaba hacia la ventana para abrirla. Ah, la brisa era tan agradable… Me apoyé sobre el marco de la ventana y al contemplar la playa que se veía a lo lejos, una idea fugaz pasó por mi cabeza. – ¡Claro! La playa. – fui hasta mi armario y me puse lo primero que encontré para luego preparar mi caballete plegable junto con las pinturas y los pinceles. Es cierto que no podía pagar un regalo lujoso pero… ¿Y qué tal si les dibujaba algo? – Estoy segura que eso les encantará… – asentí con la cabeza y tras recoger todo bajé las escaleras para poder salir silenciosamente. Aunque obviamente Vivianne me escuchó y no tardó en preguntarme hacia dónde me dirigía. – A ver a una amiga. – mentí.

– Pues más te vale no volver tarde muchacha. – sentenció asomando su cabeza fuera de la cocina… No sé si lo he dicho alguna vez pero esta mujer intimida demasiado con un cuchillo. Asentí y salí de la cafetería comenzando a caminar calle abajo para dirigirme a la playa. A los abuelos les encantan los paisajes y, ¿qué mejor vista que una playa desierta de noche? Lo bueno del invierno es que no hay muchedumbre y puedes concentrarte en la pintura sin que nadie te moleste. Mientras pasaba por un callejón me encontré con unos tipos quienes parecían bastante… Borrachos. – Emborracharse a estas horas, qué vergüenza. – dije algo fastidiada pasando al lado de aquellos chicos que ni llegaban a los dieciséis años. ¿Dónde diablos estaban sus padres para echarles una buena bronca? Fruncí un poco mis labios y pasé rápidamente al lado de ellos sin llamar demasiado la atención. “Aunque no soy quien debería decir eso…” Después de todo mis padres también estaban como locos buscándome.

De camino también pasé al lado del parque y no pude evitar pararme un momento en la entrada. Seguramente Jellal ya estaría ahí durmiendo en algún banco. Solo de pensarlo una leve sonrisa se asomó en mi rostro pero al percatarme de mi reacción un rubor notorio cubrió mis mejillas. Fruncí el ceño y me di unas cuantas palmadas sobre mi cara para luego continuar andando a una velocidad más rápida. – Él no piensa en mí de esta forma así que debería dejarlo ir de una vez… –
Llegué a la playa y caminé hasta el puerto llegando al final del muelle mientras dejaba el caballete sobre la madera. Inspiré el aire fresco del mar y acto seguido me senté en forma de indio para proceder a montar el caballete y sacar el lienzo junto con los pinceles y las pinturas. Cualquiera preguntaría cómo diablos puedo pintar en la oscuridad pero la luna siempre es suficiente para iluminar lo necesario. – Bien, manos a la obra. – aquella prometía ser una noche tranquila… Aunque claro, nunca se deben suponer cosas antes de que todo acabe.
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Re: Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

Mensaje por Anna Kyoyama el Miér Feb 03, 2016 8:04 pm

Las noches en esa época eran, a diferencia de en otras estaciones, bastante variables, con climas fríos por defecto pero acompañadas de distintos paisajes, entre las neblinas, lluvias y nevadas hacían una estación agradable y plácida para aquella rubia, quien prefería por mucho aquellos climas por sobre los cálidos, siempre que se acercaba el frío, Anna se ponía de buen humor. Aquella noche en especial, con un clima gélido pero apacible y claro, podía ver desde su balcón la luna llena acompañada de unas cuantas nubes que reflejaban su brillo, aunque no lo revelara a otros, no podía negarse el deleite que aquellas vistas significaban para ella y esa casa no era el mejor lugar para disfrutarlas.

Pronto estaba en el primer piso, tomando su abrigo para alistarse a salir –. ¿Señorita Anna? – Escuchó a sus espaldas y medio volteó para encontrarse con una adormilada Tamao frotando su ojo –. Saldré un rato, vuelve a la cama – Se explicó en tono suave aunque igualmente firme. La pelirrosa no hizo más que asentir, después de todo no iba a arriesgar su integridad física inmiscuyéndose en los asuntos de su señora, había aprendido hace tiempo que no era seguro preguntar a la rubia cosas como “a donde va” o “qué va a hacer”, ella apreciaba bastante su privacidad, después de todo.

En segundos se encontraba ya en el exterior, respirando hondo el fresco para soltar una nube de vapor que pronto se esfumó en lo que comenzaba a caminar por las ya desoladas calles de Sweet Valley. Si bien al principio transitaba sin rumbo fijo, Anna no era precisamente el tipo de persona capaz de perderse en sus pensamientos y vagar sin rumbo, era demasiado consciente de su entorno, mantenía siempre una guardia alta que no se lo permitía. Por ello, minutos después de partir, trazó su ruta hasta la playa de la ciudad y caminó a paso tranquilo hasta el lugar, usualmente evitado por los tumultos de gente sudada pero bastante agradable por estas fechas de desolación. No había caminado mucho cuando ya se aproximaba a su destino y se hacía visible el negro horizonte del mar, delineado por el brillo de la luna que parecía cubrirlo todo esa noche.

Por un minuto se perdió en el cielo y su destello mientras caminaba, cuando al bajar la mirada se encontró cercana a una desconocida pelirroja, sentada en el piso dándole la espalda, concentrada en lo que parecía una pintura a simple vista aún desde lejos. No pudo evitar la ligera curiosidad pues por el mismo brillo nocturno pudo divisar el indicio de un paisaje siendo lentamente detallado por la desconocida, a quien no prestó realmente atención, no le importaba de quién se tratase, simplemente le interesaban las pinceladas que de sus dedos salían y por ello permaneció a una distancia prudentemente cercana para observar y a la vez lo suficientemente lejos para no sentirse en una situación incómoda. Permaneció en silencio mientras los segundos se convertían en minutos disfrutando del agradable sonido del mar sin dejar de poner atención al detalle de cada pincelada.

Pasó el tiempo hasta que la pintura llegaba a su fin y Anna se acercó unos pasos más para ver con más detalle la pequeña obra, sin embargo una tabla crujió en un paso de la rubia y esto alertó de su presencia a la desconocida pelirroja, quien volteó, al parecer con la guardia en alto, para ver qué ocurría a sus espaldas –. Termina pronto, no te distraigas – Dijo en tono suave y, a pesar de su tranquilidad, demandante. Después de todo, ese era por defecto el tono principal de la ambarina, quien no esperaba más reacción que la obediencia de la ajena a su “sugerencia”.
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Re: Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

Mensaje por Serena Reagan el Dom Feb 28, 2016 2:00 am

Después de acomodar todo lo necesario para comenzar la “obra maestra”, agarré el pincel de mida grande y mezclé los colores negro y azul para proceder a llenar el lienzo con un cielo nocturno. Primero debía dibujar el fondo y luego comenzar a añadirle los detalles, así procuraba que no hubiese ninguna clase de error. Normalmente mantendría la alerta en todo momento, pero estaba tan centrada en la pintura que acabé por ensimismarme sin percatarme realmente de lo que había a mi alrededor; tanto que ni me di cuenta de la presencia ajena detrás de mi espalda.  Tan solo podía observar el paisaje enfrente de mí y mis manos trazando leves líneas del mar y algunas rocas que observaba a los lados de la playa, incluso barcos que se encontraban anclados cerca del muelle.  Una leve sonrisa se apoderaba de mis labios a medida que iba finalizando pero cuando quise darle los toques finales, escuché un crujido justo detrás de mí. Inmediatamente volteé mi cabeza tensándome por un momento, pero tras observar a una fémina bastante bajita, la pequeña alerta que sonó en mi cabeza se apagó. – Oh, solo eres una niña. – acoté sin alzar demasiado la voz para luego volver mis orbes hacia la pintura. – ¿No es peligroso que salgas tan tarde? A estas horas suele haber mucha gente molesta por lugares como la playa. – comenté a la desconocida sin dejar de mover mi mano sobre el lienzo. Realmente no era mi asunto, ni tenía intenciones de mandarla a casa… Pero no tendría más de dieciséis/diecisiete años y por desgracia ya había podido comprobar que a muchos les gustaba aprovecharse de eso.

En un par de minutos acabé de poner los detalles que faltaban y me incorporé dando unos pasos hacia atrás. Siempre se tenía que alejar un poco para observar mejor la pintura y detectar los posibles errores, aunque esta vez creo que podía estar satisfecha. – ¿Qué te parece? No es gran cosa como regalo de Navidad pero pienso que a mis abuelos les gustará. – esbocé una leve sonrisa y volví a acercarme para ponerme de rodillas enfrente del caballete. Recogí los pinceles para agacharme encima del agua y así poder lavarlos con cuidado. Luego los guardé en el estuche poniéndome otra vez en pie. – Tardará en secarse unos minutos así que de momento no podré guardarla. No pensaba tener compañía esta noche pero, ¿qué te parece dar una vuelta por aquí mientras se seca? – inquirí mirando a la rubia mientras esbozaba una leve sonrisa.

Tampoco esperaba que aceptara mi propuesta, es decir… No nos conocíamos de nada y la muchacha parecía ser algo distante. No me interesaba obligar a nadie a hacer cosas que no desean. Sin más, comencé a andar por el muelle hasta llegar a la arena. El aire era muy agradable y la tranquilidad que rodeaba toda la playa me recordaba un poco a las zonas naturales de Irlanda. Hacía mucho que no experimentaba tal tipo de nostalgia y debía admitir que me provocaba cierta sensación de tristeza. Al fin y al cabo echaba de menos mi ciudad y familia; el hecho de pensar que no pasaría las fiestas allí hacía que mi pecho se encogiera un poco, aunque claro… También estaba el asunto del matrimonio. ¿Cómo se supone que debía sentirme? Con todos estos pensamientos en mi cabeza, mi mirada se perdió en el cielo nocturno hasta que un fuerte ruido me sacó de mi ensimismamiento. Genial, mi momento de reflexión y tranquilidad parecía haber llegado a su fin.
Di un suspiro y me dirigí nuevamente hacia la rubia para avisarla de que al parecer unos adolescentes habían decidido montar una fiesta en un barco que probablemente ni era suyo. Caminé hasta el final del muelle para recoger todas mis cosas. La pintura aún seguía algo húmeda pero en el camino podría secarse. – Será mejor que vuelvas a tu casa, al parecer unos chicos decidieron organizar una fiesta y creo que se están trasladando a la playa. –
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Re: Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

Mensaje por Anna Kyoyama el Miér Jun 01, 2016 9:55 pm

Optó por ignorar los vocablos de la desconocida, rodó levemente los ojos ante su “advertencia” y siguió observando como entregaba los detalles en el lienzo. Cuando observó que la pelirroja se levantó, llegó la hora de dar un vistazo final a la improvisada obra, y la desconocida se alejó hasta ponerse a su altura para observar mejor antes de volver a hablar para pedirle su opinión –. Es un buen cuadro, será bien recibido – Indicó sin cumplido o emoción en su voz, siguiendo su posición quieta de brazos cruzados mientras miraba la pintura en lo que la contraria volvía a acercarse para guardar sus materiales. Tras un minuto más, volvió la vista a la luna, planeando seguir con su paseo nocturno hasta que la voz ajena interrumpió sus pensamientos con una sugerencia vana. Volvió lentamente la vista hacia la pelirroja, meditando la sugerencia hasta que decidió medianamente aceptar – Pues no dijo palabra alguna –, después de todo, igualmente había salido para caminar, quizás hallaba algo bueno en la nueva compañía, aunque claro, esto sólo fue un pensamiento fugaz y sin importancia pues ni bien comenzó a caminar, a paso lento y relajado, los caminos se separaron. La pelirroja seguía caminando por un lado mientras Anna permanecía medianamente cerca del muelle, acercándose al borde del agua sin llegar a pisar la arena mojada.

Hasta que la desconocida volvió a interrumpir los vagos pensamientos de la rubia con un aviso sobre una especie de fiesta en un barco, que sólo entonces la ambarina notó a la lejanía, eran bastante llamativos, por cierto –. Si tanto te preocupa, llama a la policía – Indicó sin darle mayor importancia a esto, ella lo haría si el asunto le molestara, al menos, lo hubiera hecho pues no había traído el móvil consigo en ese momento, difícilmente había cogido las llaves. De todas maneras, no le dio importancia y se quedó ya en ese lugar, mirando ahora quieta hacia el mar y la luna reflejada en este, un tanto inquieto quizás por la hora y el alza de la marea. Lastimosamente, el asunto de la fiesta sí estaba trasladándose a la playa y el ruido hacía todo cada vez menos tranquilo y más molesto así que prefería retirarse por las buenas esta vez, antes de que su buen humor se fuera al traste. Dio media vuelta y se alejó lentamente de la orilla, para ese entonces la pelirroja ya había guardado sus cosas y trataba de no maltratar el cuadro, probablemente aún húmedo. Meramente porque toparon al caminar, se fueron “juntas” hasta el borde que dividía la playa y la calle, de todas formas, debían subir las mismas escaleras.

Y entonces recordó un poco lo del regalo para los abuelos, Anna no era sentimental ni le importaban mucho las fiestas y regalos, sin embargo aprecio sí lo sentía, y este iba dirigido mayormente a la abuela Asakura, quien le había criado la mayor parte de su vida y aceptado sin importar los problemas, quizás podría enviarle un buen cuadro para la mansión Asakura, como una pequeña muestra de respeto. Claro, si encontraba algo de utilidad pues las banalidades realmente no le interesaban, ni a ella ni a la mujer que le crió. Al ir concentrada en sus pensamientos y en mirar la playa que aún no se perdía a su costado, no notó que, aparentemente, ella y la pelirroja iban en la misma dirección. Claro, por ese camino no quedaba su casa, pero ella no había ido con intenciones de volver a su casa. Notó nuevamente la presencia ajena cuando a ésta se le cayó un pincel de la bolsa y éste rodó hasta cerca de su pie. Lo miró un segundo y lo tomó, meramente porque le había agradado el cuadro que la dueña pintó, así que se acercó un poco a ella y soltó el pincel de vuelta en la bolsa que la pelirroja entreabrió entre tanto, sin decir una palabra pues le pareció innecesario. Siguieron caminando, el hecho de que la pelirroja no intentara entablar una conversación trivial hacía que su compañía, por el momento, fuera placentera, en parte porque le ayudaba a distraer sus pensamientos de algún tema desagradable.

Sin embargo, el silencio de pronto se vio interrumpido por un vulgar silbido a un costado de la calle, un poco más adelante había un callejón y el sonido parecía provenir de ahí, a ése le siguieron pronto un par de risas tontas y, tan sólo un par de pasos más adelante, pudieron divisar bien a un grupo de unos 5 o 6 sujetos, cada uno con un cigarro o algo similar en sus manos, por la oscuridad del callejón no se veía bien cuántos eran pero Anna no estaba realmente preocupada, probablemente estarían borrachos y/o drogados así que sería fácil deshacerse de sus molestas presencias, sí la hacían enfadar. Sin embargo no podía decir lo mismo de la pelirroja pues ella traía algo delicado en sus manos y cualquier contacto podría arruinar la obra, debía admitir que la idea le molestaba un poco pues no se había quedado a mirar la pintura sólo para verla ahora destruida, sensación que la hizo cambiar de lugar con la desconocida, quedando ahora la ambarina más cerca del callejón –. Ni se te ocurra desperdiciar la pintura – Ordenó en tono bajo y, aun así, demandante.

No pasó mucho más cuando ya estaban pasando casi junto al callejón y Anna pudo confirmar que eran 6, esperando poder ahorrarse la ruina de su buen humor –. Eh, preciosas, ¿Por qué no nos acompañan? A mi amigo le gustan pelirrojas – “bromeó”, causando las torpes risas de sus acompañantes. Anna le ignoró para seguir caminando, pero sintió que tomaban su muñeca para detenerla –. Aunque a mí me gustan rubias – Agregó, ya en un tono algo más siniestro, dentro de lo que le permitía su estado. La joven dama frunció el ceño y no demoró más de un momento en pisar con fuerza el pie ajeno, provocando un quejido de dolor y que le soltara la muñeca para darle rápidamente un codazo en la mejilla expuesta, de más está decir que el sujeto cayó al suelo, pero no está de más saber que a sus amigos no les gustó la acción, y sin embargo Anna simplemente dio media vuelta y siguió caminando, ya quería alejarse de esa peste.
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Re: Las noches pueden ser más frías de lo que parecen. [Priv. Anna Kyoyama]

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