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Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

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Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ryou Bakura el Jue Oct 29, 2015 6:54 am

Continuación de: Keep calm and be my lamp.

Consideraba que era una situación interesante, después de todo, no todos los días tenía el placer de vagar en la oscuridad por un museo todo lo que le plazca. Nunca se cansaba de pensar que la oscuridad agregaba un tono de misterio a todo, lo cobijaba y envolvía en las sombras. Así, incluso un sitio tan opaco como un museo repleto de pinturas y cuadros antiguos, sin vida, podía resultar una experiencia totalmente sugestiva, y vaya que lo estaba disfrutando. Incluso en una compañía tan típica como una muchacha asustada, cual fuera similar a una película de terror donde el protagonista debe de consolar a la joven. Claro que él nunca había sido apropiado para el papel de protagonista, los roles secundarios le mucho caían mejor. Ya que pocas personas se fijaban qué hacían tras bambalinas. Y de todas maneras, consolar a la chica no era su trabajo. Al contrario, admitiría abiertamente que le divirtió sacarla de los nervios hasta posiblemente hacerla lagrimear. Sin mala intención, por supuesto.

Bromeando levemente, habían quedado de acuerdo en que él tenía el trabajo de lámpara, y de asegurarse que su nueva Lady fuera capaz de llegar a salvo a la luz, antes que algún monstruo inexistente en los rincones de la habitación los devorara a ambos. Iba a ser un trabajo digno y bien remunerado con dulces, no podía decirle que no a una oferta tan tentadora como aquella. Luego de aquella plática banal, mencionar arañas, payasos y zombies, cualquier criatura que hiciera llorar a un infante asustado, salieron de la habitación hacia el pasillo, aventurándose a los horrores desconocidos de la oscuridad y la negrura absoluta que enfrentaban. El recorrido en sí era realmente simple, no estaban lejos de una escalera, y aquella era su mejor oportunidad para encontrar algún otra alma rezagada en el museo, como ellos. O un monstruo, lo que sería mucho más interesante, pero nunca tenía tanta suerte. Un destello sospechoso al final de la escalera los había incitado a bajar por la misma, escalón por escalo, paso por paso. Quizá si sonara a mitad de la habitación una pieza de piano, como Für Elise habría estado de mejor humor. Porque a esa altura, la muchacha asustadiza se aferraba a su brazo como un bulto, prácticamente rogándole no dejarla caer—. No dejaría que te resbales, antes te empujo yo —ladeó la cabeza, embozando una sonrisa de travesura junto a la ironía.

¡Por supuesto, estaba bromeando! A nadie hacía daño con una pequeña e inofensiva acotación. Aunque, claro, no hubiese tenido la necesidad de detenerse en seco a calmar por la fuerza a Celestia si ésta no se pusiera como histérica a gritar que algo la había tocado por el pasillo, eso sencillamente le era exasperante a más no poder. Fue bastante contundente con sus palabras, tal vez más brusco de lo que debió, pues a los pocos minutos de silencio después del altercado le eran perfectamente perceptibles los sollozos ahogados que la otra profería para sí misma. Rodó los ojos, y consideró una disculpa de mala gana. Eso fue, hasta convencerse a sí mismo que no le importaba demasiado, y la muchacha estaba exagerando de todas maneras. Pero de todas maneras, interrumpió su llanto al preguntar qué era aquella cosa que supuestamente la había rozado, y no contuvo la risa que le provocó escuchar que era un objeto banal como una maceta o algo así—. ¡Ja! ¿En serio? ¿Tanto escándalo por una maceta? —su tono no iba de reproche, sólo expresaba lo ridícula de la acotación. Como había dicho antes, no era su trabajo ser condescendiente. Sonrió ante el entusiasmo de su compañera por escuchar el Cuervo, incluso le fue un agrado que ella también recitara el principio del poema, no mucha gente apreciaba el trabajo de Edgar Allan Poe hoy en día—. While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping... —hizo una pequeña pausa, empezando a caminar nuevamente, y entonando más la voz, como si de un verdadero narrador de cuentos se tratara— as of some one gently rapping, rapping at my chamber door —remarcó especialmente, posiblemente con una sonrisa extensa sobre los labios, que no podía ser vista en la oscuridad.

Es, dije musitando, un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto —sin problemas cambio de idioma, sólo para presumir—, eso es todo, y nada más. Pero se escucha mucho mejor como Only this, and nothing more —ledeó la cabeza, todavía disfrutando profundamente del espectáculo. Dejando de lado todo el nerviosismo de la muchacha, era una compañía bastante agradable si no le sacaba de quicio, seguro a la luz era menos dramática. Incluso con ello en mente, no se hubiera esperado que el recorrido por la oscuridad terminara tan pronto, casi le dolía caer en la realidad que sí, era un museo después de todo, y un corte de luz podía ser arreglado con facilidad si sus funcionarios se dignaban a ser eficientes. Soltó un resoplido tan pronto como Celestia se soltó de su brazo para correr, literalmente, hacia la luz—. Cuidado, todavía puedes caer y romperte algo —le advirtió, con una sonrisa siniestra. Pero que fue rápidamente opacada por la luz, las personas y el aparente maestro de instituto que le hablaba a la chica. Aunque le pareció divertida la situación, su auto-bús había partido sin ella, debía tener muy mala suerte para algo así—. ¿Así que ibas en una excursión escolar? Espero lo hayas disfrutado con los payasos y las arañas —se burló sutilmente, mirándola de frente por primera vez a la luz. No le sorprendía que su apariencia sí se asemejaba a la de una persona más joven, por el tamaño y los ojos grandes—. ¿Le quieres invitar comida a un extraño que te hizo llorar? Si tú quieres —se encogió de hombros, luego de actuar ligeramente sorprendido—. No voy a comentar que esa actitud se me hace un poco masoquista, pero como sea, quiero los bollos de crema que me prometieron en el contrato —dramatizó, cruzándose de brazos y fingiendo una actitud exigente.

Todavía quedaba tiempo de tarde, y estaba lejos de anochecer. Eso quería decir que podían dirigirse al sector comercial de alimentos sin problema alguno—. ¿Y bien? ¿Tienes alguna recomendación especial o iremos a cualquier cafetería? —interrogó, justo al momento en que salían ambos por la puerta principal del museo, que posiblemente estaría cerrado al público hasta que arreglaran el desperfecto y no les dejarían permanecer allí porque sí. Se detuvieron a la entrada, como tomándose el momento de observar el panorama, y el contraste con lo que acaban de vivir—. Por el contrario, ¿no te parece que todo lo que hay a la luz es aburrido? Típico, común... —suspiró, haciendo el comentario en voz alta sin querer evitarlo. A veces tenía la costumbre de hablar solo con gente alrededor, si es que eso tenía sentido.
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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Dom Dic 06, 2015 10:26 am

Definitivamente aquella no era una de las mejores situaciones en la que estaba envuelta. Primeramente se había perdido, alejado de todos sus compañeros y profesores, estaba sola en frío lugar siendo inspeccionada por esas frías miradas de las estatuas y cuadros y, cuando había decidió que eso ya no importaba tanto, porque al fin y al cabo se iba a encontrar con ellos en algún punto, la completa ceguera artificial llegó para hacer sus peores pesadillas cobrar vida en su mente imaginativa. Oh, ella realmente temía de las oscuridad, por mucho tiempo fue uno de sus temores más fuertes, y ahora acababa de darse cuenta que seguía calándose en sus huesos para perforar por completo su quietud y partir a la mitad su poca confianza. Pero quizá afortunadamente tenía la compañía del muchacho que servía como guía, ¿verdad? Bueno, el sacarla aún más de su zona de confort no era precisamente lo que ella llamaba ayuda, pero era lo único que tenía y se aferraría a él hasta que sus ojos fueran capares de ver. Desearía que estuviera Kaneki allí, porque seguramente él la calmaría mejor, lastimosamente aquello era casi imposible.

Y de todas formas tenían un acuerdo: él la ayudaría, a ella, a su nueva Lady, a pasar entre todas esas horripilantes bestias que seguramente se ocultaban el los rincones del manto negro mientras que ella le daría como una muestra de su gratitud los dulces que él quisiera, sonaba como algo bastante justo, ¿verdad? Y con aquella promesa ambos se encaminaron fuera de la –suponía– gran habitación encargada de esconder todo aquello a lo que le tenía miedo. Por supuesto que el pasillo estaba un poco más iluminado, pero aun así no veía para nada bien, por eso temía bajar por esa escalera que la llevaría a su desesperación, porque estaba claro que en cualquier lugar donde los destellos eran sospechosos nunca traían paz a la muchacha. Incuso bajó a regañadientes, ¿acaso ella bajaría por voluntad propia? Por supuesto que no, y quizá sólo lo hacía porque Bakura era su única compañía y si se quedaba allí arriba ella sola, moriría comida por todo monstruo. Su única salida para olvidar temporalmente que bajaba hacia su perdición fue apretarse aún más al brazo ajeno—. ¡Qué malvado! ¿Por qué quieres que muera? ¡Eso no es nada lindo! —quizá era porque estaba demasiado nerviosa, pero fue incapaz de notar la ironía y la sorna en la voz del ajeno y se había tomado muy a pecho aquello; en otra ocasión le causaría risa la imagen de ella siendo empujada con el fin de que ella misma no se hiciera daño.

Y definitivamente eran los nervios lo que la comandaban en ese momento, porque de no ser así estaba segura de que reaccionaría de una manera diferente: por supuesto que como siempre ella se asustaría, porque tenía un sentido muy bajo de valentía, pero no hubiera gritado como si el mundo se acabase, no, seguramente habría tratado de reír de ella misma ante la situación: pero ahora todo estaba oscuro y ella no era una criatura de la noche, siempre había preferido el día, la iluminación, donde las cosas se veían. Y sentir, dentro de la oscuridad, que algo rozaba sus muslos definitivamente no era para nada placentero a su perspectiva. En cambio, reaccionó de la peor manera, gritó y gritó tanto como pudo y se abrazó al ajeno, aunque se había soltado de él hace sólo unos instantes ya se encontraba de nuevo buscando “protección” y cuando las palabras duras de Bakura llegaron a ella no pudo evitar quedarse callada y llorar lo más silenciosamente que pudo—. ¡No! No estoy segura, sólo es una hipótesis, pero no quiero volver a ver… Lo siento —dijo al fin. Había encontrado el valor y el momento justo donde sus hipidos no la molestaran y pudo hablar claramente y disculparse como ella quería. Sin embargo, dejó aquello atrás y se concentró más que nada en recitar correctamente El Cuervo, se lo habían enseñado en la escuela, hace mucho tiempo, y por eso no estaba segura si era así o no. Sonrió con complacencia cuando el muchacho no le dijo nada sino más bien siguió recitando en inglés lo que seguía luego de su oración corta—. En lindo en cualquier idioma, aunque, sólo lo conozco bien en inglés —se lamentó, porque si bien podía controlar muy bien el francés no estaría segura de qué palabras correctas irían en el poema y nunca tuvo el interés de aprenderlas en sí.

Era bastante ameno el escenario que se había formado prácticamente de la nada, pasar de un humor a otro era curioso, pero ella no se quejaría de eso, acostumbrara a adaptarse drásticamente a las situaciones y no estaría llorando mientras escucharía tal poema ser recitado. Lamentablemente, o quizá, afortunadamente la cortina negra que envolvía sus ojos tuvo que ser desmantelada y la luz se hizo presente ante ellos, ante los de seguridad, la recepcionista y ante su profesor. La emoción de haber salido de sus peores pesadillas la inundó tanto que ni siquiera prestó atención suficiente al comentario que el muchacho le entregaba: ya no le preocupaba que hubieran payasos, porque la luz seguro los ahuyentaban y las arañas se veían con facilidad y los demás podrían matarlas. Aun así, se sintió un poco desilusionada de que sus compañeros se fueran sin ella, no obstante de todas formas tenía tiempo para ir por dulces—. No es masoquista, ¡es tu paga! Tú me ayudaste y yo te devuelvo el favor con dulces. —lo miró bien por primera vez, se sorprendió entonces de lo alto que era, aunque ya debería estar acostumbrada a eso y que su cabello era tan níveo como el de Kaneki pero extrañamente mucho más largo, incluso podía jurar que más que el de ella. Además, ¿quién no disfruta de un dulce luego de pasar una situación tan horrorosa? —interrogó, casi con retórica, porque era casi seguro que cuando alguien tenía una mala experiencia lo primero que hacía era ir por un dulce para mejorar la situación, al menos, así era en su casi.

Conozco muchas, ¡podemos ir a una cafetería que se especializa en dulces únicamente! —alardeó cuando pararon en medio del camino. Era cierto, Celestia podía alegrarse con el simple hecho de saber que ella conocía la mayoría de las cafeterías del barrio, porque pasaba horas en ella, más que en su propia casa. Esos lugares llamaban poderosamente su atención y sería como una deshonra no conocerlos a todos teniendo tal afición—. Es posible… —casi le dio la razón—. Pero… Yo no podía vivir sin mis ojos, no podría vivir sin ver nada, ¿no te da miedo que en la oscuridad cualquier cosa puede traicionarte? Nada es verdadero y sólo tienes que confiar en ti mismo cuando todo está oscuro —la frase sonaba casi poética, aún más por el tono empleado por la muchacha de cabellos negros que sonaba melancólico, como si hubiera tenido una mala experiencia con la oscuridad. Si bien era cierto que algo como aquello no había sucedido, Celestia era una persona desconfiada y más que los monstruos le daba miedo lo que ella no podía ver, lo que se perdería y lo que ya no vería—. ¡Pero eso no importa! Hay que olvidarse del museo e ir por dulces, ¡sí! Las fresas harán que todo esté mejor —entonces, emprendió su camino con determinación, creyendo casi como una verdad que las frutillas ayudarían a olvidar todo el mal.

Y cuando Bakura se puso a su lado y pudo observarlo con más detenimiento le entraron imperiosas ganas de preguntar. Ya se había acostumbrado al tamaño del menor, y por dentro se sentía como una niña de jardín aunque ella fuera mayor que el albino, y lo que le carcomía la curiosidad era otra cosa demasiado distinta a eso—. Bakura… —dejó salir quedo, muy débil, como si la pregunta no quisiera salir. Pero tomó valor y apuntando con su dedo índice y sin siquiera a estar demasiado cerca de tocar su cabeza preguntó—: ¿Qué clase de shampoo usas para tu cabello? ¡Se ve muy suave y muy largo, además… ¿Ese color es natural? ¡Porque conozco personas que lo tiñen pero el tuyo es muy verdadero! —dejó salir su emoción. Hablar de cosméticos con un muchacho casi desconocido dejando atrás a un museo sin luz y una situación horrenda no era exactamente lo que esperaba para ese día.

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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ryou Bakura el Jue Dic 24, 2015 5:59 am

Suponía que quizá debiera agregar aquella visita al museo en su lista de excursiones interesantes, aunque en esa ocasión no hubiera nada verdaderamente valioso que escabullirse para ver, sino al contrario, la idea era salir de allí, y sólo se lograría una vez su compañera y él lograran trazar el camino correcto para llegar a la salida, recepción o alguna sala de los pisos inferiores donde de seguro andaría un guardia rondando. Aunque se sentía un poco decepcionado, iba a admitir que la actuación de ambos frente a las sombras era tan diferente que hasta debiese resultar en una escena divertida que plasmar en un cuento, que no le importaría leer, incluso si no se trataba de uno de terror. Porque la otra parecía temer que algo los estuviera cazando en la oscuridad, o les saltara encima apenas se asomaran por el pasillo, mientras, él estaba prácticamente deseando que algo así sucediera. Sólo para compensar, se había permitido incordiar a Celestia con la mención de payasos y arañas, aunque sus criaturas favoritas siempre eran los zombies. Es que... era demasiado fácil, no podía resistir a la tentación de reírse a sus expensas, parecía que hasta la chica lo hiciera a propósito.

Sin embargo, mayormente estaba disfrutando de la velada, aunque probablemente nadie aparte de él mismo lo estaba viendo de esa manera. La idea de cruzar todo un museo en completa oscuridad era lo que llamaría divertida, lo suficiente para mantenerlo de buen humor, y quizá fuera el motivo por el cual sus burlas no tan sutiles hacia la muchacha se incrementaron. Sea porque no pudiera evitarlo, o efectivamente, no quería. Le gustaba disfrutar de la ilusión de noche que dejaba la oscuridad, incluso si fuera de esas paredes la luz quemaba las pupilas de todos aquellos expuestos a ella. Debieron bajar a la planta baja, y sólo entonces, empezó a encontrar ciertamente molesta la cobardía de su temporal compañera. Porque él no era niñera de nadie, menos de un bebé llorón, y rápidamente tal actitud empezó a fastidiarle—. Por supuesto que no es nada lindo. ¿Crees que me importa? —le replicó, con una entonación altiva que tal vez estaba fuera de lugar. Tampoco era su intención ser innecesariamente brusco, al menos, hasta que después de dejar de llorar por bajar los escalones, Celestia se aferró a su brazo gritando de forma literal, como una histérica. Empezaría a creer que quizá era él quien tenía un desprecio irracional hacia las mujeres histéricas, ya que resultaba evidente que sus palabras, soltadas con brusquedad, hacían hecho sollozar en silencio a la muchacha minutos después, cuando sus pasos silenciosos eran todo lo que se escuchaba.

Rodó los ojos al escucharla hablar, y relatarle que posiblemente se había tratado de algo totalmente banal, como una maceta, lo que la rozó e hizo aullar como demente. Incluso Celestia se disculpó, con la voz ligeramente teñida con llanto aún. Aquello le pareció ridículo, un tanto por parte de su compañera como de la suya propia por el teatro absurdo que ejecutaban: la había hecho llorar, y luego ella se disculpaba con él. Sonaba perfectamente lógico. Hizo lo que mejor sabía hacer, y dejó de darle importancia, en cambio, relatar en voz alta algo de Edgar Allan Poe siempre resultaba extremadamente satisfactorio para su persona. En la sala desierta de un museo en oscuridad, incluso mucho mejor, ya que El Cuervo era de sus relatos favoritos—. El inglés es el idioma original, merece todo el crédito —acotó, con cierto deje de solemnidad amigable, aunque un poco crítico. Después de todo, existían variadas traducciones a tal poema que sencillamente no terminaban de agradarle, aunque era un asunto meramente de los gustos algo quisquillosos que poseía, al menos para cosas así. Por lo menos, el breve relato era suficiente para calmar los ánimos y regresar al ambiente ameno, sin comentario mordaces ni llantos innecesarios. Él lo interpretaría como una especie de tregua, pero dado que Celestia no había dado ni siquiera una sola respuesta hostil hacía él, no podía ser considerado el término.

Pronto se vieron libres de la oscuridad, aproximándose lo suficiente a la salida junto a los funcionarios públicos y el maestro de la muchacha. Por supuesto, el cambio no podía resultar del todo agradable, primero porque sus ojos sufrieron ser apuñalados por la luz repentina cuando en la oscuridad se encontraba tan a gusto, habiéndose acostumbrado a ésta por los últimos veinte minutos anteriores. Lo segundo, que todo volvía a parecerle aburrido, inmediatamente la sala del museo perdió su encanto cuando fue capaz de distinguir todas las pinturas en las paredes y las figuras esculpidas. En ese momento soltó un suspiro, porque no tenía nada más que hacer allí, y su presencia no era necesaria ni para escoltar a una dama ni para servirle de lámpara a ésta. Lo que era un poco decepcionante, pero podría reponerse a la perfección apenas probara algún bocado dulce, como era su antojo. Incluso con esa línea de pensamiento, no dejó de parecerle peculiar que la otra insistiera en invitarle a comer, reclamando que no se trataba de masoquismo (como él ironizó), sino que era la paga por sus servicios—. Bien, no voy a discutir eso. Pero más te vale que los dulces valgan la pena —advirtió, cruzado de brazos, y dedicándole nuevamente una inspección sutil con los ojos: posiblemente en el futuro se reiría del hecho que esa niña fuera en verdad mayor que él. Su tamaño y su apariencia no concordaban con la visión que tendría de alguien de veinte años.

¿Situación horrorosa? —repitió, a modo dramático, alzando una ceja al tiempo que nuevamente una sonrisa de travesura se instalaba en sus facciones, ya que estaba consciente que tan sólo se trataba de un cuestionamiento retórico—. Pero yo lo disfruté mucho. ¿Tú no? ¿Acaso fui una mala compañía? —interrogó, incluso con pena falta tiñendo su voz, inclinándose ligeramente hacia adelante en actitud de humildad. Por supuesto, estaba jugando con ella. Y la única ventaja de la luz era que sus ademanes corporales eran perfectamente visibles ahora. Se encontraban ya dirigiéndose a la salida, despidiéndose del museo y la oscuridad que todavía se cernía sobre las salas hasta que arreglaran el desperfecto, pero que ninguno de ellos sería capaz de disfrutar. Una lástima—. ¿Acaso tienes tanto tiempo libre? —volvió a bromear, aunque en esta ocasión el comentario no estaba acompañado de algún deje mordaz, sino incluso cierta simpatía, pues la exclamación de la otra le hizo reír levemente. Aunque debía decir, era un extraño momento para filosofar en medio de la calle, y con todas las luces cubriéndolos. No era romántico ni ameno para discutir un tema, así que se limitó a suspirar, como si no hubiese sido él quien colocó el tópico—. La oscuridad no siempre es negrura absoluta. ¿No prefieres más la noche que el día? La noche siempre guarda secretos, los cobija, incluso si se trata de monstruos... —soltó la última frase, medio bromeando, aunque también tenía la intención de ser anecdótico: la oscuridad nunca discriminaba, no importa de quién se tratase.

Y continuaron el camino, con Celestia guiándolo, ya que era quien debía darle su "recompensa"—. ¿Frutillas? Prefiero bollos de crema —se encogió de hombros, como un acto totalmente banal. Las frutillas resultaban un tanto ácidas, y los bollos de crema eran deliciosamente empalagosos, otro contraste divertido. Se giró a observarla apenas escuchó su nombre, en un tono tan bajo que apenas era capaz de escuchar por sobre el bullicio externo de la ciudad, y aunque primero su expresión era de curiosidad leve, pronto se trasformó en una de desconcierto parcialmente justificable. Sí, estaba acostumbrado a que las personas se fijaran en su cabello, mucho. Pero hasta ese momento, nadie le había preguntado qué clase de productos ocupaba para el mismo—. Pues... no tengo idea, algún shampoo  estándar —ya que no lo consideraba un detalle relevante en su vida, nunca se tomó la molestia de memorizar un nombre o marca específica, eso solía ser cosas de mujeres, aunque muchos le alegaran que su cabello era tan largo como el de una fémina, no era el punto—. Es natural, muchas gracias —se cruzó de brazos, casi con actitud ofendida. Aunque no ocultó una sonrisa divertida, antes de agregar—. Y efectivamente, es muy suave, ¿quieres tocar? —ofreció, sin evitar una carcajada pequeña. Porque era sencillamente gracioso, mucha gente había tocado su cabello, casi como si fuera un gato que acariciar, y sería la primera vez que él se ofreciera a ello antes de que la persona sencillamente lo hiciera.

¿Y bien? ¿Qué tal lejos queda tal cafetería que se especializa en dulces únicamente? —preguntó de repente, ironizando con el tono de voz al imitar las palabras exactas de su interlocutora hace un momento. Su respuesta fue un ademán de dedo por parte de la otra, asegurándo que ya casi estaban allí. Guardado su impaciencia, aceptó la acotación en silencio; aunque no pudo más que romper tal con una carcajada quizá un poco estridente cuando se distinguió a la distancia el cartel de "Cerrado" frente a la puerta de su destino, cuando prácticamente estaban a metros de llegar—. Un museo, una cafetería, ¿eres una persona que tiene mala suerte tan amenudo? —cuestionó, con inocencia fingida, sin ocultar toda la gracia que le hacía la situación. Sólo se estaba riendo a sus expensas, aprovechando la ocasión—. Pero no importa, conoces otros lugares, ¿cierto? —volvió a preguntar, con cierto toque de malicia, tal cual como si se tratara de una amenaza encubierta.
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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Jue Feb 04, 2016 6:36 am

Cuando ingresó al museo esa tarde no se esperó por nada del mundo todos los acontecimientos que fueron ocurriendo en el transcurso del día. Era ya bastante normal el que se perdiera, eso había sido lo de menos, incluso pensó que podría encontrar a todo el grupo de su clase si se esforzaba un poco en recordar o razonar por dónde podrían haberse ido (no pudo encontrarlos cuando subió las escaleras, de todas formas), sin embargo,  lo que menos pensó o esperó, fue el corte repentino de luz en todo el museo. Ella hubiera deseado encontrarse en otro punto del museo cuando la luz se fue, pero estaba estancada en medio de una sala sin ventanas y totalmente sola. Tuvo suerte de encontrar al muchacho llamado Bakura a un par de metros de ella. Y si se ponía a razonarlo con la cabeza fría ahora, moriría de vergüenza porque ella simplemente se pegó a su brazo como si fueran amigos de toda la vida, rogando que no la deje por nada del mundo y es que ella estaba segura de que los payasos se la comerían. ¿Haría falta mencionar que a pesar de que él aceptó con buena predisposición las cosas se habían vuelto en su contra de alguna forma? Porque ella no suponía que su tortura leve con sus miedos fuera catalogada como un buen auxilio, tampoco lo era el ser duro con ella cuando había sobre reaccionado por el temor de lo desconocido. Aun así, Celestia no podía evitar estar agradecida con él de todas formas, sin él hasta podía verse a ella misma llorando en un rincón de esa habitación.

La luz se hizo frente a ellos de nuevo tras largos minutos de tortuosa oscuridad, y de repente Celestia se sintió peor que cuando Bakura jugaba con su inocente terror a la oscuridad: todos sus compañeros se fueron sin esperarla a ella, y tampoco parecía que la buscaban con mucha vehemencia. Pero, ¿acaso eso importaba ahora? Realmente no era muy significativo, al fin se encontraba en un lugar seguro donde nada podría atacarla más que los comentarios mordaces del albino y eso era lo principal. Celestia no dudó ni un segundo en invitarlo por unos dulces, después de todo, así había sido el trato: él la ayudaba, ella pagaba, y le restaba interés al hecho de que su compañero estaba alegando que era una masoquista por invitarlo, ¿es que él se había dado cuenta que no era precisamente amable? —. ¡Descuida! Iremos a una de las mejores cafeterías, sus postres allí son los mejores, no puedo pagarte con cualquier cosa, ¿verdad? —y ella también se daría el gusto de disfrutar de alguna tarta y un café, era todo lo que necesitaba. Sin darse cuenta se vio en la situación de que no sabía qué responder realmente: ¿tendría que repetir en voz alta que estaba agradecida por su ayuda pero ella realmente no la había pasado de maravilla? No, Celestia ni siquiera podría decirlo aunque quisiera, eso no era propio de ella—. Oh, es que cualquier situación que implique estar en la completa oscuridad no es realmente una situación que vea como placentera —bien, le gustaba esa razón, porque tampoco estaba mintiendo.

O-oh, bueno, sí… Me gustan las cafeterías… Mucho —el simple olor a café siempre le había traído un poco de paz. Las cafeterías imperecederamente habían sido los lugares más parecidos a su viejo hogar: acogedor, pintoresco, usualmente lleno de personas charlando y riendo de cosas banales que poco le importaban pero a los ajenos les parecían las cosas más importantes del mundo. No era como si se quejara de su no-tan-nueva casa, ya estaba acostumbrada, pero no podía evitar pensar que inevitablemente faltarían cosas importantes en ella. No obstante eso pasó a segundo plano y el tópico se centró en sobre-analizar los diferentes puntos de vista que cada uno tenía acerca de la lobreguez. Celestia no tenía la intención de ser descortés, ni de discutir interminablemente acerca del tema, pero para los ojos de la inglesa la oscuridad nunca cabría entre sus cosas preferidas, ni siquiera en las que consideraba insustanciales: no estaba de más reiterar que la muchacha tenía nervios de papel y el corazón más lleno de miedos que de valentía—. ¡En la noche siempre ocurren cosas interesantes, lo sé! Pero… El azar nunca está de mi lado cuando hablamos de la oscuridad —comentó, como recordando las veces en las que ella había tenido mala suerte, tanta que hasta habían hechos que cambiaron su vida—. Y mi intención no es que un monstruo me coma —bromeó, con un deje de verdad en la voz. Suponía, muy en el fondo, que hasta los amantes de lo oculto no tenían intenciones de morir en las fauces de algún ser de viejos cuentos de terror.

Era ya de por sí bastante usual que nadie concordara con ella en cuanto a su pasión acerca de las frutillas, la gente constantemente le alegaba que existían cosas mucho mejores que una fruta pequeña y roja (justo como ella) pero en esta ocasión era más hilarante teniendo en cuenta las grandes diferencias que existían entre ellos dos, hasta parecía gracioso que, hasta ese punto, se hubiesen mantenido juntos. Sólo fue capaz de soltar una risa pequeña antes de que la duda la atacara. No sabía si preguntar, si sería de mala educación o no, pero no podía evitar pensar que ese cabello no era algo que haya visto antes, tan… esponjoso. Finalmente se armó de valor e interrogó con bochorno en la voz, y se sintió como si fuera terriblemente traicionada cuando escuchó la respuesta—. ¿E-es en serio…? —definitivamente le estaba mintiendo, no podía ser un shampoo estándar cuando tenía el cabello como si ciertamente lo cuidara como oro, seguro que no quería compartir sus secretos con alguien como ella, y lo entendía—. ¡Eso es imposible! ¡Tienes que estar mintiendo! —protestó sorprendida—. E incluso es natural, ¡eso es tan genial! —Celestia no iba a negar que siempre le habían llamado la atención las personas albinas, aunque ciertamente conocía muy pocas, una, para ser específica, si no contaba al muchacho de ojo parchado aunque tenía el cabello blanco no era para nada comparado con el cabello de Bakura—. ¿Puedo…? ¡¿En serio?! —la muchacha parecía un niño en una juguetería: emocionada como si le hubiesen comprado su juguete preferido.

Paró en seco, y levantó la mano con duda, quizá con algo de terror, asustada de que si llegaba a hacer un movimiento brusco él reaccionara como un furioso gato enojado. Razonó que después de todo él le había dado permiso, y que no haría daño: no era nada más que tocar su cabello. Cuando se decidió se dio cuenta que tenía ya en la mano un mechón de cabello y ciertamente era como si estuviera tocando seda, seda esponjosa—. Es tan suave… —declaró, embelesada. Pero el toque no fue más que un segundo, sentía como si estuviera haciendo algo malo y no pudo evitar retirar la mano con vergüenza notable. Fue casi como una pizca de suerte que el destino no estuviera más que a la vuelta de la esquina, literalmente y no tuvo que hacer más que señalar con el dedo, porque era incapaz de decir algo, si hablaba seguro la voz le saldría entrecortada. Y el bochorno o cualquier tipo de vergüenza que pudo sentir se esfumó con rapidez. La risa a su espalda que llenaba toda la calle y le inundaba los oídos sumado al cartel con grandes letras que indicaba que el lugar no se encontraba disponible fueron suficientes para que se sintiera sólo un poco molesta—. Esto tiene que ser una broma… —no podía ser posible que los acontecimientos desafortunados cayeran únicamente en su camino, y es que hasta parecía que inconscientemente ella los recogía como manzanas caídas del árbol, cuando ella simplemente quería de olvidarse de lo ocurrido quizá una hora atrás. Definitivamente estaba sólo un poco molesta.

Creo que hoy no es mi día… —rio levemente. ¿Dejaría que su molestia fuera evidente? Por supuesto que no. Y es que no había caso en enojarse o gritar si nadie tenía la culpa allí, simplemente eran eventos desdichados que les tocaba vivir—. Aunque, si está cerrado no podré comprarte tus bollos de crema, ¡no deberías reír de eso! —probablemente a Bakura le importaba demasiado poco si Celestia le compraba o no los dulces, pero aun así, Celestia sentía que le debía algo, y ella misma había dicho que conocía varias cafeterías, no sería problema alguno—. Lamento pegarte la mala suerte Bakura, aunque two in distress make sorrow less —pronunció, como solía escuchar a las personas mayores cuando vivía en Inglaterra. La pregunta sonó como amenaza e instintivamente Celestia comenzó a ubicar las cafeterías que tenía más cerca: no había ninguna que se especializara en dulces—. Hay otra a una o dos cuadras —declaró. La caminata fue realmente corta y muy silenciosa, los pasos del albino eran el eco de los suyos y antes de que pudiera sacar otro tema de conversación ya habían llegado—. Espero que aquí tengan bollos de crema… —susurró más para ella misma. Esta ocasión tuvo la particularidad de que Celestia le ordenó al muchacho que se sentara mientras ella pedía las cosas en el mostrador principal, después de todo: sus órdenes estaban decididas desde antes de entrar al local.

¿No venden… Bollos de crema…? —sintió terror helándole la sangre. Eso tenía que ser una jodida broma, y esperaba que pronto salieran las personas con las cámaras a decirle que todo era parte de un reality show y que incluso Bakura era un actor. Lamentablemente eso era la vida real y debía enfrentarse al chico de mirada ruda una vez que llegó a la mesa. Se sentó, en silencio, uno bastante extraño y después de suspirar varías veces soltó—: ¡Lo siento, lo siento, lo siento! —seguro que se llevó miradas extrañas de las demás personas en el lugar, hasta de Bakura, porque la voz se le alzó sin querer—. Aquí… No venden bollos de crema… ¡Por favor, puedo comprarte otra cosa! —casi rogó, sonando bastante patética y desesperada: es que ella ya no se le ocurría otro lugar que quedara a metros y dudaba que el menor quisiera caminar más de lo que ya habían hecho.
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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ryou Bakura el Miér Mar 02, 2016 10:34 am

Nunca faltaban sucesos peculiares en su vida, y podía apostar su humilde colección de naipes ingleses a que aquélla vez no sería diferente. La buena noticia, es que sabía apreciar adecuadamente cada ocasión cuando tenía oportunidad, y era un hecho: había disfrutado profundamente cada minuto que pasaron recorriendo la oscuridad absoluta de los salones. Imaginando seres inexistentes ocultos en los rincones y hablando tanto de arañas como payasos, ¿cómo podría no disfrutarlo? Quizá resultaba que su dicha era directamente proporcional a la angustia de su pequeña acompañante, y pensarlo de esa manera no hacía más que volver más hilarante toda la escena en su cabeza. Porque se supone que era una ayuda, tal vez fue el peor candidato para ello, pero reconociendo rápidamente el pavor que tenía Celestia por la oscuridad, se sentía como que había sido mucho mejor que nada. Se preguntaba cuánto tiempo podría haber estado la ajena sollozando en un rincón oscuro hasta que alguien la encontrara o volviese la luz. La idea le hacía reír, por supuesto, pero resultaría de mala educación siquiera mencionar que ya tenía una imagen mental de ella como una cobarde sin remedio. Que efectivamente, lo era. Pero él no tenía por qué mencionarlo.

Salieron a la luz, y de inmediato se sintió como que la diversión había terminado. No sólo porque ya no estaban cubiertos por las sombras a las que era tan aficionado, sino porque perdía algo de gracia atormentar a la otra muchacha con peligros inexistentes de esa manera. Al parecer su presencia allí se debía solamente a una excursión escolar, se trataba de una cosa muy aburrida. Incluso una visita al museo improvisada o por simple desesperación al aburrimiento eran mejor que una visita obligatoria y guiada. Pero, nuevamente dejando sus pequeñas quejas mentales de lado, pronto había surgido la ocasión de ir juntos a una cafetería a merendar. Que resultaba ridículo a estas alturas, con una compañía como él; hubiera pensado que la chica prefería largarse directamente a casa y dormir con la luz encendida las siguientes cinco noches, o algo por el estilo. Pero no, allí estaba tranquilamente insistiendo en pasar más tiempo de calidad con su persona, además de invitarle un postre. ¿Había manera en que se negara? No podía desaprovechar la oportunidad, no le importaba cuánto masoquismo o no había en las acciones ajenas: no veía nada de malo en un bollo de crema gratis, para variar—. Ciertamente, no, no puedes. Una lámpara como yo se merece sólo lo mejor en calidad —se cruzó de brazos, con una sonrisa amplia deslizándose por las comisuras de su boca, sin rastro alguno de humildad. Si ambos disfrutaban de los dulces, mucho mejor. Incluso podría valerse para una plática interesante a futuro.

A excepción de su pequeña discrepancia respecto al tema de la oscuridad: resultaba más que evidente que a la otra no le entusiasmaban las sombras. ¿Para qué estaba insistiendo? Tal vez para llevarle la contraria y el simple placer de dejarla en un borde otra vez—. Al menos es una buena excusa —se burló, sin desaparecer la sonrisa de sus labios como era habitual, siguiendo el papel de quien se hace el ofendido respecto a un tema. De forma personal, no pasaba mucho tiempo de su vida en cafeterías, ni le interesaba demasiado, seguro iba más seguido al cementerio por las noches que a por un café a mediodía. Últimamente, eran incluso menos las ocasiones en que pasaba a comprar sus dulces favoritos—. ¿Y a qué exactamente vas? ¿Te quedas dos horas leyendo un libro junto a una taza de café? —ironizó, todavía sin el humor mordaz característico. Porque aquello se veía como un escenario complemente factible, y no le extrañaría que fuera del gusto pintoresco de su pequeña y menuda compañera. Tampoco tenía de malo, como tenía nada de emocionante. Verse envueltos por la repentina luz solar de las calles quitaba el poco toque lúgubre que quedaba en el lugar, lo consideraba casi una lástima. Podía encogerse de hombros y dar el tema por zanjado, pues al menos la otra había admitido que tenía algo de razón—. No te preocupes porque un monstruo te coma, eres tan pequeña y delgada que te usarían en su lugar como un mondadientes —fingió tratarse de una expresión de consuelo, aunque sus palabras eran todo menos amables, remarcado ciertas apelativos con malicia. No podían pedirle más.

Podía considerar que su cabello podría ser un excelente tópico de conversación para agendarlo en un futuro, dado que su cabello blanco y mullido cual gatito en lavadora tenía la particularidad de llamar bastante la atención con personas que acababa de conocer, especialmente a las mujeres les parecía interesante, y no podía negar que le gustaba de alguna manera esa atención extra, se había convertido en lo suficientemente egocéntrico para disfrutarla. Sin embargo, podía dar fe de que Celestia se trataba de la primera persona en cuestionarle por el producto cosmético, y entonces no tenía una respuesta contundente ni ingeniosa, porque ni siquiera recordaba el nombre de la marque y la broma de "L'Oreal, porque yo lo valgo" la había usado ya en una ocasión anterior—. No, en broma —rodó los ojos con fastidio, y se preguntó cuánto tiempo le tomaría a su interlocutora para discernir que se trataba de sarcasmo bastante obvio. Ojalá no demasiado, porque no tenía muchas ganas de gastar saliva—. Lo sé, evidentemente este es el mejor cabello que verás alguna vez en tu vida —continuó con el mismo tono de voz, completamente divertido por la forma en que la muchacha le daba tanto importancia a algo tan banal para él: era sólo cabello, después de todo. Incluso si se trataba de su cabello, y sí, era fabuloso en todos los sentidos.

No le dirigió más que otra mirada de molestia a su compañera cuando preguntó, nuevamente, si era serio respecto a sus palabras. La verdad, muy pocas veces lo era, pero aquella no era la ocasión y consideraba fastidioso que se lo pasara cuestionándolo—. Vamos, que no te voy a morder —comentó en voz alta, cuando la otra pasó demasiados segundos con la mano alzada en su dirección sin tocarlo, dubitativa—. Muy fuerte —no pudo evitar agregar, con un tono bajo y la sonrisa ladina. ¿Acaso eso contaba como coqueteo? Podía ser, realmente no le molestaba. Celestia era linda de todas maneras, pero chillaba como un ratón asustado, eso quitaba puntos del atractivo. Nuevamente podía comprobar que su cabello encantador al escuchar a la otra murmurar en voz baja lo suave que se sentía acariciarlo. Quizá esa era la clase de atención que los gatos recibían a diario y la razón por la que eran tan ariscos con extraños, no lo sabía. La buena noticia es que la muchacha no abusó del momento, y rápidamente había soltado el mechón tan pronto terminó de admirar su contextura. Más pronto de lo imaginado habían llegado a la cafetería, y no podía si no resultar una gran mala suerte que se encontrara precisamente cerrada en ese momento. Tuvo ganas de reír fuerte, que evidentemente no se molestó en retener—. No, no es una broma. Yo veo el letrero bastante sólido en la puerta —comentó, obviamente sólo para regocijarse un poco más en la desgracia ajena. Sólo le causaba algo más de gracia el hecho que tratara de aparentar no estar molesta cuando, evidentemente, el infortunio empezaba a fastidarla. Cuán adorable criatura resultaba.

No me preocupa que me pegues la mala suerte, seguro se irá contigo cuando me vaya —se jactó con simplicidad casi cuestionable, sonriendo con demasiada festividad para una situación que supuestamente también debería afectarlo. No resultaba, porque estaba demasiado feliz con la mala suerte ajena para preocuparse por la propia. Le complació que fuera obediente y rápidamente recogiera su falsa amenaza, empezando de inmediato a buscar otras cafeterías cercanas a ésta. No pasaron más de dos cuadras de recorrido cuando se hallaron nuevamente frente a un local de la categoría, y esta vez, no había letreros o algo que les impidiera el ingreso al consumismo. Dejó todo en manos de la muchacha de baja estatura, yéndose a sentar en algún lugar aleatorio del sitio bajo la promesa de los bollos de crema que tanto tiempo llevaba esperando. Era justo, ¿no? Aunque todo no era más que una especie de broma interna para él, no podía mentir diciendo que estaba extrañado cuando Celestia regresó, con horror escrito en el rostro, a decirle que no vendían de aquellos dulces en el establecimiento. No le importaba, nada le divertía más que ver la aflicción reflejada tan dulcemente en los rasgos ajenos—. Tch, tch, eso está muy mal. ¿Cómo vas a pagarme ahora? ¿Eres demasiado incompetente para eso? —fingió una mueca de decepción, cerrando los ojos y esperando por una respuesta que posiblemente no llegaría. Volvió a sonreír con sorna, decidiendo que era demasiada tortura por ahora—. Pero soy un ser benevolente. Quiero un café helado y un pie de limón, si eres tan amable —deslizó las palabras casi con gentileza, contrastando totalmente con su tono de voz anterior—. Y por favor, no regreses hasta tener la comida.

Se trataba de una inocencia sugerencia, que de sus labios salió seguro vestida como una orden. Y no tenía duda alguna que la otra acataría sin quejarse, siquiera. Era un poco demasiado sencillo notar la naturaleza complaciente ajena, y un poco demasiado difícil no aprovecharse cuando la oportunidad se servía en bandeja de plata. Debían agradecer a los dioses que él era una persona decente. Esperó pacientemente, hasta verla aparecer con dos bandejas en mano, haciendo el trabajo que le correspondería al camarero ausente, manteniendo el equilibrio como pudo—. Al menos no requieres propina, ¿verdad? —se carcajeó sólo un poco, apenas Celestia se sentó dejando ambas órdenes sobre superficie de la mesa. No tenía idea qué habría pedido su compañera, pero sin lugar a dudas lo suyo se veía delicioso. Primero le dio una probaba a la rebanada de pie, sin dejar de contemplar el postre—. ¿Y bien? ¿No es hora de la charla banal? —ironizó nuevamente, embozando la misma sonrisa altanera—. Aunque supongo que ya agotamos todo los temas interesantes. Puedes callarte y comer —concluyó luego de un pequeño encogimiento de hombros, casi como si le estuviera dando permiso, y con la misma simplicidad de sus palabras regresó su atención a su postre.
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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Tema Cerrado el Dom Mayo 08, 2016 3:04 pm

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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Celestia Blackwood el Miér Jun 28, 2017 6:25 am

De un momento a otro el ambiente se había tornado ligeramente incómodo para la muchacha de hebras oscuras, y no sólo porque había conducido a su acompañante hacia un lugar donde no vendían lo que ella buscaba para entregarle al albino y de esa manera romper la, en cierta forma, “promesa de recompensa” sino porque sentía (finalmente) que el tono al hablar de Bakura se tornaba un poco muy brusco para su gusto. Aun así, Celestia era cordial y no dejaría injustificablemente al muchacho: había prometido que lo recompensaría, y no quería ser ella la que cumpliera el papel de brusca y grosera al dejarlo “plantado” en medio de una cafetería por el sentimiento de incomodidad que creía podía manejar a la perfección aún—. De acuerdo, ¡en seguida vuelvo! —soltó luego de un suspiro cansino, pero aun así manteniendo su tono dulce de voz y entusiasta que parecía inquebrantable. Dio la media vuelta y volvió hacia la barra donde tomaban los pedidos, diciéndose internamente que sólo serían unos minutos más hasta terminar aquella merienda improvisada y podría finalmente volver a su casa luego de un cansado día lleno de contratiempos.

Disculpe, quería un café helado con una rebanada de pie de limón y una taza de té Darjeeling, por favor —ordenó con una sonrisa amable, dedicándose a esperar por sus órdenes que afortunadamente no llevaron mucho tiempo en estar en sus manos en dos bandejas diferentes; definitivamente parecía que había algo el día de hoy que estaba decidido en hacerle la vida imposible y más difícil: no entendía por qué simplemente no habían puesto la lujosa y única taza de té en la misma bandeja que el resto de los comestibles. El regreso hasta la mesa había sido una travesía, intentando no derramar ni romper nada como acostumbradamente hacía debido a su naturaleza torpe y despistada, ¡y al menos algo había salido bien en ese día de infierno! —. No creo que sea necesaria una propina, ¿verdad? Después de todo este es el pago por tu trabajo de guía —“a pesar de que no fue hecho correctamente” quiso agregar, pero en su lugar simplemente le entregó una sonrisa, sentándose en su asiento a disfrutar de su té Darjeeling, guardando silencio por unos minutos abriendo un silencio incómodo, esperando que el ajeno diera el primer paso para abrir una conversación.

Oh, seguramente hay un montón de temas interesantes que no hemos tocado aún, ¿por qué dices eso, Bakura? —protestó con un puchero en sus labios, para luego darle un pequeño sorbo a su té que sorprendentemente ya estaba cerca de la mitad; pero por más que pensara realmente no había temas interesantes que pudiera sacar a la luz: en el poco tiempo en el que había sido la compañía del muchacho había logrado darse cuenta que las cosas banales y comunes del día a día no eran un tópico en el que estuviera interesado: calló entonces, tomando su té de a sorbos pequeños para evitar que se acabara rápidamente y no tener que buscar un tema; se removió incómoda en su asiento, y a pesar de que no tenía un tópico para hablar, abrió su boca para soltar lo primero que se viniera a la mente—. ¡Ah! —ventajosamente para ella el móvil en su mochila había comenzado a sonar queriendo llamar la atención de su dueña para contestar a la persona que requería contactarla—. ¿Sí? No, no estoy… De acuerdo… Sí, ya volveré. Adiós —casi como si estuviera esperando ese llamado y éste se tratara de emergencia más urgente del planeta tomó el resto de su té y se levantó con una inusual rapidez—. Ha… Sido un interesante encuentro, Bakura. Debo marcharme, pero no te preocupes, aquí te dejaré el dinero de cuánto cuesta todo, ¿ok? —explicó, acercando unos cuantos billetes hacia el ajeno—. Adiós, ¡nos vemos en otra ocasión! —saludó amablemente, agitando la mano para despedirse y cruzando la puerta de entrada/salida de la cafetería.

Una vez afuera suspiró soltando todo el aire que no sabía que tenía guardado en sus pulmones y agradeció a los dioses por tener un padre que se preocupara de más cuando ella llegaba un poco tarde a su casa y se juró a sí misma que a partir de ese momento llevaría una linterna colgada de su muñeca para evitar golpe contra paredes, mini-infartos temporales, lloriqueos y tener que pedirle a un extraño que funcionara como tal.
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Re: Forget about the darkness, we have creampuffs! [Priv. Celestia Blackwood]

Mensaje por Ryou Bakura el Miér Jun 28, 2017 9:15 am

De alguna manera, estaba logrando ser una velada interesante, a fin de cuentas. Aunque el mérito de ello se lo llevara exclusivamente su compañera temporal, que era deliciosamente sencilla de molestar. ¿No era una situación divertida? Que alguien con su disposición mordaz se encontrara compartiendo con una persona tan cándidamente opuesta, por supuesto que generaban un contraste irrisorio, aunque seguro la diversión implicada sólo se la llevaba él, a su consta. No le tenía ningún tipo de consideración, mucho menos a aquellos caracteres débiles de los que se mofaba a menudo, pero que además se encontrara en una posición de poder (el invitado, en esta ocasión, recibiendo una recompensa que realmente no merecía) lo volvía todo más deleitable: como una comedia trágica. Lo mejor del asunto es que pese a sus numerosos esfuerzos, Celestia no le había puesto mala cara ni una sola vez, como si se tratara de una pequeña muñequita programara para sonreír. El ambiente era bastante inofensivo, nada más se trataba de una cafetería pintoresca y común, tenía esperanzas en que los dulces serían buenos.

Despachó a su compañera, tan despectivo como era usual, y observó con una sonrisa como la muchacha se reponía con una sonrisa y echaba a andar en dirección al mesón con vigor entusiasta. Sin duda alguna, era la definición de adorable. Aunque en su caso particular, las cosas adorables no le iban demasiado bien. Esperó pacientemente, golpeando rítimicamente la punta de sus dedos con la superficie de la mesa, y en menos de cinco minutos, la joven reapareció, llevando torpemente las bandejas con las órdenes hasta su lugar. Casi pudo aplaudirle por sus acrobacias al caminar, pero estaba un poco más entretenido admirando la consistencia de su pie de limón y la crema que sobresalía de su copa de helado y café—. Pensé que era como tu lámpara —devolvió el comentario, por primera vez sin malicia implícita, y sólo una sonrisa de diversión que resultaba incluso agradable. Claro, que se trataba nada más de una broma interna por el momento. Pero no por ello tenía que dejarlo pasar, aunque fueran meros desconocidos y probablemente nunca se volverían a ver. Se preguntaba si acaso la ajena estaría aliviada con ese desenlace.

De todas formas, esa clase de información no le concernía, ni tenía mayores deseos de profundizar. Razón por la cual la expectativa de mera charla banal no le llamaba la atención, fue bastante contundente al expresarlo: en esos momentos, prefería gastar su tiempo en comer. Por eso estaban allí, ¿no? Su café helado exigía un poco de su atención—. Puedes intentarlo, pero temo que tu voz se volvería ruido blanco de fondo —se encogió de hombros con desinterés, y como una sentencia absoluta, ninguno de los dos hizo mayor intente de conversación pasados de ese punto. El pie estaba adecuadamente agridulce, y saboreó la crema en su paladar. Apenas recordaba que su compañera era un ser con capacidad de habla, cuando interrumpiendo su tranquilidad impuesta, la muchacha se levantó alegando de que se trataba de una llamada telefónica. Un acto realmente simple, y conveniente, tenía que decir. A los pocos segundos Celestia ya se estaba despidiendo, mientras él continuaba masticando la última porción de su postre, por lo que le dedicó un ademán silencioso con la mano.

Finalizó, y se quedó contemplando el dinero sobre la mesa. Por supuesto, pagar. Qué trámite aburrido y simplista, se sintió con deseos de resoplar en fastidio, incluso si la comida en grandes rasgos había resultado satisfactoria. A esa altura, la muchacha ya habría cruzado la puerta para retirarse del local, así que seguro de no tener testigos en la cercanía, se echó el dinero al bolsillo con lentitud natural, casi burlona. Bien, se trataba de un pago extra, unas monedas y un billete de bajo valor monetario. No planeaba quedarse en la cafetería más tiempo, sin molestarse siquiera en finalizar por completo lo que quedaba de su helado-café. Pero al pasar junto a uno de los pocos camareros que atendían el lugar, señaló hacia su mesa con descaro y habló con voz de falsa preocupación—. Disculpe, la muchacha de esa mesa tomó una llamada telefónica y se fue sin pagar su orden —explicó, viendo directamente a los ojos del pobre ingenuo que asentía a su mentira poco trabajada—. Deberían vigilar mejor a sus clientes —se sonrió, dejando al idiota levemente confundido por el tono de su última declaración. Inmediatamente se giró sobre sus talones, como si despidiera una obra de teatro, y el telón se cerró detrás de él.
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