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Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

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Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Touko Fukawa el Dom Feb 01, 2015 12:46 am

El sol ya se había ocultado por completo por el horizonte, pintando el cielo con los colores de la noche. Las nubes dificultaban la apreciación de aquellos puntos blancos sobre el firmamento,e incluso parecía que la esfera blanca que rotaba alrededor de la Tierra se había ocultado detrás de una densa capa de cristales de nieve microscópicos suspendidos en la atmósfera. No contaba con ninguna clase de reloj para corroborar la hora, pero intuyó que, fácilmente, ya pasaban de las diez de la noche. Aún con la amenaza de las tinieblas nocturnas acechándola, Genocider continuaba andando por entre la espesura del bosque que había cruzado sin siquiera inmutarse, llegando hasta una colina que le daba una vista panorámica de la ciudad. Sweet Valley. Sí, esa pequeña ciudad de nombre cursi. Recién llegaba y ya se le hacía ridículamente aburrida. Todavía le sorprendía que su adorado caballero blanco la hubiera elegido para habitar allí. Sin embargo, no iba a cuestionar sus decisiones, y tampoco pensaba echarse para atrás en la búsqueda de su príncipe—. Byakuya-sama, voy a por ti. ~

Descendió finalmente por un camino que la llevó a los suburbios del lugar, aquellos complejos callejones en los que ninguna persona con algo de sentido común desearía meterse sólo para mantener su anatomía intacta. Por supuesto, no es como si eso fuera a complicarle las cosas. Se había cuidado de cargar, escondidas, como siempre, debajo de la falda, su precioso par de tijeras bien afiladas. No sólo le servirían en caso de encontrarse algún chico adecuadamente bien proporcionado y con bellas facciones, sino también en caso de tener algún encuentro más desagradable con algún idiota que se sintiera la gran cosa. De todas formas, no tenía intención de quedarse mucho rato por allí. Dudaba que hubiera algo más que, quizá, vagabundos ladrones o algún borracho descarriado que apenas pudiera mantenerse en pie.  

Por fortuna, tenía un buen instinto y sentido de la orientación para esta clase de lugares, pues las callejuelas de Japón podían llegar a ser incluso más complicadas que aquellas en las que se encontraba vagando. Siguió avanzando por aquellos pasajes, manteniendo en mente su objetivo en todo momento. Aunque le sorprendió, al dar la vuelta, el encontrarse a un joven, quizá de su edad o mayor, de un curioso y mullido cabello blanco que parecía muy suave al tacto. Una de esas escalofriantes sonrisas que sólo ella sabe hacer se deslizó por sus facciones. ¿Qué haría por esos lugares alguien como él? Quizá se trataba de esos adolescentes descarriados que se sentían lo suficientemente rudos como para ir a buscar “aventuras” por esos rumbos, pero éste muchacho no tenía la apariencia de ser uno de ellos. Diría que parecía más bien algo desorientado, posiblemente se había perdido. Y era ella la que debería estar extraviada por ser “nueva”, cielos.

Vaya, vaya, pero mira qué tenemos aquí —mencionó en voz alta, con ese clásico tono cantarín que solía utilizar al hablar—. Los chicos lindos como tú no deberían andar por estos lugares a esta hora, o algo muy desafortunado les podría suceder —continuó, sin poder evitar carcajearse un poco, mientras se acercaba con cierta gracia felina al joven delante de sí. A esa distancia, ya podía notar las suaves facciones del rostro ajeno, y tenía que admitir que era bastante atractivo. Quizá, al final de cuentas, la ciudad no sería tan aburrida como lo prometía—. ¿Te has perdido, acaso? —quiso saber, más que nada para darse una idea de qué tan desorientado se encontraba. No acostumbraba socializar con sus presas antes de hacerles lo que tenía que hacerles, pero acababa de conocer a ese sujeto, y casi le daba lástima actuar tan deprisa. Después de todo, aunque tardara más tiempo, el resultado sería el mismo para el desdichado muchacho.
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Nagito Komaeda el Lun Feb 02, 2015 12:27 pm

Para empezar, ¿qué día de la semana era, siquiera? Se encontró en primera instancia con que no tenía ni la menor idea, y que le importaba más o menos lo mínimo que debiera hacerlo. No era más que un ciudadano en esa ciudad, iguales a los otros cientos que habitaban el lugar físico conocido como Sweet Valley. Era absolutamente nadie importante, sólo un saco de sangre y órganos que respiraba por suerte de la gracia divina de las casualidades. O algo por el estilo. Probablemente los psiquiatras que visitaba en Japón estarían muy interesados en sus monólogos internos, y quizá en recetarle algún otro color de pastilla. Pero no era momento para esa clase de pensamientos, ¿verdad? Nunca era el momento, ciertamente. Y soltó una pequeña risita, ligera, suave, que resonó por la habitación vacía. Qué buena acústica.

Tenía una lista mental de todos los lugares que le faltaba por visitar. Aquello servía como un buen pasatiempo, hasta el momento, sólo había cubierto un área del centro comercial y básicamente la mayor parte del centro urbano en sí. Fácil, sencillo, casi demasiado. Pero quería, necesitaba, como una especie de capricho levemente infantil, acabar de recorrer más allá. ¿Cuál era la respuesta obvia? ¡Barrios peligrosos, por supuesto! Ya que él era un chico afortunado. No fue una sorpresa que al decidir salir esa noche, cuando estaba ya considerablemente oscuro todo alrededor, cada desvió azaroso que ejecutara al caminar solamente sirviera para ayudar a llegar con mayor rapidez al sitio acordado. No se sorprendió con que las calles después del atardecer era igual de aburridas que más temprano, aunque el manto de la noche agregaba una capa de interés bastante delgada, apenas perceptible, al panorama. Eso sí, la brisa nocturna era fresca y cautivadora.

Desconoce el tiempo que rondó por los callejones. Se mantuvo sin detenerse un tiempo considerable, prácticamente, hasta que sus pies llegaron al grado de reclamar con dolor el abuso físico. Entonces, se dignó a recargar su espalda a una pared y observar con sus ojos verdes, con una sonrisa marcada en el rostro, tal cual se estuviera divirtiendo en ese lugar. ¿Y no es lo que hacía? Él no era idiota, sabía perfectamente que por esos lares tenía más posibilidades de ser apuñalado de que encontrar un trébol de cuatro hojas en el suelo. Sin contar que sus bolsillos se encontraban de antemano repletos de estos, por supuesto. Jugó con un mechón de su cabello blanco, haciéndose un pequeño rizo, esperando paciente. ¿A qué? Lo único que quedaba para completar la escena era tatarear una canción, pero no le venía ninguna melodía apropiada a la mente.

¡Pero eso no lo desanimaba en absoluto! Después de todo, con su suerte, era muy probable que acabara encontrándose cara a cara con un asesino en serie. Era cosa de tener paciencia, nada más. Aunque su atención se dispersó fuera de sí mismo un momento, al distinguir una voz y una figura femenina que parecían hablarle desde una distancia corta. Lo primero que hizo, por supuesto, fue mirar a ambos lados y apuntarse a sí mismo con un dedo, fingiendo inocencia—. ¿Eh? ¿Me hablas a mí? —parpadeó, colocando una mueca de confusión en su rostro. No se podía considerar un chico atractivo, ¿cómo encuentras atractiva a la basura? Pero sería descortés sencillamente rebatirlo. Aquella era una chica la que le hablaba, y el rasgo más notorio de ella a simple vista además de la vestimenta tradicional, podría ser sus anteojos o bien su sonrisa inquietante. No sabía en qué fijarse primero. Avanzó un par de pasos hacia adelante, a la par de la extraña—. Diría que no estoy perdido, aunque no tengo ni idea de dónde estoy —soltó una risa, inofensiva en comparación con la que había escuchado salir de la garganta de la otra.

Ladeó la cabeza, luego de cerrar los ojos por un instante pequeño. Había algo peligroso, obviamente retorcido que le agradó con inmediatez de la chica. Entonces, se inclinó ligeramente sobre la ajena al hablar, en lo que resultaría una invasión del espacio personal poco escrupulosa—. ¿Qué hay sobre ti? —quiso saber, remarcando la sílaba, prácticamente ronroneándola sobre el oído de la otra—. ¿Tienes una excusa factible, o estás perdida? —volvió a cuestionar, regresando a su semblante anterior, tiñendo su voz con curiosidad. Aunque su sonrisa amplia podía delatarlo—. ¡Oh, pero no te equivoques! No soy un acosador —juró, con gesto solemne y una mano sobre su corazón en señal de sinceridad. Incluso, fue lo suficientemente amable para devolver el espacio personal que había arrebatado.
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Touko Fukawa el Dom Mar 01, 2015 3:08 am

Ah, esto casi se sentía como aquella vez que había salido en busca de su primer amor, aquella criatura con la que se estrenó en el juego de las matanzas. El simple recuerdo del cuerpo de su amado, con hilos de líquido carmesí recorriendo cada parte de su cuerpo, y esa deliciosa expresión de dolor y miedo la hacían casi estremecerse de placer. Qué nostalgia. Avanzaba a grandes zancadas, apremiada por su objetivo, y no había visto un solo local abierto en todo su trayecto, ni siquiera un bar de mala muerte o alguna tienda exótica extraña. ¡Tampoco se había encontrado con un asaltante decente o al menos un vagabundo! Era fantásticamente aburrido, pero, ¿qué más se podía esperar de una ciudad como esa? A diferencia de las bulliciosas calles de Japón, este lugar parecía irritantemente pacífico. Al menos, esos callejones no le daban la impresión de ser demasiado peligrosos, contrario a lo que posiblemente pensaría la gente que habitase allí.

La presencia de ese curioso muchacho albino en esa zona, sin embargo, había logrado cautivarla. No dudó en acercarse a él, preguntando por su estado de orientación como quien no quiere la cosa, y ensanchó su sonrisa aún más si era posible al escuchar la contestación—. ¿Acaso notas a algún otro muchacho atractivo alrededor? —cuestionó en respuesta, haciendo un ademán algo exagerado para señalar el obvio hecho de que se encontraban solos en el lugar—. ¡Exacto! Eres el único, cabello de gatito. Bueno, tampoco es como si hubiera más gente aquí aparte de nosotros dos, de todas formas —afirmó, en respuesta a su propia pregunta, encogiéndose de hombros al terminar de hablar. El chico era encantador, verdaderamente encantador. Tenía ese aspecto adorable que le brindaban esas hebras de color blanco, seguramente tan suaves como el pelo de un esponjoso gatito, y el timbre suave de su voz acompañando a aquel inocente comentario sólo reforzaba su apariencia casi angelical. Su risa era más dulce, lo que la diferenciaba enormemente de la suya, grotesca y estremecedora, que se había hecho escuchar nuevamente en el sitio—. ¡Buena respuesta! Suena totalmente lógica para mí —exclamó satisfecha, cruzándose de brazos. No había ápice de sarcasmo en su voz, sino que lo decía completamente en serio, probablemente en parte porque su situación era muy parecida.

Se habría atrevido incluso a señalarlo con gesto cómplice de no ser porque el otro ya se encontraba lo suficientemente cerca de ella, lo que resaltó la diferencia de altura entre ambos. Oh, aquello sí que no se lo esperaba. Prácticamente podía comprobar el olor de su cabello a esa distancia, y aquello era algo que había querido hacer desde que lo observó a lo lejos. Sin embargo, apoderarse del espacio personal ajeno seguía siendo su trabajo. Por supuesto, no se movió un solo centímetro de su sitio, esperando hasta que el otro decidió retroceder un poco—. Mi excusa no es mejor que la tuya. Acabo de llegar a esta patética ciudad y tampoco sé ni dónde estoy —se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Por un momento consideró la idea de preguntarle al chico sobre el paradero de su príncipe. Quizá sabría algo, quizá no—. ¡Pero bueno, eso no importa! ¿Qué asunto podría traer a alguien como por aquí, de todas formas? No pareces la clase de chico que forma parte de alguna clase de red de traficantes o algo así —ahora, su voz también tenía ese tinte de curiosidad e interés genuino que había detectado en el otro—. Aunque tampoco tienes la pinta de ser un acosador, dicho sea de paso —agregó. Esa había sido la excusa perfecta para examinarlo de arriba a abajo. Nada mal, nada mal. Aunque era muy delgado, lo que la hacía preguntarse si debajo de esa camiseta tendría músculos o sólo vería huesos, apenas encontrando carne. En verdad, se moría de ganas por comprobarlo.

Creo que casi pareces más… un ángel —opinó, sonriendo ampliamente. Todo en él le recordaba a la imagen de algún ser divino. Las apariencias engañan, claro, pero si uno de ellos era un acosador, definitivamente no se trataba de él. Probablemente ella tampoco tenía la apariencia de una asesina. Ese simple pensamiento la hizo tener ganas de reír otra vez. Nuevamente  avanzó hacia el muchacho, acortando la poca distancia que existía entre ambos. Esta vez era su turno de invadir espacio personal—. Dime, ángel, ¿no te asusta la idea de encontrarte por aquí con algún loco asesino que intente… no sé, matarte? —mencionó, aunque su tono de voz siniestro inicial se perdió en una fuerte carcajada al término de su oración. Esa clásica sonrisa macabra se dibujó nuevamente en su expresión, al tiempo que avanzaba un par de pasos hasta quedar a un lado del muchacho—. Un asesino… ¡como yo, por ejemplo! —dicho eso, deslizó rápidamente uno de sus pies por debajo de los contrarios, ocasionando que el otro perdiera el equilibrio. En un fugaz movimiento, ya tenía sus tijeras en mano y al joven en el suelo.

Tadaaa. ~ ¿Qué? ¿No te esperabas este gran giro de los acontecimientos? —se burló, acercándose a él—. ¡Pues mira bien, soy una asesina! Pero no cualquier clase de asesina, ¡soy Genocider Syo, la Cenicienta del jardín de la masacre! —prácticamente le gritó, y entonces se apresuró a inmovilizarlo, sentándose a horcajadas sobre él. Por supuesto, colocó una de sus tijeras en el cuello ajeno, de manera que cualquier movimiento en falso y… ¡zas! Ése era un pequeño gran detalle que no podía faltar—. No te preocupes, lo que te haré sólo te dolerá un montón —se carcajeó fuertemente. No podía estar disfrutando más con toda la situación. Entonces, recordó que le faltaba cierto detalle por conocer acerca del chico que estaba a punto de escabecharse—. ¡Qué tonta! No te pregunté tu nombre. Bueno, ya conoces el mío, podrías presentarte, ya sabes... por cortesía —sonrió. Quizá, después de todo, sí iba a hacer también en esa ciudad su propia masacre desenfrenada.
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Nagito Komaeda el Lun Mar 23, 2015 7:06 am

A decir verdad, incluso él dudaba si sería apropiado catalogar la situación como una buena o como una mala suerte. Después de todo, todavía no había sucedido algún evento determinante que le ayudara, pero ese presentimiento, esa ansiedad lograba ponerme de nervios. Incluso, podría decir que se le erizaban los cabellos del cuerpo, uno por uno. ¡Por supuesto, la presencia de la otra muchacha no hacía más que impacientarlo más al respecto! Probablemente por su aspecto, incluso a la distancia fue capaz de distinguir que existían algo peculiar en la ajena. Sería su mirada, su vestimenta, su tono al hablar y al dirigirse a su persona como si de verdad fuera un muchacho inocente que no tenía idea en lo que se había metido. Oh, ¿y no lo era? Sonrió al considerarlo así, pero cuidó que su expresión no se ampliara más de lo necesario, o desencajaría con su semblante inofensivo. Obviando totalmente la cuestión planteada, si era o no el único chico atractivo allí. Aunque alzó una ceja extrañado, no se esperaba recibir el apodo de "cabello de gatito" por parte de la otra chica, ni siquiera lo detectaba como una ironía completa o una burla cruel satirizando su aspecto—. ¿Cabello... de gatito? —repitió torpemente, y de haber querido, pudo emular una mueca de disgusto también. Pero en su lugar, se limitó a continuar en su estado de extrañeza.

La escuchó con atención, asintiendo brevemente con la cabeza al tener su respuesta, justo después de invadir indiscriminadamente su espacio personal, que no era importante. Y no lo fue, pues no se inmutó en lo más mínimo. No creía que sus situaciones fueran similares ni siquiera un poco, pese a que los sentidos de orientación de ambos parecían estar al mismo nivel. Ella obviamente tenía alguna intención clara para detener a un transeúnte cualquiera en la calle. Tal vez capricho, u otro motivo. No tenía manera de saber. ¿Era correcto calificar a la ciudad como patética? ¿No sería mejor referirse a los ciudadanos de ella? Pero se encogió de hombros, pues no tenía deseos de replicarle. Le correspondió responder, detectando la curiosidad ajena en las palabras ajenas justo como él la empleó en las suyas momentos antes. Podría decirse que sus ojos verdes brillaron, divertido, y quizá con una pizca de travesura también—. Absolutamente nada, sólo me gusta caminar —recitó, con toda la calma del mundo. También le gustaba probar su suerte, que era lo que hacía justo en ese momento. Una red de traficantes o algo así le parecía una opción hilarante, por decir menos. Casi, casi, casi le podría hacer reír. La muchacha le dio una mirada, de arriba a abajo, y los ojos detrás del cristal de los anteojos redondos a cualquier otro le hubiera dados escalofríos. No a él, que se quedó plantado exactamente en el mismo lugar, sonriendo una sonrisa boba, que sólo creció al escuchar la palabra "ángel" salir de la boca de la chica para describirlo a él.

Veo que tienes una curiosa fijación por el color blanco, ¿no es así? —se carcajeó un poco, conservando su semblante de tranquilidad. El concepto de pureza estaba estrechamente relacionado con ese color, además. ¡No podría existir en el mundo un modo menos apropiado de decirle! Se pudo haber doblado de risa allí mismo, pero resistió, aunque la expresión en su rostro pudo temblar, desvanecerse por un instante. Que apenas notó cuando la distancia entre ellos se acortó nuevamente, y sólo entonces le pareció detectar que los la mirada de la muchacha daba la impresión de brillar en carmesí. ¿O era un efecto de luz? Registró las palabras que le decía: asesino. Tragó saliva, y unir cabos sueltos resultó innegablemente fácil. Aunque no fue capaz de reaccionar, ni tuvo tiempo, pues de un momento a otro cayó hacia atrás por un movimiento de la otra. Indefenso, a su merced. El concepto todavía se repetía en su cabeza, asesino, asesino, asesino. Aunque su rostro se mantuvo totalmente neutral, en comparación con la vorágine de entusiasmo de la muchacha. Su sonrisa era enorme, y retorcida, y le daba escalofríos por primera vez. La palabra cambió: asesina. Ella, una asesina. Sintió el temblor de su propio cuerpo todavía en el suelo cuando la chica se apresuró a inmovilizarlo, sin dejarle una sola salida. El filo de unas tijeras amenazó contra su cuello, que le hizo costillas con el metal frío.

Entonces, relajó los hombros. La expresión tensa en su rostro cayó y se permitió soltar un suspiro de alivio, incluso pudo haberse estirado de no ser por la incómoda y comprometedora posición—. Así que, eres una asesina después de todo... —empezó con tono lento, de calma aparente, aunque en sus labios la palabra sonó infinitamente dulce. Y sonrió. No una sonrisa normal, ni una sonrisa amplia. Una sonrisa inquietante de entusiasmo, totalmente fuera de lugar—. ¡Oh, me creerías que es la primera vez que me encuentro con una! ¡Casi no puedo creerlo! —hizo una pequeña pausa, ladeando la cabeza, y dejando que todo su mullido cabello se inclinara a un lado junto a él. Cerró los ojos, y continuó con solemnidad—. Pensar... pensar que una basura como yo terminará destazado y muerto en un callejón de una ciudad francesa... jaja, ¡no me lo hubiera esperado! —se inclinó hacia adelante, y descaradamente, hizo un ademán para tomar las tijeras que la otra mantenía alineadas directamente a su cuello. Las tomó por el filo de arriba, causando que la piel de sus dedos se cortara y empezara a brotar un fino, delgado, elegante hilo de sangre, para empezar—. ¿Qué vas a hacer primero, Genocider Syo? —quiso saber, inclinándose más profusamente, hasta el punto de quedar semi-sentado en el suelo, con la asesina arriba de él. El filo del metal se enterró más profundamente en la carne de sus dedos, pero lo ignoró. Mantuvo la mirada fija, sin titubear—. No me matarás así como así, ¿verdad? —sonrió ladino—. ¡No, claro que no! Una asesina de tu categoría no haría eso. Definitivamente no —negó seguidamente con la cabeza, una expresión apenada instalándose en su rostro—. Ni siquiera debería cuestionarte. ¡Encontrarme contigo debía ser una de las peores malas suerte de mi vida! —prácticamente gritó, extasiado. ¡Finalmente, finalmente!

Aunque se calmó, algo de su ánimo desbordado murió al oír la pregunta de su nombre. Frunció los labios, y sus ojos se agravaron. No pudo evitar hablar con pesadez, arrugando el entrecejo—. ¿Mi nombre? ¿Por qué te interesa mi nombre? —su tono de voz se aceleró levemente, casi como si todo su monólogo debiera salir atropelladamente—. ¿Por qué a una asesina sin compasión por sus víctimas le interesa el nombre de una basura humana? ¿Qué lógica y sentido tiene además de la cortesía, eh? ¿Un falso sentido de humanidad? —su voz se tornó amarga en este punto. Pero no hablaba con desprecio en su tono, sino un toque de decepción. Fue la segunda vez que suspiró, acompañado de un encogimiento de hombros leve—. Como sea... —musitó, y soltó las tijeras. Tuvo especial cuidado de no hacer algún movimiento brusco para que el filo de éstas no se le clavara de una vez en el cuello—. Mi nombre es Nagito Komaeda. ¿Te he dicho ya que es un placer conocerte? —ronroneó, con una expresión felina. Y dirigió uno de sus dedos a su boca para lamer las gotas que sangre que escurrían de las cortadas superficiales. ¿Acaso no sabía dulce como a jalea?
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Touko Fukawa el Vie Mayo 01, 2015 9:40 pm

La respuesta del albino distó de cualquiera de sus suposiciones, porque era tan ridículamente simple que incluso le resultó cómica, como lo hacía casi cualquier cosa. Enarcó una ceja, ligeramente divertida, siempre manteniendo su sonrisa—. Ya veo, ya veo. Caminar puede ser una actividad divertida, especialmente cuando terminas encontrándote con gente interesante, ¿verdad? —preguntó, con algo de picardía escondida detrás de ese semblante divertido que mantenía en el rostro. Así que al jovencito le gustaba caminar. Interesante. ¿Y si lo privaba de ese placer con un par de cortes por aquí, y otro par de cortes por allá? Quizá no sería una mala idea empezar por eso. Aunque fingió sorpresa al recibir como respuesta un único comentario acerca de su afinidad por el color blanco, llevándose ambas manos a las mejillas durante unos segundos, como si estuviera enormemente apenada—. ¡Oh, te diste cuenta! Bueno, el blanco es un color lindo, ¿no lo crees? Siempre se le asocia a la pureza e inocencia —ladeó un poco la cabeza, casi con dulzura, y dejó que un suave suspiro se escapara de sus labios—. Pero creo que prefiero algo más poderoso y pasional, como el rojo. ¿Te gusta el rojo, cabello de gatito? —inquirió, con maliciosa curiosidad, entornando un poco los ojos.

La tentación de manchar ese precioso y mullido color blanco de su cabello y su pálida piel con rojo era ya demasiado grande como para ignorarla por mucho tiempo más. En un movimiento súbito e increíblemente fugaz, lo había prácticamente aprisionado en el suelo, dándole apenas tiempo suficiente para procesar las palabras que había pronunciado con anterioridad. Se relamió un poco los labios, pensando en todo lo que podía hacerle, todas las opciones que tenía al alcance. Y lo dejó inmóvil, con la amenaza de las tijeras en su cuello, manteniéndolo en una posición posiblemente incómoda por lo embarazosa de la misma, detalle que a ella obviamente le tenía sin cuidado, puesto que lo hacía enteramente a propósito. ¡Cómo le solía encantar el semblante de sus víctimas en estos momentos! Podía ser desde una expresión tensa, aterrada y suplicante, hasta una como la de cabello de gatito, llena de… ¿fervor? Aquello la descolocó por un instante. ¿Por qué demonios sonreía?—. ¿Pero qué…? —en un principio, lo único que pudo hacer fue fruncir el ceño, sin poder ocultar demasiado bien su creciente desconcierto ante esa reacción tan inesperada. Y más aún cuando el muchacho se atrevió a tomar sorpresivamente las tijeras que tenía amenazando su cuello, haciendo que endureciera su postura, de manera que la presión que hizo éste contra sus dedos al empujarlas con suavidad para erguirse un poco ocasionó que su piel se cortara, dejando brotar ese bello líquido carmesí, que hizo su recorrido por sus delgados dedos como una serpiente.

No apartó su vista de él en ningún momento, y le resultaba bastante asombroso que él tampoco lo hubiera hecho. Ninguna de sus víctimas anteriores había tenido la valentía de encararla, y menos de sonreír de esa forma luego de realizar su primer ataque. No tenía ni idea de lo que estaba intentando, pero sonaba a desafío, y ella estaba más que dispuesta a aceptarlo—. Oh, ¿al chico lindo le interesa saber el proceso? Deberías saber que una asesina de mi categoría tampoco revela sus planes antes de ponerlos en práctica. Así no es divertido, ¿no te parece? —le dirigió una sonrisa torcida, diferente a las que estaba acostumbrada a exhibir, que manifestaba la irritación que comenzaba a surgir dentro de sí. En verdad, ¿qué mosca le había picado?—. ¿No se supone que si se trata de un infortunio tendrías que estar... no sé, asustado, o algo así? —levantó una ceja, interrogante. Desde un principio había logrado detectar algo ciertamente excéntrico en el chico, pero el sujeto estaba prácticamente fascinado con la revelación de su identidad de asesina. ¡Vamos, así era casi como si estuviera pidiendo que lo matase! Pero entonces, la simple pregunta de su nombre pareció calmarlo un poco. Incluso desilusionarlo. Vaya que era un chico bastante impredecible—. Bueno... ¡no tiene ninguna lógica en absoluto! Pero, ¿por qué se necesita una razón o una explicación para hacerlo, eh? —cuestionó.

El tipo realmente parecía tenerle respeto como asesina, y se denominaba a sí mismo basura. ¿Eso podía ser indicador de una baja autoestima, tal vez? Era lo de menos, a ella lo último que le importaba eran los análisis psicológicos. Esta vez, no pudo evitar una risilla, que gradualmente fue convirtiéndose en una carcajada—. ¿Sentido de humanidad, dices? Aun siendo falso, no es necesario. Tómalo como simple capricho —soltó con sencillez. Suponía que no eran necesarias más explicaciones, para empezar, ni siquiera sabía por qué se las pedía. De todas formas, quedó satisfecha con el hecho de que al final le había respondido—. Nagito Komaeda… ¿uh? —repitió, prácticamente saboreando el nombre en sus labios. Se acordaría de anotarlo en su recuento de víctimas una vez terminara con él. Aunque al momento en que el otro había soltado las tijeras, éstas permanecieron en el mismo lugar, a centímetros de cortar la delicada y blanquecina piel de su cuello. Tan sólo observó con ciertas ansias la forma en la que el contrario saboreaba la sangre de sus largos dedos. Su última declaración había sido inusual, sin duda; no todas las personas estarían encantadas de conocer en persona a una asesina en serie.

Nada más faltaba que le pidiera un autógrafo o algo así. Eso le quitaba la emoción al encuentro. Sin dejar de mirarlo directo a los ojos, acercó su rostro al contrario, quedando peligrosamente cerca el uno del otro—. ¿A qué se supone que estás jugando? —demandó saber con exigencia, e incluso podría decirse que algo de desprecio se había infiltrado en sus palabras por el tono empleado—. ¿Es acaso un intento de provocación, o sólo te estás burlando de mí? —frunció un poco el entrecejo, dirigiéndole una mirada fulminante. Ya había tenido suficiente de todo ese teatrito; no creía que hubiera una sola persona en la faz de la tierra que entrara en frenesí por encontrarse con un asesino que deseara divertirse con él, a su manera. Pero al parecer se equivocaba, el sujeto sí debía tener alguna especie de problema—. ¿Qué eres, una especie de masoquista? ¿O es que tal vez tu verdadera razón de estar aquí es que esperabas ser asesinado? —volvió a interrogar, esta vez, tiñendo el tono empleado con cierta burla al pronunciar la última pregunta.

Heh, pero da igual —se incorporó un poco en su lugar, todavía sin quitarse de encima del chico, sólo para quedar a una altura mayor que él, que apenas estaba medio erguido. Colocó las tijeras en su barbilla, y lo obligó a levantar la mirada, enfocándose en sus brillantes ojos de un color bastante peculiar, entre verde y gris—. Lo único que importa es que también encuentres un placer en ser asesinado por mí, ¿no? Porque yo sí que lo disfrutaré. Vaya que lo haré —acarició su mentón con el filo de las mismas, al principio de forma suave, pero después haciendo una pequeña presión en la piel, trazando una corta línea en la parte izquierda de su rostro, de la que chorrearon un par de gotas de sangre. Entonces, retiró con lentitud las tijeras de la mandíbula ajena, y se las llevó a los labios, probando su sangre, y limpiando con la lengua cualquier rastro que de ella hubiese quedado. Sus ojos destellaron con fervor, y entonces, una nueva sonrisa escalofriante se formó su rostro. Comenzó a abrirlas y cerrarlas una y otra vez, haciendo un constante “click, click, click” con ellas Cómo le gustaba ese sonido. Y se inclinó para susurrar, prácticamente en el oído del otro—. Pero no comas ansias, cariño. Eso vendrá al final.
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Nagito Komaeda el Dom Mayo 17, 2015 6:12 am

Como siempre, no podía dejar de intentar encontrarle el lado positivo a la situación, con una gran y amplia sonrisa marcada en sus labios finos. ¿Lo mejor de todo era...? ¡Que no había absolutamente ninguna probabilidad de que aquello marchara bien! ¿Acaso resultaba extraño, contradictorio? ¿O incluso ambos? Ah, eso le tenía sin el más mínimo cuidado también. Lo importante en ese momento es que sabía, sentía que algo iba a pasar. No se trataba de mera intuición, no podía fiarse sólo de ella para determinar algo de tal importancia. Debía tratarse de una cosa más grande, más poderosa la que lo llevara a acabar en ese lugar. Más que la suerte, como... la Esperanza, todas sus acciones aspiraban a ella. Sus ojos brillaron de emoción al sólo pensarlo, pero se obligó a tomar una respiración y calmarse. Después de todo, no podía arruinar el teatro que tanto él como la chica de las gafas redondas estaban armando allí, como si cada quien supiera interpretar perfectamente su papel de víctima y cazador. Todo a su tiempo, todo a su tiempo...

Sin embargo, no podía evitar divertirse aunque fuera un poco. Aportar algo a la plática así se tratase sólo de un comentario pequeño y totalmente inofensivo, hablando sobre su antigua mención de los colores y lo poco apropiado que era el blanco para relacionarlo con su persona—. Oh, ¿qué clase de rojo? —entrecerró los ojos, y se mantuvo con su expresión su amable cordialidad, incluso se dio el lujo de dirigir una mano a su mentón como si estuviera buscando, a continuación, las palabras adecuadas para expresar de mejor forma su punto—. Porque, ya sabes, no todos pueden ser lo mismo. Tenemos por ejemplo un rojo pálido y moribundo que se acerque a la muerte o un carmín pasional y lleno de vida, como la sangre —ladeó la cabeza hacia un costado, bastante conforme con sus definiciones, de semblante feliz—. Así que, dime. ¿Cuál prefieres tú? —su sonrisa de inocencia no se movió ni un milímetro, por mucho que en su oración se deslizara una implicación siniestra respecto a la situación. Lo estaba disfrutando, era la parte divertida de conocer gente "interesante" por los callejones a esas horas de madrugada, ¿no? ¡Tampoco es que vaya a acabar apuñalado por eso! Sólo era un juego, una insinuación, nunca llegaría a tener tanta suerte.

Al menos, eso creyó. Hasta que de un momento a otro acabó tirado en el suelo, y la delgada muchacha de lentes literalmente encima de él, acariciando la sensible piel de su cuello las tijeras afiladas de metal frío. La situación cambió tan repente que debió darse unos segundos necesarios para que su cabeza despejara todas sus ideas y enfocara lo que estaba pasando, atando los cabos con la información mientras la palabra asesina, asesina, continuaba resonando una y otra vez en su cabeza. Si en esa circunstancia tuviera la oportunidad, debía dar por hecho que se hubiera reído tan y tan fuerte que los pulmones le habrían explotado en el pecho. Pero no, no, debía guardar compostura. ¿Por qué? ¡Porque había que aprovechar la ocasión! Sea su mala suerte, o su buena suerte. Nada tenía importancia en ese momento, dejando apartadas sus horrorosas ganas de quebrarse a carcajadas. Sólo debía tener en mente a la asesina, Genocider Syo, quien tendría la oportunidad de destazarlo y dejar su cadáver mutilado en algún callejón exactamente igual en el que estaban ahora. La idea era emocionante, tanto que le erizaba los cabellos hasta la nuca. No tuvo ningún escrúpulo en mantener la distancia, totalmente adrede había tomado por el filo las tijeras para inclinarse ligeramente hacia adelante, incorporándose lo más que pudo en suelo. Por supuesto que notó el pequeño hilo caliente de líquido espeso y rojo que escurrió por sus dedos al hacerlo, era parte del espectáculo—. ¡Debo imaginarlo! ¿No me darás ni la más ínfima pista, entonces? —descaradamente, su sonrisa antes alegre y ojos brillantes se opacaron en una igualmente intensa mirada de decepción, de súplica mezclada con ansías, similar a las que un infante propina a su madre que se niega a la compra de algún juguete de su interés.

Estaba peligrosamente consciente de la irritación que la ajena empezaba a mostrar ante sus acciones... tan fuera de lugar, incluso él mismo podía admitir que era un poco extraño en ese sentido. Pero no estaba fingiendo, sólo estaba siendo totalmente trasparente. ¿Tenía eso algo de malo? Era una simple basura humana, un saco de huesos y carne sin importancia alguna. Sus acciones deberían ser irrelevantes en ese sentido—. ¿Asustado? —soltó una risa pequeña, inofensiva y breve. Que dejaba a la vez escapar una parte mínima de toda la ansiedad que sentía en ese momento. ¡Vaya palabra tan poco apropiada para describirlo! Negó con la cabeza, casi con solemnidad, pero sus gestos exagerados dejaban que desear—. Yo diría más bien que me encuentro eufórico... —siseó, remarcando la palabra con deleite casi palpable. Solamente recuperó algo de la seriedad ante la pregunta de su identidad, como si realmente tuviera importancia su nombre o quién fuera él. El cuestionamiento en sí tenía tanta banalidad que fue apreciable su desencanto por el mismo—. ¿Por qué se necesita una razón o una explicación para hacerlo, dices? No lo sé —se encogió de hombros, acción categóricamente difícil si tenemos en cuenta su posición todavía en el suelo, pero sus ojos se mantuvieron fijos y desafiantes a la mirada carmín de la asesina—. Pero tienes un motivo para hacerlo, no es una pregunta meramente al azar. ¿Me equivoco? Si tal como dices, eres una asesina en serie, Genocider Syo —probablemente, disfrutó más de lo que debería pronunciando ese nombre, soboreándolo sílaba por sílaba—, debes tener un proceso que repites una y otra vez con cada una de tus víctimas, ¿no?

¡Oh! Pero esos distaban de ser sus asuntos. Su participación debería ser, en teoría, pasiva si el asesinado se trataba de él—. ¿No son todos tus asesinatos simples caprichos? —esta vez, fue su turno para carcajearse, de la nada, encontrando totalmente hilarantes sus propias palabras pronunciadas sin recato frente a la muchacha que lo amenazaba con las tijeras al cuello. Otra vez, no le concernía y estaba más que enterado de ello, pero simplemente no podía dejar de reír en ese momento—. Y por supuesto que no es necesario. ¿De qué te serviría un sentido de humanidad, de todas maneras, oh gran asesina? ¿Tienes una especie de vida trágica de la que te vengas haciendo esto o es por mero placer personal? —quiso saber, empleando una voz cantarina, sus orbes verdes totalmente fijas en la figura sobre él, ya no se trataba de mera curiosidad inocente lo que lo instaba a preguntar, a pesar de que se encontraba genuinamente interesado. Nada más quería saberlo, no era cosa del otro mundo. Era común después de sentir admiración sobre una persona la necesidad de conocerlos más. Iba a dejar las cosas proseguir sin su interrupción, así que de una vez por todas soltó las tijeras cuyo filo perforaba superficialmente la carne de sus dedos, y se dio el lujo de saborear la sangre que escurría de allí como una anticipación a lo que vendría.

Ni siquiera se inmutó cuando la otra redujo la distancia entre ellos, otra vez. Sería tonto considerar incómodo algo así a esas alturas, especialmente considerando la posición comprometida en que se encontraban desde hace rato. Aunque colocó una sincera mueca de confusión en su rostro al escuchar las acusaciones injustificadas de la muchacha; ladeó la cabeza, como si fuera incapaz de entender el por qué de tales implicancias—. ¿Yo, burlarme? ¡De ninguna manera! No me atrevería —incluso se podría dar el lujo de lucir ofendido, pero podía adivinar que de hacerlo se vería tan exagerado que lo podrían acusar de fingir otra vez. Era capaz de detectar la evidente burla en las palabras ajenas, aunque lejos de molestarlo, deber repetirse otra vez le dieron ganas de suspirar—. Ya te lo dije, la única razón por la que estoy aquí es que me gusta caminar —declaró, con neutralidad en la voz, que debería ser imposible a esas alturas cuando sus ojos destellaban de anticipación a cada una de sus palabras. ¡Tampoco era un masoquista! El dolor no le era exactamente una sensación placentera, creía. Definitivamente no se iba a regodear de éxtasis mientras la muchacha de gafas redondas le perforaba la piel, carne y órganos cuando llegara el momento. Porque eso lo volvería un masoquista.

No podía perderse ningún detalle, especialmente porque estaba en primera fila para presenciar todo. Desde cómo Genocider se acomodó sobre él para tener un mejor ángulo del cual tomarle de la barbilla, hasta detalles más específicos, como que la presión sobre sus pulmones por la incómoda posición empezaba a costarle respirar. Se mantuvo expectante, observando y esperando, sólo soltando pequeños comentarios de vez en cuando, tal cual no fueran la gran cosa en la situación—. Yo no le llamaría placer, como tal. Esto me empieza a dar dolor de espalda —se quejó, con una risa breve e inofensiva, que desencajaba totalmente con el contexto. Nadie debería actuar con tanta naturalidad a minutos de ser asesinado. Su cuerpo reaccionó contra su voluntad, volviéndose rígido cuando la punta fría de las tijeras metálicas acariciaron su mentón y procedieron a realizar un corte limpio en la piel de su rostro, causándole escalofríos. No le era difícil adivinar que eran gotas de su sangre las que la muchacha procedió a lamer del filo de las tijeras, una imagen digna de cualquier relato de horror.

Embozó una sonrisa tranquila al pensar que quizá podía disfrutar de eso, después de todo. La situación incluso podría empezar a considerarse sugestiva, para él, al sentir el aliento cálido susurrarle la sentencia de muerte al oído y el ruido metálico de las tijeras resonando entre sí de fondo—. Tarda lo que quieras, querida. Tenemos todo el tiempo del mundo —pronunció con especial cuidado, incluso sus palabras podrían sonar seductoras de no ser por el gesto torcido de sus labios. No había sido capaz de inclinarse lo suficiente para susurrarlo en el oído de la ajena, en su lugar, optó por la segunda mejor opción desde ese punto. En vista que la amenaza de las tijeras no apuntaban a su yugular directamente en ese momento, se sintió lo suficiente seguro para aventurarse a incorporarse con la espalda derecha, quedando prácticamente sentado en el suelo y con la muchacha todavía encima de él; en lugar de apartarla para levantarse, tomó provechó de la posición, rodeando la cintura de la chica con una mano y acercándola a sí, hasta que sus rostros estuvieron a una distancia prácticamente inexistente y su sonrisa de travesura fue visible otra vez—. ¿Empezaré yo? —no dio tiempo de respuesta, apenas la pregunta quedó en el aire dirigió su boca para probar la piel pálida del cuello de la muchacha. Apenas contó con unos segundos antes que ésta reaccionara, suponía que si iba directamente a los labios ajenos le habría apuñalado de una vez. No mordió demasiado fuerte, pero tampoco precisamente despacio para ser considerado una caricia.

Al alejarse, hizo notorio su gesto de relamerse los labios con el mayor descaro posible. Pero antes que cualquiera de ellos dijera algo más, o lo que sería lo mismo, él recibiera una puñalada vagamente merecida, la voz de una persona ajena interrumpió la tensión del ambiente, entrando en medio del callejón la silueta de un hombre mayor con rostro de pocos amigos a acabar con la diversión—. ¡¿Qué creen que están haciendo, enrollándose así como así en plana vía pública?! ¡Los jóvenes de hoy no tienen vergüenza! ¡Sepárense en este momento!
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Touko Fukawa el Sáb Jul 04, 2015 8:54 pm

Había una cosa, algo en especial que había detectado en el contrario, aunque no supiese identificar de qué se trataba, que había llamado poderosamente su atención, logrando captar su completo interés. Podía ser su cabello, blanco como la nieve y mullido cual gatito, o quizá era esa sonrisa encantadora, que probablemente parecía tan fuera de lugar como la suya dado el contexto poco apropiado y un tanto extraño en el que se encontraban. Aunque no negaría que a estas alturas el ambiente que se había formado entre ellos distaba bastante de lo que posiblemente se supondría ordinario por esos rumbos. ¡Y eso que la verdadera función todavía ni siquiera comenzaba! Aquella plática banal que estaban teniendo era sólo el “calentamiento”, una especie de preparación para la sorpresa letal que vendría después, y que aparecería como uno de esos inesperados giros argumentales en las obras de ficción que en ocasiones tanto asombran al público. De momento, iba a limitarse a seguir la conversación, que se había desviado hacia el tema del color rojo, gracias a la pregunta formulada por su persona con anterioridad, con alguna engañosa intención fácilmente perceptible, mas no por ello descifrable.

Mantuvo en todo momento su mirada fija en el muchacho, mostrando interés en sus palabras, hasta que asintió lentamente en señal de entendimiento, con semblante complacido. Le habían gustado especialmente los ejemplos utilizados por el muchacho para definir cada tono al que se refería, que no podían parecerle más deliciosamente adecuados, sobre todo si se tiene en cuenta que ésas son las dos cosas que más suele disfrutar de su divertida ocupación. Aún así, al momento en que le fue devuelta la pregunta no hizo más que soltar una nueva risotada, tal como si todo fuera demasiado obvio—. Ese mortecino rojo del que hablas… ¿no crees que es un color demasiado apagado y aburrido? Es como la insipidez de un cuerpo después de la muerte, creo que le falta algo de sabor —respondió sin dudarlo demasiado, como si hubiera tenido preparada la respuesta desde un principio—. Yo escogería algo más explosivo y, sobre todo, apasionado. Sin duda, el carmín posee las características que me gustan. Aunque el tono pálido también tiene su encanto, eso te lo concedo —concluyó con simpleza, encogiéndose de hombros—. Pero eso es de mi parte. ¿Qué me dices tú? —lo miró, expectante. Incluso, se podía decir, con una inquietante curiosidad reflejada en su expresión.

¿Y por qué era que eso le interesaba? Oh, si se supiera que, en realidad, su única razón era que no tenía ninguna en absoluto. Simplemente le llamaba un poco la atención, porque tenía la sensación de que había una singularidad en ese chico, algo que no había visto nunca en sus víctimas anteriores. Y estando decidida a dejar de perder el tiempo en charlas triviales y desenmascararse de una vez frente al muchacho, se había dejado llevar por su irrefrenable sed de matanza, ansiosa por conocer su lado vulnerable y casi desesperada por ver ese precioso néctar carmesí brotando de ese cuerpo, derramándose como lágrimas gracias a las heridas originadas por los impecables cortes de sus tijeras. Pero todo el éxtasis que había sentido al notar la expresión de estupor en el rostro ajeno, con el cuerpo del mismo tensándose bajo el suyo, rápidamente desapareció dando paso a un insólito sentimiento de desconcierto, hasta entonces prácticamente desconocido para ella. Pocas cosas habían conseguido trastocarla como ahora. Y es que si aquella reacción no se la había esperado para nada, mucho menos hubiera creído que el propio joven se atrevería a, literalmente, clavarse las tijeras en los dedos por cuenta propia hasta hacerlos sangrar, como si se tratase de cualquier cosa—. ¿Para qué perder el tiempo con explicaciones cuando puedo hacer que lo sientas aquí y ahora en carne propia? Así tampoco te arruino la sorpresa —sin duda, realmente estaba comenzando a molestarle, y eso sólo hacía que le dieran incluso más ganas de las que ya tenía de enterrarle las tijeras de una vez en el cuello. Es decir, estaba a punto de asesinarlo, ¡ésa no era la reacción que una persona normal tendría cuando se encuentra amenazada de muerte!

Se le notaba ansioso, pero no angustiado ni temeroso en absoluto. Era más bien el tipo de ansias que ella misma había sentido minutos atrás, y que ahora no hacían más que intensificarse a cada segundo que pasaba, con cada palabra que salía de los labios ajenos. Un voraz y bastante inusual estado de excitación que nunca antes había tenido la oportunidad de contemplar, no en ninguno de los chicos que había asesinado hasta ahora, al menos. No estaba asustado, sino eufórico. Él mismo lo había admitido, pero, sin embargo, ella todavía no lograba descubrir qué era aquello tan fascinante como para causar que una satisfacción como la que demostraba lo acometiera tan violentamente de un momento a otro. No tenía idea de cómo funcionaba ese cerebro suyo y, sinceramente, había comenzado a dudar de que siquiera tuviera—. Ajá, ajá. Evidentemente, un asesino en serie que se respete tiene su propio modus operandi, ¿cuál es tu punto? —cuestionó, dejando apenas la pregunta al aire. Todavía era incapaz de comprender las razones del albino para seguir insistiendo con el mismo tema. ¡Sólo le había preguntado el nombre! ¿Era acaso tan extraño?—. ¿No es lo que hacen las personas al conocerse? Charlan un poco, luego se presentan. O al revés. No tiene más lógica. ¡Es exactamente igual en este caso! —añadió. Era la primera vez que le tocaba una víctima tan desesperante. Y, esperaba, fuera la última también—. De todas formas, creo que la razón detrás de esa pregunta debería ser la menor de tus preocupaciones en este momento —y sólo en esta ocasión le dio cierto toque burlón a sus palabras, acompañándolas con una típica sonrisa.

Pero su semblante no tardó en volver a cambiar, y esta vez fue fácilmente notable su acción de fruncir ligeramente el ceño ante ese sonido tan claro y tintineante, que en el mismo grado resultaba bastante fuera de lugar. Por unos segundos, se dedicó únicamente a estudiar intensamente al contrario, mirándolo como si se debatiera entre apuñalarlo de una vez o llevarlo al manicomio más cercano—. ¡Oh! ¿Es que acaso lo dudabas? —replicó únicamente. Otra vez, no comprendía qué demonios resultaba ser tan hilarante, mucho menos siendo el tema de los asesinatos “por simple capricho” el que había sido tocado. Entendería que fuese divertido para ella misma, por algo es que lo hacía. Pero el que lo fuera también para su víctima era algo bastante infrecuente, e incluso preocupante, sobre todo porque también estaba ese sospechoso interés por esculcar en su intimidad, más específicamente, el deseo de conocer aquellas causas ocultas que justificasen sus acciones—. Puede que sea un poco de ambas cosas, quién sabe. Las personas suelen tener reacciones inesperadas ante ciertas situaciones y diferentes formas de afrontar el estrés. ¿Por qué te interesa tanto? ¿Acaso es parte de una especie de test psicológico? —esbozó una mueca semejante a una sonrisa, pero que no terminaba de serlo en su totalidad.

Al menos para ella, era fácil deducir que todas esas preguntas y esa plática banal y sin sentido que habían estado manteniendo hasta ahora sólo podían tener un propósito de burla, a juzgar por la actitud tan ridículamente despreocupada del muchacho. No podía dejar de sentir que ese sujeto sólo se estaba riendo en su cara sin haberla tomado ni siquiera un poco en serio; admitiría que eso en serio le crispaba los nervios. Y el hecho de que, además, el chico todavía se atreviera a negarlo por alguna razón no hacía sino irritarla aún más—. ¿Ah, no? Pues tu comportamiento hasta ahora me da qué pensar, cabello de gatito —atacó de vuelta, acercando aún más, si era posible, el arma a su cuello. ¡Pero no iba a permitir que algo como eso le impidiera disfrutar de ese ilícito y tan exquisito placer! Fue por ello que sus ansias y parte de la frustración que en ese momento sentía finalmente la dominaron, obligándole a hacer un pequeño corte, limpio y bastante superficial, en la zona de la mandíbula ajena, para luego proceder a saborear casi lascivamente los rastros de aquel líquido rojo lleno de vida que habían quedado en sus metálicas tijeras, por supuesto, obviando totalmente la trivial y casi inocente queja que había sido pronunciada por el muchacho unos segundos antes. Y luego, el único ruido que podía apreciarse era el constante click, click, click de sus tijeras repiqueteando entre sí.

Sinceramente, le fascinaba cómo un sonido tan simple como ése, que tanto le gustaba, podía llegar a disparar los nervios de sus víctimas, muchas veces, casi ocasionando la manifestación de la exquisita histeria y desesperación. Aunque, claro, en este caso pareció ser todo lo contrario a lo acostumbrado, pues el joven no sólo esbozó de pronto una sonrisa demasiado serena para tratarse de alguien que estaba a punto de ser asesinado, sino que a continuación, también tuvo la suficiente confianza para probar a incorporarse en su lugar, suponía, a causa de ya no tener las tijeras directamente amenazando la sensible piel de su cuello. No fue capaz de adivinar su siguiente movimiento, por lo que cuando menos se lo esperaba, su rostro se encontró prácticamente a milímetros del contrario, apenas siendo capaz de apreciar la inquietante sonrisa juguetona que formaron los labios ajenos a causa de la cercanía. Y en el momento en que cabello de gatito articuló aquella extraña pregunta la expresión de confusión en su cara ya debía ser lo suficientemente evidente, puesto que no se imaginaba siquiera lo que vendría a continuación hasta que, simplemente, sucedió. Fue inevitable que soltara un gemido de sorpresa al sentir el roce de los suaves labios del muchacho contra la piel desnuda de su cuello, estremeciéndose al instante por el contacto, que aunque fue breve, bastó para despertar en ella sensaciones difíciles de describir. Como pudo, se las arregló para separarlo de sí en cuanto fue consciente de lo que realmente estaba sucediendo allí.

Volvió a empuñar sus tijeras, esta vez con el fuerte deseo de enterrárselas en algún lado, y así finalmente iniciar con lo que tendría que haber empezado mucho tiempo antes. Pero su tarea fue interrumpida de súbito por la poco oportuna intromisión de una tercera persona en el callejón. Un hombre mayor, al parecer, que se había escandalizado al ver la posición ligeramente comprometedora en la que ambos se encontraban, tomándolos por una pareja liándose a media callejuela. En ese momento, tuvo que contener el impulso de echarse a reír histéricamente allí mismo, sólo porque más que divertirle, le había fastidiado la interrupción del adulto en ese momento tan crucial. En su lugar, sencillamente se separó del muchacho, tal y como había ordenado el sujeto ése, pero manteniendo la mirada fija en los orbes verdes-grisáceos del mismo, casi escudriñándolos—. Eres un chico con suerte, cabello de gatito. Tal parece que tendremos que dejar esto para otra ocasión —mencionó, torciendo de repente una sonrisa perversa ante lo que, seguramente, el otro no veía venir—. Pero no creas que simplemente me iré en este momento y dejaré las cosas así —habló despacio, remarcando cada una de sus palabras con malicia evidente. Fue entonces que sujetó con fuerza una de sus tijeras, y empujando al muchacho con brusquedad lo reclinó, apoyándolo nuevamente contra el suelo. Hizo ademán de apuntar el filo de su arma directamente al cuello del muchacho, y a continuación, descargó toda su furia en un solo golpe definitivo.

A continuación, lo único que se escuchó fue un crack sordo, y las tijeras quedaron hundidas superficialmente en el suelo, prácticamente a milímetros de tocar la piel del cuello ajeno—. Te dejo algo para que me recuerdes. Ya me lo devolverás la próxima vez que nos veamos para continuar lo que dejamos pendiente —prácticamente le susurró, y con una velocidad pasmosa, se incorporó de nueva cuenta, antes de que el sujeto que antes los había interrumpido pudiese reaccionar y hacer cualquier cosa por interrumpir lo que estaba a punto de hacer—. Nos volveremos a encontrar, Nagito Komaeda  —y con eso, se alejó, desapareciendo rápidamente entre la oscuridad de la noche y las sombras de los callejones. Por supuesto que se volverían a encontrar, aunque tuviesen que jugar de nuevo al gato y el ratón. Porque ella era el depredador y él era su presa, y ella jamás dejaba ir a una presa una vez que la había encontrado. La próxima vez no permitiría que los roles se invirtieran, incluso aunque no sabía qué esperar de ese extraño joven. Lo dominaría por completo y quedaría a su merced, sin dejarle ninguna salida ni darle falsas esperanzas. Y la próxima vez, definitivamente no fallaría a propósito su embestida.
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Re: Bloodstain fever! {Priv. Nagito Komaeda}

Mensaje por Nagito Komaeda el Sáb Oct 24, 2015 6:43 am

¿Qué más podía decir? Estaba sinceramente emocionado con la situación, extasiado con la anticipación de las acciones de la otra. Porque ninguna persona aburrida iba por esos rumbos de noche, ninguna persona aburrida hablaba con extraños con tanta familiaridad sin sentido en absoluto. Hasta debía resultar gracioso para algún tercero, si es que alguien supiera de su situación, tanta familiaridad con sus sonrisas amplias y todo el diálogo complejo, tal cual estuvieran interpretando perfectamente sus papeles en un callejón desierto. Y no tenía duda alguna, el espectáculo iba a continuar. ¡Deseaba que así fuera! Escuchó con atención la respuesta a su implicación, sonriendo profusamente mientras lo hacía. Tal como se lo había imaginado, el carmín pasional resultaba un tono menos aburrido para cualquiera persona, en especial alguna que estuviera relacionada con él. Y aunque el pensamiento le resultó muy divertido y apropiado, se veía incapaz de pronunciarlo como una pregunta mientras siguieran en sus papeles, porque eso podría desencajar un poco con lo que siguiera en el acto. Había que mantener el suspenso, ¿no? Era lo mínimo que podía aspirar a hacer—. Entiendo, entiendo —asintió con la cabeza, concediéndole la razón a su interlocutora—. Por mi parte, no tengo un favorito. Sin embargo, el rojo que se asemeja a la insipidez de un cadáver siempre me ha parecido más encantador —respondió, sin pensárselo demasiado.

Y si eso había sido interesante, tenía que admitir que estaba absolutamente complacido con el rumbo de los acontecimientos cuando de un momento a otro fue a parar al suelo, con la muchacha delgada sentada a horcadas sobre su persona, inmovilizándolo. Eso había sido inesperado, totalmente. Más cuando su compañera se presentaba a sí misma como una asesina. ¡Nunca había conocido a alguna antes! Eso definitivamente merecía tener su propio crédito, especialmente porque era verdaderamente ridículo encontrarse en una situación tan desafortunada como aquélla. Le entraban ganas de reír, de reír mucho y muy fuerte, especialmente por la expresión de desconcierto que se reflejó en las facciones ajenas cuando no siguió el protocolo de víctima asustada. ¡Pero no podía evitarlo! ¿Cuándo iba a tener otra oportunidad así? ¿Cómo iba a desaprovecharla de una forma tan burla como temblando cual cordero asustado? Porque eso era un sinsentido, no él. No tuvo deparo alguno en tomar el filo de las tijeras clavándoselas en los dedos, si eso le permitía incorporarse un poco y estar más cerca de la acción, no quería perderse ningún detalle. Especialmente porque la asesina se veía rehacía a compartir información con su persona, a su decepción infantil. Aunque por lo menos tenía un buen punto, ¿para qué arruinar la diversión? Tenían todo el tiempo del mundo.

No era difícil adivinar que era nada más que una molestia su comportamiento peculiar, casi estaba asombrado de que la otra no se decantara por enterrarle las tijeras de una vez en la yugular para acabar pronto. Pero claro, debía ser una muestra de su buena suerte que siguiera respirando, aprovechando la oportunidad para indagar más y más en todo lo que pudiera con respecto a la asesina. ¿Qué tenía que perder a esa altura? Dudaba que fuera a dejar un trabajo sin realizar, si acaso era tan profesional como se jactaba. ¡E incluso! Deberían agradecerle por ser una víctima tan dispuesta a cooperar. Definitivamente se estaba divirtiendo con esta charla, desde algo tan banal como el modus operandi de la muchacha hasta la importancia que tenía preguntar su nombre. Ni siquiera sabía por qué estaba tan interesado, sólo lo estaba. ¿No seguía eso la lógica de conocer a las personas después de charlar?—. ¿Por qué sencillamente no responder la pregunta? No creo que sea algo tan profundo y secreto si lo consideras una charla banal —probablemente, sea la única ocasión en que su sonrisa de euforia fue reemplazado por una mueca de reclamo, casi un berrinche, algo muy extraño para una persona en potencial peligro de muerte reclamándole a su asesino.

Finalmente había soltado una carcajada, clara y ruidosa, que debía tener perfecta resonancia en un callejón oscuro como aquél. ¿En verdad no transitaba ninguna persona por esos lugares? Su suerte casi le seguía pareciendo impresionante, incluso para él. Pensó cuántas oportunidades posibles para escapar tuvo que no aprovechó, y estaba perfectamente conforme con eso. ¿Estaba tan mal que le parecían que todos los asesinatos de la otra fueran por capricho, una cosa tan hilarante? Debía admitir la obviedad de ese hecho, tratándose de una asesina. Pero escucharlo por sus propias palabras, contemplarlo de primera mano, allí estaba el encanto—. No me hubiera esperado otra cosa —admitió, apenas calmando su risa. Hasta el momento, la plática había resultado muy estimulante. Podría decirse que ambos se miraban tan intensamente a los ojos que de ser otra la situación, los habrían confundido con una pareja. Por supuesto, ella con visible molestia y él con notoria curiosidad, eran una combinación divertida—. Eres una asesina, una persona definitivamente interesante. ¿No es normal que quiera saber más de ti? —si la otra estaba usando la retórica, bien podría imitarle—. Supongo que como eres una chica, no estás cómoda con que alguien escrute tu intimidad —ladeó la cabeza, fingiendo una mueca de lastima, pero la sonrisa y la mirada de diversión dejaban bastante que desear. ¿No era una conclusión acertada? No había recibido mucha información pese a pedirla insistentemente.

No dejaba de resultar divertida la molestia evidente en las facciones de la asesina a cada una de sus respuestas. De cierta manera, lo estaba disfrutando más de lo que debería, ver ese rostro tan exquisitamente expresivo entre el sadismo y el fastidio era intrigante, más satisfactorio en saber que la causa de la molestia no era más que él mismo. ¿Acaso debía repetirse, y decir que no se estaba burlando de ella? Sonrió levemente hacia sí, pues aunque se molestara en aclararlo seguramente no le creería, la prueba suficiente de ello era que las tijeras de la muchacha se habían acercado nuevamente a su cuello, con una expresión más amenazante que la de antes. Incluso sentía su corazón latir levemente más rápido en el pecho, ante una especie de ansiedad extraña. Y al igual que sus dedos, superficialmente escurrió una línea de líquido carmesí por su mandíbula, que la muchacha se tomó el tiempo de saborear desde el metal frío de sus tijeras. Quizá algo debía estar mal con él de considerar aquello atractivo. Y posiblemente lo estaba, de otro modo, no se hubiera inclinado lo suficiente hacia la muchacha para prácticamente ronronearle en el oído, aprovechando que el filo metálico estaba lejos de su cuello, para tomar ventaja de la situación. La sostuvo por la cintura, y sus labios se habían dirigido directamente a probar la piel de su cuello expuesta, sin más.

Y cuando escuchó un pequeño gemido de sorpresa, hubiera dado lo que sea por observar su expresión en ese momento. Incluso se preguntó cómo sería otro gemido diferente y más fuerte, pero no tenía tiempo suficiente para experimentar. Había tenido mucha consideración, puesto que apenas se había tratado de una mordida suave, no necesariamente delicada. Pero se vio en obligación de separarse, en parte porque no quería acabar con un objeto corto-punzante clavado en la yugular cuando apenas habían empezado, y porque apenas la muchacha reacción lo empujó lejos, a su decepción. Aunque vaga sorpresa también, ya que en parte estaba viendo cómo lo apuñaba allí mismo después de eso. Sin embargo, si ella planeaba hacerlo, tampoco fue capaz, pues rápidamente una voz ajena los interrumpió gritando algo sobre la irresponsabilidad de los jóvenes, ordenándoles de inmediato que se separaran. Él ni siquiera tuvo que mover un músculo, pues observó con una sonrisa cómo la asesina claramente irritada se veía obligada a liberarlo de su peso, permitiéndole apenas incorporarse lo suficiente para observarla directo a los ojos, con una sonrisa de diversión marcada por el conveniente giro argumental. ¡Así que sí pasaban transeúntes a esas horas, después de todo! ¿Quién lo diría, no?—. Siempre he sido una persona muy afortunada —le respondió, escogiéndose de hombros. Pero al verse nuevamente a salvo, su cuerpo se había relajado casi de inmediato, pese al leve dolor muscular producto de estar tanto tiempo en aquella posición incómoda. Suponía que no podía quejarse.

Oh. Pero si de algo estaba seguro, era que la otra no lo decepcionaría. Como al inicio, lo tomó por sorpresa su empujón brusco, quedando vulnerable nuevamente, ante la mirada pasmada del espectador improvisado que se había callado de un momento a otro al quizá sospechar que algo no marchaba del todo bien allí. Cerró los ojos, finalmente imaginándose el golpe de las tijeras a su cuello. Pero todo lo que recibió fue un escalofrío al sentir el metal pasar a milímetros de su piel, y la sonrisa de la asesina al mencionar su amenaza—. ¿Hm? ¿No tendré mi beso de despedida? —bromeó con descaro, mientras su cuerpo se recuperaba de la impresión y a su pesar, debía reprimir un pequeño temblor. Después de todo, el golpe había tenido la fuerza suficiente para literalmente clavar las tijeras de metal en el suelo. ¿Eso significaba que se iba a quedar con un recuerdo de ella? ¡Qué considerada era su asesina, después de todo! Todavía en su posición en el suelo, se despidió de ella con un pequeño gesto de su mano, y sus dedos empezaban levemente a doler debido a las heridas infligidas de antes, si es que no se había olvidado de los motivos de su sangre seca—. Cuento con ello, Genocider Syo —lo suyo no fue una frase pronunciada en voz alta, sino para sí mismo. Definitivamente volverían a encontrarse, porque, ¿no resultaba obvio? Él era un chico con suerte.
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